| Vuelve esta dulce sensación
de estar acompañada, de aromas que envuelven las acciones
con un tono de ansioso descubrimiento.
Una presencia se cuela de repente por las rendijas de mi alado
vuelo solitario... ¿Es que siempre estuvo allí?
O… ¿por qué ahora? ¿De dónde
salta al escenario de repente, apoderándose de un protagonismo
que nadie le había otorgado antes?
Es extraño, pero avanza sin pedir los permisos de rigor;
también vale decir, sin violentar, suavemente y sin explicaciones
que valgan. Se abrió un portal, con una llave maestra
en poder de quien sabe cual de los dioses juguetones de las historias
míticas. Y todo, gracias a un gesto, a la palabra, a la
mirada que congeló la historia y la partió en dos...
antes, y ahora que soy invadida inevitablemente por las inquietudes
y las curiosidades.
De nuevo me parece que tengo trece años… estoy
tan desarmada... Ignorantemente sabia de tantas cosas y de nuevo
en la estación de inicio, en la aventura de posiblemente
caminar con otro la existencia.
Todo se me agolpa ahora interponiéndose a la inocencia.
Vienen las puestas de condiciones y los “peros” que
lo único que hacen es asegurarme que en efecto me estoy
enamorando y que quiero pero que no quiero porque es lo que quiero...
Entonces me suelto, dejo correr y trato de no caer de nuevo
en el error de cálculo, en la exigencia, en el miedo,
en las condiciones... Una sola cosa bastará saber: si
hay amor del bueno, del que mueve montañas y del que todo
lo hace posible. Y este amor no tiene sino un rostro: la inocencia.
AngelA, 2005.
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