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Abrí la puerta sin pensarlo, es que la cara que me
arrojó
la mirilla me resultó harto familiar, preguntó
por mi nombre además, pero… ¿adonde se
fue mi sobrestimulada paranoia?... Ya no importó, el
extraño
había entrado y era demasiado tarde para lamentar la
imprudencia… me dio un abrazo tan fuerte, que comencé
a sospechar de que yo sería una de tantas víctimas
anunciadas en los noticiarios, una de esas gentes comunes
que alcanzan el estrellato maquilladas involuntariamente con
su propia sangre. Su llanto de emoción me hizo descartar
ciertos temores, pero ese abrazo de oso que me maniataba…
humm. Forcé el despegue y entonces pude ver de nuevo
su rostro, enrojecido y lloroso. Era familiar, muy familiar…
fantásticamente familiar: ¡Era yo!.
Mi cara de espanto, imagino, habrá sido por demás
elocuente:
_ Walter… no te asustes… somos… parientes.
Cerré la puerta sin dejar de mirarlo: Treinta y largos,
riguroso traje negro con chaleco… algo demodé,
como su peinado. Esa antigüedad; la cadena del reloj
de bolsillo, acentuaba la importancia de su porte. Los zapatos,
clásicos de cuero perforado brillaban negros y espejados
como un lago a medianoche, rematando ese aire respetable, único
detalle que lo diferenciaba rotundamente de mí mismo.
En cuanto percibí que la magnitud de la sorpresa atentaba
contra la calidad de mis modales, corregí el error
invitándolo
a tomar asiento… y algo más.
Me sentí observado con igual curiosidad que la mía
mientras le preparaba el trago. No tenía lo que me
pidió:
ni grapa ni ginebra en la austeridad de mi bodega. Me detuvo
con educado horror, cuando pretendí echar algo de
hielo a su vaso de whisky.
Sentados uno frente al otro con sendos vasos en la mano, nos
miramos detenidamente, presas ambos del más absoluto
de los asombros. Nos sorprendimos levantando el vaso al mismo
tiempo y eso nos hizo reír, pero sin saber muy bien
por qué. Bebió medio vaso de un trago, como
para juntar coraje, y largarme por fin de sopetón
el comentario que jamás puede esperar alguien de
un hombre de su misma edad:
_ Walter… no sé cómo decírtelo,
cómo
explicarte para que me creas… pero yo soy Antonio…
tu… ¡Tu abuelo!.
La palabra me golpeó tan fuerte que me sentí rebotando
en el sillón, propulsado para pararme, y lo hice. El
también se levantó, me tomó del brazo
suplicando un poco de tiempo para explicarse. Fue cuando
nos vimos en el espejo del living. ¿Un hermano desconocido?,
no, no. Mi padre era un “señor”, y mi
madre…
no, no podía ser. ¿Y un primo?… ¡Claro!
¡Un primo lejano y bromista!, o… un loco, ¡O
quizás todo junto!. Un primo de… Europa , ¡eso
es!. Pero sacó su… ¿libreta de enrolamiento?,
y me mostró lo que yo, en el oscuro fondo de la claridad
de mis instintos, más me temía:
“Antonio Lucerna… argentino… fecha de nacimiento
18 de Julio de… ¡1912!“
Sentí que su mano se me posó en el hombro, comprensiva
con aquella inmovilidad que me impedía levantar la
vista del documento de identidad, tan viejo en sus fechas
y tan imposiblemente nuevo en su estado de conservación
como su dueño.
Mi abuelo habló:
_ ¡Lo logré Walter!... he viajado en el tiempo.
Me volví a sentar, apoltronándome para escuchar
la extraordinaria narración, que tal como supuse, duraría
más que la botella.
