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Autor:

Fernando Aránguiz

Titulo:

La casa comunitaria

La idea era bastante descabellada pero no dejaba de tener su atractivo. Sin duda era una de esas voladas típicas de su mujer, sin embargo esta vez lo había hecho pensar. No solo tener imágenes, pero también proyectarlas en el futuro, saborearlas, ensoñarlas. Esta vez era algo distinto.
Habían pasado casi dos largos años desde que su hija vino al mundo y ella vino con todo lo maravilloso que implica el nacer de un nuevo ser humano y todas las complicaciones que eso mismo significa. Joaquín la recibió en sus manos cuando nació y la tuvo ahí por un tiempo que le pareció eterno y grandioso. Nada en toda su vida fue tan extraordinario que verla nacer, tenerla en sus manos y luego cuidarla como un pequeño tesoro.
Sin proponérselo Joaquín se dedicó constantemente a cuidarla, a entretenerla, a alimentarla, a cambiarle los pañales, enfin, a hacer todo lo que normalmente se hace con una guagua. El departamento donde vivían era hermoso y quedaba en uno de los tantos cerros que dominan la ciudad de San Francisco en el estado de California. Solo tenía dos ambientes, un baño, una cocina y quedaba en el segundo piso. Una de las piezas ya era del hijo mayor que en ese entonces tenía cuatro años. La guagua y ellos ocupaban la otra pieza. Alguien les regaló una cuna preciosa que solo fué usada menos de una semana porque Amanda decidió a temprana edad que no estaba interesada en lo más mínimo en dormir en ningún lugar que no fuera la cama de sus padres. Les comunicó su sabia decisión con un berrinche que hizo que los vecinos del piso de abajo los odiaran aun más de lo que ya lo hacían y que constantemente se quejaban del ruido y de la molestia que el niño les causaba.
Pedro era inquieto, porfiado, amoroso y desafiante. No había posibilidad alguna de mantenerlo a raya y mucho menos de satisfacer los reclamos de los vecinos. Aguantaron algún tiempo en ese tira y afloja, probablemente tres meses y tuvieron que despedirse del querido departamento ya que la vida diaria se transformó en un constante esfuerzo por disciplinar a Pedro, calmar a Amanda para que no llorara muy fuerte, cruzar el departamento en puntillas y en sonreir estúpidamente a esta pareja gay que nunca entendería lo que tener niños significaba. Todo les molestaba, hasta los gestos amables y sin dobleces que el niño era capaz de hacer, así que contrariamente a todos los deseos, tuvieron que mudarse a otra casa.
Para entonces, ni Amanda ni Pedro estaban dispuestos a abandonar la enorme cama que tenían que compartir con sus padres. Dormir con ellos era lo más importante de sus vidas y por suerte la pareja no tenía mayores problemas con ello, excepto que la privacidad y la vida sexual se deterioró hasta el punto de la crisis.
A pesar de todo lo absurdo de la idea, Joaquín no pudo dejar de contemplar las posibilidades con un detenimiento que lo sorprendió a el mismo. La idea lo estaba conquistando con suaves palabras al oido, con miradas insistentes, con imágenes seductoras…

