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Alejandro Racedo

Title:

Una cara familiar

 
 

Abrí la puerta sin pensarlo, es que la cara que me arrojó la mirilla me resultó harto familiar, preguntó por mi nombre además, pero… ¿adonde se fue mi sobrestimulada paranoia?... Ya no importó, el extraño había entrado y era demasiado tarde para lamentar la imprudencia… me dio un abrazo tan fuerte, que comencé a sospechar de que yo sería una de tantas víctimas anunciadas en los noticiarios, una de esas gentes comunes que alcanzan el estrellato maquilladas involuntariamente con su propia sangre. Su llanto de emoción me hizo descartar ciertos temores, pero ese abrazo de oso que me maniataba… humm. Forcé el despegue y entonces pude ver de nuevo su rostro, enrojecido y lloroso. Era familiar, muy familiar… fantásticamente familiar: ¡Era yo!.
Mi cara de espanto, imagino, habrá sido por demás elocuente:
_ Walter… no te asustes… somos… parientes.
Cerré la puerta sin dejar de mirarlo: Treinta y largos, riguroso traje negro con chaleco… algo demodé, como su peinado. Esa antigüedad; la cadena del reloj de bolsillo, acentuaba la importancia de su porte. Los zapatos, clásicos de cuero perforado brillaban negros y espejados como un lago a medianoche, rematando ese aire respetable, único detalle que lo diferenciaba rotundamente de mí mismo.
En cuanto percibí que la magnitud de la sorpresa atentaba contra la calidad de mis modales, corregí el error invitándolo a tomar asiento… y algo más.
Me sentí observado con igual curiosidad que la mía mientras le preparaba el trago. No tenía lo que me pidió: ni grapa ni ginebra en la austeridad de mi bodega. Me detuvo con educado horror, cuando pretendí echar algo de hielo a su vaso de whisky.
Sentados uno frente al otro con sendos vasos en la mano, nos miramos detenidamente, presas ambos del más absoluto de los asombros. Nos sorprendimos levantando el vaso al mismo tiempo y eso nos hizo reír, pero sin saber muy bien por qué. Bebió medio vaso de un trago, como para juntar coraje, y largarme por fin de sopetón el comentario que jamás puede esperar alguien de un hombre de su misma edad:
_ Walter… no sé cómo decírtelo, cómo explicarte para que me creas… pero yo soy Antonio… tu… ¡Tu abuelo!.
La palabra me golpeó tan fuerte que me sentí rebotando en el sillón, propulsado para pararme, y lo hice. El también se levantó, me tomó del brazo suplicando un poco de tiempo para explicarse. Fue cuando nos vimos en el espejo del living. ¿Un hermano desconocido?, no, no. Mi padre era un “señor”, y mi madre… no, no podía ser. ¿Y un primo?… ¡Claro! ¡Un primo lejano y bromista!, o… un loco, ¡O quizás todo junto!. Un primo de… Europa , ¡eso es!. Pero sacó su… ¿libreta de enrolamiento?, y me mostró lo que yo, en el oscuro fondo de la claridad de mis instintos, más me temía:
“Antonio Lucerna… argentino… fecha de nacimiento 18 de Julio de… ¡1912!“
Sentí que su mano se me posó en el hombro, comprensiva con aquella inmovilidad que me impedía levantar la vista del documento de identidad, tan viejo en sus fechas y tan imposiblemente nuevo en su estado de conservación como su dueño. Mi abuelo habló:
_ ¡Lo logré Walter!... he viajado en el tiempo.
Me volví a sentar, apoltronándome para escuchar la extraordinaria narración, que tal como supuse, duraría más que la botella.
Me sentí pariente de un loco, fue muy poco lo que pude comprender de la extensa explicación científica, resumida, según él, pero demasiado larga para mi tecnofobia. Se introdujo en una cápsula con un gas que penetraba los tejidos de la ropa y el cuerpo, otorgándole la conductividad de un metal; luego, un campo de alta frecuencia lo hacía cambiar de plano de vibración. El resto funcionaba netamente por mentalismo… “imaginarse que…”. Pero parece que ese punto fue precisamente algo impreciso, y en lugar de avanzar cinco horas, como pensaba hacer para la prueba piloto, ¡avanzó cinco décadas!.
