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Los trajines cotidianos de aquel empresario de vacaciones
se perdían diluyéndose en la exuberancia del
paisaje brasileño. Los límites del cielo y del
mar apenas se podían intuir por la isla colmada de bananos
y palmeras que flotaba en el horizonte, otorgándole
al lugar ese toque caribeño tan buscado, tan inductivamente
soñado como lugar ideal de descanso y reencuentro con
uno mismo. Otra simbólica imagen plasmaba su esposa
en la arena: La bikini de estreno envolvía una mínima
porción de un aceitoso cuerpo de forzada belleza dietética,
anteojos de estrella de cine de los '60, y junto a ella, yaciendo
en una toalla de estrafalarios colores, un libro: "Cuentos
Cortos para Leer en Vacaciones", una lectura de bajas
calorías comprada para la ocasión en un catálogo
de cosméticos y otras femineidades. Un bolso de mimbre
con todo un arsenal de ungüentos para neutralizar al sol,
al que paradójicamente parecía rendirle un pagano
culto en cuerpo y alma, remataba a la playera composición.
El empresario se decidió por fin a dejar caer el diario
de sus manos para contemplar el paisaje nativo... ¡Que
hermosa mulata!.. ¡Y esa pendejita...! ¡Que pechitos
más turgentes! ¡Que colita!. Echó un vistazo
crítico a su mujer, no estaba nada mal, a excepción
de un poco de celulítis en el trasero... pero eso era
solo en vacaciones, porque se había matado a dieta y
gimnasio en los últimos seis meses para esta ocasión.
Durante el resto del año engordaba como una vaca a pesar
de sus insulsas comidas "Ligth". ¿Y él?,
ni siquiera fue capaz de atenuar un poco su panza cervecera
para darle el gusto a aquel lagarto maniático que se
freía al sol con la vehemente alegría de un bonzo.
Finalmente al empresario le corrió violentamente la
sangre por las venas cuando una lustrosa garota revoleó su
cabellera hacia atrás y le sonrió. Incrédulo
al principio y bestialmente renovado luego, dejó su
toalla y a su moral abandonadas en la reposera y saltó desde
el fantasma de su escritorio hacia el agua, tan fresca y cristalina
como aquella maravilla de la naturaleza que le había
sonreído y se remojaba con menos placer para ella que
para toda la fauna masculina en 100 metros a la redonda.
_¡Está hermosa el agua! ¿No?. Fue lo que
pudo decir tratando de impostar milagrosamente la voz mientras
contraía su estómago al límite de la asfixia.
La garota le regaló un hermosa sonrisa de niña
que relajó un poco el estómago del hombre, pero
le estrujó el corazón. La minina miró alrededor
y de pronto su rostro se iluminó de inexplicable alegría:
_¡Pauliño...! ¡Es Pauliño!, Gritó señalando
a un hombre renegrido que caminaba por la playa portando un bolso, unos palos
y una sonrisa que se le notaba hasta en la nuca. La garota salió corriendo,
chapoteando... danzando, al encuentro de Pauliño.
Con un disimulado disgusto contempló el caluroso encuentro en el que
la cinturita de la garota calzaba como un guante en la negra manaza de Pauliño.
Mientras el palabreo en portugués le llegaba de lejos, musical e ininteligible,
emprendió el regreso a su reposera-territorio demarcado saliendo del
agua con la gracia de un hipopótamo herido entre las piernas, por supuesto,
sin dejar de observar al ruidoso par de ejemplares de la fauna regional con
su típica y tan voluptuosa alegría.
Pauliño era un hombre de cuarenta y pico, pelo enrulado negro, de buen
físico, transpiraba salud a ese sol que lo había disfrazado de
negro con el correr de los años, perdonándole solo las palmas
de las manos y los pies para que no pudiera engañar a nadie con el resto
de su piel. Una cadena dorada brillaba en su pecho mejor que en el terciopelo
de una joyeria. Calzaba un short negro de lycra... bien calzado, que al empresario
le pareció demasiado ajustado para su talle... sobre todo cuando se
le acercaba la garota.
