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La idea era bastante descabellada pero no dejaba
de tener su atractivo. Sin duda era una de esas voladas típicas
de su mujer, sin embargo esta vez lo había hecho pensar.
No solo tener imágenes, pero también proyectarlas
en el futuro, saborearlas, ensoñarlas. Esta vez era algo
distinto.
Habían pasado casi dos largos años desde que su hija vino al mundo
y ella vino con todo lo maravilloso que implica el nacer de un nuevo ser humano
y todas las complicaciones que eso mismo significa. Joaquín la recibió en
sus manos cuando nació y la tuvo ahí por un tiempo que le pareció eterno
y grandioso. Nada en toda su vida fue tan extraordinario que verla nacer, tenerla
en sus manos y luego cuidarla como un pequeño tesoro.
Sin proponérselo Joaquín se dedicó constantemente a cuidarla,
a entretenerla, a alimentarla, a cambiarle los pañales, enfin, a hacer
todo lo que normalmente se hace con una guagua. El departamento donde vivían
era hermoso y quedaba en uno de los tantos cerros que dominan la ciudad de San
Francisco en el estado de California. Solo tenía dos ambientes, un baño,
una cocina y quedaba en el segundo piso. Una de las piezas ya era del hijo mayor
que en ese entonces tenía cuatro años. La guagua y ellos ocupaban
la otra pieza. Alguien les regaló una cuna preciosa que solo fué usada
menos de una semana porque Amanda decidió a temprana edad que no estaba
interesada en lo más mínimo en dormir en ningún lugar que
no fuera la cama de sus padres. Les comunicó su sabia decisión
con un berrinche que hizo que los vecinos del piso de abajo los odiaran aun más
de lo que ya lo hacían y que constantemente se quejaban del ruido y de
la molestia que el niño les causaba.
Pedro era inquieto, porfiado, amoroso y desafiante. No había posibilidad
alguna de mantenerlo a raya y mucho menos de satisfacer los reclamos de los vecinos.
Aguantaron algún tiempo en ese tira y afloja, probablemente tres meses
y tuvieron que despedirse del querido departamento ya que la vida diaria se transformó en
un constante esfuerzo por disciplinar a Pedro, calmar a Amanda para que no llorara
muy fuerte, cruzar el departamento en puntillas y en sonreir estúpidamente
a esta pareja gay que nunca entendería lo que tener niños significaba.
Todo les molestaba, hasta los gestos amables y sin dobleces que el niño
era capaz de hacer, así que contrariamente a todos los deseos, tuvieron
que mudarse a otra casa.
Para entonces, ni Amanda ni Pedro estaban dispuestos a abandonar la enorme cama
que tenían que compartir con sus padres. Dormir con ellos era lo más
importante de sus vidas y por suerte la pareja no tenía mayores problemas
con ello, excepto que la privacidad y la vida sexual se deterioró hasta
el punto de la crisis.
A pesar de todo lo absurdo de la idea, Joaquín no pudo dejar de contemplar
las posibilidades con un detenimiento que lo sorprendió a el mismo. La
idea lo estaba conquistando con suaves palabras al oido, con miradas insistentes,
con imágenes seductoras
El cambio a la nueva casa no produjo nada interesante fuera
de hacerlos sentirse como patos fuera del agua. La construcción
era fría, cuadrada, sin encantos de ningún tipo.
Pertenecía a una pareja hindú que no tenían
la menor intención de arreglar nada y solo querían
una renta estable. Era una casa enorme, sin vecinos que los jodieran,
con muchas habitaciones y hasta un pequeño jardín.
Para cualquier pareja con dos niños era la situación
ideal y sin lugar a dudas un salto cualitativo con respecto al
departamento diminuto en que vivían. Nadie nunca los fue
a visitar ya que quedaba al otro lado del cerro y ninguna de
sus amistades vivían cerca. Nada significativo sucedió fuera
de una neblina insistente que cubría todo. Nada interesante
pasó fuera de que una noche pelearon porque los vasos
estaban sucios y obviamente la disputa tenía raices bastante
más profundas que una cagada de polvo en un pedazo de
vidrio.
Nada los alegró mucho y por un largo año Joaquín sintió que
lo único que le dio sentido a su vida fue Amanda y los tres meses en
que se presentó a consejal por la ciudad de San Francisco. Una vez terminadas
las elecciones y después de horas incansables de conversar con gente,
asociaciones, grupos de vecinos, gente de lo más estúpida y también
algunos personajes sobresalientes, todo llegó a su fin y la pareja se
encontró nuevamente en la misma casa enorme, sacándole el polvo
a los vasos, evitando las miradas, dedicándose obsesivamente e innecesariamente
al bienestar de los niños y a las tareas domésticas.