Me sentí pariente de un loco, fue muy poco lo que pude
comprender de la extensa explicación científica,
resumida, según él, pero demasiado larga para
mi tecnofobia. Se introdujo en una cápsula con un
gas que penetraba los tejidos de la ropa y el cuerpo, otorgándole
la conductividad de un metal; luego, un campo de alta frecuencia
lo hacía cambiar de plano de vibración. El
resto funcionaba netamente por mentalismo… “imaginarse
que…”. Pero parece que ese punto fue precisamente
algo impreciso, y en lugar de avanzar cinco horas, como
pensaba hacer para la prueba piloto, ¡avanzó cinco
décadas!.
_ La mente, querido Walter… es el caballo que aún
nos queda por domar, pero los locos como yo disfrutamos de
eso, y jugamos a cabalgarla aunque sabemos que nos revolcará,
que nos dejará un par de magullones, pero esos minutos,
Walter… esos instantes en los que logramos aferrarnos
a la montura, equivalen a años…
_ Sí, en este caso… ¡más de cincuenta
años!
Reímos como si nos conociésemos de toda la vida.
Forzando mi credulidad para asumir como verdad lo que él
me contaba, le pregunté de qué manera pensaba
regresar a su vida. Me contestó que seguramente en
nuestra
época el hombre ya habría descubierto cómo
viajar en el tiempo. Se sorprendió con cierto orgullo
científico cuando le dije que no, pero no se preocupó
demasiado, me dijo que si lo aceptaba como huésped,
podría
construir otra máquina, aquí mismo, en mi departamento.
“Considerando el avance tecnológico… será
más fácil. Cuando llegué aquí,
estaba buscando la forma de encontrar algún descendiente,
en realidad buscaba a mi hijo, tu padre. Se me ocurrió dirigirme
a la empresa de teléfonos y consultar allí,
entonces una señorita tecleó nuestro apellido
en una máquina
de escribir, y en una especie de pantalla luminosa apareció
una lista de quince personas, con el domicilio y el teléfono.
Como mi dinero ya no sirve, fui caminando hacia la dirección
que supuse de tu padre, y allí, los nuevos propietarios
de la casa me dieron la triste noticia… y tu nombre
y esta dirección y…bueno… ¡Aquí
estoy!”.
Un finísimo pañuelo de hilo, con las iniciales
bordadas, recogió de sus ojos la tristeza húmeda
que brotó por la muerte de su hijo, luego prosiguió
con algunas reflexiones sobre el insólito paseo.
“Parece que la gente tuviese todas las maravillas a su
alcance, pero actúa con tal indiferencia que es como
si no lo supiese. Los veo caminar con apatía de autómatas,
mirando sin ver. La mayoría está apurada y
temerosa. Cuando “llegué” me corporicé de
la nada en plena calle (un peligro no previsto en mi viaje
por el tiempo) y… ¡nadie se percató!.
Un individuo me atropelló caminando, y siguió su
curso…
¡como si nada! ¡Sin pedirme disculpas siquiera!.
Una mujer con un bebé en brazos pedía limosna
para medicamentos… ¡y nadie le prestaba atención!.
Un hombre se cayó en medio de violentos estertores.
La gente lo rodeó pero no hacía nada por él.
Yo me acerqué y le aflojé la ropa, le tomé
el pulso, le di respiración. Estaban mirando como abstraídos,
les grité para que llamen a una ambulancia y…¡estaban
todos mirándome tan raro!. El Hombre murió,
no pude revivirlo con mis auxilios. Quedó muerto
allí,
rodeado como de… zombis, ¡Pero… parecía
gente culta!. Se ve que ya no debe haber muchos infartos hoy,
porque la gente no sabe cómo reaccionar ante un caso
así ¿no es cierto?. El infarto… debe
ser en estos días… ¡toda una antigüedad!”.
No se me ocurrió cómo explicar lo que no tenía
explicación. Le dije que su hijo murió de esa
misma manera, que era muy común, uno de los síndromes
de la modernidad, pero que el apresuramiento en sus conclusiones
resultaba comprensible. Lo invité a comer algo y
aceptó
de buen grado.
