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Buscas aún la mariposa, el molinillo de
aire que traen los campos;
la mítica amapola de las canciones, la amapola de orgullo
que saludas como compañera, el arroyo que se rompe para
ser.
Rastreas un rayo de aura o huella de polen en mi cabeza
y pías terriblemente, casi para despeñar la fragancia
que mendigas,
que cercas, codicias y acorralas. Y en último extremo,
gañes
por si te es posible acaso sorprender en algún recoveco
mío
la dentellada de una ameba salvaje,
la cicatriz de un virus feble.
Pero en el recio yelo de los días
sólo brotan los cuévanos y los alaridos
de miradas que pican y de muecas que cavan
regadas por un agua que arde y consume
tu gesto, tu patético visaje,
porque tras las hojas de mi evangelio
late un proverbio -siente
hasta tu última célula como una roca-,
y cumple la sima dura
mi epifanía,
tu epitafio.
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