La Bisagra Inicio Entrada principal Sonido Letra Imagen Multi La Foto del dia Buscar en La Bisagra Contactar La Bisagra Enlaces

Autor:

Fernando Aránguiz

Titulo:

Abandono

 
El sol del mediodía caía con fuerza sobre los sauces que se inclinaban sedientos hacia la rivera del río. El verano era implacable y en pocas horas el calor se haría insoportable.
No así para las niñas que absolutamente ajenas a los determinismos atmosféricos habían trabajado por horas tratando de construir un mundo distinto al que las rodeaba, que sin duda era incomprensible y sobre todo inmenso.
La "Pepé" no se encontraba por ningún lado y los gritos infantiles resonaron en el silencio de la vieja casa del fundo de la abuela. Dos pisos atiborrados de piezas con los techos altos y las puertas diseñadas para gigantes. Las niñas corrieron arriba, saltando los peldaños de mármol de dos en dos como solían hacerlo siempre.
"Pepé, Pepé, ¿donde estás?. Tenemos hambre" corearon al unísono. Luego el silencio, las miradas expectantes, las sonrisas tímidas y la comprensión sin palabras que sería otro día más que comerían el pan añejo que habían ido guardando de los días anteriores. Otro día más que comerían moras y algunas uvas del parrón.
Recorrieron todas las habitaciones, miraron bajo las camas, revisaron los dos baños contando como lo hacían todos los días; una pieza, dos piezas, tres piezas, etc. Siete piezas en un piso y ocho en el otro además del comedor, la cocina y la despensa. Los dos escritorios incluidos y el silencio del verano que solamente era interrumpido por el zumbido de las abejas y a veces por el sonido distante de un tractor sobre los campos cercanos.
En un par de horas solamente las chicharras obsesionadas con encontrar a sus semejantes harían el único ruido que se escucharía durante la siesta.
 
 
 
Perpetua Pino, más conocida por las iniciales de su nombre y apellido se secó el sudor que le surcaba su cara madura con el revés del delantal que llevaba puesto desde que tenía memoria. No había tarea que se pudiera emprender sin un delantal al cinto, se había dicho a sí misma desde hacía muchos años.
Pero algo se le había olvidado que era importante y por más que trataba de recordarlo no lo lograba. La verdad es que ya estaba llegando a un punto casi desagradable con los frecuentes olvidos y dos meses atrás fue el hazmereir del pequeño pueblo de Pencahue cuando apareció en la misa de las 11 con la pura enagua y un chaleco encima. Ese día se olvidó de ponerse el vestido y los zapatos.
Al principio eran pequeñas lagunas mentales que no le permitían recordarse donde había puesto las cosas y de vez en cuando sufría algunas vergüenzas al no reconocer a gente que no había visto por algún tiempo. Una mañana desayunó tres veces y en otra ocasión confundió el miércoles con el día domingo y partió a la Iglesia para darse cuenta que estaba cerrada y que no había un alma alrededor. Estas cosas la confundían bastante, pero por suerte también terminaba olvidándolas.
Esa tarde calurosa, Pepé trataba en vano de hacer memoria sobre algo que tenía la corazonada que era importantísimo pero nada acudía a socorrer esa búsqueda casi angustiosa que la eludía sin explicación. Pasó revista a los sucesos de esa semana - ¿o eran meses? - y por supuesto, muy presente estaba el acuerdo que había hecho con Doña Isabel de quedarse a cargo de Felipito.
El pobre niño no tenía más de cinco años y la polio había hecho estragos en sus piernecitas débiles dejándolo prácticamente inválido y condenado por el resto de su vida a moverse con una armazón de hierro que le cubría ambas piernas de la cintura para abajo. Era un esfuerzo enorme para la criatura cada movimiento, cada paso. Daba la impresión de que en cualquier momento se iría de bruces al suelo, pero porfiadamente Felipito haciendo caso omiso a su precaria condición trataba en vano pero con una alegría enorme en sus ojos azules de corretear a las gallinas y de perseguir a las moscas, polillas y matapiojos.
Inevitablemente estas correrías terminaban en el suelo con un ruido de metales chocando contra las piedras. El llanto contenido escapándose por su garganta pequeña en sollozos entrecortados eran la señal inequívoca para la Pepé que corría desesperada a rescatar al niño de su miseria y su dolor.
Lo levantaba en sus brazos, lo acercaba a su pecho y lo acunaba con canciones que ella había inventado hasta que Felipe se quedaba dormido. Pepé lo acostaba en su propia cama y limpiaba el polvo, las lágrimas y a veces las heridas producidas por las incontables caídas.
"Ay niño", se decía para sus adentros.
"Qué designios tendría Dios que te concedió tanto sufrimiento", seguía murmurando en silencio.
"Yo le rogaré al Señor que te lleve luego y que te convierta en uno de sus angelitos"
Y poco a poco Pepé se iba calmando con las imágenes de Felipito todo vestido de blanco con una túnica larga y dos alitas albas rodeando su sonrisa enorme que flotaba en las nubes junto a un coro de querubines que cantaban la canción nacional a cuatro voces. El himno nacional chileno era lo único que porfiadamente se había quedado grabado en la memoria de la anciana y a pesar de todas las vicisitudes causadas en el esfuerzo por recordar otras cosas más importantes, las estrofas de don Ramón Carnicer se superponían con una insistencia y un brillo arrollador.
"…y ese mar que tranqui-ilo te ba-a-ña, te prome-ete futu-uro esplendor"
"Dulce Patria reci-ibe los votos con que Chile sus a-a-aras juró…"
En el silencio agobiador de esa tarde, Pepé se tendió al lado de Felipito y ambos durmieron la siesta mientras el coro de ángeles fue lentamente disolviéndose con el sol de Febrero.
 