La minina lo besó y se fue a caminar por ahí...
un "¡Que estás mirando, baboso!", Por
parte de su mujer y la despedida de la garota con Pauliño
terminaron de anular su papelonera intención de seguir
a las cadenciosas caderas que se alejaban con la gracia de
una marina deidad.
Le gruñó a su mujer que estaba observando a
aquel hombre que clavaba unos palos en la arena. Un sordo "MMM" como
respuesta le confirmó que ella no lo celaba en serio.
Era solo una leve irritación del ego por la mujeril
certeza de no poseer más la atención en exclusividad,
de un par de ojos que ya no le interesaban en demasía.
Pauliño tendió una cuerda entre los dos palos con la intrigante
seriedad de estar haciendo algo transcendental, pero que no parecía.
El misterio se develó por completo cuando colgó en la cuerda
unas estridentes remeras que llevaba en su bolso para vender a los turistas.
Finalmente se tendió a tomar sol directamente en la arena, usando su
bolso a modo de almohada. ¡Pero qué mediocre hijo de puta!.¿Cómo
puede vivir así?. ¡Se cansó por tender diez remeras el
negro de mierda!.
Pero Pauliño descansó solo cinco minutos, como si hubiese leído
telepáticamente la mente del empresario, se levantó y recorrió uno
a uno los territorios-demarcados sombrilla, los reposera y los toalla, bromeando
con los turistas como un espontáneo "Show Man", riéndose
de él y de todos por igual exhibiendo ante ellos lo risible con una
gracia carente de toda agresividad.
Con una sensación de espantosa incomodidad, el empresario
lo vio venir, ensayó mentalmente miles de respuestas
negativas pero todas se diluyeron cuando chocaron contra la
sonrisa franca y el dulce portuñol de Pauliño. ¿Vocé esta
triste? ¡Pauliño va' legrar, mira las alegría
das camisetas de Pauliño!... Brazil es co camisetas,
te alegras cuando te metes dentro y te envuelve de alegres
coores, Brazil es co camisetas de Pauliño. camisetas
de Pauliño y Brazil: o melior medicina pra tristeza.
Olvida as penas, ponte Brazil, ponte sta camiseta!. Soo oito
reais. (ocho reales).
El hombre meneó la cabeza sonriendo, no sabía
qué decirle, no quería comprar la remera, pero
la simpática ternura de Pauliño no se merecía
una agresión. Improvisó un desastroso portuñol:
Eu... Eu no quere camisiña , moito abrigado.
Pauliño se rió con ganas y se acercó para
decirle al oído: Si vocé no quere camisiñas
porque lo tem moito abrigado, eu entendo... ¡Hace moito
caor!.
El empresario no entendió y cuando Pauliño le explicó que
camisiña significa profiláctico en portugués el hombre
rió como hacía años que no reía.
Ya vé, vocé sta alegre agora... ¡Toma!.
El hombre rechazó la remera con cierta violencia.
Vocé ofende Pauliño, aryentino triste... ¿Porqué aryentinos
sempre tristes?.
-Disculpa... no quise ofender. No quiero comprar remer... camiseta.
¿Cómo explicarle la inexplicable tristeza de los argentinos? ¿Cómo
explicarle que estaba veraneando en Brasil porque las cosas le habían
salido mal, porque no le daba la billetera ni la tarjeta de crédito para
veranear en Cancún, como merecía un tipo de su nivel y capacidad? ¡Qué va
a entender este negro simpático, si seguro que vive al día! Sin
personal, ni cuenta en el banco que cubrir, ni accionistas a los que darles explicaciones!
