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Autor:

Fernando Aránguiz

Titulo:

El globo chino

 

Uno.

"Daniel va a llegar tarde, para variar. Pero al menos va a traer el globo chino" dijo su hermana.
"Si, pero te apuesto que no se eleva más de un metro. Dos metros con suerte" respondió otra hermana mientras le daba los últimos toques a los adornos que colocaban sobre todas las mesas en el jardín para la cena de año nuevo.
'Todos los años es la misma historia y los malditos globos no se logran elevar... ¿Porqué será?', Dijo Marcela.
'Quién sabe, pero al menos los niños siempre se entretienen igual, así que da lo mismo si el globo se eleva o no' respondió otra hermana que llegaba con dos platos de ensaladas en la mano.
Efectivamente, por años el asunto de los globos había sido un fiasco total que curiosamente había pasado a ser uno de los rituales más celebrados durante las fiestas del año nuevo para la familia Hernández.
Nada menos que siete hermanas y 3 hermanos, siendo Daniel uno de ellos.
'El Loco' era su apodo cuando era pequeño porque no había forma de que se quedara tranquilo. Entraba y salía de la casa como una tromba y siempre pasando a llevar algo en su camino. Sus padres lo querían mucho y lo soportaban, pero sin duda hubiese sido bastante más tranquilo el ámbito sin las tonteras que 'El Loco' no podía dejar de hacer.
Un día de esos 'El Loco' se levantó temprano, tomó su bicicleta que la había pintado entera de morado y se fue a la plaza Italia con varias cosas en una bolsa plástica.
En el medio de la plaza que divide tácitamente Santiago entre pobres y ricos se encuentra una estatua del General Baquedano, seguramente un héroe de la guerra del Pacífico.
A las tres de la tarde los canales de televisión mostraron al General en su caballo de bronce, con una minifalda roja, una peluca platinada y un sombrero floreado. La opinión pública se dividió entre la indignación del 'barrio alto' y las risotadas del resto. En el barrio de Daniel, se supo sin especulaciones que 'El Loco' era el responsable del asunto.
En un solo día toda esta locura cambió.. El día más amargo y triste para Daniel. Un día doloroso en un mes en donde la incertidumbre, el temor y la violencia cubrieron el país con un manto gris igual a los uniformes de los soldados que metódicamente destruían día a día los sueños y los esfuerzos de aquellos que jamás tuvieron nada.
Esa tarde llegaron a la casa y a culatazos sacaron a su padre afuera de la casa y en contra de la pared le abrieron las piernas a puntapiés humillándolo y golpeándolo en la espalda mientras el capitán del grupo sonreía burlescamente al tiempo que se estiraba un bigote ridículo y gritaba órdenes a diestra y siniestra.
'Llévenselo al hijo de puta. Comunista de mierda' ladraba a través del bigote.
Daniel con los ojos enormes de terror e impotencia divisó por sobre los barrotes de la ventana a su padre desaparecer en uno de los vehículos militares.
Esa noche 'El Loco' no comió, no se movió y tampoco durmió. Las pesadillas no necesitaron del sueño para abalanzarse una y otra vez en su cerebro, disparando imágenes de golpes, culatazos, gritos e insultos. Y en el centro, su padre, la figura más adorada de sus diez años, golpeado, indefenso enfrente del capitán del bigote. Humillado y vejado en una miríada de cuadros que se congelaban y repetían como reflejos interminables de un espejo puesto enfrente de otro espejo.
A los diez años Daniel terminó abruptamente sus locuras y cambió. Se volvió taciturno, silencioso e irreconocible. Un peso enorme se alojó en su corazón ese día; un peso que lo ancló a un resentimiento profundo que duraría mucho más de lo que nadie esperaba.
Diecisiete años de dictadura pasaron y de 'El loco' solo quedó un recuerdo de un niño lleno de vitalidad y de energía que paulatinamente se transformó como el resto de los niños en adulto. Conoció a una mujer encantadora con la cual se casó y tuvieron dos hijos.
Sus ademanes pausados, su tranquilidad y su voz suave nada tenían que ver con lo que una vez él fue. Daniel llevó el peso de esa tarde trágica durante toda su existencia y a pesar de que externamente su vida era un modelo de estabilidad y de cariño que brotaba de su familia, de su mujer e hijos, él siempre supo que ese día infame lo había encadenado a profundidades insospechadas.
Fue una noche de año nuevo cuando su mujer esperaba el primer hijo, que Daniel vio el globo chino elevarse por sobre los árboles de la casa vecina. Un globo cualquiera con su llama adentro ascendiendo lentamente hasta perderse en las alturas.
Se quedó boquiabierto contemplando el espectáculo y de algún modo prendado a esa imagen del globo subiendo a los cielos, desprendiéndose de las ataduras terrenales. Daniel decidió internamente ese año nuevo que a partir de ese momento los globos serían parte del ritual familiar.
Y así fue. Todos los años llegó a la casa de sus padres en donde se reunía la familia completa a celebrar el año nuevo, con un globo de papel. Apenas daban las doce, lo encendía para que subiera al cielo.
Por alguna razón incomprensible, ya que todos los otros globos funcionaban, los globos de Daniel nunca lograron elevarse más allá de unos pocos centímetros del suelo. Julián, su hijo, tensaba todo su cuerpo y se empinaba lo más que podía con la ilusión de que tales maniobras ayudarían al globo a elevarse. Pero no había caso y el ritual siguió año tras año convirtiéndose en el fracaso que todos esperaban entre bromas, risas y un poquito de esperanza.