_ La mente, querido Walter… es el caballo que aún nos queda por domar, pero los locos como yo disfrutamos de eso, y jugamos a cabalgarla aunque sabemos que nos revolcará, que nos dejará un par de magullones, pero esos minutos, Walter… esos instantes en los que logramos aferrarnos a la montura, equivalen a años…
_ Sí, en este caso… ¡más de cincuenta años!
Reímos como si nos conociésemos de toda la vida. Forzando mi credulidad para asumir como verdad lo que él me contaba, le pregunté de qué manera pensaba regresar a su vida. Me contestó que seguramente en nuestra época el hombre ya habría descubierto cómo viajar en el tiempo. Se sorprendió con cierto orgullo científico cuando le dije que no, pero no se preocupó demasiado, me dijo que si lo aceptaba como huésped, podría construir otra máquina, aquí mismo, en mi departamento.
“Considerando el avance tecnológico… será más fácil. Cuando llegué aquí, estaba buscando la forma de encontrar algún descendiente, en realidad buscaba a mi hijo, tu padre. Se me ocurrió dirigirme a la empresa de teléfonos y consultar allí, entonces una señorita tecleó nuestro apellido en una máquina de escribir, y en una especie de pantalla luminosa apareció una lista de quince personas, con el domicilio y el teléfono. Como mi dinero ya no sirve, fui caminando hacia la dirección que supuse de tu padre, y allí, los nuevos propietarios de la casa me dieron la triste noticia… y tu nombre y esta dirección y…bueno… ¡Aquí estoy!”.
Un finísimo pañuelo de hilo, con las iniciales bordadas, recogió de sus ojos la tristeza húmeda que brotó por la muerte de su hijo, luego prosiguió con algunas reflexiones sobre el insólito paseo.
“Parece que la gente tuviese todas las maravillas a su alcance, pero actúa con tal indiferencia que es como si no lo supiese. Los veo caminar con apatía de autómatas, mirando sin ver. La mayoría está apurada y temerosa. Cuando “llegué” me corporicé de la nada en plena calle (un peligro no previsto en mi viaje por el tiempo) y… ¡nadie se percató!. Un individuo me atropelló caminando, y siguió su curso… ¡como si nada! ¡Sin pedirme disculpas siquiera!. Una mujer con un bebé en brazos pedía limosna para medicamentos… ¡y nadie le prestaba atención!. Un hombre se cayó en medio de violentos estertores. La gente lo rodeó pero no hacía nada por él. Yo me acerqué y le aflojé la ropa, le tomé el pulso, le di respiración. Estaban mirando como abstraídos, les grité para que llamen a una ambulancia y…¡estaban todos mirándome tan raro!. El Hombre murió, no pude revivirlo con mis auxilios. Quedó muerto allí, rodeado como de… zombis, ¡Pero… parecía gente culta!. Se ve que ya no debe haber muchos infartos hoy, porque la gente no sabe cómo reaccionar ante un caso así ¿no es cierto?. El infarto… debe ser en estos días… ¡toda una antigüedad!”.
No se me ocurrió cómo explicar lo que no tenía explicación. Le dije que su hijo murió de esa misma manera, que era muy común, uno de los síndromes de la modernidad, pero que el apresuramiento en sus conclusiones resultaba comprensible. Lo invité a comer algo y aceptó de buen grado.
Era domingo. En mis domingos de divorciado suelo cenar apenas algunos sándwiches. Tendí los paquetes en la mesa para que cada uno se sirviese a su gusto. Mi abuelo tomó una feta de fiambre, la levantó contra la luz a la altura de los ojos, la estudió con los dedos, la olió y probó entre gestos por demás simiescos. La devoró de golpe, se quedó pensando un instante, tomó el paquetito, leyó la etiqueta y exclamó indignado: “¡Jamón Cocido!”. Lo arrojó sobre la mesa con la suavidad de un naipe. Se levantó para husmear la cocina como un detective. Volvió pero sin sentarse, tomó nuevamente el paquete para leer la etiqueta otra vez, pero con sus anteojos. Me dio un palmazo en la espalda riendo y me acercó tanto el paquete a los ojos que pensé que me lo iría a refregar por la cara.
_ ¡Jaja… Walter! … ¡Deberías leer la letra chica!
_ …..?
Me sacó el paquete y me recitó la etiqueta como un colegial.
