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Uno.
"Daniel va a llegar tarde, para
variar. Pero al menos va a traer el globo chino" dijo su
hermana.
"Si, pero te apuesto que no se eleva más de un metro.
Dos metros con suerte" respondió otra hermana mientras
le daba los últimos toques a los adornos que colocaban
sobre todas las mesas en el jardín para la cena de año
nuevo.
'Todos los años es la misma historia y los malditos globos
no se logran elevar... ¿Porqué será?', Dijo
Marcela.
'Quién sabe, pero al menos los niños siempre se
entretienen igual, así que da lo mismo si el globo se eleva
o no' respondió otra hermana que llegaba con dos platos
de ensaladas en la mano.
Efectivamente, por años el asunto de los globos había
sido un fiasco total que curiosamente había pasado a ser
uno de los rituales más celebrados durante las fiestas
del año nuevo para la familia Hernández.
Nada menos que siete hermanas y 3 hermanos, siendo Daniel uno
de ellos.
'El Loco' era su apodo cuando era pequeño porque no había
forma de que se quedara tranquilo. Entraba y salía de la
casa como una tromba y siempre pasando a llevar algo en su camino.
Sus padres lo querían mucho y lo soportaban, pero sin duda
hubiese sido bastante más tranquilo el ámbito sin
las tonteras que 'El Loco' no podía dejar de hacer.
Un día de esos 'El Loco' se levantó temprano, tomó
su bicicleta que la había pintado entera de morado y se
fue a la plaza Italia con varias cosas en una bolsa plástica.
En el medio de la plaza que divide tácitamente Santiago
entre pobres y ricos se encuentra una estatua del General Baquedano,
seguramente un héroe de la guerra del Pacífico.
A las tres de la tarde los canales de televisión mostraron
al General en su caballo de bronce, con una minifalda roja, una
peluca platinada y un sombrero floreado. La opinión pública
se dividió entre la indignación del 'barrio alto'
y las risotadas del resto. En el barrio de Daniel, se supo sin
especulaciones que 'El Loco' era el responsable del asunto.
En un solo día toda esta locura cambió.. El día
más amargo y triste para Daniel. Un día doloroso
en un mes en donde la incertidumbre, el temor y la violencia cubrieron
el país con un manto gris igual a los uniformes de los
soldados que metódicamente destruían día
a día los sueños y los esfuerzos de aquellos que
jamás tuvieron nada.
Esa tarde llegaron a la casa y a culatazos sacaron a su padre
afuera de la casa y en contra de la pared le abrieron las piernas
a puntapiés humillándolo y golpeándolo en
la espalda mientras el capitán del grupo sonreía
burlescamente al tiempo que se estiraba un bigote ridículo
y gritaba órdenes a diestra y siniestra.
'Llévenselo al hijo de puta. Comunista de mierda' ladraba
a través del bigote.
Daniel con los ojos enormes de terror e impotencia divisó
por sobre los barrotes de la ventana a su padre desaparecer en
uno de los vehículos militares.
Esa noche 'El Loco' no comió, no se movió y tampoco
durmió. Las pesadillas no necesitaron del sueño
para abalanzarse una y otra vez en su cerebro, disparando imágenes
de golpes, culatazos, gritos e insultos. Y en el centro, su padre,
la figura más adorada de sus diez años, golpeado,
indefenso enfrente del capitán del bigote. Humillado y
vejado en una miríada de cuadros que se congelaban y repetían
como reflejos interminables de un espejo puesto enfrente de otro
espejo.
A los diez años Daniel terminó abruptamente sus
locuras y cambió. Se volvió taciturno, silencioso
e irreconocible. Un peso enorme se alojó en su corazón
ese día; un peso que lo ancló a un resentimiento
profundo que duraría mucho más de lo que nadie esperaba.
Diecisiete años de dictadura pasaron y de 'El loco' solo
quedó un recuerdo de un niño lleno de vitalidad
y de energía que paulatinamente se transformó como
el resto de los niños en adulto. Conoció a una mujer
encantadora con la cual se casó y tuvieron dos hijos.
Sus ademanes pausados, su tranquilidad y su voz suave nada tenían
que ver con lo que una vez él fue. Daniel llevó
el peso de esa tarde trágica durante toda su existencia
y a pesar de que externamente su vida era un modelo de estabilidad
y de cariño que brotaba de su familia, de su mujer e hijos,
él siempre supo que ese día infame lo había
encadenado a profundidades insospechadas.
