| Si los pobres empiezan a razonar,
todo estará perdido.
(François Marie Arouet Voltaire)
Sí, lo sé… lo había omitido…
¿sabes…? algo en mi se niega a olvidarlo… intento
apartar su imagen de mi mente, pero ésta regresa una y
otra vez para recordarme que siempre estará ahí…
conmigo.
Uno va haciendo vida, como dejando que todo pase… como
si aquello jamás hubiera tenido lugar. Y entonces…
cuando cree haberlo olvidado… ahí está: el
banco.
Ese día –cuando lo encontré–, estaba
allí: inmutable, firme y estoico –como surgido de
la nada–, uno, como cualquier otro –de esos…
con barras de madera–, curtido entre la brisa y el salitre,
parador de gaviotas y de algún que otro anciano pescador.
Alrededor: las vías, el Stella Maris, el caserón
de los prácticos y salvamento, el batzoki, una pequeña
ermita, varios bloques de pisos, la cofradía, el parque
–con un altillo para los músicos–, un kiosco
cerrado y no muy lejos… el viejo faro.
Me esperaba –me había esperado siempre–, en
mitad el aquel extraño parquecito… como construido
para mi.
Aquel, fue el banco en el que dormí la primera vez que
dormí en un banco.
Ese día supe que no tenía casa, ni mucho menos
familia, ni letras, ni pasado, ni música, ni amigos de
verdad.
“A menudo tomamos decisiones cuyo alcance no llegamos a
comprender hasta que ya es demasiado tarde”. Terribles palabras…
que no se acaban de ir de mi cabeza… palabras que vuelven
con fuerza –como la imagen del banco–, justo cuando
más daño pueden hacer. Terribles… y ciertas…
teñidas de aparente lejanía cuando aún creemos
que mamá vendrá otra vez.
Aquella noche, la del tres al cuatro de septiembre de mil novecientos
noventa y cinco fui –por primera vez en casi veintidós
años–, consciente de lo solo que estaba. Presa de
ese vértigo extraño que acecha cuando te sabes solo
frente a la vida, cuando te enteras de que la muerte se ha llevado
al último de los tuyos; con dinero para bocadillos hasta
el jueves… un nombre que no era mío… una sola
muda y el alma hecha pedazos.
Lo tenía ahí, frente a mis ojos: insolente como
un espejo, firme como una piedra, frío como la muerte.
Hasta en cuatro ocasiones traté de darle esquinazo…
pensé quedarme junto a la barandilla, a escuchar el tímido
chapoteo del vaivén de las olas, que mueren en la oscuridad,
entre las pilastras que sostienen la parte vieja del muelle…
quedarme a mirar, sentir el mar de noche; des-esconder lomos de
ajenos pececillos que aletean entre los botes antes de volver
a la nada que los creó.
Por tratar… traté incluso de matar el tiempo entreteniéndome
con unos chicarrones de casi mi edad, que por algún motivo
cambiaron de tema al acercarme. Se les veía serenos, vecinos
del barrio y en su mirada… ese ávido resplandor que
únicamente tienen quienes están dispuestos a cambiar
el mundo. Maravilloso –pensé–, y sin embargo…
tan errados respecto al cómo.
Luego vendría el viejo faro –que ya no proyectaba
sino sombras a merced de las cuales se fundían los cuerpos
desdibujados de marinos de ultramar–. Sórdido y extraño,
breve pero intenso –si bien no exento de cierto riesgo–.
Mi equipaje. Todo cuanto tenía estaba en un fardo abyecto
por cuyo cuidado apenas pude dormir… ¿dormir…?
morir… no más.
Abrir los ojos antes de las tres se puede sobrellevar…
a decir verdad: duele mucho más recordar quién eres
y dónde estás, que lo que cuesta volver a perder
la consciencia. Hacerlo al alba es muy distinto: lo primero que
sorprende es lo frío que puede llegar a ser el despertar
de un nuevo día. Frío… se diría que
por él abrí los ojos.
El banco, parecía ahora pesar más en los huesos
que en el alma. Me daba la vuelta cada diez minutos o quizá
un cuarto de hora… y lo que al principio solo era un doloroso
hormigueo, no era ahora sino el gélido suspirar de la noche
junto al mar… desnudez inocultable. En otra cosa…
intentaba pensar en otra cosa.
