Cuando era niño, aproximadamente de unos siete años, me encontré botado
en la calle un sobre sellado con dos monedas adentro. Sin duda
las monedas eran bastante antiguas y de un color oscuro, pero
en excelentes condiciones.
El dueño del almacén de la esquina se enteró de
mi hallazgo y me llamo un día que me mandaron a comprar,
para preguntarme si le podía mostrar las monedas. Por
supuesto que se las mostré, muy orgulloso de mi tesoro
y el viejo sacó unas gafas enormes, las miró con
detención mientras fruncía el ceño respirando
como una especie de perro cansado y agobiado por el calor.
"Mmmhhh..."Dijo. "Estas porquerías no sirven para nada" "Son antiguas" le
dije un poco alarmado y a la vez ofendido por sus comentarios.
"Si, pero no valen mucho" me dijo el viejo mirándome
sobre sus gafas
"¿Te gustaría un trueque?" Me dijo en voz baja
por sobre el mostrador. Y sin esperar mi respuesta sacó de
su bolsillo un cortaplumas increíble, lleno de colores,
con hoja automática e inscrito con letras doradas "Made
in Hong-Kong".
No pude imaginar nada mejor que cambiar dos monedas
viejas, sin valor, de acuerdo a este viejo astuto, por ese flamante
cortaplumas. Nunca había visto un objeto más elegante en mi
vida y el pensar en lo que mis amigos me envidiarían con
semejante belleza, hacía que la tentación fuera
enorme. Además era de manufactura extranjera, ya que la
inscripción no era en castellano. Tenía que ser
muy estúpido para dejar pasar esta oportunidad. Las monedas
eran viejas y no servían para nada... El cortaplumas me
elevaba a una estatura superior a todo lo que me había
imaginado en mi corta vida.
Hicimos el trueque mientras el viejo
respiraba más fuerte
que nunca.
"Sabís cabrito... Te hiciste la América con este
cuchillito" me dijo sonriendo con sus dientes amarillos.
Las monedas
pasaron a sus manos, el cortaplumas a las mías.
Mi hermano
me dijo que era el idiota más grande de todo
el país ya que las monedas eran de plata y se había
estimado su valor en los miles de pesos.
"Pero si ni siquiera eran brillantes", protesté confundido.
"La plata vieja tiene que ser pulida para que se vea brillante.
Eres más tonto de lo que pareces", dijo mi hermano furioso
conmigo y también con la posibilidad de haberse quedado
sin una parte del tesoro.
Fuimos a reclamarle al viejo del almacén, pero no hubo
caso. Ni mi hermano con toda su rabia, ni yo con mi vergüenza
pudimos hacer que nos devolviera las monedas
"Pasó la vieja..." fue lo único que el almacenero
del viejo mundo nos respondió y se volvió a reír
con los dientes más amarillos que nunca.
Casi quinientos
años antes, otros almaceneros de Europa
llegaron a este continente con barcos llenos de cortaplumas de
colores brillantes e hicieron lo mismo. Cuando los niños
se negaron a cambiar sus monedas por las baratijas que ofrecían,
simplemente se las quitaron de las manos, los encadenaron y los
obligaron a trabajar en las minas extrayendo la plata y el oro
para sus reyes perversos. Miles de niños murieron a consecuencia
de los vapores de mercurio usado para la extracción de
los metales preciosos, en una de las masacres más cruentas
y más largas en la historia de la humanidad. La conquista
europea no solamente se llevó nuestra riqueza, sino también
nuestros niños, nuestros sueños y nuestra identidad.
Al
menos me quedé con un cortaplumas barato que perdió su
filo a las dos semanas y las placas de plástico coloreadas
se despegaron al mes y medio. Al menos no tuve que trabajar en
el almacén del viejo avaro. Al menos no fui encadenado
a nada excepto a mi ignorancia e ingenuidad. Algunos llaman a
eso, "progreso". Y en realidad hemos progresado en 500 años.
Ahora solo vendemos nuestros recursos naturales por miserables
dólares que nadie ni siquiera ve ni disfruta. Ahora se
venden nuestras fuentes de trabajo a los mismos de siempre.
Cuando
era niño, me sentí enormemente estafado
y sentí que se habían aprovechado de mí.
Ahora que somos grandes nos sentimos enormemente orgullosos de
haber vendido tan bien todo a los que nos esclavizaron por años
y les enseñamos a nuestros niños que esa es la "madre
patria".
Detrás de cada mostrador empresarial hay un almacenero
de dientes amarillos con enormes gafas, que examina con avidez
nuestras monedas de plata, ofreciéndonos cortaplumas baratos
a cambio de nuestra riqueza natural. Hace un tiempo atrás
podíamos negarnos, pero ahora se han aliado con las fuerzas
del poder, de la misma forma que lo hicieron hace casi 500 años
y a lo largo de la historia. Ahora nuestra negación es
confrontada con violencia y represión, en el peor de los
casos, o con palabras mentirosas y promesas que nunca serán
cumplidas, en el mejor de los casos.
Nuestros hogares están repletos de cortaplumas inservibles
y de otros juguetes del mismo estilo, mientras nuestros bosques
desaparecen, nuestro cobre alimenta a los poderosos, nuestra
tierra cada vez se va empobreciendo más. Hemos cedido
nuestro mar "que tranquilo te baña" a los consumidores
del Oriente y todo lo que producimos no alimenta a nuestros niños
sino las mesas europeas, asiáticas y norte americanas.
La
avaricia no tiene límites, y al parecer, la estupidez
tampoco.
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