| |
Desperté con una extraña
sensación, en mi mente había un recuerdo lejano,
pero hermoso. Algo me decía: “¡Cuántos
años han pasado”!... Sí, me respondí.
Qué locura estaba hablando conmigo misma... y me eché a
reír. Me tiré en la cama nuevamente y cerré los
ojos.
Una majestuosa escalera desembocaba en un pasillo eterno, angosto,
de cerámica a cuadros negros y marfil. A sus costados puertas
que daban a los cuartos, baños y una de roble que permitía
la entrada a “esa” cocina. Era una cocina mágica,
había una mesa quilométrica con tortas, dulces o
comidas exquisitas, por supuesto caseras. Hechas por un par de
manos arrugadas, cálidas y hábiles. Desde el ventanal
de la cocina de mi niñez se veía un jardín
que conservaba todas las plantaciones de mi abuelo: cactus, potus,
rosales, petunias, jazmines, amapolas, begonias, aralias ... y
plantas de todas las tonalidades del verde.
Sobre la pared blanca del fondo había un tapiz vegetal,
imperfecto como un mapa, diagramado de una forma especial, siempre
hacia arriba buscando la dirección al cielo. Era la planta
más rápida e inalcanzable del jardín. La enredadera,
una planta curiosa que asomaba sus hojas frescas, y sus ramas finas
por cada ventana de esa gran casa, para espiarnos. Testigo y cómplice
de cada foto familiar, amiga de la esperanza, crecía día
tras día, cada vez más alta e inalcanzable para aquella
niña que la admiraba. Hoy esas puertas se han cerrado, nunca
más supe de aquel pacificador y saludable espacio verde.
Sólo espero que aquel “mundo aparte” de los
años ochenta, sea un bosque frondoso y que esa enredadera
haya escalado hacia su “meta”.
Después de un rato abrí los ojos llenos de lágrimas.
Me miré en el espejo y se me escapó una sonrisa...
Como si esa niña me lo hubiese pedido.
|