Era domingo. En mis domingos de divorciado suelo cenar apenas
algunos sándwiches. Tendí los paquetes en la
mesa para que cada uno se sirviese a su gusto. Mi abuelo
tomó
una feta de fiambre, la levantó contra la luz a la altura
de los ojos, la estudió con los dedos, la olió
y probó entre gestos por demás simiescos. La
devoró
de golpe, se quedó pensando un instante, tomó
el paquetito, leyó la etiqueta y exclamó indignado:
“¡Jamón Cocido!”. Lo arrojó
sobre la mesa con la suavidad de un naipe. Se levantó
para husmear la cocina como un detective. Volvió pero
sin sentarse, tomó nuevamente el paquete para leer
la etiqueta otra vez, pero con sus anteojos. Me dio un palmazo
en la espalda riendo y me acercó tanto el paquete
a los ojos que pensé que me lo iría a refregar
por la cara.
_ ¡Jaja… Walter! … ¡Deberías
leer la letra chica!
_ …..?
Me sacó el paquete y me recitó la etiqueta como
un colegial.
_ “Ingredientes: carne de cerdo, tocino, fécula,
conservantes, saborizante, esencia de ahumado, colorante,
antioxidante, sal, azúcar, gelatina...”
_ ¿Y eso qué tiene de malo?
_ ¡Que te vendieron la pierna ortopédica del chancho
rengo!... ¿No te das cuenta?... ¡No es jamón!...¡No
tiene gusto a nada!.
Probó la cerveza “ligth” y la dejó,
tratando de disimular su cara de asco. Leyó el sachet
de la mayonesa, que destacaba como ventaja y en luminosas
letras que había sido elaborada “¡Sin
huevo!”.
Debió percibir mi incipiente enojo, porque se contuvo,
meditó unos instantes y cambió de tema. Me soltó
una pregunta cuya posible respuesta, a juzgar por la timidez
de su tono, lo aterrorizaba desde el momento en que logró
encontrarme.
_ ¿Tu padre te habló… de mí?
_ Muy poco
Ante la insistencia tuve que contarle la verdad. Mi padre lo
odiaba porque los abandonó, a su madre, y a él,
cuando tenía 11 años. Dedicado enteramente
a sus experimentos y a sus viajes de aventuras, ignoró a
su familia, limitándose a responder económicamente
por ellos en forma inestable, de la riqueza a la miseria,
de la miseria a un buen pasar, y así. Su madre lo
crió
hasta la adolescencia con su sueldo de maestra. La abuela había
muerto hace ya catorce años.
Agachó la cabeza tomándosela entre las manos
y quedó en un estado de autismo temporal, a tal punto
que llegué a dudar de su atención hacia el resto
de mi relato. Sacó su reloj de bolsillo, lo abrió
y sus ojos se le desvanecieron de tristeza mirando el interior
de la tapa. Intentó retener una lágrima con
el párpado sin lograrlo. Cuando la gota cayó,
el hombre pareció recuperar en su apariencia más
de la mitad del lustro que con su invento se había
salteado. Lo acompañé hasta mi dormitorio,
al que llegó
prácticamente por la ayuda de mi voluntad. Le saqué
los zapatos y la corbata, y le abrí el chaleco. “No
volví Walter, ¿te das cuenta?... ¡NO volví!”,
y entró en un sopor depresivo que no me atreví
a interrumpir: “Demasiadas emociones para un abuelo”,
pensé con una ironía de la que me arrepentí
en el acto, pero el caballo de mi mente ya había tirado
su patada, aunque solo lastimándome a mí mismo,
como siempre me pasa en mi perversión a medias, o
en la mediocridad de mi ternura, lo que vendría a
ser igual.
Improvisé mi lecho en el sillón del estar, pero
antes de dormirme fui a buscar una lata de cerveza, como para
derrotar el insomnio desencadenado por un domingo tan desopilante
en su remate, que no me dio la oportunidad para pensar en
suicidarme, como me sucedía todos los domingos, desde
que sufro de flamante soltería por segunda vez.
