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Guardas tu último respiro maestro como un
Santo Grial
en el que, por el momento, rebosan el sufrimiento
y los espesos vinos del “eres único”, “no
tenía
nada antes de ti”.
La garra propia puede ser del todo imprecisa,
del todo la rival más inmediata
y cernirse sobre la propia luz, y edípicamente
despedazarla.
Mira cómo, oh paradoja, le crecen los incisivos a la duda
y te devoran
a medida que te acercas.
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