Andaba por un desierto nocturno de cadáveres
en pie;
sí, sólo andaba,
me habías vaciado de tu propio antifaz
y me daba cuenta de cuán parecidas acaban siendo todas
las caras
hasta convertirse en un insulso aquelarre,
en un infierno de Dante sin preclaros.
Dentro de veinte años, ese bebé embutido
en patucos y un mono de lana,
transportado en un carrito por su ojerosa madre,
me dirá quizá que deje de ser su maestro
y lozana me llamará “mi amor”, “mi semejante”
como a ti no se te hubiera ocurrido.
Entretanto, tendré que conformarme
con dejar boyas puestas aquí dentro
hasta que un sabio naufragio me guíe
a ese ser o a esa sombra que aguarda
a alguien cuyo rostro no existe,
y este fantasma o espectro que bajaba
la avenida renegando de su tiempo
ya no estará más, en sesión continua,
sólo para tus ojos.
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