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Las personas nos podemos re-crear
mutuamente cuando ponemos lo que somos al servicio de la tarea
particular de otros. Lo que somos hoy en parte es el compendio
del aporte de múltiples personas que, con dureza o suavemente,
nos han confrontado con su vida. Todos los días se nos
presentan oportunidades para ser más humanos, para crecer,
para trabajar en nosotros mismos. Por esto es apasionante y a
veces doloroso el hecho de vivir.
El artista continuamente está creando, es recursivo, inquieto,
empeñado en la búsqueda, desafiado y desafiante,
con la pasión y la obsesión de un místico
o de un genio (sin pretender comparar). Cuando se le respeta en
su genialidad, en su especialidad, se descubre que tiene tal capacidad
de estar tan adentro de la realidad que con cualquier cosa la
transforma, la recrea, la enriquece, así la forma sorprenda,
sea criticada o desvalorizada por muchos. A un artista nada lo
amilana, todo lo invita a crear. No es una máscara ser
artista. Es una pasión que se hace estilo de vida.
Sé que mi “arte” es restaurar y recrear el
ser humano. Esta sensibilidad tampoco es copia ni payasada.
La pasión por lo que somos y por lo que hacemos demuestra
que arte, mística o servicio no son sinónimos de
mediocridad, pasividad, conformismo, o de algo sin valor. Todo
lo contrario: son la más alta expresión de la grandeza
humana.
Las personas que lo saben percibir captan esa genialidad, la
cuidan, la acompañan, la valoran, así no la entiendan
del todo y algunas veces hasta les cueste. Estas personas se convierten
un gran apoyo para vivir con empeño y dedicación
la tarea de uno.
Un artista no puede claudicar a sus aspiraciones profundas, a
sus hechos, a sus sueños. Si renunciara a sus anhelos,
mataría parte del alma colectiva.
Ay del artista que no deja su huella!
Ay de vos y yo si no somos fieles a lo propio.
AngelA, 2001.
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