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La oficina del candidato era amplia con grandes
ventanales que se abrían a la ciudad gris y populosa. Las
paredes eran de un color claro y los escasos cuadros que colgaban
de ellas se mezclaban con el ámbito general sin darle al
espacio nada fuera de una sensación de neutralidad y un
aire impersonal, absolutamente necesario para desarrollar su función
de 'representante del pueblo'.
Fermín Balbín era el candidato elegido pero muy
pocas personas realmente sabían como él había
llegado a ser el representante indiscutido del pueblo.
Para empezar, el pueblo no tenía nada que ver con los orígenes
aristocráticos de Fermín. Nacido en una familia
pudiente, educado en instituciones privadas y moldeado moralmente
por enseñanzas religiosas, Fermín poco tenía
que ver con las angustias laborales de su electorado. Poco tenía
que ver con los rostros sudorosos de los trabajadores del campo,
de las minas y de los bosques. Era difícil trazar un paralelo
entre su vida ordenada, predecible y protegida, con la de aquellos
que se esforzaban en largas jornadas inciertas para apenas poder
poner el pan sobre la mesa.
Su forma de vestir sobria pero elegante no se comparaba con la
vestimenta rústica de los pescadores del puerto, con la
de los oficinistas que transpiraban en el metro, o el de las empleadas
domésticas que estaban obligadas a usar el mismo uniforme
por días y semanas.
Fermín vivía en la parte alta de la ciudad, en donde
solo un grupo selecto de gente podía permitirse una vida
agradable, sin apremios y sin dificultades económicas.
Los pobladores de los cordones industriales vivían en la
miseria; en casas hechas de cartón, sin agua caliente,
sin comodidades de ningún tipo.
La falta de concordancia era abismante, sin embargo, Fermín
era el candidato del pueblo y cada vez que aparecía en
la televisión, las caras del pueblo se prendían
al tubo y lo miraban como quien contempla a una divinidad o a
un amor. Fermín nunca decía mucho pero sonreía
por todos los habitantes del país. Esa sonrisa cautivaba
y la verdad es que era lo único que Fermín tenía.
Sus discursos nunca pasaron de los tres minutos y a veces solo
aparecía con su sonrisa de oro y decía:
- Querido pueblo, estamos construyendo juntos nuestro futuro -
Y el pueblo se derretía. Las viejas lloraban, los hombres
asentían en silencio, las mujeres se abrazaban y los niños
no entendían ni jota. Pero lo más extraordinario
era el ritual que sucedía al discurso. Todos los habitantes
del país, casi sin excepción, ricos y pobres, flacos
y gordos, altos y bajos, mujeres y hombres, todos echaban mano
a su celular y empezaban a llamar a sus amigos, a sus familiares,
a sus enemigos, etc.,
Era un lío porque todos se llamaban entre sí y comentaban
el discurso, daban opiniones, se acaloraban discutiendo y sin
duda se comunicaban y lo hacían a través de un pequeño
celular que era un poco diferente al resto de los celulares. Era
de un color verde oliva y a un costado tenía la siguiente
inscripción en letras doradas y redondas: 'Fermín
Balbín - a su servicio y para servir al país'.
Efectivamente, cada ciudadano había recibido un celular
de Fermín. Gratis, absolutamente gratis y con el servicio
pagado por los primeros seis meses.
Los candidatos de la oposición se habían enfurecido
con la estratagema burda para ganar votos, pero el enojo se transformó
rápidamente en vergüenza cuando sus propios familiares
aparecieron con cara de carneros degollados y un celular-Fermín
en la mano. Desdichadamente para ellos la oferta era irresistible.
Fermín hizo hincapié en que los aparatos eran para
todos sin distinción de ningún tipo y cada ciudadano
podía retirar el suyo en cualquiera de los locales de su
candidatura.
El pueblo enloqueció. No había lugar público
ni privado que no fue afectado por el fenómeno porque hasta
en los baños la gente se ponía a conversar por el
celular.
Largas chácharas sobre cualquier cosa. Los amantes se contaban
secretos, los padres se llamaban entre sí para coordinar
compras y actividades, los vecinos se espiaban mutuamente mientras
comentaban con sus amigos. Las transacciones financieras iban
y venían por el inalámbrico. Los militares y la
policía abandonaron sus walkie talkies arcaicos y se pasaban
datos y chismes a través del celular.
La oposición encargó 250.000 televisores de 14 pulgadas
a China que se repartieron gratis en una farándula política
que hizo furor en la capital. Sin embargo, en la elección
inmediata después del circo, Fermín subió
su votación un 15 por ciento sin ni siquiera salir a estrechar
manos, a besar infantes o a abrazar señoras. El se limitó
a sonreír por la televisión un par de veces y eso
fue todo.
