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el que es fiel al respirar de lo sustantivo,
el que sale a la conquista desde la primera letra,
el que se atreve,
el que estira la bondad y la ternura,
el que derrama su ritmo enamorado;
el que busca,
el que solo rima con la compasión,
el que pulsa el susurro de lo sagrado,
el que es decidor aún en los silencios,
el que toma las estrellas sin soltar el barrio;
el que interroga,
el que seduce a la rebelión,
el que no tiene muerte, porque no cree en ella,
el que extrae metáforas de los valles y las colinas,
el que abre muy grande los ojos de la conciencia,
el que reconoce al Verbo;
el que quiebra el verso ante la soledad y el dolor,
no para doler, sino para incorporarse,
el que posee el adjetivo prohibido,
el que acaricia lugares de futuro
a pura magia;
el que es verdadero
porque se escribe con el alma,
el que ilumina el pasado, para dejar a salvo todos los recuerdos,
el que nunca se rinde, porque reconoce el miedo;
el que atraviesa mares de piedra y tornados de locura,
el que está dispuesto,
el que quiere hacerse y no tenerse,
el que en su inutilidad encuentra su grandeza;
el que sólo en comunión con los otros construye,
el mejor remate,
el que cierra y el que abre:
a otros mundos,
a otras esperanzas,
a otras caminatas por las mismas calles.
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