_ “Ingredientes: carne de cerdo, tocino, fécula, conservantes, saborizante, esencia de ahumado, colorante, antioxidante, sal, azúcar, gelatina...”
_ ¿Y eso qué tiene de malo?
_ ¡Que te vendieron la pierna ortopédica del chancho rengo!... ¿No te das cuenta?... ¡No es jamón!...¡No tiene gusto a nada!.
Probó la cerveza “ligth” y la dejó, tratando de disimular su cara de asco. Leyó el sachet de la mayonesa, que destacaba como ventaja y en luminosas letras que había sido elaborada “¡Sin huevo!”. Debió percibir mi incipiente enojo, porque se contuvo, meditó unos instantes y cambió de tema. Me soltó una pregunta cuya posible respuesta, a juzgar por la timidez de su tono, lo aterrorizaba desde el momento en que logró encontrarme.
_ ¿Tu padre te habló… de mí?
_ Muy poco
Ante la insistencia tuve que contarle la verdad. Mi padre lo odiaba porque los abandonó, a su madre, y a él, cuando tenía 11 años. Dedicado enteramente a sus experimentos y a sus viajes de aventuras, ignoró a su familia, limitándose a responder económicamente por ellos en forma inestable, de la riqueza a la miseria, de la miseria a un buen pasar, y así. Su madre lo crió hasta la adolescencia con su sueldo de maestra. La abuela había muerto hace ya catorce años.
Agachó la cabeza tomándosela entre las manos y quedó en un estado de autismo temporal, a tal punto que llegué a dudar de su atención hacia el resto de mi relato. Sacó su reloj de bolsillo, lo abrió y sus ojos se le desvanecieron de tristeza mirando el interior de la tapa. Intentó retener una lágrima con el párpado sin lograrlo. Cuando la gota cayó, el hombre pareció recuperar en su apariencia más de la mitad del lustro que con su invento se había salteado. Lo acompañé hasta mi dormitorio, al que llegó prácticamente por la ayuda de mi voluntad. Le saqué los zapatos y la corbata, y le abrí el chaleco. “No volví Walter, ¿te das cuenta?... ¡NO volví!”, y entró en un sopor depresivo que no me atreví a interrumpir: “Demasiadas emociones para un abuelo”, pensé con una ironía de la que me arrepentí en el acto, pero el caballo de mi mente ya había tirado su patada, aunque solo lastimándome a mí mismo, como siempre me pasa en mi perversión a medias, o en la mediocridad de mi ternura, lo que vendría a ser igual.
Improvisé mi lecho en el sillón del estar, pero antes de dormirme fui a buscar una lata de cerveza, como para derrotar el insomnio desencadenado por un domingo tan desopilante en su remate, que no me dio la oportunidad para pensar en suicidarme, como me sucedía todos los domingos, desde que sufro de flamante soltería por segunda vez.
Me preguntaba si en realidad no estaba durmiendo ya, si todo esto no había sido más que un sueño extraño, cuando vi sobre la mesa el antiguo reloj abierto, con la foto blanquinegra de una hermosa mujer en su interior. En las facciones de la antigua joven pude reconocer perfectamente a mi querida abuela.
