Allá a lo lejos te vi.
Te miré.
Con tus ojos celestes hielo me encontré y mi respiración
se heló.
Dos círculos congelados penetraban mi alma.
Allá a lo lejos te dejé.
Sin dar un solo paso para alcanzarte, vi como desaparecías
entre la neblina.
Sueño de cada estación, ilusión sin razón
perdida en el olvido. Olvido que todavía recuerdo: es
la herida la que llama porque sangra cuando te ve allá atrás,
allá donde el pasado es tan reciente como cada mañana
de otoño.
Te apareces como un relámpago y te vas; fantasma del amor
ajeno al dolor.
Allá a la distancia.
A tu distancia, a mi distancia, te quise como me dejaste hacerlo.
Traté de ser el alma más transparente para poder
acogerte en mis brazos, acomodarte en mi corazón y darte
una razón para confiar en este calor, en este amor.
Te entregué el tiempo que siempre me negué a mi
misma.
Lo puedo sentir. Puedo sentir el ardor de la perdida, de aquel
fuego todavía latente en mi piel.
Allá donde quedó tu ironía.
Mi fantasía.
Mi condena
Tu infamia
Tu ausencia
Mi presencia.
Allá donde el tiempo juega con el olvido.
Los aplausos ya no se oyen y el teatro termina cuando se apagan
las luces.
Allá donde se vuelve a empezar.
El fuego es una débil ceniza que lagrimea y que en ella
se roza el adiós. Se sabe a adiós.
Sin huellas.
Sin rastros.
Sin largas noches para imaginarte.
Sin mapas para seguirte.
Sin ganas de cubrirte en mis recuerdos.
Se astillaron todos mis vitrales y esos círculos celestes
de hielo ya no queman, no me enloquecen, no me llaman, no me
invitan a sentirte, no me congelan.
Esa mirada se perdió en el taller donde hilvané cada
sueño con hilos de miel y sabor a pasión.
Allá solo quedó. |