Aaaahhh, a veces me da cierta envidia esta gente rodeada de tanta belleza natural,
viviendo de las monedas que le dan los turistas por sus chucherías. Se
la voy a comprar, por solo cuatro dólares ¿qué voy a discutir?,
vive de eso pobre hombre, por ahí no tiene para comer...y además
me hizo reír...¡camisiña! Jah....
Esta ben, Eu voy a comprar.... tudo ben...
Pauliño pareció sonreír con todo su cuerpo, haciendo con
sus dos manos exagerados ademanes de "faltaba más".
Nao,nao, nao... vocé no entende a Pauliño.... ¡Pauliño
regala pra vocé!
El empresario, absorto, enmudeció unos segundos y luego titubeó...
Pero...pero... ¿Porqué?...
-Porqué Pauliño quiere que la disfrutes... y que disfrutes Brazil! ¡Alegria! ¡Alegria!
La esposa del empresario por fin se dignó a levantar la cabeza de la
arena, bajó parcialmente sus anteojos para escrutar de arriba abajo
al extraño personaje "Donde estará la trampa" pensó.
Pero la trampa no existía, el hombre quiso comprar otras remeras para
compensar la de regalo, pero Pauliño se negó, quiso invitarlo
a tomar una cerveza, pero Pauliño le explicó que sería
mejor al día siguiente, porque tenía que ir a buscar a su minina
para almorzar. Recogió sus cosas y se marchó tan alegre como
había llegado.
_¿Viste eso? . Le preguntó a su mujer.
"¡Fijate si todavía tenés la billetera, chiquilín! "-
contesto burlona. Pero la billetera estaba allí. El turista se quedó pensando
en el pobre hombre... ¿pobre hombre?. Tan mal no le iría para que
vaya regalando su mercadería por ahí. Además se fue a buscar
a esa garota infernal para almorzar y después... . Pauliño hijo
de.... . Bueno, así son los bohemios, tienen ocio, mujeres, amigos... ¡Pero
que bajo nivel de vida!. Es la ley de las compensaciones. _ Sentenció.
El hombre miró a un lugareño muy viejo, que
no hacía más que recorrer la playa de una punta
a la otra mirando el mar por debajo de la palma de su mano.
No se fijó en el silbato que llevaba colgando del pecho,
hasta que este lo hizo sonar señalando con su dedo una
porción de mar.
Inmediatamente un tronco ahuecado con motor salió de algún rincón
de la costa, llevando a dos lugareños hacia donde el viejo señalaba.
Uno timoneaba y otro sostenía una red que un tercero, en la playa, iba
desenrollando a medida que la "lancha" la arrastraba. La rústica
embarcación dibujó una perfecta "U" invertida en el
mar culminando su recorrido en otro punto de la orilla donde aguardaban una
fila de hombres y niños a medio0 vestir, para jalar desde cada extremo,
una red que superaba fácilmente los 300 metros de largo. Hombres y niños
se turnaban desde el último al primer lugar de la fila. Salvo por el
motor, el resto era prehistórico, o si se quiere ser menos despectivo...
pintoresco.
El hombre saltó de su reposera y pidió que lo dejasen ayudar
(previo pedido a su mujer, para que le saque una fotografía en plena
tarea). Los lugareños, entre risas carentes de malicia, lo dejaron hacer.
Era un esfuerzo enorme, semejante red ejercía una resistencia terrible
en su roce contra el agua. Transpiró media hora hasta que, con la alegría
y el asombro de un niño, vio los reflejos metálicos de la increíble
variedad de lo que habían pescado. Había de todo: peces de colores
chillones y de formas monstruosamente hermosas, langostinos, cangrejos y hasta
estrellas de mar.
Las mujeres de la familia trajeron unos cajones de plástico enrejado,
y la familia en pleno se dedicó a seleccionar meticulosamente los agonizantes
seres.