Fue en esa situación casi crítica que una noche visitando a unos
viejos amigos, después de una cena en que las dos familias se sentaron,
comieron, conversaron y se sintieron nuevamente vivos, donde surgió la
idea de prolongar esos momentos. Ellos eran también una pareja atípica.
Una gringa casada con un argentino, con tres niños y dos de ellos un
par niñas. Cada vez que se juntaban a comer, los niños desaparecían
en una orgía de juegos, pinturas, gritos, risas y todo eso que al menos
Joaquín lo recordaba como parte de su infancia, como esa parte más
querida y mas añorada que era cuando venían las vacaciones y
con todos sus primos pasaban tres meses en el campo sin ni siquiera saber de
quien eran hijos, quienes eran los padres, que comían y cuanto duraban
los días
pero esa es otra historia que a lo mejor venga al caso
más tarde. Lo importante fue el descubrir la posibilidad de salir del
encierro al que estaban condenados por las circunstancias de sus vidas. Lo
interesante fue ver la posibilidad de salir de una situación, si bien
cómoda, bastante desgastadora y aburrida. Lo más tentador de
todo era la posibilidad concreta de reducir lo doméstico a un mínimo
y de poder reconstruir una vida social en donde no solo tendrían tiempo
como individuos, pero también como pareja y como seres humanos sociables.
En esos días mantenían un proyecto de publicar un pequeño
diario barrial y gracias a eso se reunían periódicamente a discutir
la producción, distribución, diseño, etc. Era un proyecto
interesante que los conectaba entre ellos y con el medio inmediato. Cuando
conversaron la primera vez sobre la posibilidad de arrendar un lugar para poder
hacerlo, fue el comienzo de una aventura en el terreno de lo comunitario. Esa
primera idea fue descartada rapidamente y reemplazada por la posibilidad de
una casa, y luego por la posibilidad de vivir juntos, y finalmente por la imagen
de una propiedad en las afueras de la ciudad que descartaron después
de algunos días de euforia cuando se dieron cuenta de que reemplazarían
solamente el trabajo doméstico por el enorme trabajo de mantención
que una pequeña granja exigía.
Fueron semanas intensas de conversaciones sobre como podrían hacerlo,
sobre que era lo que querían hacer, sobre los lugares, los deseos más
profundos, sobre los problemas que encontrarían, sobre las finanzas,
las decisiones y todo aquello que hacía la idea moldearse y finalmente
manifestarse como una proposición coherente. Decidieron buscar una casa
grande que pudiera acomodar dos familias sin mucho problema. Con un jardín,
suficientes dormitorios para todos, cocina y baños comunitarios y el
resto daba lo mismo. Al dia siguiente Joaquín encontró el objeto
anhelado. Una casa que cumplía con todas las condiciones y que estaba
a la venta. No habían considerado jamás la idea de comprar una
casa, solamente de juntar los esfuerzos y arrendarla. Curiosamente, por simple
cálculo matemático se encontraron con la sorpresa de que comprarla
era muchísimo más barato que alquilar y se embarcaron en una
odisea de propuestas para lograr el objetivo. Hasta el día de hoy Joaquín
no entendió porqué el banco les prestó el dinero, pero
así fue y en menos de un mes habían logrado lo impensable.
Ese día en que Joaquín encontró la casa para la venta,
fue cuando supo que la idea se había apoderado de él. Su mujer
había sido el motor principal de la idea. Ella había empujado
el proyecto con gran fuerza y entusiasmo. Ella había ido dibujando las
posibilidades con la dedicación y el cariño que un artista pone
en sus producciones, después de todo, ella era una artista, pero Joaquín
no se dio cuenta de que también había quedado prendido de la
idea hasta ese momento en que vio la fotografía y se dije a si mismo: "Esta
es la casa que queremos".
