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Autor: |
Fernando Aranguiz |
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Titulo: |
El vigía |
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Eran las cinco de la tarde y el invierno se habìa
dejado caer sobre la ciudad y sobre nuestra casa con sus dientes
helados y su oscuridad grisácea que cubría los árboles
casi sin hojas, los techos, las veredas, las calles, las montañas,
la casa del perro y todo lo que existia en mi mundo de ese entonces.
A los cinco años, a las cinco de la tarde, al término
del quinto mes del año 1955, el quinto día de la
semana de un momento más en el diario vivir de una ciudad
totalmente perdida e ignorada por el resto del mundo, una pequeña
luz totalmente independiente de toda fuente externa se instaló suavemente,
cariñosamente en el centro de mi cabeza e iluminó mi
entendimiento de una forma que jamás podré olvidar.
Ese día no solo supe que la memoria existía, también
supe que dentro de mi existía un poder extraordinario
que me dejó sumido en las fantasías más
absorbentes que haya experimentado en mi corta vida. Cinco años
en la vida de alguien no es nada y mucho menos cuando escasamente
uno es percibido como ser, como ente viviente y pensante. A esa
edad uno no puede aspirar a nada más que ser un punto
sin importancia y sin recursos en una sociedad amarrada por el
sin sentido del mundo adulto. La tía Isabel me había regalado un libro al principio
de mi primer año escolar que dicho sea de paso lo experimenté con
un terror sin límites mezclado con una atracción
inexplicable. Primera vez que iría al colegio, que aprendería
finalmente a entender los jeroglíficos inescrutables del
periódico, que descifraría todas las incognitas
escritas en las murallas, en los anuncios, en practicamente cada
objeto que mis ojos percibían. También lo haría
con mi libro adorado que a pesar de conocer los dibujos de memoria,
las palabras seguían siendo tan oscuras como esa tarde
de Mayo. "Mamá, ¿me puede leer un libro?" le pregunté tímidamente
a mi madre por la veinteava vez en lo que llevaba corrido del
año. Era un ejercicio de desgaste ya que hasta el momento
siempre habían otras cosas muchísimo más
importantes en la vida de ella y mis pedidos eran siempre condenados
a una espera ambigua en un futuro incierto "Uno de estos días lo haré, pero ahora estoy
muy ocupada
" había sido la constante respuesta de
mi madre, pero tenía que seguir insistiendo ya que los
adultos por lo general solo respondían a las insistencias,
las amenazas y a las urgencias. "A ver, ¿de cual libro estás hablando?" dijo mi
madre sorpresivamente y rápidamente corri a mi pieza,
saque el libro del bolsón, corri de vuelta a la pieza
de mi madre, jadeante, expectante y casi sin poder respirar,
se lo pasé en silencio y me senté a los pies de
su cama mientras ella hojeaba las 18 páginas ilustradas
a todo color. "Jaime el pescador de perlas", dijo mi madre leyendo el título
del libro. El tiempo se detuvo, la voz musical de mi mamá leyendo
las letras incomprensibles, el ruido del reloj en la mesita de
noche, las cortinas abiertas para dejar entrar la luz que se
desvanecía en un crepúsculo prematuro, el ladrido
lejano de los perros, las sombras reflejadas por la tenue luz
de la lámpara al lado del reloj, el sonido de cada palabra
como si fuera lo único existente en ese momento se quedaron
grabados en mi memoria para siempre. El tesoro se había
abierto y vertía sus formas doradas en imágenes,
en colores, en situaciones de movimiento, de aguas cristalinas,
de perlas fosforescentes, de niños zambullendose en las
profundidades de un mar calmo, azul y transparente. Todo eso
y mucho más dijeron las palabras que mi mamá leyó sin
ni siquiera darse cuenta. Cada palabra, cada entonación
de la voz dijo algo significativo que yo traducía sin
parar en imágenes multicolores hasta que en la página
18 todo llegó a su fin. Y mi madre con un aire ausente y despreocupado me preguntó dos
cosas al mismo tiempo mientras ponía el libro sobre la
mesita de noche. "¿Contento ahora
?" "Dime, ¿de que se trata el libro
?" La primera pregunta la ignoré por completo porque fue
la segunda la que abrió las compuertas de lo inesperado. Mentalmente repasé cada palabra y rápidamente
llegué a la conclusión de que no las había
escuchado antes, pero eso no fue lo extraordinario ya que muchas
palabras y situaciones eran nuevas para mi todos los días.
Lo insólito fue la luz que iluminaba el proceso de tratar
de dar respuesta a algo que no sabía exactamente lo que
significaba. "Me está preguntando por el todo, por lo que yo entendí de
la historia", me dije a mi mismo y me escuché decir a
mi mismo. "Estoy casi seguro que es eso lo que quiere decir con - de
que se trata -", seguí mi monólogo interno a la
par de que la luz seguía iluminando este suceso extraordinario. Y súbitamente con la certeza absoluta de los cinco años
supe que estaba pensando. "Estoy pensando", me dije a mi mismo "Esto es lo que significa pensar", me dije a mi mismo nuevamente
sobrecogido con el descubrimiento asombroso de que todo un proceso
interno estaba sucediendo en mi cabeza que me hacía comprender
lo que segundos atrás era incomprensible Describí con una alegría y un detalle en las
formas, en los colores y en el concepto completo de la historia
todo lo que reconstruí cuidadosamente de mis recuerdos
mientras ella leía el libro, que aparentemente la hizo
largar una risa y una exclamación que eran poco frecuentes
en ella. "Pero que extraordinario
te memorizaste todo lo que dije
" Nada más lejano de lo que había pasado, pero
no dije nada, le di las gracias y corrí a mi pieza con
el libro en mis manos y con la extraña sensación
de que el invierno no era más oscuro, de que la luz de
mi comprensión podía iluminar los rincones más
apagados y de que las palabras escritas en un papel o lo que
fuera, eran solo el principio de una aventura muchísimo
más grande, más atrayente y mas desafiante que
todo lo que sabía hasta el momento. Por un buen rato me quedé "pensando" en lo extraordinario
del "pensar". Tomé frases que había escuchado y
las repetí internamente mientras con mis ojos cerrados
contemplaba la luz dentro de mi cabeza que iluminaba las palabras
y les daba sentido, mientras otra parte de mi ser contemplaba
todo este proceso con curiosidad, asombro y regocijo interno.
Una parte de mi ser que podía observar mis procesos mentales
y definirlos, una parte de mi mismo que se había instalado
como un vigía permanente y ahí en las alturas de
mi ser de solo cinco años pretendía descifrar los
misterios del universo. Y porqué no?
después
de todo, había descubierto el mecanismo, había
percibido sin proponermelo la escencia misma de lo que nos cosnstituye
como seres humanos más allá de lo físico,
de lo emotivo y de todo aquello que es obvio. Y ese vigía que observaba mi aprendizaje me quiñó su
ojito travieso en la oscuridad del invierno y me hizo sonreir.
Esa noche sentí que me tenía a mi mismo. Esa noche
la recuerdo con tonos dorados y cálidos, abrigados en
una manta de serenidad y comprensión que absolutamente
nada tuvieron que ver con la realidad percibida por millones
de objetivas y pragmáticas miradas que declararon ese
Viernes no se cuantito de Mayo de 1955 un día más
en uno de los inviernos mas crudos y oscuros de la década. Fernando Aránguiz Noviembre 23, 1999
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