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Autor:

Angela Toro

Titulo:

La niña que aprendió volando

 

Yo sé que era un sueño. De pronto me encontré muy atareada con algo que me traía entre manos. Era niña como de diez años y con mi amiguito tratábamos de lograr elevar una gran cometa morada y azul que se parecía a los globos de diciembre, pero tenía pita.
Esta cometa había que subirla y sacarla fuera de un objeto en forma de cohete en el cual se encontraba la ciudad (o cárcel?) en la que estábamos muchas personas. Una compuerta se abría sólo durante unos segundos en los cuales era necesario salir y desplegar la cometa, antes de que una oleada de mar cayera sobre el cohete (¿o era un submarino?). Aire y agua llegaban en oleada.

Hicimos un primer intento, sin que nadie supiera de nuestra tarea, y no pudimos lograrlo. En el segundo, él abrió la compuerta, yo salí y desplegué la cometa morada y azul enorme que al abrirse como un globo similar al submarino, me elevó a mi también.
Empecé a volar por sobre el agua y luego que la marejada -que se parecía al infinito- calmó, me vi pasando montañas y lugares entre una nebulosa, para comprender después que íbamos atravesando una ciudad. Yo temía enredarme en los cables de la luz con la cuerda de la cometa globo; paseaba bajito y ahí fue cuando empezaron a verme.
En el momento en el que fui visible, el globo cometa desapareció y yo seguí volando, flotando muy bajito por un barrio. Pedí a los que me veían que no me jalaran, que no me bajaran, hasta que de repente “caí” en una casa. “Caí” porque me encontré dentro de esta casa donde supuestamente mi mamá y mi hermanito fueron quienes me rescataron. Y el, ¡era el mismo de antes, el que era mi amiguito!
Éramos pobres. Sin embargo aquella casa tenía para mi un encanto: había algo abajo a donde se llegaba descendiendo por una gran escalera que conducía hacia una puerta enorme: allá abajo se abría un campo verde con un inmenso y bello horizonte.

Un día de esos cotidianos avisaron que llegaba El Viejo. Hubo revuelo y todos los del pueblo salimos a ver. Lo vi venir desde lo alto de las escalas de mi casa por entre la multitud. El Viejo venía entre ellos, canoso, teñido de sol, vestido de blanco, fuerte y alegre. Era el mismo que en mis sueños decía que vendría para guiarme.
Entonces corrí desobediente a los gritos de mi madre y por entre la multitud me metí para que al avanzar él se tuviera que chocar de frente conmigo. Así fue; de repente estuvimos cara a cara y él se detuvo, por un instante me miró, me sonrió y me dijo: “He llegado, soy yo, ¡vamos!” y me tomó de la mano. Yo feliz y segura lo seguí y tan pronto lo toqué comenzamos a elevarnos sobre la multitud hacia las afueras del pueblo. Después de un tiempo la gente se olvidó de todo esto, incluida mi madre.

Muchas veces fue así. Muchos años, hasta que crecí y me hice joven. Yo bajaba la escalera y él me esperaba afuera, flotando y sonriendo me llamaba desde afuera de esa puerta y tantas veces como la primera vez y muy al escondido de mi mamá, yo bajaba por la escalera de caracol como en tobogán, caía abajo, a la cocina, y salía por la puerta. De un solo saltico comenzaba a volar sola. Cada encuentro era una instrucción. Luego volvía.
Tal vez para mi madre eran minutos, segura de lo cotidiano de mi pobre niñez. Mi hermanito si lo sabía. Me ayudaba, me cubría con mentiritas piadosas y me acolitaba, preguntándome siempre cómo era que yo podía volar. Yo le describía: “Es extraño, aquí no puedo pero tan pronto salgo a su encuentro y salto al vacío, vuelo”.
“Y qué hablan y qué hacen?”, me decía. “No lo sé explicar, sólo sé que me instruye aunque ese cómo no se pueda decir con razones, pero yo sé que vuelvo aprendida la lección, comprendido el mensaje”.

Un día me pilló mi mamá. Me gritaba que no bajara. Era domingo. Yo me deslicé por la baranda de las escaleras como en tobogán, llegué a la cocina y empecé a lanzarle al Viejo, o mejor al aire, un desayuno. Lancé las arepas, el quesito, el café, un mantel blanco. Iba a ser fiesta con desayuno de fiesta y antes de que mi mamá bajara con mi hermanito pegado a su falda tratando de detenerla, yo me lancé por la gran puerta de abajo y volé.
Mi mamá quedó aterrada. “¿Ese viejo qué le va a hacer a mi muchacha?”

Al volver, su silencio me pasmó. Al otro día salí sin que ella me dijera una palabra. La magia se había perdido... Salí por la gran puerta, El Viejo estaba afuera, me miraba sonriente, calmo, como siempre. Yo me elevé y entonces vi pasar a mi hermano ya grande, con otro muchacho. Se pararon, me observaron: sin saber por qué, yo empecé a descender, una fuerza magnética me bajaba...
El amigo de mi hermano me tomó de su mano y entonces entendí lo que pasaba. Me volteó hacia donde estaba El Viejo: éste me sonrió, me dijo adiós con la mano y se difuminó en el horizonte.
Al voltear hacia la gran puerta de abajo de la casa, mi madre estaba allí de pié. Todos comprendimos todo.

Las lecciones terminaron. La tarea comenzó.


 


   
 
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