Amanda estaba feliz. Una semana después de la mudanza a la casa soñada
dijo las primeras palabras de su vida. Un mes después de esa ocasión
memorable no hubo poder capaz de detenela en su conquista del idioma y siguió hablando
como si fuera lo más natural del mundo. Al año y los dos meses
hablaba hasta por los codos y en esta nueva situación de tener en vez
de un hermano, tres más, las conversaciones se hicieron interminables
y también los cuentos que su padre tuvo que inventar para poder hacerla
dormir en las noches. Cuentos extraordinarios de dragones benévolos,
de castillos con problemas sociales, de princesas que andaban descalzas, de
reyes que buscaban la justicia, etc. Los capítulos crecieron con ella,
los niños, y el experimento extraordinario de vivir comunitariamente
Pedro no necesitó dormir con sus padres ya que compartía una
pieza con Gabriel, el hijo de la otra pareja y fuera de exigir de vez en cuando
una historia, estaba ocupadísimo en explorar esta nueva situación
de vivir con otro niño de la misma edad. Las niñas estaban constantemente
haciéndole mil gracias a Amanda y Joaquín y su mujer finalmente
tuvieron una habitación y una cama donde hacer el amor sin sobresaltos.
Extraordinario, que todo eso sucedió en una casa llena de gente, llena
de niños, llena de ruidos. Curiosamente nunca tuvieron más privacidad
que en esa casa comunitaria y también se dio lo que Joaquín soñaba
conseguir, que era poder tener tiempo para no hacer nada. Al dividir las funciones
domésticas todo era muchísimo más eficiente y se hacía
en poco tiempo. Económicamente nunca estuvieron mejor y fueron capaces
de viajar a Sudamérica con los niños a visitar la familia de
Joaquín.
Fueron más de dos años que vivieron así y fueron momentos
felices. Los ensueños a menudo hacen ver todo positivamente y así sucedió,
pero habían detalles que prefirieron ignorar y que luego echaron a perder
la relación con la otra familia y eventualmente tuvieron que terminar
la vida comunitaria. No es claro que habrían terminado del todo si no
hubiese sido por la posibilidad de irse a otro estado, pero lo que es cierto
es que la experiencia terminó casi a los tres años y todo lo
que Joaquín pudo decir es que fue algo extraordinario que lo conservaría
como una de las grandes aventuras de su vida, uno de los momentos más
interesantes en su desarrollo personal, y los niños hasta el día
de hoy conservan gratos recuerdos de esos años en que compartieron comunitariamente
sus vidas.
Avance:
Esta narración sencilla solo pretende abrir un poco el debate
sobre lo comunitario, que es de alguna forma un concepto humanista interesante.
Hay elementos que ayudan mucho a que la vida comunitaria sea exitosa y tienen
que ver con los sentimientos más profundos de los participantes. No
es una cuestión de pura y simple afinidad sino más bien un asunto
de dirección, de querer cosas similares y de valores que son comunes.
No es un asunto de encontrar personalidades similares solamente. Según
lo que Joaquín experimentó, tiene que haber un gusto por estar
en la compañia de otros, un gusto por compartir, un gusto por sentirse
próximo a otros. Es hasta necesario que exista por lo menos en cierto
grado, una aversión hacia el sistema en que se vive, que constantemente
divide, clasifica, y reduce la gente a objetos. La vida comunitaria es una
forma de rebelión a toda esa individualidad vacía, a toda esa
tendencia obsesiva y egoista que la sociedad de consumo introduce hasta por
los poros.
Y en el terreno práctico, hay muchas cosas que necesitan ser conversadas,
que hay que escribirlas, discutirlas, revisarlas hasta el cansancio. Es más
típico que una comunidad fracase por asuntos domésticos y practicos
que por razones más profundas. En todo caso es una organización
del futuro, que su momento real no ha llegado todavía, pero que sin
lugar a dudas será el tipo de organización de una sociedad avanzada
y suficientemente segura de sí misma para poder llegar a una situación
de compenetración que en realidad beneficia muchísimo más
a sus participantes que cualquiera otra.
Cuando el espejismo de la posesión personal se comprenda y aparezca
la necesidad de poseer asuntos mas interesantes, mas internos, más duraderos,
la vida comunitaria es una exelente opción porque permite desarrollar
lo mejor de los dos mundos.
Por el momento es bueno explorar la posibilidad
hay veces que las ideas
se visten de gala y seductoramente van conquistando el corazón de la
gente. Las ideas siempre ganan, siempre van mucho más adelante que los
objetos. Las ideas son las que crean los objetos y es la mente en busca de
sentido que las genera
la vida en comunidad es una idea más, descabellada,
contradictoria y enormemente atractiva.
Fernando Aránguiz
Mayo de 1999
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