Me preguntaba si en realidad no estaba durmiendo ya, si todo
esto no había sido más que un sueño extraño,
cuando vi sobre la mesa el antiguo reloj abierto, con la
foto blanquinegra de una hermosa mujer en su interior. En
las facciones de la antigua joven pude reconocer perfectamente
a mi querida abuela.
Tirado en el sofá, levantaba mis brazos y hacia colgar
columpiando a la joya sobre el mi rostro, jugueteando como
un niño insomne. De tanto mirarlo, encontré un
botoncito imperceptible y el portarretrato se abrió como
si fuese una segunda tapa, dejando ver el hermoso grabado
a mano que el retrato celaba:
“Que los brazos de este reloj, pulan en su implacable
girar,
el áureo brillo de tu corazón de niño,
hasta convertirlo en regalo digno,
para la dueña del rostro que aquí resguardes,
al abrigo del tiempo”
Remataba la dedicatoria: “Para mi hijo Antonio, en sus
18 años, 1930”
El descubrimiento me corrió un velo y comencé
a experimentar por primera vez la extraña vivencia de
una vivencia extraña, es decir… la de enfundarme
en la piel de un extraño, para tratar de comprenderlo.
En lugar de condenar a mi abuelo por ignorar el consejo
tan sabiamente grabado en su reloj, habiendo sido ya castigado
con la pérdida de su amada por una excesiva pasión
por la ciencia y la aventura, me bajé del imaginario
podio de juez, para ir a sentarme en el banquillo de los
acusados:
¿Por qué extraordinaria pasión había
perdido yo la mía en dos oportunidades?. La primera
resultaba comprensible: fue con la noviecita de adolescente,
la puerilidad en nuestra relación desencadenó en
la cadena del matrimonio por su propio peso… y el de
ambas familias. Pero la segunda… ¡Ahh, Julia … yo
nunca dejé
de amarla, y creo que ella, en el fondo sigue… . ¿Qué
fue lo que nos pasó?. La rutina, el trabajo, la situación…
esa insistencia de ella por tener un hijo cuando la situación
no estaba dada. Sin vivienda propia, con un trabajo administrativo
en una empresa de dudoso futuro, dedicando mis energías
a tratar de conservarlo y a la remota posibilidad de ascender
un poco… la perdí a ella… ¡Por un
empleo de mierda que me perdió a mí!. El abuelo
por los menos fue más digno… ¡Una máquina
para viajar en el tiempo! ¡En su época!. Él
ya había viajado por todo el mundo: África,
Tibet, Egipto, Polinesia… ¡Sólo le
faltaba viajar por el tiempo!. Tal como me confesó después,
le resultó mucho más tentador que viajar
por el espacio estelar, cuya esterilidad aledaña…“con
un telescopio ya podíamos ver”. Me acordé de
papá, una vida gris de contador, de empleado público
en declarada rebeldía hacia las aventuras y genialidades
de mi abuelo que lo privaron de un padre. ¿Y
mi rebeldía
hacia esa vida gris? ¿Sería esta nueva profesión
mía, la de entrenador para un equipo de vendedores
de quimeras, mi forma inconsciente de rebelarme?. No, no
voy a engañarme a mi mismo, acepté esta tarea
por franca necesidad, y me fue bien… ¿o no?,
bueno, en realidad no puedo quejarme… ¿o sí?, ¿Un
suicida dominguero en potencia no tiene nada de qué quejarse?
¿Y aquella vez que comencé a tomarme el frasco…?.
¿Acaso mi acto de rebeldía consistía en
rebelarme a la rebeldía?...
Buscando excusas para mi falta de coraje, me amortajé
en la frazada para sumirme en la seguridad de mi pequeña
muerte de todos los días.