Dos.

'Julián está en casa de su amigo Esteban. ¿Puedes ir a buscarlo?', Preguntó la mujer de Daniel desde el dormitorio.
'Ya, voy en un rato'.
'Voy a comprar el globo chino, lo paso a buscar y nos vamos a celebrar el año nuevo', dijo Daniel.
Daniel manejó el auto hasta la casa del compañero de su hijo. Por lo general su mujer se encargaba de estos asuntos y tuvo que pedirle la dirección. Esteban era un niño sumamente alegre y el mejor amigo de Julián.
Daniel tocó el timbre y una mujer joven con una amplia sonrisa lo hizo pasar amablemente a la casa.
'Soy la mamá de Esteban. Están jugando en el jardín con el abuelo'
La mujer salió al patio y a través del ventanal Daniel observaba a su hijo conversar con el abuelo de Esteban. Daniel sonrió al verlo tan animado conversar con el viejo y pensó con cariño en las historias que le estaría contando.
La madre de Esteban volvió y disculpándose le hizo saber que Julián ya vendría, apenas terminara de contarle un cuento al abuelo.
'Es un niño muy inteligente y el único con que el abuelo se puede comunicar', dijo la mujer y agregó con una sonrisa que no pudo ocultar un dejo de dolor. 'No se acuerda de nada. Tuvo un infarto hace dos años atrás y quedó paralizado casi totalmente. Ni siquiera sabe que yo soy su hija...'
'Lo siento mucho', dijo Daniel incómodo con la revelación mientras miraba al viejo que al estar de espaldas sentado en una silla de ruedas no había notado nada fuera de la inmovilidad casi total del cuerpo.
Daniel salió al jardín, tomó de la mano a Julián y suavemente le susurró al oído
'Apúrate que tenemos que ir a casa de los abuelos para la cena de año nuevo'
Daniel levantó la vista, sonrió educadamente al viejo y en ese momento preciso, la sonrisa se congeló en su rostro. Los ojos del anciano se posaron en los suyos y Daniel casi largó un grito ahogado de angustia.
El bigote albo del viejo, las facciones duras, la mueca inconfundible, el terror, la rabia acumulada por años, la sangre golpeándole en las sienes, los ojos, el bigote, la cara que no había olvidado jamás, ahí estaba, a unos pocos metros de distancia.
Sin lugar a dudas había encontrado al soldado que era el responsable del cambio más fundamental en su vida.
Cuantas veces no había imaginado ese momento triunfal en que se abalanzaría sobre su enemigo y lo trituraría con sus propias manos. Cuantas veces no soñó en despedazar a su enemigo con sus propias uñas, con sacarle los ojos y cortarle la lengua con sus propias manos. Con molerlo a golpes. Con arrancarle el bigote de un solo manotazo.
El momento había llegado y de triunfal no tenía nada. Un viejo patético en una silla de ruedas que le sonreía estúpidamente a través de ojos vacíos anquilosados en una memoria que había desaparecido completamente. Un cuerpo sin recuerdos, sin remordimientos y sin futuro. Un cascarón vacío que vegetaba en el jardín sin saber más nada de lo que lo rodeaba.
Ni en la peor pesadilla Daniel soñó que encontraría al objeto de su odio y resentimiento en semejantes condiciones. Algo profundamente injusto había cambiado el destino.
El tiempo se detuvo. La mano de Julián quedó entre la suya por una eternidad mientras Daniel veía desfilar ante sus ojos veinticinco años de imágenes, recuerdos y las angustias más profundas que experimentó durante tanto tiempo.
Daniel sintió que la cabeza estaba a punto de estallar y en ese momento el viejo abrió la boca y dijo 'Juu - lii - annn'. Luego cerró los ojos y quedó inmóvil...
Algo profundamente injusto para la venganza que no pudo darse, dio lugar a un alivio y una comprensión que Daniel no había sentido nunca. No dejó de odiar el momento trágico al cual estaba atado, pero lentamente fue recorriendo ese cuerpo inmóvil enfrente de él al tiempo que sentía que todos los pedazos de su alma se reunían en un todo inexpresable en ese momento, pero que tenia el sabor de una victoria insospechada. Poco a poco volvió al presente y pudo ver por vez primera que el viejo no era sino la sombra de sus recuerdos que lentamente se desvanecían en el presente. El viejo inmóvil con sus ojos cerrados se llevó la angustia de Daniel en el silencio de esa tarde de verano. Las únicas palabras que el anciano pudo pronunciar eran las sílabas del nombre de su hijo y Daniel no pudo dejar de sorprenderse de la paradoja enorme que todo eso significaba, pero lo más significativo fue la sensación de poder transferir a través de esas sílabas su resentimiento acumulado por tantos años. Daniel sintió que las palabras lo disolvían como un hielo al contacto con una mano cálida y el agua se escurrió entre los dedos transformando todo en su interior...

