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Autor:

Jaume d'Urgell

Titulo:

EL FINAL DEL TÚNEL

 

PRÓLOGO


Somos animales con capacidad para percibir y reflexionar, lo que nos hace conscientes de nuestra existencia y de cuanto nos rodea.

Pensamos. Esa actividad en la que empleamos palabras e imágenes (en adelante, “información”), para representar objetos, paisajes, comida... pero también ideas, sueños y deseos. Pasamos la mayor parte del tiempo combinando información, jugando con ella, a veces de modo inconsciente. Todo es información y la información lo es todo.

Instintivamente, sabemos qué nos favorece y qué nos perjudica. Sabemos que lo que nos favorece es el “bien”, y que lo que nos perjudica, el “mal”. Por instinto de supervivencia, optamos por el “bien”. Nos servimos de nuestra percepción y de nuestra conciencia para reflexionar constantemente sobre cómo alterar los criterios de selección natural en nuestro favor. Eso, es lo que nos convierte en seres inteligentes, más aún: en seres inteligentes buenos.

En tanto que animales sociales, hemos descubierto el valor de unir la conciencia, inteligencia y bondad de varios individuos, en beneficio de todos ellos, gracias a la comunicación.

Somos pues, seres Humanos conscientes, sociales, inteligentes y buenos.

La comunicación impulsa el progreso de la Humanidad hacia la consecución de aquello que le favorece. Nadie puede negar que hay un antes y un después del lenguaje hablado, o de la aparición de la escritura. Hay un antes y un después de la aplicación de la imprenta a la difusión del pensamiento escrito. Hay un antes y un después de la aparición de las telecomunicaciones.

En términos netamente exológicos, podemos medir el nivel de desarrollo de una civilización, a partir del tiempo transcurrido desde que ésta empezó a hacer uso de ciertas habilidades comunicativas: desde las más básicas y efímeras como las señas o el lenguaje hablado; las de carácter permanente como la escritura, el dibujo o la fotografía; las de difusión de masas como la imprenta; las de ámbito global, como la telefonía, la radio, la televisión o Internet; hasta las de alcance espacial como la comunicación con los transbordadores, satélites, estaciones orbitales, interplanetarias, interestelares e intergalácticas (estas dos últimas, todavía ciencia ficción).

La comunicación es el milagro que hace posible que cualquier avance científico, ético o artístico llegue a los seis mil millones de seres Humanos que poblamos el planeta Tierra. La comunicación es lo que otorga valor al valor de las ideas, porque las hace posibles, fijándolas y extendiéndolas. La comunicación hace posible el “bien”.

Hoy en día, un investigador puede acceder al fondo documental de toda la Humanidad, a lo largo de toda la Historia, simplemente tecleando “google.com” en un programa que le permita explorar la web de Internet.

Si comparamos un anuario de noticias contemporáneo con las crónicas de cualquier época pasada, observamos que la tecnología y en general todas las ciencias han experimentado niveles de progreso otrora inimaginables: medicina, logística, derecho, química, física, matemáticas... pero también podemos observar, que dichos avances no se corresponden en otros campos que cualquier niño juzgaría elementales, como el respeto a la vida, el reparto equitativo de los recursos naturales o la conservación del medio ambiente.

Cualquier niño comprende que no es justo que miles de años después de que todos tengamos memoria escrita, siga habiendo guerras en las que los seres humanos se maten entre sí, sin conocerse; guerras cuyo inicio sólo obedece a la voluntad de criminales dementes; guerras en las que siempre pierden los mismos. Cualquier niña entiende que es estúpido que alguien precise documentos (o dinero) para cruzar líneas imaginarias. Cualquier niño comprende que la comida que le sobra, debería alimentar a su amigo hambriento. Ninguna niña, discriminaría a otra por el color de su piel.

Hemos conseguido dividir el átomo y no se nos ocurre nada mejor que emplear dicho conocimiento para acabar instantáneamente con la vida de centenares de miles de seres Humanos. Disponemos de satélites artificiales y los utilizamos para fijar los objetivos de bombas de fragmentación a las que llamamos inteligentes, y que destruyen hospitales civiles y legaciones diplomáticas. Todos los países desarrollados siguen dedicando medios a “conocer y analizar” armas nucleares, químicas y bacteriológicas, cuando podrían destinar dichos presupuestos a investigar pandemias mortales cuyo origen es mejor no imaginar.

Como probablemente ocurriera en las primeras manadas de homínidos, hoy en día, sigue habiendo seres Humanos que creen poder conseguir objetivos políticos mediante la destrucción física de otros seres Humanos.