Fue una noche de año nuevo cuando su mujer esperaba el
primer hijo, que Daniel vio el globo chino elevarse por sobre
los árboles de la casa vecina. Un globo cualquiera con
su llama adentro ascendiendo lentamente hasta perderse en las
alturas.
Se quedó boquiabierto contemplando el espectáculo
y de algún modo prendado a esa imagen del globo subiendo
a los cielos, desprendiéndose de las ataduras terrenales.
Daniel decidió internamente ese año nuevo que a
partir de ese momento los globos serían parte del ritual
familiar.
Y así fue. Todos los años llegó a la casa
de sus padres en donde se reunía la familia completa a
celebrar el año nuevo, con un globo de papel. Apenas daban
las doce, lo encendía para que subiera al cielo.
Por alguna razón incomprensible, ya que todos los otros
globos funcionaban, los globos de Daniel nunca lograron elevarse
más allá de unos pocos centímetros del suelo.
Julián, su hijo, tensaba todo su cuerpo y se empinaba lo
más que podía con la ilusión de que tales
maniobras ayudarían al globo a elevarse. Pero no había
caso y el ritual siguió año tras año convirtiéndose
en el fracaso que todos esperaban entre bromas, risas y un poquito
de esperanza.
Dos.
'Julián está en casa de su amigo Esteban. ¿Puedes
ir a buscarlo?', Preguntó la mujer de Daniel desde el dormitorio.
'Ya, voy en un rato'.
'Voy a comprar el globo chino, lo paso a buscar y nos vamos a
celebrar el año nuevo', dijo Daniel.
Daniel manejó el auto hasta la casa del compañero
de su hijo. Por lo general su mujer se encargaba de estos asuntos
y tuvo que pedirle la dirección. Esteban era un niño
sumamente alegre y el mejor amigo de Julián.
Daniel tocó el timbre y una mujer joven con una amplia
sonrisa lo hizo pasar amablemente a la casa.
'Soy la mamá de Esteban. Están jugando en el jardín
con el abuelo'
La mujer salió al patio y a través del ventanal
Daniel observaba a su hijo conversar con el abuelo de Esteban.
Daniel sonrió al verlo tan animado conversar con el viejo
y pensó con cariño en las historias que le estaría
contando.
La madre de Esteban volvió y disculpándose le hizo
saber que Julián ya vendría, apenas terminara de
contarle un cuento al abuelo.
'Es un niño muy inteligente y el único con que el
abuelo se puede comunicar', dijo la mujer y agregó con
una sonrisa que no pudo ocultar un dejo de dolor. 'No se acuerda
de nada. Tuvo un infarto hace dos años atrás y quedó
paralizado casi totalmente. Ni siquiera sabe que yo soy su hija...'
'Lo siento mucho', dijo Daniel incómodo con la revelación
mientras miraba al viejo que al estar de espaldas sentado en una
silla de ruedas no había notado nada fuera de la inmovilidad
casi total del cuerpo.
Daniel salió al jardín, tomó de la mano a
Julián y suavemente le susurró al oído
'Apúrate que tenemos que ir a casa de los abuelos para
la cena de año nuevo'
Daniel levantó la vista, sonrió educadamente al
viejo y en ese momento preciso, la sonrisa se congeló en
su rostro. Los ojos del anciano se posaron en los suyos y Daniel
casi largó un grito ahogado de angustia.
El bigote albo del viejo, las facciones duras, la mueca inconfundible,
el terror, la rabia acumulada por años, la sangre golpeándole
en las sienes, los ojos, el bigote, la cara que no había
olvidado jamás, ahí estaba, a unos pocos metros
de distancia.
Sin lugar a dudas había encontrado al soldado que era el
responsable del cambio más fundamental en su vida.
Cuantas veces no había imaginado ese momento triunfal en
que se abalanzaría sobre su enemigo y lo trituraría
con sus propias manos. Cuantas veces no soñó en
despedazar a su enemigo con sus propias uñas, con sacarle
los ojos y cortarle la lengua con sus propias manos. Con molerlo
a golpes. Con arrancarle el bigote de un solo manotazo.
El momento había llegado y de triunfal no tenía
nada. Un viejo patético en una silla de ruedas que le sonreía
estúpidamente a través de ojos vacíos anquilosados
en una memoria que había desaparecido completamente. Un
cuerpo sin recuerdos, sin remordimientos y sin futuro. Un cascarón
vacío que vegetaba en el jardín sin saber más
nada de lo que lo rodeaba.
Ni en la peor pesadilla Daniel soñó que encontraría
al objeto de su odio y resentimiento en semejantes condiciones.
Algo profundamente injusto había cambiado el destino.
