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Ahora, muerde la almohada, Amada
mía
para que huela el néctar de tus pétalos húmedos
para lamer el zumo de tu madriguera
que late como el penacho de una loica enamorada
refugio mi lengua en el terrible origen de las mitologías...
Te acaricio las ancas espléndidas
te tomo de las caderas como quien levanta una gavilla
cinturita de fucsia mecida por la travesía
muerde, muerde los puentes de madera
muerde los canastos, las pesebreras, las marquesas
que yo nadaré en la tersura de tus nalgas
donde se reflejan ebrios los manzanos en flor
los panales, las carretas llenas de mazorcas
Muerde la almohada, Amada mía
sentirás como ceden los postigos mojados de tus bodegones
refriégate, Amada mía, lacera las pulpas de tu vellocino
que penetre mi azadón hasta el fondo de tus melgas
que penetre mi racimo hasta el fondo de tus cántaros
mis pajas en tus adobes, mi cuchilla en tu sandial
que mi remo entre y salga de tus aguas hambrientas
como una merluza ciega en los mares lejanos
muerde los terrones, Amada mía
para que mi camarón escarbe en tu delirio
en el ladrido primordial del trueno
para que muela mi mortero el comino de tus sentimientos
de bella despechada por los dueños del reino
Muerde la almohada, Hermosa mía
para que tus ubres se entierren en los hormigueros
para que brames y brinques en los zanjones
para que tus uñas arañen los hornos carboneros
hasta rumiar la profunda raíz de los barbechos
hasta babear agónica por los antros de la poesía
Y olvidarás el nombre de las cosas
y la enagua perdida en los confines
y gemirás con el temblor que llega
y no sabrás en qué aldea vives
Muerde la almohada, Amada mía
que pulsaré en los huesos de tu espalda
la más intensa melodía jamás escuchada
en los jardines colgantes de las ciudades antiguas
los acordes del relámpago que apagarán el fuego
de potra chúcara, de fiera domeñada monte arriba
y, así, en el aprisco seas pelleja, cordera huacha, leyenda
elevándote, arrebujada, hacia el firmamento
donde sollozan de placer los astros
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