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Autor:

Fernando Aránguiz

Titulo:

El Intérprete

 

La oficina del candidato era amplia con grandes ventanales que se abrían a la ciudad gris y populosa. Las paredes eran de un color claro y los escasos cuadros que colgaban de ellas se mezclaban con el ámbito general sin darle al espacio nada fuera de una sensación de neutralidad y un aire impersonal, absolutamente necesario para desarrollar su función de 'representante del pueblo'.
Fermín Balbín era el candidato elegido pero muy pocas personas realmente sabían como él había llegado a ser el representante indiscutido del pueblo.
Para empezar, el pueblo no tenía nada que ver con los orígenes aristocráticos de Fermín. Nacido en una familia pudiente, educado en instituciones privadas y moldeado moralmente por enseñanzas religiosas, Fermín poco tenía que ver con las angustias laborales de su electorado. Poco tenía que ver con los rostros sudorosos de los trabajadores del campo, de las minas y de los bosques. Era difícil trazar un paralelo entre su vida ordenada, predecible y protegida, con la de aquellos que se esforzaban en largas jornadas inciertas para apenas poder poner el pan sobre la mesa.
Su forma de vestir sobria pero elegante no se comparaba con la vestimenta rústica de los pescadores del puerto, con la de los oficinistas que transpiraban en el metro, o el de las empleadas domésticas que estaban obligadas a usar el mismo uniforme por días y semanas.
Fermín vivía en la parte alta de la ciudad, en donde solo un grupo selecto de gente podía permitirse una vida agradable, sin apremios y sin dificultades económicas. Los pobladores de los cordones industriales vivían en la miseria; en casas hechas de cartón, sin agua caliente, sin comodidades de ningún tipo.
La falta de concordancia era abismante, sin embargo, Fermín era el candidato del pueblo y cada vez que aparecía en la televisión, las caras del pueblo se prendían al tubo y lo miraban como quien contempla a una divinidad o a un amor. Fermín nunca decía mucho pero sonreía por todos los habitantes del país. Esa sonrisa cautivaba y la verdad es que era lo único que Fermín tenía. Sus discursos nunca pasaron de los tres minutos y a veces solo aparecía con su sonrisa de oro y decía:
- Querido pueblo, estamos construyendo juntos nuestro futuro -
Y el pueblo se derretía. Las viejas lloraban, los hombres asentían en silencio, las mujeres se abrazaban y los niños no entendían ni jota. Pero lo más extraordinario era el ritual que sucedía al discurso. Todos los habitantes del país, casi sin excepción, ricos y pobres, flacos y gordos, altos y bajos, mujeres y hombres, todos echaban mano a su celular y empezaban a llamar a sus amigos, a sus familiares, a sus enemigos, etc.,
Era un lío porque todos se llamaban entre sí y comentaban el discurso, daban opiniones, se acaloraban discutiendo y sin duda se comunicaban y lo hacían a través de un pequeño celular que era un poco diferente al resto de los celulares. Era de un color verde oliva y a un costado tenía la siguiente inscripción en letras doradas y redondas: 'Fermín Balbín - a su servicio y para servir al país'.
Efectivamente, cada ciudadano había recibido un celular de Fermín. Gratis, absolutamente gratis y con el servicio pagado por los primeros seis meses.
Los candidatos de la oposición se habían enfurecido con la estratagema burda para ganar votos, pero el enojo se transformó rápidamente en vergüenza cuando sus propios familiares aparecieron con cara de carneros degollados y un celular-Fermín en la mano. Desdichadamente para ellos la oferta era irresistible. Fermín hizo hincapié en que los aparatos eran para todos sin distinción de ningún tipo y cada ciudadano podía retirar el suyo en cualquiera de los locales de su candidatura.
El pueblo enloqueció. No había lugar público ni privado que no fue afectado por el fenómeno porque hasta en los baños la gente se ponía a conversar por el celular.
Largas chácharas sobre cualquier cosa. Los amantes se contaban secretos, los padres se llamaban entre sí para coordinar compras y actividades, los vecinos se espiaban mutuamente mientras comentaban con sus amigos. Las transacciones financieras iban y venían por el inalámbrico. Los militares y la policía abandonaron sus walkie talkies arcaicos y se pasaban datos y chismes a través del celular.
La oposición encargó 250.000 televisores de 14 pulgadas a China que se repartieron gratis en una farándula política que hizo furor en la capital. Sin embargo, en la elección inmediata después del circo, Fermín subió su votación un 15 por ciento sin ni siquiera salir a estrechar manos, a besar infantes o a abrazar señoras. El se limitó a sonreír por la televisión un par de veces y eso fue todo.
La peor tragedia fue la fe ciega que la oposición puso en las encuestas que le daban a Fermín no más de un 43 por ciento de los votos y en el momento decisivo las encuestas solamente sirvieron para amargar aún más una derrota rotunda. Fermín Balbín fue elegido presidente de la república con una mayoría absoluta y nadie pudo jamás explicarse el porqué.
Lo único que se sacó en limpio, basado en entrevistas directas con miles de personas fue que el presidente interpretaba al pueblo. - Él nos interpreta - fue la frase preferida de muchos.


