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Yo sé que era un sueño.
De pronto me encontré muy atareada con algo que me traía
entre manos. Era niña como de diez años y con mi
amiguito tratábamos de lograr elevar una gran cometa morada
y azul que se parecía a los globos de diciembre, pero tenía
pita.
Esta cometa había que subirla y sacarla fuera de un objeto
en forma de cohete en el cual se encontraba la ciudad (o cárcel?)
en la que estábamos muchas personas. Una compuerta se abría
sólo durante unos segundos en los cuales era necesario
salir y desplegar la cometa, antes de que una oleada de mar cayera
sobre el cohete (¿o era un submarino?). Aire y agua llegaban
en oleada.
Hicimos un primer intento, sin que nadie supiera de nuestra tarea,
y no pudimos lograrlo. En el segundo, él abrió la
compuerta, yo salí y desplegué la cometa morada
y azul enorme que al abrirse como un globo similar al submarino,
me elevó a mi también.
Empecé a volar por sobre el agua y luego que la marejada
-que se parecía al infinito- calmó, me vi pasando
montañas y lugares entre una nebulosa, para comprender
después que íbamos atravesando una ciudad. Yo temía
enredarme en los cables de la luz con la cuerda de la cometa globo;
paseaba bajito y ahí fue cuando empezaron a verme.
En el momento en el que fui visible, el globo cometa desapareció
y yo seguí volando, flotando muy bajito por un barrio.
Pedí a los que me veían que no me jalaran, que no
me bajaran, hasta que de repente “caí” en una
casa. “Caí” porque me encontré dentro
de esta casa donde supuestamente mi mamá y mi hermanito
fueron quienes me rescataron. Y el, ¡era el mismo de antes,
el que era mi amiguito!
Éramos pobres. Sin embargo aquella casa tenía para
mi un encanto: había algo abajo a donde se llegaba descendiendo
por una gran escalera que conducía hacia una puerta enorme:
allá abajo se abría un campo verde con un inmenso
y bello horizonte.
Un día de esos cotidianos avisaron que llegaba El Viejo.
Hubo revuelo y todos los del pueblo salimos a ver. Lo vi venir
desde lo alto de las escalas de mi casa por entre la multitud.
El Viejo venía entre ellos, canoso, teñido de sol,
vestido de blanco, fuerte y alegre. Era el mismo que en mis sueños
decía que vendría para guiarme.
Entonces corrí desobediente a los gritos de mi madre y
por entre la multitud me metí para que al avanzar él
se tuviera que chocar de frente conmigo. Así fue; de repente
estuvimos cara a cara y él se detuvo, por un instante me
miró, me sonrió y me dijo: “He llegado, soy
yo, ¡vamos!” y me tomó de la mano. Yo feliz
y segura lo seguí y tan pronto lo toqué comenzamos
a elevarnos sobre la multitud hacia las afueras del pueblo. Después
de un tiempo la gente se olvidó de todo esto, incluida
mi madre.
Muchas veces fue así. Muchos años, hasta que crecí
y me hice joven. Yo bajaba la escalera y él me esperaba
afuera, flotando y sonriendo me llamaba desde afuera de esa puerta
y tantas veces como la primera vez y muy al escondido de mi mamá,
yo bajaba por la escalera de caracol como en tobogán, caía
abajo, a la cocina, y salía por la puerta. De un solo saltico
comenzaba a volar sola. Cada encuentro era una instrucción.
Luego volvía.
Tal vez para mi madre eran minutos, segura de lo cotidiano de
mi pobre niñez. Mi hermanito si lo sabía. Me ayudaba,
me cubría con mentiritas piadosas y me acolitaba, preguntándome
siempre cómo era que yo podía volar. Yo le describía:
“Es extraño, aquí no puedo pero tan pronto
salgo a su encuentro y salto al vacío, vuelo”.
“Y qué hablan y qué hacen?”, me decía.
“No lo sé explicar, sólo sé que me
instruye aunque ese cómo no se pueda decir con razones,
pero yo sé que vuelvo aprendida la lección, comprendido
el mensaje”.
Un día me pilló mi mamá. Me gritaba que
no bajara. Era domingo. Yo me deslicé por la baranda de
las escaleras como en tobogán, llegué a la cocina
y empecé a lanzarle al Viejo, o mejor al aire, un desayuno.
Lancé las arepas, el quesito, el café, un mantel
blanco. Iba a ser fiesta con desayuno de fiesta y antes de que
mi mamá bajara con mi hermanito pegado a su falda tratando
de detenerla, yo me lancé por la gran puerta de abajo y
volé.
Mi mamá quedó aterrada. “¿Ese viejo
qué le va a hacer a mi muchacha?”
Al volver, su silencio me pasmó. Al otro día salí
sin que ella me dijera una palabra. La magia se había perdido...
Salí por la gran puerta, El Viejo estaba afuera, me miraba
sonriente, calmo, como siempre. Yo me elevé y entonces
vi pasar a mi hermano ya grande, con otro muchacho. Se pararon,
me observaron: sin saber por qué, yo empecé a descender,
una fuerza magnética me bajaba...
El amigo de mi hermano me tomó de su mano y entonces entendí
lo que pasaba. Me volteó hacia donde estaba El Viejo: éste
me sonrió, me dijo adiós con la mano y se difuminó
en el horizonte.
Al voltear hacia la gran puerta de abajo de la casa, mi madre
estaba allí de pié. Todos comprendimos todo.
Las lecciones terminaron. La tarea comenzó.
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