Por la mañana atendí como pude al visitante del
tiempo, le expliqué el uso de la máquina de
afeitar, del televisor, el equipo de música y del
horno de microondas. Le mostré los víveres
en la alacena y el frezzer, le dejé el desayuno servido
y me marché, insistiendo
en que respete mi consejo de no salir a la calle hasta que
yo llegue, y de que no le abra la puerta a nadie, porque
era muy peligroso para quien no estuviera habituado a la
delincuencia de hoy en día. Con la culpa esculpida
en el rostro, quiso explicarme que intentaría volver
al pasado, pero no le presté atención, mi futuro
estaba en juego: se me hacía demasiado tarde.
Pasé un día como cualquier otro, salvo por la
ansiedad de reencontrarme con mi abuelo en casa ¿Qué
le habrán parecido las maravillas del confort de la
modernidad, sin necesidad de moverse de la seguridad del departamento
para observar el mundo, para ver una película, escuchar
un concierto o comer comida prehecha con meses de anticipación
lista para descongelar y calentar?. Cuando llegué me
lo encontré cómodamente instalado, en calzoncillo,
tomando gaseosa lima/limón mirando el canal de pornografía.
_ ¿Pe… pero qué esta haciendo, abuelo?
_ Aquí me ves, ¡Disfrutando de las MUJERES Y EL
CHAMPAGNE!.
Mi ansiedad no había sido comparable a la de él
por encontrarse conmigo para gastarme esa broma, que en un
principio no supe interpretar como una de las lecciones más
grandes que el pasado nos puede dar sobre la artificialidad
de nuestro presente, y mucho menos directamente de la boca
de uno de sus hombres más inteligentes… y confundidos:
_ ¿Cuándo fue la Gran Guerra, Walter?
_ Usted lo pudo ver, en su época…
_ No, esa no, hablo del holocausto nuclear…
Había imaginado que Estados Unidos y Europa se habían
aliado para adueñarse del mundo, y que la guerra nuclear,
según él, había estallado generando
el desabastecimiento de productos naturales, como carne,
vegetales, madera, cuero y otros.
“De otra forma no se concibe a proveedores y consumidores
llamando, erróneamente y a sabiendas por sus nombres
originales, a imitaciones tan burdas de los productos de
uso común, como en el caso del jamón, y el
café
descafeinado, y la “lana” 100% …¿acrílico?
Y… ¡Mirá ese plástico pintado con
vetas de madera o de mármol!, y…”. Me
enumeró
un sinnúmero de ejemplos y saltó mentalmente
de un pilar al otro con que el que pretendía sostener
la estructura de su absurda tesis: “El caos y la violencia
se han adueñado de las calles como en la post guerra
de un país perdedor, y el lenguaje, ese apogeo del
inglés,
el francés y el italiano, el culto a las costumbres
de Norteamérica…es evidente que son los dueños
del mundo, Walter, pero al parecer han destruido gran parte
de los recursos naturales al invadirlo, y arrasaron con las
culturas de los pueblos para mantener su dominio…¿Cuándo
se desató esa guerra?... ¿Nuestro país
tomó parte acaso, para que comamos pan negro en el “granero
del mundo” y para que a la carne de cerdo haya que
reemplazarla con fécula de maíz”
Era increíble cómo la mente privilegiada de mi
abuelo, con una lógica impecable, llegaba a conclusiones
tan descabelladas, deducidas de lo que observaba en el televisor
y en nuestros escasos paseos:
“El abuso de productos descartables de plástico,
me demuestra que el petróleo es un producto abundante
y económico, no como lo imaginamos en nuestra época.
Esto también puede verse por el tráfico de
automóviles…”.
Pero lo que más le preocupaba era el uso del lenguaje
“¿A este plástico flexible le llaman cuero
ecológico? ¿Qué tiene de ecológico
si el grado de contaminación al que han llegado por
fabricar estas cosas es aterrador?... ¿es que las
palabras han perdido el sentido?”. Yo le retruqué que
era ecológico…
porque era “económico y lógico”.