Uno de los pescadores se arrimó al turista y le dio un pez largo y plateado
que a no ser por sus espasmos se podría confundir al sol con una brillante
y larga espada. "Peixe pra vocé" le dijo. El turista estaba
por regresar feliz como un niño a su territorio-reposera cuando su mujer
bajó sus anteojos y le echó bruscamente su realismo como baldazo
de agua fría: "Ni siquiera pienses que yo voy a limpiar y a cocinar
eso".
_Sacame una foto por lo menos.
Ese era el trofeo que se agregaba a la colección: a sus fotos de la
espléndida fiesta de casamiento por la que su padre se endeudó por
años, a la foto con la torre Eiffel de fondo por la que él agonizó en "cómodas" cuotas
de 36 meses, a las de aquel baile de disfraces en el crucero, que todavía
esta pagando. Esta vez el trofeo le había costado sólo un poco
de ejercicio: El hombre estaba contento, agradecido, le devolvió el
pez al pescador y en cambio le pidió unas estrellas de mar, regresó al
lado de su mujer con sus juguetes nuevos que puso a secar al sol: Trofeos...
para el living.
Fueron a almorzar a un típico ranchito de la playa
que ofrecía hamburguesas y choclos hervidos. El turista
vio que estaban cocinando unos langostinos en la plancha donde
se hacían las hamburguesas. La plancha doble parecía
la que usaban los tintoreros y aprisionaba entre dos gruesas
láminas de aluminio de fundición a los translúcidos
bichos, dejándolos rojos como su esposa. "Quiero
de eso" dijo, pero los cocineros le dijeron que no estaba
a la venta, que esa era la comida de ellos. Ambos pidieron
hamburguesas, pero para el asombro del empresario llegaron
a la mesa acompañadas de un platito con langostinos.
El hombre se deleitó mientras la mujer espantada miraba
como él descascaraba a los bichos con los dedos "No
me vas a pedir que te saque una foto ahora". El hombre
rió: "¿No querés probar?... bueno,
mejor... ¡Más para mí!".
La mujer nunca había visto a su marido beber tanta cerveza, parecía
un adolescente de vacaciones. Así son los hombres: nunca dejan de ser
unos niños. "Menos mal que no le cobraron los langostinos" -
pensó.
Volvieron al hotel, dispuestos a dormir la siesta, el hombre
miró a su esposa. Nunca la había visto más
sensual, con esa bikini de nieve contrastando con la piel encendida
por el sol, y ese pareo de hilo blanco tejido que colgaba majestuosamente
de las caderas. Un paisaje de almanaque, casi. La abrazó,
la besó, le desató la malla, y cuando vio y sintió sus
senos y su pubis blancos y fríos en contraste con el
cuerpo afiebrado y rojo que se escurría aceitoso por
el bronceador, se enloqueció. "Qué te pasa...
estás en pedo" le dijo la mujer entre risas de
satisfacción. Le hizo el amor dos veces, en la última
la dio vuelta y se lo hizo boca abajo, en cuatro patas, aullando
de placer mientras sus dedos apretaban, se hundían en
la carne blanca de las nalgas de aquella mujer madura que por
primera vez en muchos años, jadeaba de salvaje y múltiple
orgasmo.
Su mujer quedó tendida boca abajo como él la
dejó. Se duchó para sacarse los restos de bronceador
y arena que su esposa le pegoteó. Luego se acostó y
se durmió arrullado por una pasajera lluvia tropical,
aspirando un aire con perfume a flores y frutos mojados. Se
sintió bien, el hombre de negocios se sintió...
hombre.
Una sacudida hizo tambalear y descender violentamente su alma
hacia el cuerpo: "Te vas a quedar durmiendo todo el día
como un cerdo, o vas a venir a la playa conmigo".
Se preguntó donde había perdido su mujer la dulzura ¿Y
la suya?. La convivencia y sus discusiones, esa competencia de estupidez por
ver quien manda, o por lo menos por no sentirse dominado. Discutir por tonterías
como qué hacer el fin de semana, pelear por metidas de pata de suegras
y madres, por dinero prestado a los cuñados, hermanos, y amigos, por
ver un programa de televisión, por no tener a fin de año dinero
suficiente para viajar a Cancún, por no saber qué ponerse al
revolver un ropero colmado de vanidades, por no querer someterse a la dieta
de moda, por cambiar el auto, por no cambiar el auto; peleando, siempre peleando...
