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De repente sentí en mí una
tristeza que no era mía.
Me dolían otros brazos,
se encorvaba en mi una espalda agobiada por el peso de la vida,
un enorme corazón dentro de mi pecho
contenía el latido anhelante de inmensas muchedumbres
y mis ojos lloraban tristezas de otras almas...
¿Quién, -para transferir su pena- necesitó de
mi?
¿Quién, -a través de mi- la convirtió en
torrente de luz intensa?
En todo caso, ya lo saben: Aquí estoy,
toda luz, toda arco iris,
para vos, y vos y vos...
AngelA, Agosto 2005.
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