Tres.

Finalmente dieron las 12 de la noche. Todos contaron al unísono 10, 9, 8, 7, ...3, 2, 1, ...0.
La noche de verano estrellada se incendió de luces colores y estallidos anunciando el año nuevo. Las cumbias resonaron por las paredes y el pavimento. Los perros aullaron en la algarabía caótica de los abrazos, las lágrimas y los deseos más profundos que se intercambiaron entre la familia y los amigos de la familia Hernández.
Daniel abrió lentamente el celofán que cubría el globo, lo sacó de su envoltorio y con el ritual acostumbrado encendió la pequeña mecha en el interior del aparato.
Julián observaba atentamente todos los movimientos de su padre y en medio del bullicio incesante de la celebración alguien levantó una mano y se hizo un silencio que siempre había precedido este momento.
Daniel tomó el globo con ambas manos, lo alzó a la altura de sus ojos y lo dejo ir...
Lentamente el globo se elevó unos centímetros, se detuvo, se elevó un par de metros, se detuvo en el aire junto con todas las respiraciones y anhelos para luego subir en línea recta hacia el cielo cálido de luces azules, rosadas y violetas.
Todos los músculos se relajaron y la familia entera soltó un grito de alegría. Los aplausos y la euforia cundieron por el patio como una ráfaga de sonrisas jubilosas y de gritos infantiles que aumentaron aun más la velocidad del globo, que en pocos minutos se transformó en un punto de luz en el firmamento.
Un punto luminoso que se perdía en las alturas llevando consigo todos esos años de resentimiento viscoso y todas esas noches de pesadilla. Todas las angustias y el deseo de venganza se elevaron por sobre los árboles, las casas iluminadas para la ocasión y los cerros cercanos. La ciudad entera quedó abajo mirando con ojos limpios y abiertos al globo perderse en el horizonte.
Daniel bajó poco a poco del cielo en que se encontraba. Peldaño en peldaño fue bajando cuidadosamente hasta tocar nuevamente la tierra. Tomó en sus brazos a Julián y lo besó en la frente. Abrazó y besó a su mujer que no entendía mucho lo que estaba sucediendo pero intuitivamente se dio cuenta que algo profundo se había transformado en el corazón de su marido. Ambos alzaron la vista, entrelazaron sus manos y sintieron que el futuro entero se abría con el titilar de las estrellas. Cada una de ellas parecía ser un globo chino elevado por la fuerza de las comprensiones de ese último día de un año que quedaba atrás con todo lo que eso significaba para Daniel.
El primero de Enero a las 9 de la mañana, 'El Loco' salió pedaleando en una bicicleta morada envuelto en una capa verde como única vestidura. Sus carcajadas resonaron en la calle casi desierta mientras sentía que la vida empezaba nuevamente.

Portland, Junio del 2001

   
 
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