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Autor:

Fernando Aránguiz

Titulo:

La Estafa

Cuando era niño, aproximadamente de unos siete años, me encontré botado en la calle un sobre sellado con dos monedas adentro. Sin duda las monedas eran bastante antiguas y de un color oscuro, pero en excelentes condiciones.

El dueño del almacén de la esquina se enteró de mi hallazgo y me llamo un día que me mandaron a comprar, para preguntarme si le podía mostrar las monedas. Por supuesto que se las mostré, muy orgulloso de mi tesoro y el viejo sacó unas gafas enormes, las miró con detención mientras fruncía el ceño respirando como una especie de perro cansado y agobiado por el calor.

"Mmmhhh..."Dijo. "Estas porquerías no sirven para nada" "Son antiguas" le dije un poco alarmado y a la vez ofendido por sus comentarios.

"Si, pero no valen mucho" me dijo el viejo mirándome sobre sus gafas

"¿Te gustaría un trueque?" Me dijo en voz baja por sobre el mostrador. Y sin esperar mi respuesta sacó de su bolsillo un cortaplumas increíble, lleno de colores, con hoja automática e inscrito con letras doradas "Made in Hong-Kong".

No pude imaginar nada mejor que cambiar dos monedas viejas, sin valor, de acuerdo a este viejo astuto, por ese flamante cortaplumas. Nunca había visto un objeto más elegante en mi vida y el pensar en lo que mis amigos me envidiarían con semejante belleza, hacía que la tentación fuera enorme. Además era de manufactura extranjera, ya que la inscripción no era en castellano. Tenía que ser muy estúpido para dejar pasar esta oportunidad. Las monedas eran viejas y no servían para nada... El cortaplumas me elevaba a una estatura superior a todo lo que me había imaginado en mi corta vida.

Hicimos el trueque mientras el viejo respiraba más fuerte que nunca.

"Sabís cabrito... Te hiciste la América con este cuchillito" me dijo sonriendo con sus dientes amarillos.

Las monedas pasaron a sus manos, el cortaplumas a las mías.

Mi hermano me dijo que era el idiota más grande de todo el país ya que las monedas eran de plata y se había estimado su valor en los miles de pesos.

"Pero si ni siquiera eran brillantes", protesté confundido.

"La plata vieja tiene que ser pulida para que se vea brillante. Eres más tonto de lo que pareces", dijo mi hermano furioso conmigo y también con la posibilidad de haberse quedado sin una parte del tesoro.

Fuimos a reclamarle al viejo del almacén, pero no hubo caso. Ni mi hermano con toda su rabia, ni yo con mi vergüenza pudimos hacer que nos devolviera las monedas

"Pasó la vieja..." fue lo único que el almacenero del viejo mundo nos respondió y se volvió a reír con los dientes más amarillos que nunca.

Casi quinientos años antes, otros almaceneros de Europa llegaron a este continente con barcos llenos de cortaplumas de colores brillantes e hicieron lo mismo. Cuando los niños se negaron a cambiar sus monedas por las baratijas que ofrecían, simplemente se las quitaron de las manos, los encadenaron y los obligaron a trabajar en las minas extrayendo la plata y el oro para sus reyes perversos. Miles de niños murieron a consecuencia de los vapores de mercurio usado para la extracción de los metales preciosos, en una de las masacres más cruentas y más largas en la historia de la humanidad. La conquista europea no solamente se llevó nuestra riqueza, sino también nuestros niños, nuestros sueños y nuestra identidad.

Al menos me quedé con un cortaplumas barato que perdió su filo a las dos semanas y las placas de plástico coloreadas se despegaron al mes y medio. Al menos no tuve que trabajar en el almacén del viejo avaro. Al menos no fui encadenado a nada excepto a mi ignorancia e ingenuidad. Algunos llaman a eso, "progreso". Y en realidad hemos progresado en 500 años. Ahora solo vendemos nuestros recursos naturales por miserables dólares que nadie ni siquiera ve ni disfruta. Ahora se venden nuestras fuentes de trabajo a los mismos de siempre.

Cuando era niño, me sentí enormemente estafado y sentí que se habían aprovechado de mí. Ahora que somos grandes nos sentimos enormemente orgullosos de haber vendido tan bien todo a los que nos esclavizaron por años y les enseñamos a nuestros niños que esa es la "madre patria".

Detrás de cada mostrador empresarial hay un almacenero de dientes amarillos con enormes gafas, que examina con avidez nuestras monedas de plata, ofreciéndonos cortaplumas baratos a cambio de nuestra riqueza natural. Hace un tiempo atrás podíamos negarnos, pero ahora se han aliado con las fuerzas del poder, de la misma forma que lo hicieron hace casi 500 años y a lo largo de la historia. Ahora nuestra negación es confrontada con violencia y represión, en el peor de los casos, o con palabras mentirosas y promesas que nunca serán cumplidas, en el mejor de los casos.

Nuestros hogares están repletos de cortaplumas inservibles y de otros juguetes del mismo estilo, mientras nuestros bosques desaparecen, nuestro cobre alimenta a los poderosos, nuestra tierra cada vez se va empobreciendo más. Hemos cedido nuestro mar "que tranquilo te baña" a los consumidores del Oriente y todo lo que producimos no alimenta a nuestros niños sino las mesas europeas, asiáticas y norte americanas.

La avaricia no tiene límites, y al parecer, la estupidez tampoco.

   
 
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