Esa obsesión por los términos que tenía,
pretendía
justificarla porque según él, si a las cosas
no se las llamaba por su verdadero nombre, resultaba muy difícil
conservar la claridad del sentido de lo autentico. Me pareció
una obsoleta exageración sin dudas, pero confieso que
a veces sus razonamientos hacían tambalear la estructura
de mis costumbres hasta el nivel de lo risible, como aquella
vez en el gimnasio:
“Tomás un taxi para no caminar siete cuadras,
y venís a caminar aquí, sobre esa cinta transportadora,
y a manejar esa bicicleta aferrada al piso….¡Y
pagás
por esto como un servicio!. Seguro que sos rico… ¿por
qué no querés reconocerlo?. No pienso pedirte
dinero…” . Cuando le dije que la ventaja era
que podía caminar todo lo que quería sin necesidad
de salir de allí, por supuesto que no me entendió.
“El tiempo en televisión debe ser muy barato,
accesible a la gente de todo nivel, debe ser la abundancia
de canales, que no saben cómo llenar su programación:
Hoy miré un programa dedicado a una pelea de vecinos,
lo dirigía una vedette algo vieja ya, que trataba de
reconciliarlos, pero en realidad echaba más leña
al fuego. Los participantes tenían la apariencia de
gente de muy bajo nivel sociocultural y la vedette, una guasa
a la que al parecer, se le da una inmerecida importancia:
En otro programa le hicieron un reportaje en el que declaró que
sus pechos son artificiales…
¡Hasta las tetas son de plástico, Walter!. Hay
un canal entero dedicado a trasmitir “24 horas en directo”
a un grupo de adolescentes conviviendo en una casa… ¿A
quienes les pueden interesar semejantes estupideces?.”
Pero dejando esas lógicas diferencias del ilógico
encuentro entre dos hombres de la misma edad y distinta generación,
la convivencia con mi abuelo tuvo algunos chispazos que supieron
iniciarme en todo un proceso de transformación interior,
una toma de conciencia gradual, una fuerza que se va acumulando
con la certera intención de estallar y reacomodar
de una patada a mi escala personal de valores. Como aquella
vez en que, luego de fracasar en uno de sus experimentos
para fabricar el gas indispensable para su viaje por el
tiempo, se largó
a llorar con desesperación, doblegado de dolor sobre
el reloj de bolsillo que aferraba entre su pecho y la mano,
como si la joya hubiese sido un proyectil que lo hiriera de
muerte, y entre los estertores de su agonía tratase
de contener la hemorragia de sus sentimientos. Le pasé mi
brazo sobre el hombro, y esperé a que drenase aquella
herida del alma, cuyo desmejoramiento irreversible pude
observar, a pesar la ceguera emocional que desde hace años
me aqueja. El fogonazo de su pregunta me tomó desprevenido:
_ ¿Estas enamorado, Walter?
_ ¿…? …. creo que no.
_ ¿Cómo se llama?
_ ¿Cómo se llama quien?
_ Ese amor no correspondido que te sume en semejante estado
de apatía por vos mismo.
_ Esteee… ejem… Julia, pero no es que no esté
correspondido, simplemente… ¡no nos llevamos bien!...
no nos entendemos… uff… eso es todo.
_ ¿Adonde está ella ahora?
_ N… no lo sé… sólo me dejó
un número de teléfono móvil.
_ ¿La dejaste ir?... ¡Amándola así!...
¿Te engañó con otro?
_ No, no es eso, estoy rehaciendo mi vida laboral y una vez
que resuelva un par de cosas.. quizás…
_ ¡Quizás sea tarde!... ¡Mirá lo
que me pasó a mí!... ¿A qué te
dedicás,
que es tan importante?.
Le expliqué. Se quedó pensando de esa forma abstraída
tan peligrosa que ya le conocía, y que ineluctablemente
arrojaba como resultado la más inesperada de las conclusiones.
