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A gritos pido que te salves, la circunstancia
me devora mirando como te dejas vencer. Ante la desesperación
lloro como una nena. Siento el desamparo del silencio que te
rodea, tu mirada se pierde.
Bajo horas indecibles, espero tu evolución.
No cabe duda que ya no querés que te ayudemos. Con dolor,
resignada, espero un milagro.
Acaricio tu pelaje suave y tu cuerpo encuentra paz regocijándose
en cada mimo.
Contra tu voluntad hoy vivís desconcertada y molesta, visitando
veterinarios. Asustada.
De saber que esto te ocurriría... Me enfurece esta impotencia.
Desde lo más profundo del alma te protejo cada día.
Aunque jamás lo sepas.
La realidad me hace sentir el filo del cuchillo como una amenaza
constante. En pesadillas me desvelo y oigo maullidos quejosos.
Entre lo lógico y emocional debato lo incomprensible. Lo
que no puedo aceptar.
Tomo el presente como un trago amargo y miro hacia adelante, busco
un horizonte sano, hasta creo que puede ser posible. Pero sólo
si vos ayudás también.
Los veterinarios revisan cuatro patas, un par de ojos, dos orejas
y una cola, ignorantes!!!... No entienden el sentimiento familiar,
ni el espíritu felino. Quizás la naturaleza les privó la
capacidad de amar. Allá ellos, hijos de puta.
Para sobrellevar este momento y no perder la fe, por la misma razón
- según lo que yo aprendí - el afecto es el mejor
remedio, sin pensarlo dos veces. Sobre todo la caricia que tanta
satisfacción te provoca.
Tras varios días transcurridos así el mañana
es un misterio.
Sólo espero que tu mirada recupere el brillo del cielo celeste.
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