La peor tragedia fue la fe ciega que la oposición puso
en las encuestas que le daban a Fermín no más de
un 43 por ciento de los votos y en el momento decisivo las encuestas
solamente sirvieron para amargar aún más una derrota
rotunda. Fermín Balbín fue elegido presidente de
la república con una mayoría absoluta y nadie pudo
jamás explicarse el porqué.
Lo único que se sacó en limpio, basado en entrevistas
directas con miles de personas fue que el presidente interpretaba
al pueblo. - Él nos interpreta - fue la frase preferida
de muchos.
Los ladrones habían planeado el robo con una minuciosidad
que los monjes de la Edad Media la hubiesen querido para sí
mismos. Todos los detalles fueron cubiertos con extrema precisión
y dos días antes del atraco hicieron un simulacro con relojes
sincronizados y a través de los celulares coordinaron todo
con tanto celo que fue un éxito más allá
de lo que esperaban. El falso robo estuvo hecho a la perfección.
Finalmente llegó el día del atraco real y más
de 500 millones estaban en juego. Con la confianza absoluta de
un robo indudable manejaron sin prisa hasta el banco. Se colocaron
las máscaras sobre la cara, estacionaron el automóvil
y tres de ellos se bajaron con las metralletas bajo los abrigos
mientras uno de ellos se quedó al volante. Sincronizaron
relojes y los tres entraron al banco que acababa de abrir las
puertas al público. Casi no había gente, lo que
facilitó bastante la tarea.
- Esto es un atraco - gritó uno de ellos apuntando al cajero
con la metralleta.
- Todos boca abajo en el suelo o los despachamos ahora mismo -
Los empleados obedecieron atemorizados, los pocos clientes también
y el cajero abrió la bóveda. Quinientos millones.
Tal cual como lo habían calculado. Uno de ellos puso el
dinero en una bolsa enorme de género oscuro, miraron los
relojes y se dieron a la fuga.
El automóvil, una camioneta blanca de reparto con la puerta
de atrás abierta, rodaba hacia ellos con la precisión
esperada y en segundos echaron la bolsa adentro y sobre la marcha
tiraron primero las metralletas y luego subiéndose como
mejor pudieron entraron uno a uno por la puerta trasera.
Diez policías armados hasta los dientes los recibieron
dentro de la camioneta en medio de la sorpresa y estupefacción
total de sus rostros todavía cubiertos con las máscaras
de esquiar.
Quinientos millones volvieron al banco en minutos y cuatro ladrones
se quedaron por años en la cárcel tratando de entender
que fue lo que falló en su plan magistral.
Gaspar Arroyo, el candidato de la oposición tenía
una amante. Nada muy extraordinario considerando la sociedad hipócrita
en la que le había tocado vivir, pero era realmente un
secreto porque nadie sospechaba por un instante de Gaspar. Un
hombre dedicado desde su juventud a luchar por lo que consideraba
digno y correcto para su país. Casado con el amor de su
vida desde siempre. Cuatro hijos ya crecidos. Un modelo de estabilidad
y de corrección.
Sin embargo, Gaspar tenía un secreto y se llamaba Isabel.
Solo se veían los jueves a las cuatro de la tarde en el
departamento de una amiga de Isabel en las afueras de la ciudad.
Cada jueves a las tres de la tarde Gaspar dejaba su oficina, bajaba
al estacionamiento, se subía a su auto, tomaba el celular
- siempre con un poco de vergüenza y aprensión ya
que era uno de los regalados por Fermín - y llamaba a Isabel.
- Chabelita preciosa, estoy en camino. Voy a pasar a recoger unas
cervezas y estoy allá en una hora. ¿Bueno? -
- Apúrese, que me muero de ganas de verlo... -
Gaspar manejaba hasta el escondite de ambos y entre las cervezas
y el amor que hacían apasionadamente, desinhibidamente,
también conversaban de sus cosas, de sus proyectos, de
su futuro incierto.
Isabel no era el amor de su vida pero la sensualidad exuberante
y la fluidez de la relación la convertían en algo
hasta casi más interesante aún. Ella era la única
persona con la cual Gaspar podía compartir una intimidad
que nunca tuvo con nadie. Gaspar era un personaje público
y cada jueves a las cuatro de la tarde se transformaba en sí
mismo por un par de horas.
Desgraciadamente todo este misterio bello y secreto se fue directamente
a las pailas, como se dice vulgarmente, el día en que llegaron
las fotografías. Llegaron por correo ordinario, sin sello
postal, en un sobre amarillo sin otra identificación que
el nombre del candidato impreso con tecnología láser
y 16 fotografías a todo color de sus escapadas con Isabel.
Haciendo el amor en distintas posiciones, conversando, tomando
cerveza, despidiéndose, riéndose, besándose.