Tirado en el sofá, levantaba mis brazos y hacia colgar columpiando a la joya sobre el mi rostro, jugueteando como un niño insomne. De tanto mirarlo, encontré un botoncito imperceptible y el portarretrato se abrió como si fuese una segunda tapa, dejando ver el hermoso grabado a mano que el retrato celaba:
“Que los brazos de este reloj, pulan en su implacable girar,
el áureo brillo de tu corazón de niño, hasta convertirlo en regalo digno,
para la dueña del rostro que aquí resguardes, al abrigo del tiempo”
Remataba la dedicatoria: “Para mi hijo Antonio, en sus 18 años, 1930”
El descubrimiento me corrió un velo y comencé a experimentar por primera vez la extraña vivencia de una vivencia extraña, es decir… la de enfundarme en la piel de un extraño, para tratar de comprenderlo. En lugar de condenar a mi abuelo por ignorar el consejo tan sabiamente grabado en su reloj, habiendo sido ya castigado con la pérdida de su amada por una excesiva pasión por la ciencia y la aventura, me bajé del imaginario podio de juez, para ir a sentarme en el banquillo de los acusados: ¿Por qué extraordinaria pasión había perdido yo la mía en dos oportunidades?. La primera resultaba comprensible: fue con la noviecita de adolescente, la puerilidad en nuestra relación desencadenó en la cadena del matrimonio por su propio peso… y el de ambas familias. Pero la segunda… ¡Ahh, Julia … yo nunca dejé de amarla, y creo que ella, en el fondo sigue… . ¿Qué fue lo que nos pasó?. La rutina, el trabajo, la situación… esa insistencia de ella por tener un hijo cuando la situación no estaba dada. Sin vivienda propia, con un trabajo administrativo en una empresa de dudoso futuro, dedicando mis energías a tratar de conservarlo y a la remota posibilidad de ascender un poco… la perdí a ella… ¡Por un empleo de mierda que me perdió a mí!. El abuelo por los menos fue más digno… ¡Una máquina para viajar en el tiempo! ¡En su época!. Él ya había viajado por todo el mundo: África, Tibet, Egipto, Polinesia… ¡Sólo le faltaba viajar por el tiempo!. Tal como me confesó después, le resultó mucho más tentador que viajar por el espacio estelar, cuya esterilidad aledaña…“con un telescopio ya podíamos ver”. Me acordé de papá, una vida gris de contador, de empleado público en declarada rebeldía hacia las aventuras y genialidades de mi abuelo que lo privaron de un padre. ¿Y mi rebeldía hacia esa vida gris? ¿Sería esta nueva profesión mía, la de entrenador para un equipo de vendedores de quimeras, mi forma inconsciente de rebelarme?. No, no voy a engañarme a mi mismo, acepté esta tarea por franca necesidad, y me fue bien… ¿o no?, bueno, en realidad no puedo quejarme… ¿o sí?, ¿Un suicida dominguero en potencia no tiene nada de qué quejarse? ¿Y aquella vez que comencé a tomarme el frasco…?. ¿Acaso mi acto de rebeldía consistía en rebelarme a la rebeldía?...
Buscando excusas para mi falta de coraje, me amortajé en la frazada para sumirme en la seguridad de mi pequeña muerte de todos los días.
Por la mañana atendí como pude al visitante del tiempo, le expliqué el uso de la máquina de afeitar, del televisor, el equipo de música y del horno de microondas. Le mostré los víveres en la alacena y el frezzer, le dejé el desayuno servido y me marché, insistiendo en que respete mi consejo de no salir a la calle hasta que yo llegue, y de que no le abra la puerta a nadie, porque era muy peligroso para quien no estuviera habituado a la delincuencia de hoy en día. Con la culpa esculpida en el rostro, quiso explicarme que intentaría volver al pasado, pero no le presté atención, mi futuro estaba en juego: se me hacía demasiado tarde.
Pasé un día como cualquier otro, salvo por la ansiedad de reencontrarme con mi abuelo en casa ¿Qué le habrán parecido las maravillas del confort de la modernidad, sin necesidad de moverse de la seguridad del departamento para observar el mundo, para ver una película, escuchar un concierto o comer comida prehecha con meses de anticipación lista para descongelar y calentar?. Cuando llegué me lo encontré cómodamente instalado, en calzoncillo, tomando gaseosa lima/limón mirando el canal de pornografía.
_ ¿Pe… pero qué esta haciendo, abuelo?
_ Aquí me ves, ¡Disfrutando de las MUJERES Y EL CHAMPAGNE!.
Mi ansiedad no había sido comparable a la de él por encontrarse conmigo para gastarme esa broma, que en un principio no supe interpretar como una de las lecciones más grandes que el pasado nos puede dar sobre la artificialidad de nuestro presente, y mucho menos directamente de la boca de uno de sus hombres más inteligentes… y confundidos:
_ ¿Cuándo fue la Gran Guerra, Walter?
_ Usted lo pudo ver, en su época…
_ No, esa no, hablo del holocausto nuclear…
Había imaginado que Estados Unidos y Europa se habían aliado para adueñarse del mundo, y que la guerra nuclear, según él, había estallado generando el desabastecimiento de productos naturales, como carne, vegetales, madera, cuero y otros.