Mientras –o quizá por eso–, la voz que jamás
calla hizo presa de mi razón: “…el banco, te
lo tienes merecido… no te gires aún… ya lo
sabías… evita el peligro… no destaques…
gírate… ¡atento! …ya te lo dije…
¡te miran!”.
Cerré los ojos y confié en que un anticipo de la
muerte se lo llevara todo: despertar hacia las ocho, esperar un
poco más y contemplar el amanecer junto a un cristal, con
los primeros rayos de sol… tomar un buen tazón de
chocolate y una ración de churros… en paz. –Apenas
un pequeño despilfarro… uno más–.
Lo cierto es que no estaba solo… esa noche fuimos al menos
dos quienes compartimos nuestros sollozos ahogados en vino, alejados
de lo cercano, indiferentes incluso a nosotros mismos… aunque
quizá solo fue una noche más…
Le vi dormitar en otro banco –su banco–, bajo el
pórtico de la vieja ermita, a resguardo de la brisa –pero
no de los extraños–.
Me llamó la atención una luz amarillenta que asomaba
por el ventanuco de una casa que debía ser la del párroco…
vendría a dar casi a dos metros justo encima del oscuro
bulto que formaba aquel pobre desgraciado. Le di algunas vueltas
en la cabeza… “tanto esa bombilla como todo cuanto
alumbraba se paga con el dinero para los pobres… y eso hoy
debería incluirme a mi… ¡qué cosas!”.
Mi retina me traía las imágenes del domingo…
recordaba con asombro aquella extraña taberna que hacía
las veces de economato y sala de culto, y cuyo acceso sólo
pude franquear mostrando mi libreta de inscripción marítima;
recordaba mi reciente paseo por la vasta ciudad desconocida; el
incómodo viaje en tren; palabras de gente que conocía;
lugares que sentía como propios y que ahora se me antojaban
perdidos para siempre… pensaba en qué haría
cuando se me agotara el dinero… en comerme el orgullo y
suplicar amparo a… ¿a quién?
Las cosas en las que uno pude llegar a pensar… qué
te ha llevado a donde estás… que bien que están
los demás… me comería entera una de esas cajas
de galletas que nunca habría imaginado que algún
día querría comer… y una ducha ¡Dios
mío, una ducha, por favor!… una cama… y un
poco de silencio.
A estas horas, los chicarrones idealistas de seguirían
dormidos en las camas que sus madres prepararon la mañana
anterior. A escasos metros, alguien tenía más suerte
que yo.
Y esas tonterías justas que farfullan en mi mente…
que si por qué el Rey lo es… que si el párroco
no trabaja. Pensaba… que tanto el señor que dormía
en la otra esquina como yo mismo, un día fuimos bebés…
como el Rey, y como el párroco, como los chicarrones de
anoche, y como todos los demás. Entonces… entonces
sí teníamos familia… nos hacían carantoñas,
importábamos a alguien… ¿dónde estará
hoy toda esa gente?
Por fin de mañana, me acerqué a ver a mi compañero:
era ya muy mayor –incluso pudo haber sido mi padre, el de
verdad–. Tenía una botella junto a él y su
rostro reflejaba una mirada a los infiernos. Me estremecí
ante la posibilidad de sufrir como él hasta su edad.
Tras eso, busqué una cafetería en la que poder
tomar mi ansiado chocolate con churros. Escudriñé
un periódico y encontré una salida que –aunque
algunos habrían tachado de fácil–, me sacó
de la calle, de mi parque, me alejó de mi banco y de todo
aquello.
Han pasado casi nueve años y jamás he vuelto por
allí. Un día he de hacerlo y ver qué ha sido
de mi banco, de esos chavales, del Stella Maris, la bocana, el
parque, las dársenas y todo lo demás.
Quién sabe si anoche, alguien durmió en mi banco;
encogido, atento, asustado, con el alma destrozada y sin apenas
fuerza para derramar lágrimas que nadie habrá visto
caer.
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© Jaume d´Urgell i Rubió, todos los derechos
reservados.
Madrid, julio de 2004
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