El tiempo se detuvo. La mano de Julián quedó entre
la suya por una eternidad mientras Daniel veía desfilar
ante sus ojos veinticinco años de imágenes, recuerdos
y las angustias más profundas que experimentó durante
tanto tiempo.
Daniel sintió que la cabeza estaba a punto de estallar
y en ese momento el viejo abrió la boca y dijo 'Juu - lii
- annn'. Luego cerró los ojos y quedó inmóvil...
Algo profundamente injusto para la venganza que no pudo darse,
dio lugar a un alivio y una comprensión que Daniel no había
sentido nunca. No dejó de odiar el momento trágico
al cual estaba atado, pero lentamente fue recorriendo ese cuerpo
inmóvil enfrente de él al tiempo que sentía
que todos los pedazos de su alma se reunían en un todo
inexpresable en ese momento, pero que tenia el sabor de una victoria
insospechada. Poco a poco volvió al presente y pudo ver
por vez primera que el viejo no era sino la sombra de sus recuerdos
que lentamente se desvanecían en el presente. El viejo
inmóvil con sus ojos cerrados se llevó la angustia
de Daniel en el silencio de esa tarde de verano. Las únicas
palabras que el anciano pudo pronunciar eran las sílabas
del nombre de su hijo y Daniel no pudo dejar de sorprenderse de
la paradoja enorme que todo eso significaba, pero lo más
significativo fue la sensación de poder transferir a través
de esas sílabas su resentimiento acumulado por tantos años.
Daniel sintió que las palabras lo disolvían como
un hielo al contacto con una mano cálida y el agua se escurrió
entre los dedos transformando todo en su interior...
Tres.
Finalmente dieron las 12 de la noche. Todos contaron al unísono
10, 9, 8, 7, ...3, 2, 1, ...0.
La noche de verano estrellada se incendió de luces colores
y estallidos anunciando el año nuevo. Las cumbias resonaron
por las paredes y el pavimento. Los perros aullaron en la algarabía
caótica de los abrazos, las lágrimas y los deseos
más profundos que se intercambiaron entre la familia y
los amigos de la familia Hernández.
Daniel abrió lentamente el celofán que cubría
el globo, lo sacó de su envoltorio y con el ritual acostumbrado
encendió la pequeña mecha en el interior del aparato.
Julián observaba atentamente todos los movimientos de su
padre y en medio del bullicio incesante de la celebración
alguien levantó una mano y se hizo un silencio que siempre
había precedido este momento.
Daniel tomó el globo con ambas manos, lo alzó a
la altura de sus ojos y lo dejo ir...
Lentamente el globo se elevó unos centímetros, se
detuvo, se elevó un par de metros, se detuvo en el aire
junto con todas las respiraciones y anhelos para luego subir en
línea recta hacia el cielo cálido de luces azules,
rosadas y violetas.
Todos los músculos se relajaron y la familia entera soltó
un grito de alegría. Los aplausos y la euforia cundieron
por el patio como una ráfaga de sonrisas jubilosas y de
gritos infantiles que aumentaron aun más la velocidad del
globo, que en pocos minutos se transformó en un punto de
luz en el firmamento.
Un punto luminoso que se perdía en las alturas llevando
consigo todos esos años de resentimiento viscoso y todas
esas noches de pesadilla. Todas las angustias y el deseo de venganza
se elevaron por sobre los árboles, las casas iluminadas
para la ocasión y los cerros cercanos. La ciudad entera
quedó abajo mirando con ojos limpios y abiertos al globo
perderse en el horizonte.
Daniel bajó poco a poco del cielo en que se encontraba.
Peldaño en peldaño fue bajando cuidadosamente hasta
tocar nuevamente la tierra. Tomó en sus brazos a Julián
y lo besó en la frente. Abrazó y besó a su
mujer que no entendía mucho lo que estaba sucediendo pero
intuitivamente se dio cuenta que algo profundo se había
transformado en el corazón de su marido. Ambos alzaron
la vista, entrelazaron sus manos y sintieron que el futuro entero
se abría con el titilar de las estrellas. Cada una de ellas
parecía ser un globo chino elevado por la fuerza de las
comprensiones de ese último día de un año
que quedaba atrás con todo lo que eso significaba para
Daniel.
El primero de Enero a las 9 de la mañana, 'El Loco' salió
pedaleando en una bicicleta morada envuelto en una capa verde
como única vestidura. Sus carcajadas resonaron en la calle
casi desierta mientras sentía que la vida empezaba nuevamente.
Portland, Junio del 2001
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