No se hizo esperar mucho esta vez:
_ O sea que tu trabajo consiste en estimular a la gente para
que le venda a otra gente la idea de ser vendedores como los
primeros, para que le vendan a otra gente a su vez, la misma
idea de ser vendedores como los primeros y los segundos…
y así, pero decime… ¿El producto que venden,
en realidad, cual es?
_ Ese: el curso de ventas…
_ ¡Jah!...Pe… pero… ¡Eso es una estafa
en cadena!
_ ¿Por qué? Si hacen lo que deben, entonces hacen
dinero…
_ No, Walter, en un esquema así, hacen dinero haciendo
lo que no deben… ¡Y me decís que por ese…
trabajo de mierda, estas demorando tu reencuentro con Julia
y el amor!. ¡Estas frito Walter! ¡El Tiempo y
la Muerte, los enemigos que me separan de mi amada, no son
nada al lado del que te separa de la tuya!
_ ¿Ah, no? ¿Y cual es?
_ Vos… ¡Vos mismo sos tu enemigo!. Es por eso que
este Walter que hoy conozco NUNCA logrará vencerlo.
Para alcanzar el amor y merecerlo, vas a tener que cambiar
radicalmente, vas a tener que destruir a Walter y nacer a
una nueva vida. No te culpo: En mi caso, con este fracaso… ¡Yo
apenas acabo de darme cuenta!.
Remató la frase con una acongojada sarta de improperios,
estrellando contra la pared la ampolla de vidrio en la que
guardaba el fallido gas de su creación, y rompió a
llorar de nuevo.
La obsesión de mi abuelo por reconstruir su máquina
fue creciendo dramáticamente hasta llegar a niveles
contagiosos, al punto de permitirle que desarme el horno
de microondas, el radio reloj despertador y el secador de
cabello, artefactos indispensables para mi vida cotidiana,
desordenada a esa altura tanto como mi hábitat, por
los delirios creativos de mi abuelo inventor. Entablé una
verdadera lucha familiar para lograr salvar la cafetera eléctrica,
esa fiel destiladora de mi vicio mañanero.
Le regalé una pizarra con un juego de marcadores y un
borrador, lo que interpretó como un gesto de aprecio,
cuando en realidad yo estaba cansado de patear bollos de
papel para cruzar del living a la cocina. No resultó muy
buena idea: Los raptos de inspiración para desarrollar
sus fórmulas no respetaban fórmicas, vidrios,
y mucho menos el espejo y las paredes azulejadas del baño:
un lugar, por lo que pude apreciar, asombrosamente inspirador
para su desbordante genialidad. La complejidad de estas ecuaciones,
y el estrambótico desparramo de artefactos enmarañados
en cables y mangueras por todo el estar, me hacían
dudar tanto de su cordura, como de la mía, que permitía
semejante ultraje a mi rutina. Pero la admiración
que sentía por esa antítesis de hombre cuya
misma sangre corría por mis venas, anuló el
impulso que muchas veces tuve para fijarle un límite.
Tuvo que elegir un lunes para desaparecer, tuvo que ser hoy,
mientras yo estaba trabajando. Y ahora me encuentro aquí,
nuevamente solo en mi departamento, con esa extravagante
máquina
chamuscada, aferrado a esta carta que me dejó.
“Querido Walter:
No me juzgues un ingrato por haber partido sin despedirme.
Sabía
que intentarías retenerme y no puedo permitir que el
caballo de mi mente se me desboque por luchas internas. Si
para cuando estés leyendo esto, tu vida y la de nuestra
familia no han cambiado, es que se ha cumplido lo que me temía:
No es posible regresar al pasado. Disculpame, pero debo intentarlo,
el suicidio era la otra alternativa para aliviar mi angustia
pero la descarté, porque si bien estoy convencido de
que las posibilidades de enmendar mi error son bien escasas,
me pareció una estupidez más grande dejar de
intentarlo. Prefiero que el Tiempo sea mi asesino natural,
y me llevo su secreto conmigo, para que nadie demuela su
vida como yo lo hice. La máquina, como ya habrás
notado, la diseñé
para que se destruya en unos instantes, luego de ser utilizada…
por mí.
