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Autor:

Romina Amodei

Titulo:

La Casa de Muñecas

 

Pasaba la media noche y todos corrimos por aquel pasillo de la casa de mis abuelos (la distancia parecía eterna) para abrir los regalos de Navidad. La ansiedad infantil se encendía a medida que íbamos llegando a la “misteriosa” puerta de madera, que estaba cerrada. Los adultos, mareados con tanto alboroto, intentaron controlar el “gallinero”. Fue imposible. Éramos tres huracanes empujándose para entrar al cuarto de la ilusión. Lo recuerdo como si hubiese abierto “esa” puerta ayer.
Y desapareció el mundo cuando la vi. Era la Casa de Muñecas que siempre le había pedido a mi papá y que jamás me trajo. Al fin, después de tantas cartas a Papá Noel, mi sueño se pudo tocar. No sé cuántas cosas le conté a Papá Noel para que tuviera muy en cuenta mi pedido. Estaba impresionada con esa sorpresa, y con su tamaño, sus colores y dibujos.
Yo sólo tenía cinco años y caminaba alrededor de ella encandilada. No recuerdo qué pasó con los demás en ese momento. Éramos la casa y yo.
Estaba armada cerca de un ventanal abierto al cual le bailaban las cortinas, entonces me convencí de que Papá Noel, en el apuro, se había olvidado de cerrarlo. Esta idea me ponía loca de alegría. Pero también me entristecía; por pocos minutos no había conocido a Papá Noel en persona...
La Casa de Muñecas tenía el techo azul con una chimenea muy graciosa y todo era como en una casa de verdad, con cocina, baño, cuartos. Afuera había plantas y gatos y perros. Yo estaba embobada con las ventanitas que se abrían y cerraban.
Para mostrársela a los demás no tenía problemas, pero no dejaba que nadie la tocara, porque era algo así como un tesoro. Y sólo mía.
Tíos, tías y primos, todos desfilaron para conocer la Casa de Muñecas. Yo iba y venía como un torbellino de felicidad y por supuesto todos festejaron a mi alrededor, lamentando que no hubiera podido conocer a Papá Noel.
Lo que más me gustaba era que no sólo entraban las muñecas, yo también, si me las ingeniaba. A la madrugada ya la había convertido en mi guarida y cuando jugábamos a las escondidas me escondía ahí.
Al año siguiente empecé primer grado, y obtuve muy buenas calificaciones. Visitaba mi Casa de Muñecas todos los domingos, pues ésta había quedado en la casa de mis abuelos por una cuestión de espacio.
Llegó diciembre, faltaban dos semanas para Navidad, y comencé a escribirle otra vez a Papá Noel. Le conté lo buena alumna que había durante el año. Lo bien que me había portado en casa y la buena hermana que era. Recuerdo la dedicación que le puse a esa carta escrita en colores y el listado de cosas que pedí. Después cerré el sobre y se la di a mamá para que la llevara al correo urgente. Quería que llegara lo más rápido posible.
Era una tarde de diciembre muy calurosa (vivíamos entonces en San Telmo) y estábamos los tres hermanos jugando en el living del departamento que daba al parque Lezama. Sonó el teléfono y atendió mamá. De repente escuché que murmuraba por lo bajo.
Dejé de jugar, me acerqué despacio para que no me viera y la escuché leer mi lista interminable. Luego dijo: “comprale lo que puedas”. Y se escuchó la voz de mi papá preguntar: “los varones qué pidieron”.
La tarde de sol brillante se volvió gris en un instante y mi cara desbordó de lágrimas silenciosas. Acaba de oír la peor noticia de mi vida. Después, como una muñeca rabiosa, empecé a los gritos:
“Sos muy mala mamá, se lo contás a papá porque ustedes no quieren que Papá Noel me traiga todos los regalos que le pedí. Seguro que pensás que no tenemos lugar en el departamento ni que necesito más cosas. Pero sabes qué, él me los va a traer igual y los va a dejar en la casa de los abuelos, porque me quiere. Ellos le van a dejar el ventanal abierto como el año pasado”.
Mamá, atónita, dejó el teléfono e intentó consolarme. Me abrazó y me dijo que cuando fuera grande iba a entender.
“Salí, no quiero que me abraces ni me digas más nada – le grité - ya te escuché pero no me importa, porque todo es mentira, yo lo sé. ¡No tenías por qué leer mi carta, no era para ustedes!”
Me fui corriendo a mi cuarto, cerré la puerta de un golpe y me tiré en la cama. Tenía los ojos hinchados y la garganta áspera de tanto gritar.
Esa noche no se habló del tema ni los días que siguieron; yo esperaba ansiosa la Nochebuena en lo de mis abuelos.
Estaba segura de que Papá Noel, en el apuro, se olvidaría de cerrarlo otra vez.

   
 
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