“De otra forma no se concibe a proveedores y consumidores llamando, erróneamente y a sabiendas por sus nombres originales, a imitaciones tan burdas de los productos de uso común, como en el caso del jamón, y el café descafeinado, y la “lana” 100% …¿acrílico? Y… ¡Mirá ese plástico pintado con vetas de madera o de mármol!, y…”. Me enumeró un sinnúmero de ejemplos y saltó mentalmente de un pilar al otro con que el que pretendía sostener la estructura de su absurda tesis: “El caos y la violencia se han adueñado de las calles como en la post guerra de un país perdedor, y el lenguaje, ese apogeo del inglés, el francés y el italiano, el culto a las costumbres de Norteamérica…es evidente que son los dueños del mundo, Walter, pero al parecer han destruido gran parte de los recursos naturales al invadirlo, y arrasaron con las culturas de los pueblos para mantener su dominio…¿Cuándo se desató esa guerra?... ¿Nuestro país tomó parte acaso, para que comamos pan negro en el “granero del mundo” y para que a la carne de cerdo haya que reemplazarla con fécula de maíz”
Era increíble cómo la mente privilegiada de mi abuelo, con una lógica impecable, llegaba a conclusiones tan descabelladas, deducidas de lo que observaba en el televisor y en nuestros escasos paseos:
“El abuso de productos descartables de plástico, me demuestra que el petróleo es un producto abundante y económico, no como lo imaginamos en nuestra época. Esto también puede verse por el tráfico de automóviles…”.
Pero lo que más le preocupaba era el uso del lenguaje “¿A este plástico flexible le llaman cuero ecológico? ¿Qué tiene de ecológico si el grado de contaminación al que han llegado por fabricar estas cosas es aterrador?... ¿es que las palabras han perdido el sentido?”. Yo le retruqué que era ecológico… porque era “económico y lógico”. Esa obsesión por los términos que tenía, pretendía justificarla porque según él, si a las cosas no se las llamaba por su verdadero nombre, resultaba muy difícil conservar la claridad del sentido de lo autentico. Me pareció una obsoleta exageración sin dudas, pero confieso que a veces sus razonamientos hacían tambalear la estructura de mis costumbres hasta el nivel de lo risible, como aquella vez en el gimnasio:
“Tomás un taxi para no caminar siete cuadras, y venís a caminar aquí, sobre esa cinta transportadora, y a manejar esa bicicleta aferrada al piso….¡Y pagás por esto como un servicio!. Seguro que sos rico… ¿por qué no querés reconocerlo?. No pienso pedirte dinero…” . Cuando le dije que la ventaja era que podía caminar todo lo que quería sin necesidad de salir de allí, por supuesto que no me entendió.
“El tiempo en televisión debe ser muy barato, accesible a la gente de todo nivel, debe ser la abundancia de canales, que no saben cómo llenar su programación: Hoy miré un programa dedicado a una pelea de vecinos, lo dirigía una vedette algo vieja ya, que trataba de reconciliarlos, pero en realidad echaba más leña al fuego. Los participantes tenían la apariencia de gente de muy bajo nivel sociocultural y la vedette, una guasa a la que al parecer, se le da una inmerecida importancia: En otro programa le hicieron un reportaje en el que declaró que sus pechos son artificiales… ¡Hasta las tetas son de plástico, Walter!. Hay un canal entero dedicado a trasmitir “24 horas en directo” a un grupo de adolescentes conviviendo en una casa… ¿A quienes les pueden interesar semejantes estupideces?.”
Pero dejando esas lógicas diferencias del ilógico encuentro entre dos hombres de la misma edad y distinta generación, la convivencia con mi abuelo tuvo algunos chispazos que supieron iniciarme en todo un proceso de transformación interior, una toma de conciencia gradual, una fuerza que se va acumulando con la certera intención de estallar y reacomodar de una patada a mi escala personal de valores. Como aquella vez en que, luego de fracasar en uno de sus experimentos para fabricar el gas indispensable para su viaje por el tiempo, se largó a llorar con desesperación, doblegado de dolor sobre el reloj de bolsillo que aferraba entre su pecho y la mano, como si la joya hubiese sido un proyectil que lo hiriera de muerte, y entre los estertores de su agonía tratase de contener la hemorragia de sus sentimientos. Le pasé mi brazo sobre el hombro, y esperé a que drenase aquella herida del alma, cuyo desmejoramiento irreversible pude observar, a pesar la ceguera emocional que desde hace años me aqueja. El fogonazo de su pregunta me tomó desprevenido:
_ ¿Estas enamorado, Walter?
