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PRÓLOGO
Somos animales con capacidad para percibir y reflexionar, lo que
nos hace conscientes de nuestra existencia y de cuanto nos rodea.
Pensamos. Esa actividad en la que empleamos palabras e imágenes
(en adelante, “información”), para representar
objetos, paisajes, comida... pero también ideas, sueños
y deseos. Pasamos la mayor parte del tiempo combinando información,
jugando con ella, a veces de modo inconsciente. Todo es información
y la información lo es todo.
Instintivamente, sabemos qué nos favorece y qué
nos perjudica. Sabemos que lo que nos favorece es el “bien”,
y que lo que nos perjudica, el “mal”. Por instinto
de supervivencia, optamos por el “bien”. Nos servimos
de nuestra percepción y de nuestra conciencia para reflexionar
constantemente sobre cómo alterar los criterios de selección
natural en nuestro favor. Eso, es lo que nos convierte en seres
inteligentes, más aún: en seres inteligentes buenos.
En tanto que animales sociales, hemos descubierto el valor de
unir la conciencia, inteligencia y bondad de varios individuos,
en beneficio de todos ellos, gracias a la comunicación.
Somos pues, seres Humanos conscientes, sociales, inteligentes
y buenos.
La comunicación impulsa el progreso de la Humanidad hacia
la consecución de aquello que le favorece. Nadie puede
negar que hay un antes y un después del lenguaje hablado,
o de la aparición de la escritura. Hay un antes y un después
de la aplicación de la imprenta a la difusión del
pensamiento escrito. Hay un antes y un después de la aparición
de las telecomunicaciones.
En términos netamente exológicos, podemos medir
el nivel de desarrollo de una civilización, a partir del
tiempo transcurrido desde que ésta empezó a hacer
uso de ciertas habilidades comunicativas: desde las más
básicas y efímeras como las señas o el lenguaje
hablado; las de carácter permanente como la escritura,
el dibujo o la fotografía; las de difusión de masas
como la imprenta; las de ámbito global, como la telefonía,
la radio, la televisión o Internet; hasta las de alcance
espacial como la comunicación con los transbordadores,
satélites, estaciones orbitales, interplanetarias, interestelares
e intergalácticas (estas dos últimas, todavía
ciencia ficción).
La comunicación es el milagro que hace posible que cualquier
avance científico, ético o artístico llegue
a los seis mil millones de seres Humanos que poblamos el planeta
Tierra. La comunicación es lo que otorga valor al valor
de las ideas, porque las hace posibles, fijándolas y extendiéndolas.
La comunicación hace posible el “bien”.
Hoy en día, un investigador puede acceder al fondo documental
de toda la Humanidad, a lo largo de toda la Historia, simplemente
tecleando “google.com” en un programa que le permita
explorar la web de Internet.
Si comparamos un anuario de noticias contemporáneo con
las crónicas de cualquier época pasada, observamos
que la tecnología y en general todas las ciencias han experimentado
niveles de progreso otrora inimaginables: medicina, logística,
derecho, química, física, matemáticas...
pero también podemos observar, que dichos avances no se
corresponden en otros campos que cualquier niño juzgaría
elementales, como el respeto a la vida, el reparto equitativo
de los recursos naturales o la conservación del medio ambiente.
Cualquier niño comprende que no es justo que miles de
años después de que todos tengamos memoria escrita,
siga habiendo guerras en las que los seres humanos se maten entre
sí, sin conocerse; guerras cuyo inicio sólo obedece
a la voluntad de criminales dementes; guerras en las que siempre
pierden los mismos. Cualquier niña entiende que es estúpido
que alguien precise documentos (o dinero) para cruzar líneas
imaginarias. Cualquier niño comprende que la comida que
le sobra, debería alimentar a su amigo hambriento. Ninguna
niña, discriminaría a otra por el color de su piel.
Hemos conseguido dividir el átomo y no se nos ocurre nada
mejor que emplear dicho conocimiento para acabar instantáneamente
con la vida de centenares de miles de seres Humanos. Disponemos
de satélites artificiales y los utilizamos para fijar los
objetivos de bombas de fragmentación a las que llamamos
inteligentes, y que destruyen hospitales civiles y legaciones
diplomáticas. Todos los países desarrollados siguen
dedicando medios a “conocer y analizar” armas nucleares,
químicas y bacteriológicas, cuando podrían
destinar dichos presupuestos a investigar pandemias mortales cuyo
origen es mejor no imaginar.
Como probablemente ocurriera en las primeras manadas de homínidos,
hoy en día, sigue habiendo seres Humanos que creen poder
conseguir objetivos políticos mediante la destrucción
física de otros seres Humanos.
Hemos llegado muy lejos, pero los avances científicos
no se corresponden con el avance social... la civilización
cojea por un progreso descompensado.