 
 
Las niñas habían sacado todas las sillas del comedor y un enorme baúl de madera que el abuelo había traído desde el país vasco en un bote que cruzó el estrecho de Magallanes en medio de una tormenta y lo depositaron en una esquina del jardín, bajo un árbol frondoso cuyo tronco estaba pintado con cal blanca,
"Para que no se suban las hormigas" explicó Isabel a su prima.
Mover el baúl les tomó por lo menos una media hora, pero no cejaron en su esfuerzo por un instante. Ellas estaban determinadas a construir su casa ahí en el jardín y definitivamente ese día y no otro. Las sillas solo estaban alrededor del baúl para soportar el magnífico techo que harían con los manteles mas finos y grandes que pudieron encontrar.
Verónica se rascó la cabeza con un enfado de semanas. Todo el cuerpo le picaba pero la cabeza más que nada y mientras más se rascaba, más le picaba. Tenía una desesperación tan grande que sentía que se había hecho heridas por la fuerza con que se rascaba. De todos modos, la tarea de adornar la nueva residencia en construcción la hizo olvidarse del asunto y partió a cortar rosas que las colocó muy discretamente a la entrada compuesta por la intersección de dos manteles en el más puro estilo de una tienda oriental.
Isabel, rascándose la cabeza también le dijo a Verónica "Nuestra casa está casi lista y este es el dormitorio. ¿Quieres probar la cama?"
Y abriendo el baúl lleno de cojines y almohadones le indicó a su prima con orgullo en sus ojos que la flamante cama estaba ya lista.
Las dos saltaron adentro y entre risas y comentarios decidieron que cada una tomaría un rincón del baúl y que nunca antes en sus vidas habían tenido una casa tan linda y una cama tan cómoda.
Isabel sabía contar muy bien y calculó que llevaban dos semanas en la casa de la abuela y que hacía cuatro días que la Pepé había desaparecido.
Isabel no entendía porqué las había dejado solas y una vez más sintió el aguijoneo inconfundible del hambre que se agrandaba y estiraba en su interior de la misma forma en que las sombras de los cerros lo hacían con el caer de la tarde.
Las niñas cruzaron la acequia, se internaron en el parrón y con sus manitas pequeñas sacaron una vez más las uvas más maduras que pudieron encontrar. En la despensa solo quedaba un tarro de leche condensada que Isabel se lo pasó íntegro a Verónica ya que le producía un asco horrible ese líquido blanco y pegajoso. Verónica tomó el tarro en silencio y con un clavo y una piedra le hizo un orificio suficientemente grande para poder succionar la leche con la avidez de días que llevaban sin comer mucho fuera de las pocas frutas que lograban encontrar.
"No conozco a nadie que no le guste la leche condensada" dijo Verónica tratando de justificar su ansiedad, a la par que sintió un alivio enorme de saber que se la podía tomar toda sin tener que compartirla con su prima.
El pan era otra cosa y solo quedaba el último pedazo. Isabel lo dividió ceremoniosamente en dos trozos casi iguales y dejó que Verónica eligiera el que supuestamente se veía más grande. Después de todo, ella había hecho un voto de generosidad a la virgen del jardín cuando el padre Miguel le sugirió que tenía que controlar su egoísmo en la última confesión que había tenido. Lo que más rabia le daba era el hecho de haber sido un pecado inventado ya que todas las otras niñas se habían confesado de por lo menos dos o tres y ella no pensaba ser menos, pero ahora en esta situación insólita en que se encontraban, solo el temor a un infierno lleno de diablos y fuego, era lo único que la mantenía en su decisión de seguir con la "manda". Así que no le quedaba otra que ser generosa hasta el final del mes y solo quedaban un par de días.
 