El cambio a la nueva casa no produjo nada interesante fuera de hacerlos sentirse como patos fuera del agua. La construcción era fría, cuadrada, sin encantos de ningún tipo. Pertenecía a una pareja hindú que no tenían la menor intención de arreglar nada y solo querían una renta estable. Era una casa enorme, sin vecinos que los jodieran, con muchas habitaciones y hasta un pequeño jardín. Para cualquier pareja con dos niños era la situación ideal y sin lugar a dudas un salto cualitativo con respecto al departamento diminuto en que vivían. Nadie nunca los fue a visitar ya que quedaba al otro lado del cerro y ninguna de sus amistades vivían cerca. Nada significativo sucedió fuera de una neblina insistente que cubría todo. Nada interesante pasó fuera de que una noche pelearon porque los vasos estaban sucios y obviamente la disputa tenía raices bastante más profundas que una cagada de polvo en un pedazo de vidrio.
Nada los alegró mucho y por un largo año Joaquín sintió que lo único que le dio sentido a su vida fue Amanda y los tres meses en que se presentó a consejal por la ciudad de San Francisco. Una vez terminadas las elecciones y después de horas incansables de conversar con gente, asociaciones, grupos de vecinos, gente de lo más estúpida y también algunos personajes sobresalientes, todo llegó a su fin y la pareja se encontró nuevamente en la misma casa enorme, sacándole el polvo a los vasos, evitando las miradas, dedicándose obsesivamente e innecesariamente al bienestar de los niños y a las tareas domésticas.
Fue en esa situación casi crítica que una noche visitando a unos viejos amigos, después de una cena en que las dos familias se sentaron, comieron, conversaron y se sintieron nuevamente vivos, donde surgió la idea de prolongar esos momentos. Ellos eran también una pareja atípica. Una gringa casada con un argentino, con tres niños y dos de ellos un par niñas. Cada vez que se juntaban a comer, los niños desaparecían en una orgía de juegos, pinturas, gritos, risas y todo eso que al menos Joaquín lo recordaba como parte de su infancia, como esa parte más querida y mas añorada que era cuando venían las vacaciones y con todos sus primos pasaban tres meses en el campo sin ni siquiera saber de quien eran hijos, quienes eran los padres, que comían y cuanto duraban los días…pero esa es otra historia que a lo mejor venga al caso más tarde. Lo importante fue el descubrir la posibilidad de salir del encierro al que estaban condenados por las circunstancias de sus vidas. Lo interesante fue ver la posibilidad de salir de una situación, si bien cómoda, bastante desgastadora y aburrida. Lo más tentador de todo era la posibilidad concreta de reducir lo doméstico a un mínimo y de poder reconstruir una vida social en donde no solo tendrían tiempo como individuos, pero también como pareja y como seres humanos sociables. En esos días mantenían un proyecto de publicar un pequeño diario barrial y gracias a eso se reunían periódicamente a discutir la producción, distribución, diseño, etc. Era un proyecto interesante que los conectaba entre ellos y con el medio inmediato. Cuando conversaron la primera vez sobre la posibilidad de arrendar un lugar para poder hacerlo, fue el comienzo de una aventura en el terreno de lo comunitario. Esa primera idea fue descartada rapidamente y reemplazada por la posibilidad de una casa, y luego por la posibilidad de vivir juntos, y finalmente por la imagen de una propiedad en las afueras de la ciudad que descartaron después de algunos días de euforia cuando se dieron cuenta de que reemplazarían solamente el trabajo doméstico por el enorme trabajo de mantención que una pequeña granja exigía.
Fueron semanas intensas de conversaciones sobre como podrían hacerlo, sobre que era lo que querían hacer, sobre los lugares, los deseos más profundos, sobre los problemas que encontrarían, sobre las finanzas, las decisiones y todo aquello que hacía la idea moldearse y finalmente manifestarse como una proposición coherente. Decidieron buscar una casa grande que pudiera acomodar dos familias sin mucho problema. Con un jardín, suficientes dormitorios para todos, cocina y baños comunitarios y el resto daba lo mismo. Al dia siguiente Joaquín encontró el objeto anhelado. Una casa que cumplía con todas las condiciones y que estaba a la venta. No habían considerado jamás la idea de comprar una casa, solamente de juntar los esfuerzos y arrendarla. Curiosamente, por simple cálculo matemático se encontraron con la sorpresa de que comprarla era muchísimo más barato que alquilar y se embarcaron en una odisea de propuestas para lograr el objetivo. Hasta el día de hoy Joaquín no entendió porqué el banco les prestó el dinero, pero así fue y en menos de un mes habían logrado lo impensable.
Ese día en que Joaquín encontró la casa para la venta, fue cuando supo que la idea se había apoderado de él. Su mujer había sido el motor principal de la idea. Ella había empujado el proyecto con gran fuerza y entusiasmo. Ella había ido dibujando las posibilidades con la dedicación y el cariño que un artista pone en sus producciones, después de todo, ella era una artista, pero Joaquín no se dio cuenta de que también había quedado prendido de la idea hasta ese momento en que vio la fotografía y se dije a si mismo: "Esta es la casa que queremos".
Amanda estaba feliz. Una semana después de la mudanza a la casa soñada dijo las primeras palabras de su vida. Un mes después de esa ocasión memorable no hubo poder capaz de detenela en su conquista del idioma y siguió hablando como si fuera lo más natural del mundo. Al año y los dos meses hablaba hasta por los codos y en esta nueva situación de tener en vez de un hermano, tres más, las conversaciones se hicieron interminables y también los cuentos que su padre tuvo que inventar para poder hacerla dormir en las noches. Cuentos extraordinarios de dragones benévolos, de castillos con problemas sociales, de princesas que andaban descalzas, de reyes que buscaban la justicia, etc. Los capítulos crecieron con ella, los niños, y el experimento extraordinario de vivir comunitariamente
Pedro no necesitó dormir con sus padres ya que compartía una pieza con Gabriel, el hijo de la otra pareja y fuera de exigir de vez en cuando una historia, estaba ocupadísimo en explorar esta nueva situación de vivir con otro niño de la misma edad. Las niñas estaban constantemente haciéndole mil gracias a Amanda y Joaquín y su mujer finalmente tuvieron una habitación y una cama donde hacer el amor sin sobresaltos. Extraordinario, que todo eso sucedió en una casa llena de gente, llena de niños, llena de ruidos. Curiosamente nunca tuvieron más privacidad que en esa casa comunitaria y también se dio lo que Joaquín soñaba conseguir, que era poder tener tiempo para no hacer nada. Al dividir las funciones domésticas todo era muchísimo más eficiente y se hacía en poco tiempo. Económicamente nunca estuvieron mejor y fueron capaces de viajar a Sudamérica con los niños a visitar la familia de Joaquín.
Fueron más de dos años que vivieron así y fueron momentos felices. Los ensueños a menudo hacen ver todo positivamente y así sucedió, pero habían detalles que prefirieron ignorar y que luego echaron a perder la relación con la otra familia y eventualmente tuvieron que terminar la vida comunitaria. No es claro que habrían terminado del todo si no hubiese sido por la posibilidad de irse a otro estado, pero lo que es cierto es que la experiencia terminó casi a los tres años y todo lo que Joaquín pudo decir es que fue algo extraordinario que lo conservaría como una de las grandes aventuras de su vida, uno de los momentos más interesantes en su desarrollo personal, y los niños hasta el día de hoy conservan gratos recuerdos de esos años en que compartieron comunitariamente sus vidas.