, por aburrirse, por no aburrirse, por ver quien gana. NO... los dos habían
perdido.
Se compró un ananá lleno de vodka y del mismo
ananá. Lo sorbió lentamente mientras la acuarela
del atardecer se desdibujaba fusionándose ambarina con
el fresco azul de la noche inminente. Se metió en el
mar, se dejó llevar estasiado por el agua cálida
y dorada, y sintió nuevamente los síntomas de
una erección. Llamó a su esposa gritándole
para que lo acompañara, pero ella estaba dormida...
o se hacía. Se preguntó otra vez qué era
lo que le había pasado, mucho trabajo, pocas satisfacciones.
Una carrera loca: el colegio, la Universidad y luego al trabajo,
finalmente a su propia empresa... todo para lograr problemas
y presiones que le absorbieron cada minuto, cada neurona, cada
partícula de ganas.
Pero ¿existía otra?. Los pobres e ignorantes tampoco son felices. ¿Y
los pescadores?. ¡Qué problema pueden tener!. Comida tienen, vestimenta
necesitan muy poca, y el dinero lo consiguen vendiendo el pescado. Todo sale
de este mar paradisíaco al que uno con suerte puede acceder solo 15
días al año, mientras ellos viven... ¡viven aquí!.
Una vida saludable y tranquila en el edén. Pero como contrapartida... ¡qué vida
chata y primitiva!.
Salió del agua , se secó un poco, y con la toalla
en los hombros fue hasta el ranchito donde había almorzado,
de puro aburrido, para tomar algo. Esperaba su "caipiroska" en
la rústica barra cuando una batucada infernal lo sacudió,
provenía de la calle costera que daba al otro mostrador
del ranchito, estratégicamente ubicado entre la calle
y la playa. De aquel auto, un Jaguar dorado ostentando quince
años de buen cuidado, descendían graciosamente
la música y... ¡Pauliño!.
Deportivo y elegante como su auto, espontáneo como su sonrisa, Pauliño
saludó: "¡Aryentino...!¿Cómo va vocé!.
El empresario lo invitó a tomar algo. "Bonito carro ¿eh?".
Pauliño le contó entonces que a medida que la temporada menguaba
al sur, iba subiendo con su auto y sus remeras hacia el norte, hasta Bahía.
Todo el año vendía remeras en las playas. El argentino le pregunto
si la "minina" lo acompañaba en sus viajes, Pauliño
le explicó que la minina no era su "namorada" (novia) sino
que era solo una amiga. Cuando el hombre le insinuó que se los veía
muy cariñosos para ser amigos, Pauliño le explicó que
solo jugaban, reían y hacían el amor, que era una "amizade
colorida" y que él tenía muchas amigas así en todas
las playas del Brasil. Pauliño miró respetuosamente a la esposa
del argentino, lo felicitó por su elegancia y le pidió que "procure" para
ella (que la cuide).
El turista aprovechó para quejarse de lo embrujecida que estaba su mujer,
y en general todas las mujeres que llegaban a su edad. Pauliño lo invitó a
una reflexión, hablando lo mejor que podía en español,
para facilitarle la comprensión a su nuevo amigo: "Mira a la naturaleza
y mira a la mulher" . La mulher se arregla, se viste, hace ejercicio,
se depila, se sacrifica, se coziña al sol... Tudo pra que uno quiera
fazer 'l amor con ela, pra que uno la disfrute y la contemple, es co la naturaleza:
exuberante, sensual, trabalhosamente complicada para que voce pueda gustar
sus frutos. Voce puede disfrutar do naturaleza, ignorarla o dañarla
en lo que vocé cree que es su beneficio. El home (hombre) la mejora
o la profana. Si sua mulher no es sensual con voce, quizas sea que voce la
esta apartando do naturaleza: A civilizazao con sua ambición, son os
peores venenos pra naturaleza y tambén pra mulher. En la cidade, el
home deja de ser home y la mulher deja de ser mulher, por estar distantes da
enseñanza do naturaleza.