 
 
Doña Isabel y doña Adelaida habían llegado a la estación de San Vicente de Tagua-Tagua alrededor de las seis de la tarde. El marido de doña Isabel no llegaría hasta el día siguiente así que decidieron aprovechar el tiempo y hacer todas las compras que necesitaban ahí mismo en el pueblo. Las dos mujeres calcularon que el padre Miguel estaría en la iglesia del pueblo y que una vez más como lo venían haciendo por años, le pedirían al cura que las llevara al fundo en su camioneta azul.
Por supuesto que le pedirían sin pedir, con mucha sonrisa, con halagos, con chismes y todo eso que al menos doña Isabel era una experta.
El padre Miguel era un sesentón afable con una sonrisa practicada por décadas en frente del espejo imitando a los mejores santos de las "Vidas Ejemplares", cuya colección la tenía completa y según él, eran más entretenidas y útiles que el maldito breviario que tenía que leer todas las tardes,
El cura Miguel le gustaba codearse con los latifundistas del lugar e invitarlos a tomar té con dulces chilenos y galletitas con paté de fois. El ritual era conocido por ambas mujeres y también la conversación que invariablemente giraba alrededor de la "competencia".
Tres pequeñas iglesias competían en el lugar por los feligreses y por sus generosas contribuciones. El cura Miguel estaba a cargo de la iglesia de San Vicente, el Cura Javier a cargo de la de Pencahue y el cura Enrique a cargo de aquella que quedaba en los lugares indefinidos entre ambos pueblos. La competencia se había transformado en un brillante juego de ajedrez en el esfuerzo de ganarse las almas y los bolsillos de los fieles. Desgraciadamente el cura Enrique, ya entrado en años y con una arterioesclerosis galopante había cedido el terreno considerablemente cuando unos meses atrás terminó escandalizando a varios fieles durante el sermón del domingo.
Nunca se supo si el calor del mediodía o los años que se le habían venido encima o la simple pasión extraordinaria y el celo con que celebraba las misas, hicieron que el cura Enrique desde el púlpito increpara a los feligreses hasta el punto en que un silencio atemorizante se dejó caer sobre la pequeña iglesia repleta de gente.
En ese momento el padre Enrique pronunció el veredicto final:
"Si nos os arrepentís, pecadores inmundos, lloverá mierda hirviendo de los cielos. El Señor en su ira los castigará con la mierda hirviendo que lloverá de los cielos…"
La confusión y el pandemonio fue total; los niños lloraban, tres viejas se desmayaron en la primera fila, el organista se puso tan nervioso que en vez de tocar a Bach, salió tocando la melodía "Nunca en Domingo". Los dueños de fundo estaban furiosos y abandonaron la capilla al instante con la firme resolución de no volver a poner pie en esa iglesia con un cura desquiciado. El cura Enrique totalmente impasible ante la conmoción que había creado continuó la misa como si nada hubiese pasado, terminándola con un solo sacristán ya que el otro tuvo que salir apurado al baño luchando con las imágenes apocalípticas que el cura había creado en su conciencia.
Al día siguiente el cura Enrique se olvidó completamente de lo que había dicho y no pudo entender porqué tan poca gente se apareció para las celebraciones del comienzo del "Mes de María".
El cura Miguel con su sonrisa angelical terminó de contarle los pormenores del incidente a las dos mujeres que con ojos enormes, aparentando una incredulidad sin límites, le continuaban el juego al sacerdote. Ellas se habían enterado del suceso el mismo día a través de la Pepé que trataba inútilmente de comprender si la mierda hirviendo era para todos o solamente para los pecadores.
Una vez que terminaron el té, las galletitas con paté y los empolvados rellenos de manjar blanco, el cura Miguel se levantó ceremoniosamente y dijo:
"Sería un gran placer para mi el poder llevarlas al fundo".
 