 

Los ladrones habían planeado el robo con una minuciosidad que los monjes de la Edad Media la hubiesen querido para sí mismos. Todos los detalles fueron cubiertos con extrema precisión y dos días antes del atraco hicieron un simulacro con relojes sincronizados y a través de los celulares coordinaron todo con tanto celo que fue un éxito más allá de lo que esperaban. El falso robo estuvo hecho a la perfección.
Finalmente llegó el día del atraco real y más de 500 millones estaban en juego. Con la confianza absoluta de un robo indudable manejaron sin prisa hasta el banco. Se colocaron las máscaras sobre la cara, estacionaron el automóvil y tres de ellos se bajaron con las metralletas bajo los abrigos mientras uno de ellos se quedó al volante. Sincronizaron relojes y los tres entraron al banco que acababa de abrir las puertas al público. Casi no había gente, lo que facilitó bastante la tarea.
- Esto es un atraco - gritó uno de ellos apuntando al cajero con la metralleta.
- Todos boca abajo en el suelo o los despachamos ahora mismo -
Los empleados obedecieron atemorizados, los pocos clientes también y el cajero abrió la bóveda. Quinientos millones. Tal cual como lo habían calculado. Uno de ellos puso el dinero en una bolsa enorme de género oscuro, miraron los relojes y se dieron a la fuga.
El automóvil, una camioneta blanca de reparto con la puerta de atrás abierta, rodaba hacia ellos con la precisión esperada y en segundos echaron la bolsa adentro y sobre la marcha tiraron primero las metralletas y luego subiéndose como mejor pudieron entraron uno a uno por la puerta trasera.
Diez policías armados hasta los dientes los recibieron dentro de la camioneta en medio de la sorpresa y estupefacción total de sus rostros todavía cubiertos con las máscaras de esquiar.
Quinientos millones volvieron al banco en minutos y cuatro ladrones se quedaron por años en la cárcel tratando de entender que fue lo que falló en su plan magistral.

 


Gaspar Arroyo, el candidato de la oposición tenía una amante. Nada muy extraordinario considerando la sociedad hipócrita en la que le había tocado vivir, pero era realmente un secreto porque nadie sospechaba por un instante de Gaspar. Un hombre dedicado desde su juventud a luchar por lo que consideraba digno y correcto para su país. Casado con el amor de su vida desde siempre. Cuatro hijos ya crecidos. Un modelo de estabilidad y de corrección.
Sin embargo, Gaspar tenía un secreto y se llamaba Isabel. Solo se veían los jueves a las cuatro de la tarde en el departamento de una amiga de Isabel en las afueras de la ciudad. Cada jueves a las tres de la tarde Gaspar dejaba su oficina, bajaba al estacionamiento, se subía a su auto, tomaba el celular - siempre con un poco de vergüenza y aprensión ya que era uno de los regalados por Fermín - y llamaba a Isabel.
- Chabelita preciosa, estoy en camino. Voy a pasar a recoger unas cervezas y estoy allá en una hora. ¿Bueno? -
- Apúrese, que me muero de ganas de verlo... -
Gaspar manejaba hasta el escondite de ambos y entre las cervezas y el amor que hacían apasionadamente, desinhibidamente, también conversaban de sus cosas, de sus proyectos, de su futuro incierto.
Isabel no era el amor de su vida pero la sensualidad exuberante y la fluidez de la relación la convertían en algo hasta casi más interesante aún. Ella era la única persona con la cual Gaspar podía compartir una intimidad que nunca tuvo con nadie. Gaspar era un personaje público y cada jueves a las cuatro de la tarde se transformaba en sí mismo por un par de horas.
Desgraciadamente todo este misterio bello y secreto se fue directamente a las pailas, como se dice vulgarmente, el día en que llegaron las fotografías. Llegaron por correo ordinario, sin sello postal, en un sobre amarillo sin otra identificación que el nombre del candidato impreso con tecnología láser y 16 fotografías a todo color de sus escapadas con Isabel. Haciendo el amor en distintas posiciones, conversando, tomando cerveza, despidiéndose, riéndose, besándose.
Gaspar se puso blanco y creyó que iba a vomitar ahí mismo. Por unos segundos sintió que una cortina oscura le impedía ver y luego de momentos interminables repletos de pensamientos descabellados de toda índole, se dio cuenta de la triste realidad. No solo Isabel no era más un secreto, pero su privacidad, su carrera pública, su vida entera estaba en las manos de alguien que tarde o temprano lo usaría en su contra. El sobre no contenía ninguna nota, solo las fotografías que en circunstancias distintas habrían sido un verdadero placer para sus ojos, ahora reposaban esparcidas sobre su escritorio como un testigo amargo de un descuido imprevisible con consecuencias nefastas para su futuro.
Gaspar se devanó los sesos tratando de encontrar la forma en que su secreto fue descubierto pero nada razonable apareció. Todo lo habían calculado perfectamente, con tanto cuidado, paciencia y dedicación.
Gaspar Arroyo no se presentó a candidato para las elecciones municipales ante la consternación de su partido opositor que perdió toda esperanza de repuntar después de la debacle presidencial. Gaspar no ofreció ninguna explicación y nadie logró entender el porqué de su súbita renuncia a lo que había sido su sentido y dirección en la vida.

