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Pasaba la media noche y todos corrimos
por aquel pasillo de la casa de mis abuelos (la distancia parecía
eterna) para abrir los regalos de Navidad. La ansiedad infantil
se encendía a medida que íbamos llegando a la “misteriosa” puerta
de madera, que estaba cerrada. Los adultos, mareados con tanto
alboroto, intentaron controlar el “gallinero”. Fue
imposible. Éramos tres huracanes empujándose para
entrar al cuarto de la ilusión. Lo recuerdo como si hubiese
abierto “esa” puerta ayer.
Y desapareció el mundo cuando la vi. Era la Casa de Muñecas
que siempre le había pedido a mi papá y que jamás
me trajo. Al fin, después de tantas cartas a Papá Noel,
mi sueño se pudo tocar. No sé cuántas cosas
le conté a Papá Noel para que tuviera muy en cuenta
mi pedido. Estaba impresionada con esa sorpresa, y con su tamaño,
sus colores y dibujos.
Yo sólo tenía cinco años y caminaba alrededor
de ella encandilada. No recuerdo qué pasó con los
demás en ese momento. Éramos la casa y yo.
Estaba armada cerca de un ventanal abierto al cual le bailaban
las cortinas, entonces me convencí de que Papá Noel,
en el apuro, se había olvidado de cerrarlo. Esta idea me
ponía loca de alegría. Pero también me entristecía;
por pocos minutos no había conocido a Papá Noel en
persona...
La Casa de Muñecas tenía el techo azul con una chimenea
muy graciosa y todo era como en una casa de verdad, con cocina,
baño, cuartos. Afuera había plantas y gatos y perros.
Yo estaba embobada con las ventanitas que se abrían y cerraban.
Para mostrársela a los demás no tenía problemas,
pero no dejaba que nadie la tocara, porque era algo así como
un tesoro. Y sólo mía.
Tíos, tías y primos, todos desfilaron para conocer
la Casa de Muñecas. Yo iba y venía como un torbellino
de felicidad y por supuesto todos festejaron a mi alrededor, lamentando
que no hubiera podido conocer a Papá Noel.
Lo que más me gustaba era que no sólo entraban las
muñecas, yo también, si me las ingeniaba. A la madrugada
ya la había convertido en mi guarida y cuando jugábamos
a las escondidas me escondía ahí.
Al año siguiente empecé primer grado, y obtuve muy
buenas calificaciones. Visitaba mi Casa de Muñecas todos
los domingos, pues ésta había quedado en la casa
de mis abuelos por una cuestión de espacio.
Llegó diciembre, faltaban dos semanas para Navidad, y comencé a
escribirle otra vez a Papá Noel. Le conté lo buena
alumna que había durante el año. Lo bien que me había
portado en casa y la buena hermana que era. Recuerdo la dedicación
que le puse a esa carta escrita en colores y el listado de cosas
que pedí. Después cerré el sobre y se la di
a mamá para que la llevara al correo urgente. Quería
que llegara lo más rápido posible.
Era una tarde de diciembre muy calurosa (vivíamos entonces
en San Telmo) y estábamos los tres hermanos jugando en el
living del departamento que daba al parque Lezama. Sonó el
teléfono y atendió mamá. De repente escuché que
murmuraba por lo bajo.
Dejé de jugar, me acerqué despacio para que no me
viera y la escuché leer mi lista interminable. Luego dijo: “comprale
lo que puedas”. Y se escuchó la voz de mi papá preguntar: “los
varones qué pidieron”.
La tarde de sol brillante se volvió gris en un instante
y mi cara desbordó de lágrimas silenciosas. Acaba
de oír la peor noticia de mi vida. Después, como
una muñeca rabiosa, empecé a los gritos:
“Sos muy mala mamá, se lo contás a papá porque
ustedes no quieren que Papá Noel me traiga todos los regalos
que le pedí. Seguro que pensás que no tenemos lugar
en el departamento ni que necesito más cosas. Pero sabes
qué, él me los va a traer igual y los va a dejar
en la casa de los abuelos, porque me quiere. Ellos le van a dejar
el ventanal abierto como el año pasado”.
Mamá, atónita, dejó el teléfono e intentó consolarme.
Me abrazó y me dijo que cuando fuera grande iba a entender.
“Salí, no quiero que me abraces ni me digas más
nada – le grité - ya te escuché pero no me
importa, porque todo es mentira, yo lo sé. ¡No tenías
por qué leer mi carta, no era para ustedes!”
Me fui corriendo a mi cuarto, cerré la puerta de un golpe
y me tiré en la cama. Tenía los ojos hinchados y
la garganta áspera de tanto gritar.
Esa noche no se habló del tema ni los días que siguieron;
yo esperaba ansiosa la Nochebuena en lo de mis abuelos.
Estaba segura de que Papá Noel, en el apuro, se olvidaría
de cerrarlo otra vez.
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