La Bisagra Inicio Entrada principal Sonido Letra Imagen Multi Contactar La Bisagra

Autor:

Fernando Aránguiz

Titulo:

La sed

 

Este escrito está dedicado con muchísimo cariño a la vendedora de mote con huesillos al lado de la estación Mapocho


Portland, Diciembre 1, 1999

El viaje

Esa noche tuvo un sueño diferente. Soñó que flotaba en el aire y que todo cerca de él podía atravesarle como si solo fuera una figura etérea sin corporalidad. Y en su sueño se acercó una belleza que le preguntó que hacía flotando en el medio de la nada. Y él simplemente le respondió que no hacía cosa alguna, que solo existía porque así lo deseaba. Que en realidad, flotar y ser más liviano que el aire era una decisión mental de unos pocos segundos y así se lo demostró. Volvió a su cuerpo y en unos pocos instantes ahí estaba flotando nuevamente enfrente de esta belleza de labios insinuantes y de esperanzas ocultas. Ella lo miró a los ojos y voló hacia Cafet para fundirse en un abrazo que ninguno de los dos pudo sino asir el aire ya que no tenían corporeidad. Fue una sensación extraña, inmensamente confusa y al mismo tiempo sorprendente. Sus labios se acercaron a los de él y siguieron de largo a besar el infinito. Los labios de Cafet cruzaron la dimensión opuesta del infinito de ella, pero algo que existía dentro o fuera de él - la verdad es que no supo donde localizarlo - y que no era su cuerpo, fue capaz de sentir esos besos, esa pasión que estaba contenida en ellos y todo lo que eso significaba. Todo eso lo sintió a pesar de no tener cuerpo, a pesar de flotar en el vacío.
La belleza siguió su camino y él le preguntó al despedirse
"¿Hacia donde vas?"
"Hacia mi destino…", le contestó.
"Y donde está tu destino", Cafet preguntó
"En aquello que va mucho más allá de nuestros cuerpos, de nuestros sentidos, de todo eso que solo conocemos por su materialidad", le contestó
"¿Porqué te has detenido a besarme entonces?", le preguntó Cafet un poco confuso con sus respuestas
"Tú eres parte de mi destino y te he dado lo mejor de mí…", le dijo y desapareció con un destello luminoso.
Cuando despertó de su sueño pensó que lo había visitado un hada, pero las hadas no lo habían visitado desde su infancia, ni tampoco los ángeles que desaparecieron misteriosamente en su adolescencia, y mucho menos ángeles atractivos que lo andan besuqueando fuera de dejarlo todo tembloroso y expectante. Y los besos se desvanecieron con el sueño, pero la sensación de haber encontrado a alguien que estaba definitivamente orientada hacia un destino particular se quedó con él porfiadamente insistiendo en aparecerse en sus pensamientos diarios haciéndolo reflexionar una y otra vez en la intensidad de la experiencia.
Todos estos pensamientos lo asaltaban a diario, lo hacían preguntarse una y mil veces por las razones, por los motivos de todo lo que hacía y por lo que otros hacían, pero no tuvo una respuesta cabal hasta que una noche cualquiera, sin aviso y sin razón alguna fue visitado una vez más por la belleza de otros días. Y como suele ser en los sueños, las bellezas siempre siguen siendo hermosas a pesar de las circunstancias y los años. Además de los atractivos obvios, ella lo miró con ojos bondadosos y esta vez sin besarlo ni nada por el estilo, se situó enfrente de Cafet y le preguntó si sabía de donde venía y adonde iba.
La verdad es que Cafet no entendió muy bien la pregunta, así que se quedó callado.
La belleza no dijo nada más, miró fijamente a Cafet y simplemente le tendió su mano luminosa y transparente. Sin pensarlo mucho, Cafet tomó esa mano y la siguió, sintiendo que lo llevaba al lugar de sus anhelos más elevados.
Llegaron junto a una plaza y era el atardecer. Los niños jugaban en los columpios y las madres conversaban animadamente de cualquier cosa. Un grupo de jubilados jugaban al ajedrez en varias mesas, mientras otros sentados en los escaños alimentaban a las palomas que picoteaban y saltaban alegremente alrededor. Los oficinistas, saco al hombro, maletín en mano y mangas a medio brazo, caminaban deprisa, seguramente a descansar con sus familias después de una larga jornada. Bajo los árboles las parejas de adolescentes coqueteaban, se miraban, se ruborizaban, se empujaban y algunos escuchaban los sonidos estridentes provenientes de un "boom box".
Esto no era para nada lo que Cafet se esperaba. Este lugar era simplemente la plaza de armas de su ciudad natal y hasta pudo oler el maní confitado proveniente de los vendedores en la esquina. Sus anhelos más elevados estaban nada menos que revoloteando con las palomas entremezclados con un grupo de gitanas que le sacaban la suerte a una vieja gordita mientras fumaban sin parar y en voz ronca le gritaban a los niños medios desnudos en un idioma incomprensible. Algo no encajaba en absoluto con esas búsquedas profundas, pero la belleza inmutable en su sabiduría haciendo caso omiso a su ceño fruncido y su cara de pregunta, siguió caminando por la plaza hasta llegar al centro mismo de ella, donde una fuente chorreaba unas pocos hilos de agua que obviamente a juzgar por el color y la hediondez, estaba altamente contaminada.
"Es que la sequía dejó la embarrada…", dijo la voz proveniente de un costado

