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Autor:

Angela Toro

Titulo:

El cadaver errante

 

Me envías a un lugar lejano para participar solo y tranquilo de tu funeral, de los lamentos y de tu compasión por lo que ya no fue, de aquello que quién sabe por qué motivos te es más importante que todo el alimento de vida que te envuelve y desborda.

(Quien quiere vivir ciego, y lamentar su mala suerte pasada, y proteger sus heridas forrándolas de suciedad, todo cubierto en su propia podredumbre, oscurece su existencia sin remedio.)

Así vas a un sitio de nunca llegar, avanzas por un derrotero desconocido e incierto, como si estuvieras mutilado de pies, ciego, sordo, atado y mudo, sin alma, sin espíritu, todo vos inmundo e inmerecido, todo vos condolido, doliente, herido y sazonado en penas... Qué mujeres de los lamentos te acompañan?, qué hermanos hay para cargar semejante cadáver errante? En la isla absoluta de tu oscuridad, cada vez más rompes con la realidad y de a-islas, te a-islas, te a-islas...

Fue hasta que se posó la nube de tus legendarias creencias, de tu descuidado cuidado de ti mismo y las sombras lo empezaron a devorar todo, como aves de rapiña, y tú, paralizado, te fuiste dejando arrebatar lo tuyo, lo tan amorosamente nuevo y bello, tu jardín interior que crecía y empezaba sus brotes en medio de tu noche pasada... y aquí vamos, acabando contigo y conmigo y con los otros, en la medida en la que tu capacidad de vivir en el pasado ahoga éste paraíso de vida eterna que vimos juntos brillar.......

Cuánto poder tienen las decisiones de muerte como las de vida. En lugar de subir bajas a los infiernos de tu soledad y tu abandono y dejas a los otros a mitad de camino, sin fuerzas y sin brújula y en el desamor te mueres y nos matas...

Quien puede ahora resucitar ésta naturaleza muerta, limpiarte el corazón y devolverte inocente la mirada para que tomes de nuevo tu paquete de novedad y avances dócilmente por senderos de paz, fuerza y alegría entre los tuyos?

II
Pero bastará un leve toque, el suave murmurar de la memoria colectiva de los seres vividos, de los supremos agraciados, de las angelicales almas de los triunfadores de todos los tiempos que calan más allá de los aparatosos tules metálicos del frío de la nada que te habita y te envuelve, y sólo en un instante vas a sentirte vivo, caluroso y amante entre todos nosotros, rodeado por todos tus recuerdos, invadido de la suave caricia del presente y te verás por fin desnudo, solitaria y absurdamente escondido en escombros mientras que todo brilla y la mano del día te toca las espaldas y te habla de frutos y de flores y de todos los amaneceres que acuñó tu vivir cuando fue limpio y voló, sin pre-juiciarse, repleto de buenas intenciones y la tuya fue una opción franca por la vida, y tu gesto fue altivo y mantuvo su frente levantada hacia esas mañanas que ahora arrullas de nuevo entre tus brazos y no piden permiso para pedir tu aporte...

Ahora te levantas, y admites el calor de tu ser, la fuerza de tus músculos, tu hombría señorial hecha toda de vocecitas tiernas de alegría sincera. Surges de tus escombros, adolorido pero fuertemente dichoso y dispuesto a avanzar con cantos y sollozos, de manos apretadas a otros, y lazos invisibles de apetecido afecto, de inviolable compañía. Nunca vas a estar solo porque has amado y ahora has decidido, has andado los pasos necesarios para el pacto de vida que tu ser añoraba y conquista día a día.

Ven y derrumba tus primeras fronteras de murallas, tu orgullo herido, y puedes hacer polvo el montón de barrotes de tu desvalorización pues ya pasó de moda. Aquí estamos los vivos, los luchadores de todas las batallas apasionadas por la vida, erguidos, valerosos al ver la muerte muerta y el mal vencido en los pequeños logros de cada día a día.


AngelA, Agosto 2001.

 

   
 
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