 


El asesor más controversial de Fermín era nada menos que un gringo. Seguramente un norteamericano por la incapacidad de poder aprender decentemente otro idioma que no fuera el propio, Pero a Jim Ryan le daba un comino que se burlaran de él y poco le importaban los comentarios directos e indirectos que se hacían sobre su persona.
Jim estaba muy por sobre ese tipo de mezquindades y chismes. Además, nunca los lograba entender bien a pesar de que llevaba más de cinco años en el país de Fermín.
Las malas lenguas decían que el gringo era el mago detrás del triunfo presidencial de Fermín, especialmente considerando la cantidad estratoférica de dólares que había invertido en esta aventura.
El único problema con la hipótesis económica era que el gringo solo tenía una modesta suma de dinero en el banco, una pequeña parcela en las afueras de la capital con dos caballos flacos y algunos otros animales domésticos a cargo de un cuidador y un departamento sencillo en pleno centro de la ciudad. Él recibía honorarios por su asesoría y nada más.
Sobre la hipótesis del mago, eso si que era harina de otro costal porque Jim efectivamente tenía la magia que se necesitaba para cambiar completamente el poder político del país.
Sin embargo, para entender cabalmente esta afirmación es necesario volver al momento en que Fermín y el gringo se conocieron por primera vez.
Fue en una recepción en la embajada de los Estados Unidos, dos años antes de las elecciones presidenciales. Nada menos que el mismísimo embajador se lo presentó sin enfatizar para nada en la profesión, el status, el pasado o las intenciones del gringo.
- Mi estimado amigo, Jim Ryan. Creo que Jim tiene mucho que contarle... -
Dijo el embajador y se disculpó al divisar otros diplomáticos que llegaban en ese instante.
Fermín miró a Jim y le pareció que era un gringo más de los muchos que le había tocado conocer en su vida. El gringo con un acento endemoniado le preguntó a quemarropa
- ¿Estar listo para ser presidente? -
Fermín sonrió incómodamente y se limitó a decir
- Lo estoy solo considerando por ahora, pero no podría asegurarlo -
- Ah, ser lástima entonces porque decisión así, ahora y no mañana - dijo el gringo.
- No tengo ningún apuro. Hay mucho que considerar. -
- No considerar. Querer ser presidente o no querer. -
- Todos queremos, pero no es tan fácil el asunto.-
Se defendió Fermín, sorprendido por el dialogo infantil sostenido con este personaje que obviamente no entendía nada sobre política en un país ajeno.
- Si señor Fermín querer ser presidente en par de años, yo poder ayudar. Si señor Fermín pensar mucho, entonces yo ayudar a señor Arrayo.-
- Arroyo, gringo, Arrollo - pensó Fermín pero cortésmente preguntó
- ¿Gaspar Arroyo? -
- Sí, Arrayo. Él querer ser presidente. -
Fermín se molestó con la comparación y preguntó
- Se puede saber qué es lo que usted tiene que ofrecer. ¿Acaso será dinero?. -
El gringo miró a Fermín y largó una carcajada sonora.
- Dinero ser para incompetentes. Dinero no conseguir votos. Conocimiento ganar elecciones. Dinero ser solo un medio. -
La conversación había tomado un giro inesperado y Fermín ahora estaba picado por la curiosidad.
- ¿Conocimiento?. -
- Saber es Poder. Ignorancia no ganar elecciones. Saber sentimientos del pueblo ser importante. -
- Por eso en mi candidatura hacemos encuestas y análisis diariamente. Son herramientas científicas indispensables. Eso lo entiende cualquiera. -
- No, no, no entender. Ciencia no saber nada del sentir. Gente no decir que piensa.
- Bueno, es lo mejor que tenemos. -
- No, encuestas mentir mucho. No confiables. Opinión pública ser variable y sentir público no funcionar con encuestas. -
- ¿Bueno, entonces qué es lo que propone?. -
- ¿Querer gobernar en dos años? -
- Sí... -
- Bien. Entonces yo demostrar mañana a 2 de la tarde como ser elegido presidente.-