_ ¿…? …. creo que no.
_ ¿Cómo se llama?
_ ¿Cómo se llama quien?
_ Ese amor no correspondido que te sume en semejante estado de apatía por vos mismo.
_ Esteee… ejem… Julia, pero no es que no esté correspondido, simplemente… ¡no nos llevamos bien!... no nos entendemos… uff… eso es todo.
_ ¿Adonde está ella ahora?
_ N… no lo sé… sólo me dejó un número de teléfono móvil.
_ ¿La dejaste ir?... ¡Amándola así!... ¿Te engañó con otro?
_ No, no es eso, estoy rehaciendo mi vida laboral y una vez que resuelva un par de cosas.. quizás…
_ ¡Quizás sea tarde!... ¡Mirá lo que me pasó a mí!... ¿A qué te dedicás, que es tan importante?.
Le expliqué. Se quedó pensando de esa forma abstraída tan peligrosa que ya le conocía, y que ineluctablemente arrojaba como resultado la más inesperada de las conclusiones. No se hizo esperar mucho esta vez:
_ O sea que tu trabajo consiste en estimular a la gente para que le venda a otra gente la idea de ser vendedores como los primeros, para que le vendan a otra gente a su vez, la misma idea de ser vendedores como los primeros y los segundos… y así, pero decime… ¿El producto que venden, en realidad, cual es?
_ Ese: el curso de ventas…
_ ¡Jah!...Pe… pero… ¡Eso es una estafa en cadena!
_ ¿Por qué? Si hacen lo que deben, entonces hacen dinero…
_ No, Walter, en un esquema así, hacen dinero haciendo lo que no deben… ¡Y me decís que por ese… trabajo de mierda, estas demorando tu reencuentro con Julia y el amor!. ¡Estas frito Walter! ¡El Tiempo y la Muerte, los enemigos que me separan de mi amada, no son nada al lado del que te separa de la tuya!
_ ¿Ah, no? ¿Y cual es?
_ Vos… ¡Vos mismo sos tu enemigo!. Es por eso que este Walter que hoy conozco NUNCA logrará vencerlo. Para alcanzar el amor y merecerlo, vas a tener que cambiar radicalmente, vas a tener que destruir a Walter y nacer a una nueva vida. No te culpo: En mi caso, con este fracaso… ¡Yo apenas acabo de darme cuenta!.
Remató la frase con una acongojada sarta de improperios, estrellando contra la pared la ampolla de vidrio en la que guardaba el fallido gas de su creación, y rompió a llorar de nuevo.
La obsesión de mi abuelo por reconstruir su máquina fue creciendo dramáticamente hasta llegar a niveles contagiosos, al punto de permitirle que desarme el horno de microondas, el radio reloj despertador y el secador de cabello, artefactos indispensables para mi vida cotidiana, desordenada a esa altura tanto como mi hábitat, por los delirios creativos de mi abuelo inventor. Entablé una verdadera lucha familiar para lograr salvar la cafetera eléctrica, esa fiel destiladora de mi vicio mañanero.
Le regalé una pizarra con un juego de marcadores y un borrador, lo que interpretó como un gesto de aprecio, cuando en realidad yo estaba cansado de patear bollos de papel para cruzar del living a la cocina. No resultó muy buena idea: Los raptos de inspiración para desarrollar sus fórmulas no respetaban fórmicas, vidrios, y mucho menos el espejo y las paredes azulejadas del baño: un lugar, por lo que pude apreciar, asombrosamente inspirador para su desbordante genialidad. La complejidad de estas ecuaciones, y el estrambótico desparramo de artefactos enmarañados en cables y mangueras por todo el estar, me hacían dudar tanto de su cordura, como de la mía, que permitía semejante ultraje a mi rutina. Pero la admiración que sentía por esa antítesis de hombre cuya misma sangre corría por mis venas, anuló el impulso que muchas veces tuve para fijarle un límite.

Tuvo que elegir un lunes para desaparecer, tuvo que ser hoy, mientras yo estaba trabajando. Y ahora me encuentro aquí, nuevamente solo en mi departamento, con esa extravagante máquina chamuscada, aferrado a esta carta que me dejó.