Y el error fundamental parece residir en una incorrecta determinación
de la estructura social receptora de nuestros esfuerzos por lograr
el “bien”. Hemos globalizado las comunicaciones hasta
dotarlas de alcance Universal, pero nuestra primitiva mente animal
no logra concienciarse aún de que el grupo receptor de
nuestros instintos de búsqueda del “bien” es
la Humanidad entera y esto parece llevarnos aún a identificar
otras manadas, otras tribus, otras naciones cuya mera existencia
identificamos como una amenaza para la nuestra. Porque parte de
nuestros más oscuros instintos conservan aún la
triste idea de que el “mal” ajeno equivale al “bien”
propio y vice versa.
Hay quien defiende que ciertas estructuras sociales de rango
menor al de la “Humanidad”, establecidas en base a
criterios tan arbitrarios como son la proximidad geográfica,
cierta similitud idiomática, situaciones políticas
pasadas, parecido cromático de la epidermis, creencias
religiosas o ideológicas sean las destinatarias únicas
de su esfuerzo por la búsqueda del “bien”,
en detrimento e incluso en contraposición al “bien”
de otros grupos de seres Humanos, a los que excluyen pese a compartir
el mismo planeta, las mismas ciencias, las mismas creencias, los
mismos problemas, las mismas redes de comunicación,
La base de estos razonamientos primitivos está en la incorrecta
determinación del alcance del grupo que debe recibir los
resultados de sus esfuerzos por conseguir el “bien”.
Dicho sea de otro modo: ignoran que el “bien” de un
subgrupo a toda costa, puede perjudicar no solo a otros subgrupos,
sino al grupo común del que todos forman parte, y por ello,
en términos biológicos: constituyen actitudes que
conduce a la extinción (~ al “mal”).
Por reducción al absurdo: a nadie sensato se le ocurriría
intentar controlar un motín prendiendo fuego a la embarcación.
Dicho de otro modo: no sería lógico, que una enemistad
entre dos pedanías limítrofes acabara en guerra,
puesto que las dos integran una estructura superior cuya suerte
repercute en ambas.
Somos conscientes de que algunos de estos párrafos pueden
resultar obvios, utópicos, pueriles, consabidos... pero
pese a todo, de absoluta actualidad. El día en el que esta
página fue escrita, un coche bomba hizo explosión
en el aeropuerto de la ciudad de Santander, causando graves daños
materiales, pero, por suerte, sin que hubiera víctimas
que lamentar. Además, levantando la mirada: quince conflictos
bélicos seguían su curso (alguno sufragado con parte
de nuestros impuestos -e incluso hombres-), existían cuatro
millones de refugiados ó desplazados de guerra, una quinta
parte de la Humanidad consumía tantos recursos como el
resto, y, por encima de todo: en el tiempo de escribir una palabra
esdrújula -de promedio-, en alguna parte, dos personas
morían de hambre.
Es un hecho: sigue habiendo individuos cuyo instinto animal les
lleva erróneamente a atacar a los miembros de otras tribus
en la creencia estúpida de que de ese modo mejorarán
las condiciones de su propia manada. Ignoran que en la Era de
la “aldea global”, la única manada existente
es la que les incluye a todos. Ya no hay “ellos”,
porque el “nosotros” nos incluye a todos.
Alguno de los bloques que conforman los cimientos de la civilización
no está donde debería. Se trata de un problema severo
y muy extenso. Tan extenso, que se nos antoja inabordable en una
sola obra, por lo que, sin perjuicio de su integración
en la realidad global de la que es parte, hemos resuelto circunscribirnos
al ámbito de una de sus manifestaciones más dolorosas,
cercanas y prolongadas el fenómeno de la terrorismo en
el País Vasco.
En la primera parte, hacemos una aproximación general
al conflicto: su realidad histórica y contexto social,
un estudio riguroso y sistemático, sin demagogia, sólido
y documentado, tratando de responder al qué, quién,
dónde, cuándo y porqué; mientras que en la
segunda parte, intentamos enumerar y describir algunas posibles
vías de solución. Esta división no es casual,
obedece al objetivo manifiesto de la obra: dar un pequeño
paso, para tratar de conocer y superar el terrorismo en el País
Vasco.
En tan sensible materia, damos por sentado que ciertas partes
de la obra puedan resultar polémicas. Evitamos avivar cualquier
forma de odio, sin caer en falsas equidistancias ni ambigüedad
alguna frente a la violencia. Si en el camino de la paz encontramos
algún bache, lo rodearemos, lo saltaremos e incluso podemos
tratar de repararlo, pero no nos detendrá.
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© Jaume d´Urgell i Rubió, todos los derechos
reservados.
Madrid, junio de 2003.
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