Lo más probable será que al tratar de regresar,
vuelva a salir disparado hacia el futuro. Si el viaje es corto,
supongo que nos veremos de nuevo, pero no lo creo. Albergo
la esperanza de viajar hacia un tiempo menos ficticio que
el tuyo, y tengo la certeza de poder encontrarlo tanto en
el pasado…
como en el futuro. Un tiempo en el que la mayonesa y los Hombres,
no se ufanen de su carencia de huevos.
Tuve el impulso de dejarte mi reloj, pero es una cuestión
de honor llevarlo conmigo hasta que emprenda “el viaje
final” que nos toca a hacer a todos los mal llamados “mortales”.
Pero voy a dejarte un regalo de todos modos, y es esta Verdad
que intuyo y que quizás pueda rescatarte del colapso
emocional en el que estás inmerso, te pido que reflexiones
cada tanto sobre estas líneas que te dedica un
viajero de la vida, del mundo… y del tiempo:
Por lo que veo, es imposible volver al pasado: el presente
va muriendo instantáneamente. Es por eso que el verdadero
desafío sería viajar al presente. No vivimos
en el presente, sólo lo deducimos. Nuestros sentidos
perciben la realidad, pero a nuestra mente llega unos instantes
más
tarde. Es decir, percibimos “lo que ya fue”, lo
que murió para siempre. Esto es obvio, pero tanto como
nuestra nariz: algo que sabemos que “es así”,
pero no lo confirmamos hasta que no la contemplamos reflejada
en algo. Aunque no nos demos cuenta, queramos o no, todos
estamos viajando hacia el futuro a una velocidad de 24 horas
por día,
sin necesidad de utilizar máquina alguna. La tendencia
del futuro es modificable, aún por los pequeños
actos que podamos realizar en el “viaje” de la
Vida. Una demostración es esta misma carta, que para
cuando termines de razonarla, seguramente habrás
abandonado tu loca idea de suicidarte. Sí, Walter,
es algo que siempre supe leer en tus ojos. Espero que no
lo hagas, porque tu futuro…
EL FUTURO, es CONSTRUIBLE, mi nieto querido, y uno influye
en forma inexorable en su construcción, por acción
o incluso por inacción. El célebre Tao de Lao
Tsé, nos dice que las consecuencias de nuestras acciones
son ineludibles, pero yo agregaría que las secuelas
de lo que no hacemos, también lo son. Vivimos la
mayor parte de nuestra vida en estado de inmadurez espiritual,
como el feto en la bolsa de la madre, conscientes apenas
de un mundo propio, limitados a una burbuja individual
y vegetativa dentro de la que nos creemos ilusoriamente
protegidos, pero la Vida se respira AFUERA, la Gran Verdad
es que estamos relacionados simbióticamente
con todo el universo, y que vivimos en continuo movimiento
por el Infinito. El “feto”, en algún
momento conocerá la Luz, pero primero debe romper
esa bolsa que lo aísla unilateralmente del TODO.
Me despido con la certeza de que pronto mi nieto nacerá de
nuevo, y quizás
también lo haga la “Humanidad”, en todo
el sentido de lo que esta palabra significa. Te quiero Walter,
y has hecho por este genio loco, mucho más de lo que
jamás podrás imaginarte. No temas por mí,
yo no lo hago: No puedo ya sentir miedo, después
de lo que he perdido… y de lo que me ha tocado aprender
al perderlo.
Gracias por todo.
Antonio Lucerna, 14 de septiembre del 2.002”
Y ahora yo no sé por qué tengo esta sensación
extraña dentro del pecho, como un cosquilleo excitante
mientras el caballo de mi mente arrastra mi mano hacia el
teléfono
y la hace discar, casi sin pensarlo.
Alejandro Racedo “EL Loco”