Gaspar se puso blanco y creyó que iba a vomitar ahí
mismo. Por unos segundos sintió que una cortina oscura
le impedía ver y luego de momentos interminables repletos
de pensamientos descabellados de toda índole, se dio cuenta
de la triste realidad. No solo Isabel no era más un secreto,
pero su privacidad, su carrera pública, su vida entera
estaba en las manos de alguien que tarde o temprano lo usaría
en su contra. El sobre no contenía ninguna nota, solo las
fotografías que en circunstancias distintas habrían
sido un verdadero placer para sus ojos, ahora reposaban esparcidas
sobre su escritorio como un testigo amargo de un descuido imprevisible
con consecuencias nefastas para su futuro.
Gaspar se devanó los sesos tratando de encontrar la forma
en que su secreto fue descubierto pero nada razonable apareció.
Todo lo habían calculado perfectamente, con tanto cuidado,
paciencia y dedicación.
Gaspar Arroyo no se presentó a candidato para las elecciones
municipales ante la consternación de su partido opositor
que perdió toda esperanza de repuntar después de
la debacle presidencial. Gaspar no ofreció ninguna explicación
y nadie logró entender el porqué de su súbita
renuncia a lo que había sido su sentido y dirección
en la vida.
El asesor más controversial de Fermín era
nada menos que un gringo. Seguramente un norteamericano por la
incapacidad de poder aprender decentemente otro idioma que no
fuera el propio, Pero a Jim Ryan le daba un comino que se burlaran
de él y poco le importaban los comentarios directos e indirectos
que se hacían sobre su persona.
Jim estaba muy por sobre ese tipo de mezquindades y chismes. Además,
nunca los lograba entender bien a pesar de que llevaba más
de cinco años en el país de Fermín.
Las malas lenguas decían que el gringo era el mago detrás
del triunfo presidencial de Fermín, especialmente considerando
la cantidad estratoférica de dólares que había
invertido en esta aventura.
El único problema con la hipótesis económica
era que el gringo solo tenía una modesta suma de dinero
en el banco, una pequeña parcela en las afueras de la capital
con dos caballos flacos y algunos otros animales domésticos
a cargo de un cuidador y un departamento sencillo en pleno centro
de la ciudad. Él recibía honorarios por su asesoría
y nada más.
Sobre la hipótesis del mago, eso si que era harina de otro
costal porque Jim efectivamente tenía la magia que se necesitaba
para cambiar completamente el poder político del país.
Sin embargo, para entender cabalmente esta afirmación es
necesario volver al momento en que Fermín y el gringo se
conocieron por primera vez.
Fue en una recepción en la embajada de los Estados Unidos,
dos años antes de las elecciones presidenciales. Nada menos
que el mismísimo embajador se lo presentó sin enfatizar
para nada en la profesión, el status, el pasado o las intenciones
del gringo.
- Mi estimado amigo, Jim Ryan. Creo que Jim tiene mucho que contarle...
-
Dijo el embajador y se disculpó al divisar otros diplomáticos
que llegaban en ese instante.
Fermín miró a Jim y le pareció que era un
gringo más de los muchos que le había tocado conocer
en su vida. El gringo con un acento endemoniado le preguntó
a quemarropa
- ¿Estar listo para ser presidente? -
Fermín sonrió incómodamente y se limitó
a decir
- Lo estoy solo considerando por ahora, pero no podría
asegurarlo -
- Ah, ser lástima entonces porque decisión así,
ahora y no mañana - dijo el gringo.
- No tengo ningún apuro. Hay mucho que considerar. -
- No considerar. Querer ser presidente o no querer. -
- Todos queremos, pero no es tan fácil el asunto.-
Se defendió Fermín, sorprendido por el dialogo infantil
sostenido con este personaje que obviamente no entendía
nada sobre política en un país ajeno.
- Si señor Fermín querer ser presidente en par de
años, yo poder ayudar. Si señor Fermín pensar
mucho, entonces yo ayudar a señor Arrayo.-
- Arroyo, gringo, Arrollo - pensó Fermín pero cortésmente
preguntó
- ¿Gaspar Arroyo? -
- Sí, Arrayo. Él querer ser presidente. -
Fermín se molestó con la comparación y preguntó
- Se puede saber qué es lo que usted tiene que ofrecer.
¿Acaso será dinero?. -
El gringo miró a Fermín y largó una carcajada
sonora.
- Dinero ser para incompetentes. Dinero no conseguir votos. Conocimiento
ganar elecciones. Dinero ser solo un medio. -
La conversación había tomado un giro inesperado
y Fermín ahora estaba picado por la curiosidad.
- ¿Conocimiento?. -
- Saber es Poder. Ignorancia no ganar elecciones. Saber sentimientos
del pueblo ser importante. -
- Por eso en mi candidatura hacemos encuestas y análisis
diariamente. Son herramientas científicas indispensables.