A las dos de la tarde en punto apareció el gringo en el despacho de Fermín, con las manos en los bolsillos, sin papeles, ni maletines, ni nada por el estilo. Se instaló enfrente del escritorio y preguntó directamente en su mejor estilo.
- ¿Estar listo por demostración? -
- Si, adelante. Cuando usted guste - dijo Fermín con bastante cautela.
Jim Ryan tomó el teléfono que descansaba sobre el escritorio, marcó un número y al cabo de unos segundos le pasó el auricular a Fermín.
La voz metálica pero inconfundible sonó al otro lado del aparato.
'Y se puede saber que es lo que usted tiene que ofrecer. ¿Acaso será dinero?'
'Dinero ser para incompetentes...'
La conversación entera de la noche anterior estaba grabada con una nitidez asombrosa.
- Muy bien - dijo Fermín, pasándole de vuelta el teléfono.
- Grabó toda la conversación. Si no me equivoco, esto se viene haciendo desde los tiempos de la guerra fría. ¿Qué tiene que ver todo esto con ganar elecciones? -
El gringo no se inmutó. Marcó otro número y apareció la conversación de Gaspar Arroyo con el Ministro del Interior. Luego la conversación del comandante en jefe del Ejército con el agregado militar norteamericano. Varias conversaciones extraordinarias sobre transacciones inminentes en la bolsa de valores. Una conversación muy escueta entre tres narcotraficantes y una revelación del entrenador del seleccionado nacional de fútbol.
Poco a poco, palabra a palabra, Fermín comenzó a entender lo que Jim llamaba 'El sentir del pueblo'
- Ahora entiendo mejor. Espionaje a gran escala - sonrió Fermín - Pero eso de andar poniendo micrófonos por todos lados es costoso, difícil, arriesgado e ilegal.-
- Costar solo 65 dólares por voto. No riesgo, muy fácil y totalmente legal. - dijo Jim y de su bolsillo sacó una pequeña caja que se la pasó a Fermín.
El candidato la abrió cuidadosamente y sacó de ella un celular pequeño, nuevo, con instrucciones en varios idiomas y un código para ser activado con la compañía local de comunicaciones.
- Estar todo ahí. Todo conversación ser detectada por satélite. Funciona cuando estar off y cuando estar on. Celular no dormir. Transmitir todo el tiempo y detectar todo mejor que micrófono. Celular ser único código y permite localización de dueño con exactitud mensurable en centímetros.
Fermín Balbín se quedó sin habla. El gringo continuó como si estuviera explicando la mejor forma de preparar el café.
- Y como celular transmitir todo, entonces poder recibir y codificar millones de conversaciones dispares y encontrar similaridades, patrones. ¿Querer saber pueblo siente sobre aborto?. Muy fácil, poder catalogar información en segundos. Solo necesitar aparecer en televisión y mencionar temas de interés. Celular hacer resto y Jim Ryan interpretar.-
- Pero esto es ilegal. - protestó Fermín.
- Todo estar explicado en instrucciones. Incluyendo que aparato transmitir señales.-
Fermín abrió las instrucciones y leyó todo en castellano y francés. Solo al final, en letra chica y en chino había una explicación que supuso era lo la que el gringo se estaba refiriendo.
- Pero está en chino. Nadie va a entender nada. -
- Coreano. Ley no especificar idioma. Ley decir que incluir con celular solamente. Instrucciones terminar en basura porque niños saber como usar celular. Nadie molestar con instrucciones cuando poder llamar gratis.
Fermín tuvo que admitir en silencio que el gringo estaba en lo correcto.
Jim Ryan continuó
- Celular poder ser programado vía satélite. Poder afinar búsquedas periódicamente. Dueño jamás saber. -
El gringo terminó de hablar, sacó del mismo bolsillo otra cajita envuelta en papel de regalo y se la dio a Fermín.
- Jim traer regalo para próximo presidente. -
Ambos estrecharon manos, Jim salió del despacho y Fermín abrió con curiosidad el regalo presidencial.
Era un pequeño pisapapeles de bronce con una réplica del caballo de Troya.


Fernando Aránguiz
Pórtland, 15 de Agosto del 2001

   
 
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