Pauliño busca namorada, mais no encuentra a perfeczou, mientras tanto
se diverte, mais sin hacer daño a ninguna mulher, brindando soo cariño
y verdade".
El empresario le preguntó si hacía mucho dinero
con las remeras, a lo que el brasilero le dijo que sí,
que era mucho dinero para él, porque que no necesitaba
ni le importaba en absoluto hacer más.
Que sencillez tan sabia, qué secreto a voces ignorado toda la vida,
no, Pauliño no era un bruto, ni un mediocre... era un artista de la
vida.
Pauliño se despidió recordándole que
se pusiera la remera que le había regalado, que si se
la ponía vería las cosas de otra manera y se
le pasaría la tristeza.
Llegó la hora de regresar al hotel. Intentó hacer
nuevamente el amor con su mujer. Ella le dijo que sería
mejor dejarlo para después, porque era la hora de cenar,
y cenar mas tarde no era aconsejable por los robos a turistas
que tanto se rumoreaban. Además... ya lo habían
hecho.
Cenaron en silencio, hicieron el sexo de la misma forma. Se durmió entristecido,
pensando en la sabia sencillez de la filosofía de Pauliño. No
llegaron a transcurrir un par de horas y el hombre se levantó para ir
a orinar. Cuando regresó vio resaltar en la oscuridad, gracias a la
misma luz del baño, la colorida remera que Pauliño le había
regalado. No se había animado a ponérsela, ni siquiera delante
de su mujer. No era para un hombre como él, pero con la insensatez de
la somnolencia y en la privacidad que le otorgaba la trasnoche, la tentación
de probársela resultaba irresistible. El cuarto además contaba
con un espejo de cuerpo entero muy propicio para la ocasión. Se la puso
y cuando se miró en el espejo gritó sin pensar, se sacó rápido
la remera pensando en que su mujer lo sorprendería despertada por el
grito, en medio de semejante chiquilinada. Arrojó la remera y se acostó a
su lado, pero su mujer continuaba durmiendo profundamente.
"¿Habrá sido un sueño?" , pensó, aunque
la remera tirada al costado de la cama le confirmaba que no, pero lo que había
visto en el espejo no podía ser real. Intento dormirse pero no pudo, además
debía levantarse para apagar la luz del baño que le daba directo
a los ojos, y ya que se levantaba... . Sí, el hombre se puso nuevamente
la remera y ¡otra vez...!. No podía ser verdad... ¡seguro
que estaba soñando!... ¡Era Pauliño!... ¡Se veía
en el espejo como Pauliño!.
Quiso despertarse pero no pudo, se pellizcó, se concentró, pero
no hubo caso. Se dio vuelta para mirar a su mujer, pero no estaba. Su habitación
tampoco estaba. Era una sencilla cabañita de madera. Con la extraviada
pretensión de ser razonable dentro del sueño le siguió la
corriente. Se quitó la remera una vez más y entonces la habitación,
su mujer, su cuerpo y su vida... volvieron. "Si me la pongo voy a ver
las cosas de otra manera" recordó lo que su amigo brasileño
le había dicho y sonrió con la sensación de haber creído
entender lo ininteligible: Su mujer no se había despertado porque había
desaparecido cuando él se puso la remera, era lógico, porque
todo en los sueños nos parece lógico.
Se calzó entonces su nueva vida, se miró cómo le quedaba
en el espejo, y sin tener mujer para despedirse salió por la puerta
de la cabaña y... sí, efectivamente allí estaba el Jaguar.
