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Creí tener un cántaro
al que le iba echando agua fresca,
cada día su porción para beber,
de tal modo que el agua fuera agua y refrescara,
el cántaro fuera cántaro y portara tan preciosa ofrenda
y el beber fuera vida abundante, siempre compartida.
Pero el cántaro tenia un orificio y el agua se perdía...
Me di cuenta cuando lo vi “AGOTARSE”...
Creí tener una bellísima cometa de colores, con
una larga cola al viento, que aunque liviana, fuera fuerte y
presurosa para volar.
Quise ponerle un hilo largo y fino para que le ayudara a tensionar
la presión del viento y pudiera cumplir su tarea de aletear
en los aires.
Pero mi cometa le temía al viento, cuidándose ella
misma, y no arriesgaba el vuelo. El hilo no servía entonces
para nada...
Me dediqué con laboriosidad a tejer una tela muy fina
porque creí haber encontrado madejas especiales.
Puse la urdimbre y la tensé con gusto para que la trama
la preñara de vida y de realidad de abrigo...
Tramando, la madeja se rompió ella sola, al cruzarse en
mi urdimbre. No soportó la fuerza de los hilos que al
combinarse la engalanaban de vida...
Fue así como preparé el terreno para nuevas semillas,
esperando que la mano laboriosa de un buen hortelano la fecundara,
preñando mi humus de vida rebrotada.
El hortelano sembró pero no se apersonó de su cosecha...
Tierra, semilla y hortelano quedaron al vaivén de los
ciclos y los días...
Algo no andaba bien, no había armonía.
Entonces comprendí que fecundidad es vida, es compartir,
es entrega confiada, es compromiso libre, amor de donación;
es jugarse la vida –no uno solo, entre dos, entre muchos-
y ojalá,
morirse de vida en esa entrega, romperse en mil pedazos, morir
por algo y ojalá por alguien,
por una causa que valga dar un sí de eternidad sin fin.
AngelA 2001
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