 
 
Pepé se levantó de su siesta y dejó a Felipito dormir, Se hizo un té y se lo tomó lentamente con unas rebanadas de pan amasado. El día agonizaba y finalmente tenía un respiro del calor veraniego. En eso estaba cuando la camioneta azul se detuvo enfrente de su casa con un chirrido de frenos y una polvareda que escasamente la dejó ver a las dos figuras que se bajaban del vehículo.
Y cuando las dos mujeres se acercaban a la casa, Pepé súbitamente se acordó de las niñas pero no pudo entender que hacían las dos criaturas en una camioneta con un hombre todo vestido de negro y decidió que las retaría bien retadas.
"Niñitas, ¿qué andan haciendo por aquí?. ¿Cómo se les ocurre subirse a una camioneta con extraños?. Apenas lleguen sus mamás las voy a acusar"
Doña Isabel sin entender mucho le respondió:
"Buenas tardes Pepé. ¿Cómo está?. ¿Como lo han pasado los niños?. Y qué disparates está diciendo sobre la camioneta del padre Miguel?.
La vieja Pepé las miró de arriba abajo y concluyó que sin duda habían crecido mucho en el verano, pero igual no había razón para que fueran tan atrevidas y desobedientes, así que una vez más les comunicó que ella no iba a aguantar ni una tontera más y que suficiente trabajo tenía con Felipito para que dos mocosas insolentes le hablaran de ese modo.
Doña Adelaida no vio a Verónica por ningún lado y doña Isabel no vio a Isabelita por ningún lado tampoco. La Pepé seguía hablando incoherencias y obviamente había perdido el juicio. Adelaida sintió que el pecho se le encogía y tuvo un sentimiento de angustia inmenso. La vieja Pepé no solo había llegado a los límites de lo que la memoria permitía pero además tuvo el presentimiento que esta enorme confusión en ella era solo el comienzo de algo espantoso.
Adelaida tomó bruscamente a doña Isabel del brazo y le dijo con apremio en la voz: "Deja a Felipito con el padre Miguel y vamos a la casa grande. Las niñas no están aquí y la vieja perdió la memoria. Apúrate…"
Adelaida corrió el kilómetro que separaba los dos mundos con una desesperación que solo las madres pueden entender. Un mundo en donde la modesta casa de inquilinos que la Pepé había heredado de la abuela por haberle cuidado a varios de los hijos durante años y en el otro mundo la enorme mansión del fundo que Adelaida encontró en el silencio del anochecer rodeada de oscuridad y de malos presagios. Dos mundos extraños que se entremezclaban en ese orden social absurdo de la sociedad chilena con una fluidez y facilidad que cualquiera hubiese pensado que ni la mejor utopía social podría lograr lo que la aristocracia se jactaba de haber conseguido.
"Los inquilinos trabajan nuestros campos y nosotros les pagamos un salario y además los alimentamos, los vestimos, los educamos y les cubrimos todas sus necesidades básicas, Ellos a su vez nos retribuyen cuidando a nuestros hijos, haciendo el aseo de nuestras casas, cocinando y realizando las tareas domésticas que al no tener que hacerlo nosotros, nos deja libres para preocuparnos de mantener un estándar de vida holgado y beneficioso para todos".
Estas habían sido las palabras de un candidato que ganó las elecciones del pueblo con una mayoría absoluta, Nadie podía oponerse a esa lógica infalible y para concluir, el candidato había dicho:
" ¿Qué sería de sus miserables vidas si nosotros no existiéramos para proveerlos?"
Adelaida cruzó el parrón jadeante y en unos minutos estaba en la casa grande totalmente oscura y silenciosa. Gritó con todas sus fuerzas: "Niñitas, niñitas, ¿donde están?"
La voz cuajada de angustia retumbó en las 15 habitaciones devolviendo el eco vacío.
"Verónica, Isabel, ¿donde están?" gritó doña Isabel que había llegado por el extremo opuesto de la casa. Las dos mujeres se miraron con terror en los ojos y sin atinar a nada racional recorrieron gritando la mansión entera sin encontrar el menor rastro de sus hijas. Finalmente agotadas de gritar, sollozar y angustiarse se sentaron ambas al pie de la enorme escalera de mármol abrazándose, dando rienda suelta a mutuas recriminaciones, promesas y sentimientos de culpa.
Adelaida notó que las sillas no estaban y lo primero que pensó es que se las habían robado, para luego recapacitar y darse cuenta de lo absurdo de sus pensamientos. Los ladrones se habrían llevado varias otras cosas además de las sillas, Ahí fue cuando recordó que Verónica e Isabel estaban siempre jugando con ellas y con un presentimiento muy fuerte le dijo a doña Isabel:
"¡Las sillas, las sillas!, trae los candelabros y vamos a buscar las sillas". Doña Isabel no entendió nada pero obedientemente encendió las velas y ambas salieron al jardín iluminado por la luna y la luz tenue emanando de los cirios. Lo recorrieron cuidadosamente hasta que finalmente al lado de la noria, justo en una esquina, descubrieron la casita que las niñas habían hecho con las sillas y los manteles. Para entrar tuvieron que agacharse completamente y en el medio del círculo de sillas estaba el baúl y dentro de él, acurrucadas entre los cojines las dos niñas dormían en su pequeño mundo soñando con los juegos que inventarían al día siguiente. Un mundo hecho a su medida y de acuerdo a lo que ellas sentían, ya que obviamente habían sido abandonadas por el mundo de los adultos.
 