“Querido Walter:
No me juzgues un ingrato por haber partido sin despedirme. Sabía que intentarías retenerme y no puedo permitir que el caballo de mi mente se me desboque por luchas internas. Si para cuando estés leyendo esto, tu vida y la de nuestra familia no han cambiado, es que se ha cumplido lo que me temía: No es posible regresar al pasado. Disculpame, pero debo intentarlo, el suicidio era la otra alternativa para aliviar mi angustia pero la descarté, porque si bien estoy convencido de que las posibilidades de enmendar mi error son bien escasas, me pareció una estupidez más grande dejar de intentarlo. Prefiero que el Tiempo sea mi asesino natural, y me llevo su secreto conmigo, para que nadie demuela su vida como yo lo hice. La máquina, como ya habrás notado, la diseñé para que se destruya en unos instantes, luego de ser utilizada… por mí.
Lo más probable será que al tratar de regresar, vuelva a salir disparado hacia el futuro. Si el viaje es corto, supongo que nos veremos de nuevo, pero no lo creo. Albergo la esperanza de viajar hacia un tiempo menos ficticio que el tuyo, y tengo la certeza de poder encontrarlo tanto en el pasado… como en el futuro. Un tiempo en el que la mayonesa y los Hombres, no se ufanen de su carencia de huevos.
Tuve el impulso de dejarte mi reloj, pero es una cuestión de honor llevarlo conmigo hasta que emprenda “el viaje final” que nos toca a hacer a todos los mal llamados “mortales”. Pero voy a dejarte un regalo de todos modos, y es esta Verdad que intuyo y que quizás pueda rescatarte del colapso emocional en el que estás inmerso, te pido que reflexiones cada tanto sobre estas líneas que te dedica un viajero de la vida, del mundo… y del tiempo:
Por lo que veo, es imposible volver al pasado: el presente va muriendo instantáneamente. Es por eso que el verdadero desafío sería viajar al presente. No vivimos en el presente, sólo lo deducimos. Nuestros sentidos perciben la realidad, pero a nuestra mente llega unos instantes más tarde. Es decir, percibimos “lo que ya fue”, lo que murió para siempre. Esto es obvio, pero tanto como nuestra nariz: algo que sabemos que “es así”, pero no lo confirmamos hasta que no la contemplamos reflejada en algo. Aunque no nos demos cuenta, queramos o no, todos estamos viajando hacia el futuro a una velocidad de 24 horas por día, sin necesidad de utilizar máquina alguna. La tendencia del futuro es modificable, aún por los pequeños actos que podamos realizar en el “viaje” de la Vida. Una demostración es esta misma carta, que para cuando termines de razonarla, seguramente habrás abandonado tu loca idea de suicidarte. Sí, Walter, es algo que siempre supe leer en tus ojos. Espero que no lo hagas, porque tu futuro… EL FUTURO, es CONSTRUIBLE, mi nieto querido, y uno influye en forma inexorable en su construcción, por acción o incluso por inacción. El célebre Tao de Lao Tsé, nos dice que las consecuencias de nuestras acciones son ineludibles, pero yo agregaría que las secuelas de lo que no hacemos, también lo son. Vivimos la mayor parte de nuestra vida en estado de inmadurez espiritual, como el feto en la bolsa de la madre, conscientes apenas de un mundo propio, limitados a una burbuja individual y vegetativa dentro de la que nos creemos ilusoriamente protegidos, pero la Vida se respira AFUERA, la Gran Verdad es que estamos relacionados simbióticamente con todo el universo, y que vivimos en continuo movimiento por el Infinito. El “feto”, en algún momento conocerá la Luz, pero primero debe romper esa bolsa que lo aísla unilateralmente del TODO. Me despido con la certeza de que pronto mi nieto nacerá de nuevo, y quizás también lo haga la “Humanidad”, en todo el sentido de lo que esta palabra significa. Te quiero Walter, y has hecho por este genio loco, mucho más de lo que jamás podrás imaginarte. No temas por mí, yo no lo hago: No puedo ya sentir miedo, después de lo que he perdido… y de lo que me ha tocado aprender al perderlo.
Gracias por todo.
Antonio Lucerna, 14 de septiembre del 2.002”

Y ahora yo no sé por qué tengo esta sensación extraña dentro del pecho, como un cosquilleo excitante mientras el caballo de mi mente arrastra mi mano hacia el teléfono y la hace discar, casi sin pensarlo.

Alejandro Racedo “EL Loco”

   
 
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