Manejó por la calle costera con una serena alegría: sueño
o magia, valía la pena disfrutarlo mucho más que la monótona
realidad que dejó atrás.
Los pocos que aún circulaban por la calle lo saludaban creyendo que
era Pauliño y él les contestaba el saludo entusiasmado, niños
de la calle, prostitutas, dueños de barcitos, policías. Todos
querían a Pauliño. Una idea lo aterró por su fijeza: No
encontrar a la minina antes de que se acabe el sueño, el hechizo o lo
que fuera.
Se le ocurrió ir a la deriva, dejarse llevar por el Jaguar y por el
sueño hasta la casa de la minina, si era un sueño o un buen hechizo...
funcionaría, y funcionó.
Se detuvo, bajó del auto, caminó sin rumbo por la playa hasta
una casita blanca de madera erguida sobre unos postes. Subió la escalera,
golpeó la puerta y atendió la minina con cara de niña
dormida y una bata de seda blanca. La abrazó, la besó contra
la pared de madera. La minina levantó las piernas y ambos rodaron por
la alfombra de piel de cebú. Lo hicieron en la alfombra, en los sillones,
en la arena y en el agua. La imagen de la hermosa garota con su camisón
parcialmente transparente y pegado al cuerpo por la mojadura, los pezones erectos
por la excitación y la brisa marina de la madrugada, el profundo gozo
de los sentidos, la insaciable entrepierna de la minina, todo confirmaba la
aparentemente descabellada teoría de Pauliño: La mujer es como
la naturaleza.
La garota lo invitó a pasar, porque hacía frío,
pero él se negó, ¡en perfecto portugués!,
aguijoneado por el miedo de cometer un error y descubrir despertando
que realmente todo era nada más que un delicioso sueño.
Amanecía y su apetito lo condujo al habitual desayuno
de Pauliño: Un licuado de mango y dos pasteles. Luego
un instinto desconocido lo condujo hasta un tallercito de serigrafía
que anunciaba impresión de remeras, banderas y otras
cosas por el estilo. Salió un muchacho con una pila
de remeras en las manos y se las alcanzó al auto. Lo
saludó y le dijo que eran 50 remeras a tres reales cada
una. Buscó en el bolsillo y encontró dinero con
el que pagó al muchacho. Cuando puso la mercadería
en el baúl, avistó los 2 palos y la soga. Se
fue volando a la playa, tendió los palos y fabricó un
cartel:
"Una remera 8 reales, 2 por 14 reales"
De esa forma una remera le dejaba cinco reales y dos, ocho
reales. El nuevo Pauliño bromeó, rió,
sedujo, el día se fue volando y por lo menos la mitad
de las remeras.
Mientras tomaba un coco helado en un barcito de la playa, contó sus
ganancias: 82 reales... ¡casi 40 dólares!.
Cuarenta dólares por día en treinta días son ¡Mil
doscientos dólares mensuales!.
En Brasil era un muy buen pasar, era como ganar tres mil en Argentina, y para
los gastos que tenía Pauliño, equivalía a una pequeña
fortuna. Cambió los reales a dólares, sin saber porqué,
a un cambista que lo saludó con todo su afecto.
Volvió a su cabaña feliz, instintivamente puso en el congelador
de la vieja heladera su dinero, envuelto en papel de aluminio... ¡Qué ingenioso
este Pauliño! estaba llena de paquetes de aluminio que parecían
de comida. Los abrió y contó los dólares... ¡siete
mil quinientos!.
Destapó una cerveza, la bebió y se recostó. Mientras miraba
las maderas del techo, pensaba en que si invertía esos siete mil quinientos
dólares en comprar remeras por semejante cantidad a un fabricante de
San Pablo, lograría una ganancia aún mayor. Podría destinar
esa ganancia a montar un taller de serigrafía, abriría una cuenta
en el banco, contrataría personal y así...
Se durmió. Nunca sabremos cómo despertó.