Avance:
Esta narración sencilla solo pretende abrir un poco el debate sobre lo comunitario, que es de alguna forma un concepto humanista interesante.
Hay elementos que ayudan mucho a que la vida comunitaria sea exitosa y tienen que ver con los sentimientos más profundos de los participantes. No es una cuestión de pura y simple afinidad sino más bien un asunto de dirección, de querer cosas similares y de valores que son comunes. No es un asunto de encontrar personalidades similares solamente. Según lo que Joaquín experimentó, tiene que haber un gusto por estar en la compañia de otros, un gusto por compartir, un gusto por sentirse próximo a otros. Es hasta necesario que exista por lo menos en cierto grado, una aversión hacia el sistema en que se vive, que constantemente divide, clasifica, y reduce la gente a objetos. La vida comunitaria es una forma de rebelión a toda esa individualidad vacía, a toda esa tendencia obsesiva y egoista que la sociedad de consumo introduce hasta por los poros.
Y en el terreno práctico, hay muchas cosas que necesitan ser conversadas, que hay que escribirlas, discutirlas, revisarlas hasta el cansancio. Es más típico que una comunidad fracase por asuntos domésticos y practicos que por razones más profundas. En todo caso es una organización del futuro, que su momento real no ha llegado todavía, pero que sin lugar a dudas será el tipo de organización de una sociedad avanzada y suficientemente segura de sí misma para poder llegar a una situación de compenetración que en realidad beneficia muchísimo más a sus participantes que cualquiera otra.
Cuando el espejismo de la posesión personal se comprenda y aparezca la necesidad de poseer asuntos mas interesantes, mas internos, más duraderos, la vida comunitaria es una exelente opción porque permite desarrollar lo mejor de los dos mundos.
Por el momento es bueno explorar la posibilidad…hay veces que las ideas se visten de gala y seductoramente van conquistando el corazón de la gente. Las ideas siempre ganan, siempre van mucho más adelante que los objetos. Las ideas son las que crean los objetos y es la mente en busca de sentido que las genera…la vida en comunidad es una idea más, descabellada, contradictoria y enormemente atractiva.

Fernando Aránguiz
Mayo de 1999

   
 
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