 
Adelaida con lágrimas de alivio iluminó las caritas dormidas y no pudo dejar de escapar un grito ahogado por el estupor. Los cabellos dorados de Isabel y los negros rizos de Verónica eran un solo manojo de piojos saltando y entremezclándose con la mugre que los cubría. Los cuerpecitos infantiles habían perdido varios kilos y estaban cubiertos de costras de barro, hojas secas pegadas a los brazos, pasto, tierra y ceniza. Los vestidos que escasamente las cubrían habían sido reducidos a simples harapos de un color indescifrable. El espectáculo fue sobrecogedor para las dos madres al ver a sus hijas en ese estado lamentable. Ambas tomaron a las niñas en sus brazos, aún vencidas por el sueño, el hambre y el cansancio de haber construido su propio mundo para compensar lo inexplicable.
Ninguna de las dos mujeres supo por cuanto tiempo estuvieron abrazadas a sus hijas acariciándolas y prometiéndose a si mismas que nunca más en sus vidas dejarían que sucediera algo semejante.
Los nidos de piojos y liendres habían hecho estragos en las pequeñas cabecitas y al día siguiente las dos niñas peladas al rape, escuálidas, recién bañadas, vestidas de blanco partieron de vuelta a Santiago. Solo se detuvieron a despedirse de la vieja Pepé que pensó que las dos niñas eran las hijas de sus niñitas que no veía desde la noche anterior y con gran dulzura les preguntó por su nombre al tiempo que les ofrecía pan amasado recién salido del horno.
La camioneta se alejó con las mujeres y las niñas dejando una nube de polvo suspendida en el calor de otro día más de un verano que al menos Isabel no se olvidaría nunca más en su vida.
Pepé se sentó en su mecedora y entonó a grito pelado las únicas estrofas que se le vinieron a la memoria.
"...y tu campo de flores borda-ado es la co-opia feli-iz del Edén"
   
 
pricipio de pagina
pagina anterior