Eso lo entiende cualquiera. -
- No, no, no entender. Ciencia no saber nada del sentir. Gente
no decir que piensa.
- Bueno, es lo mejor que tenemos. -
- No, encuestas mentir mucho. No confiables. Opinión pública
ser variable y sentir público no funcionar con encuestas.
-
- ¿Bueno, entonces qué es lo que propone?. -
- ¿Querer gobernar en dos años? -
- Sí... -
- Bien. Entonces yo demostrar mañana a 2 de la tarde como
ser elegido presidente.-
A las dos de la tarde en punto apareció el gringo en el
despacho de Fermín, con las manos en los bolsillos, sin
papeles, ni maletines, ni nada por el estilo. Se instaló
enfrente del escritorio y preguntó directamente en su mejor
estilo.
- ¿Estar listo por demostración? -
- Si, adelante. Cuando usted guste - dijo Fermín con bastante
cautela.
Jim Ryan tomó el teléfono que descansaba sobre el
escritorio, marcó un número y al cabo de unos segundos
le pasó el auricular a Fermín.
La voz metálica pero inconfundible sonó al otro
lado del aparato.
'Y se puede saber que es lo que usted tiene que ofrecer. ¿Acaso
será dinero?'
'Dinero ser para incompetentes...'
La conversación entera de la noche anterior estaba grabada
con una nitidez asombrosa.
- Muy bien - dijo Fermín, pasándole de vuelta el
teléfono.
- Grabó toda la conversación. Si no me equivoco,
esto se viene haciendo desde los tiempos de la guerra fría.
¿Qué tiene que ver todo esto con ganar elecciones?
-
El gringo no se inmutó. Marcó otro número
y apareció la conversación de Gaspar Arroyo con
el Ministro del Interior. Luego la conversación del comandante
en jefe del Ejército con el agregado militar norteamericano.
Varias conversaciones extraordinarias sobre transacciones inminentes
en la bolsa de valores. Una conversación muy escueta entre
tres narcotraficantes y una revelación del entrenador del
seleccionado nacional de fútbol.
Poco a poco, palabra a palabra, Fermín comenzó a
entender lo que Jim llamaba 'El sentir del pueblo'
- Ahora entiendo mejor. Espionaje a gran escala - sonrió
Fermín - Pero eso de andar poniendo micrófonos por
todos lados es costoso, difícil, arriesgado e ilegal.-
- Costar solo 65 dólares por voto. No riesgo, muy fácil
y totalmente legal. - dijo Jim y de su bolsillo sacó una
pequeña caja que se la pasó a Fermín.
El candidato la abrió cuidadosamente y sacó de ella
un celular pequeño, nuevo, con instrucciones en varios
idiomas y un código para ser activado con la compañía
local de comunicaciones.
- Estar todo ahí. Todo conversación ser detectada
por satélite. Funciona cuando estar off y cuando estar
on. Celular no dormir. Transmitir todo el tiempo y detectar todo
mejor que micrófono. Celular ser único código
y permite localización de dueño con exactitud mensurable
en centímetros.
Fermín Balbín se quedó sin habla. El gringo
continuó como si estuviera explicando la mejor forma de
preparar el café.
- Y como celular transmitir todo, entonces poder recibir y codificar
millones de conversaciones dispares y encontrar similaridades,
patrones. ¿Querer saber pueblo siente sobre aborto?. Muy
fácil, poder catalogar información en segundos.
Solo necesitar aparecer en televisión y mencionar temas
de interés. Celular hacer resto y Jim Ryan interpretar.-
- Pero esto es ilegal. - protestó Fermín.
- Todo estar explicado en instrucciones. Incluyendo que aparato
transmitir señales.-
Fermín abrió las instrucciones y leyó todo
en castellano y francés. Solo al final, en letra chica
y en chino había una explicación que supuso era
lo la que el gringo se estaba refiriendo.
- Pero está en chino. Nadie va a entender nada. -
- Coreano. Ley no especificar idioma. Ley decir que incluir con
celular solamente. Instrucciones terminar en basura porque niños
saber como usar celular. Nadie molestar con instrucciones cuando
poder llamar gratis.
Fermín tuvo que admitir en silencio que el gringo estaba
en lo correcto.
Jim Ryan continuó
- Celular poder ser programado vía satélite. Poder
afinar búsquedas periódicamente. Dueño jamás
saber. -
El gringo terminó de hablar, sacó del mismo bolsillo
otra cajita envuelta en papel de regalo y se la dio a Fermín.
- Jim traer regalo para próximo presidente. -
Ambos estrecharon manos, Jim salió del despacho y Fermín
abrió con curiosidad el regalo presidencial.
Era un pequeño pisapapeles de bronce con una réplica
del caballo de Troya.
Fernando Aránguiz
Pórtland, 15 de Agosto del 2001
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