Hemos llegado muy lejos, pero los avances científicos no se corresponden con el avance social... la civilización cojea por un progreso descompensado.

Y el error fundamental parece residir en una incorrecta determinación de la estructura social receptora de nuestros esfuerzos por lograr el “bien”. Hemos globalizado las comunicaciones hasta dotarlas de alcance Universal, pero nuestra primitiva mente animal no logra concienciarse aún de que el grupo receptor de nuestros instintos de búsqueda del “bien” es la Humanidad entera y esto parece llevarnos aún a identificar otras manadas, otras tribus, otras naciones cuya mera existencia identificamos como una amenaza para la nuestra. Porque parte de nuestros más oscuros instintos conservan aún la triste idea de que el “mal” ajeno equivale al “bien” propio y vice versa.

Hay quien defiende que ciertas estructuras sociales de rango menor al de la “Humanidad”, establecidas en base a criterios tan arbitrarios como son la proximidad geográfica, cierta similitud idiomática, situaciones políticas pasadas, parecido cromático de la epidermis, creencias religiosas o ideológicas sean las destinatarias únicas de su esfuerzo por la búsqueda del “bien”, en detrimento e incluso en contraposición al “bien” de otros grupos de seres Humanos, a los que excluyen pese a compartir el mismo planeta, las mismas ciencias, las mismas creencias, los mismos problemas, las mismas redes de comunicación,

La base de estos razonamientos primitivos está en la incorrecta determinación del alcance del grupo que debe recibir los resultados de sus esfuerzos por conseguir el “bien”. Dicho sea de otro modo: ignoran que el “bien” de un subgrupo a toda costa, puede perjudicar no solo a otros subgrupos, sino al grupo común del que todos forman parte, y por ello, en términos biológicos: constituyen actitudes que conduce a la extinción (~ al “mal”).

Por reducción al absurdo: a nadie sensato se le ocurriría intentar controlar un motín prendiendo fuego a la embarcación. Dicho de otro modo: no sería lógico, que una enemistad entre dos pedanías limítrofes acabara en guerra, puesto que las dos integran una estructura superior cuya suerte repercute en ambas.

Somos conscientes de que algunos de estos párrafos pueden resultar obvios, utópicos, pueriles, consabidos... pero pese a todo, de absoluta actualidad. El día en el que esta página fue escrita, un coche bomba hizo explosión en el aeropuerto de la ciudad de Santander, causando graves daños materiales, pero, por suerte, sin que hubiera víctimas que lamentar. Además, levantando la mirada: quince conflictos bélicos seguían su curso (alguno sufragado con parte de nuestros impuestos -e incluso hombres-), existían cuatro millones de refugiados ó desplazados de guerra, una quinta parte de la Humanidad consumía tantos recursos como el resto, y, por encima de todo: en el tiempo de escribir una palabra esdrújula -de promedio-, en alguna parte, dos personas morían de hambre.

Es un hecho: sigue habiendo individuos cuyo instinto animal les lleva erróneamente a atacar a los miembros de otras tribus en la creencia estúpida de que de ese modo mejorarán las condiciones de su propia manada. Ignoran que en la Era de la “aldea global”, la única manada existente es la que les incluye a todos. Ya no hay “ellos”, porque el “nosotros” nos incluye a todos.

Alguno de los bloques que conforman los cimientos de la civilización no está donde debería. Se trata de un problema severo y muy extenso. Tan extenso, que se nos antoja inabordable en una sola obra, por lo que, sin perjuicio de su integración en la realidad global de la que es parte, hemos resuelto circunscribirnos al ámbito de una de sus manifestaciones más dolorosas, cercanas y prolongadas el fenómeno de la terrorismo en el País Vasco.

En la primera parte, hacemos una aproximación general al conflicto: su realidad histórica y contexto social, un estudio riguroso y sistemático, sin demagogia, sólido y documentado, tratando de responder al qué, quién, dónde, cuándo y porqué; mientras que en la segunda parte, intentamos enumerar y describir algunas posibles vías de solución. Esta división no es casual, obedece al objetivo manifiesto de la obra: dar un pequeño paso, para tratar de conocer y superar el terrorismo en el País Vasco.

En tan sensible materia, damos por sentado que ciertas partes de la obra puedan resultar polémicas. Evitamos avivar cualquier forma de odio, sin caer en falsas equidistancias ni ambigüedad alguna frente a la violencia. Si en el camino de la paz encontramos algún bache, lo rodearemos, lo saltaremos e incluso podemos tratar de repararlo, pero no nos detendrá.


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© Jaume d´Urgell i Rubió, todos los derechos reservados.
Madrid, junio de 2003.

 

   
 
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