La Plaza

La voz no coincidía en absoluto con la cara que apareció por el lado derecho, casi detrás de la fuente misma. Una cara joven, hermosa, de una mujer que no debe haber tenido ni siquiera 30 años. El pelo totalmente negro le cubría parcialmente los hombros y sus ojos también oscuros tenían una chispa de inteligencia que era casi imposible de ignorar. La bella había desaparecido y ahí se encontraba Cafet enfrente de esta mujer vestida con una camiseta sin mangas de un color indefinido, una larga pollera al estilo gitano y unas típicas sandalias como las que usan la mayoría de las mujeres chilenas en el verano.
"La sequía no termina en este verano", dijo nuevamente mirando el agua de la fuente y luego añadió
"Y las sequías siempre tienen que ver con esa sed interna que no se puede saciar así como así."
Por alguna razón la voz de esta mujer era diferente a las voces que había escuchado durante su vida entera y por eso mismo tenía dificultades en mimetizarla con su cara. Había una transparencia en la entonación y en la forma en que los sonidos eran pronunciados, pero decidió simplemente dejar de analizar su voz y concentrarse en lo que decía, que simplemente no se lo esperaba para nada.
"Me llamo Graciela", dijo con una sonrisa. Y agregó con otra sonrisa
"En realidad ese es el nombre que me dieron, pero por ahora es suficiente para que nos entendamos"
Esto se empezaba a poner interesante y sin duda Graciela hablaba con una fluidez que era notoria. No entendió bien lo de los nombres y decidió que no iba a preguntar por el momento nada que no fuese sumamente importante, así que empezó por lo obvio
"¿Qué haces en este lugar?"
"Mi misión de este momento es guiarte"
" ¿Guiarme?. ¿Adónde me vas a guiar?. ¿Qué es esta historia de mujeres que andan haciéndolas de guías?. ¿Es esta la oficina de turismo interno o simplemente estoy teniendo más pesadillas de lo normal?
Las preguntas fueron básicamente escupidas con una mezcla de sarcasmo y de preocupación que no pudo ocultar. Tampoco pudo dejar de observar algo en el comportamiento que le pareció sumamente distinto a lo habitual y que lo sorprendió. Sus preguntas eran directas y la forma de preguntar también. Sintió que todo su ser se había concentrado en entender esta situación absolutamente insólita en que se encontraba y no tenía reparos en hablar, preguntar y cuestionar todo lo que sucedía.
Graciela no contestó de inmediato y mientras miraba sin disimulo ni vergüenza como una pareja se besaba apasionadamente en un banco de la plaza que no se distinguía mucho por la luz casi extinta del crepúsculo, dijo en voz baja
"Está atardeciendo y viajaremos de noche a Valdivia. Tomaremos el bus de las 10:00 PM y en el camino te contestaré lo que preguntas"
En ese momento Cafet tomó una decisión importantísima. El asunto era tan absurdo que no había razón alguna para seguir preguntando. No haría más preguntas y decidió seguir a esta mujer que después de todo no podía traerle menos que una aventura interesante. Decidió seguir este hilo extraordinario, irracional, atrayente y novedoso. No tenía nada que perder y no había visitado Valdivia desde la adolescencia. Viajando en bus tomaría toda la noche y llegarían alrededor de las 7 de la mañana del día siguiente al destino propuesto.
Graciela lo miró fijo a los ojos y dijo sin apuro
"En media hora más estaré de vuelta con los pasajes. Espérame aquí, en este mismo lugar que no tardo mucho."
Sin decir más desapareció por una de las pequeñas calzadas hechas de esas baldosas que jamás lograron pegarlas bien en Santiago. La ciudad entera estaba llena de calles embaldosadas de la misma forma, con los mismos colores amarillentos e invariablemente alguien profería una maldición cuando se tropezaba con una de ellas suelta, o bien se metía el pie directamente en el hoyo que había quedado sin que nunca se repararan.
Pensó en ese momento en todos esos detalles totalmente superfluos que lo hacen a uno lo que es, que lo condicionan a poner muchísima atención por donde camina, que le generan esas pequeñas tensiones diarias que nadie se da cuenta, pero que están ahí, casi presentes, invisiblemente influenciando nuestro comportamiento y la forma de encarar la vida. Para variar un poco, ya estaba disparándose en mil direcciones imaginarias, así que decidió mirar sin vergüenza o disimulo, al más puro estilo de Graciela, la pareja que no había dejado de besarse desde entonces.
"Qué bien que estés practicando la observación desprejuiciada", dijo la voz sonriente, mientras Cafet trataba de mentalmente desenredarse del placer imaginario en que se había ido metiendo sin darse cuenta al mirar a esos jóvenes.
Con una vergüenza que no fue capaz de ocultar, apartó la vista de sus ojos negros y dijo tratando de buscar su compostura
"Así que eso es lo que estaba haciendo, no lo sabía…"
"Bueno, ahora lo sabes", dijo sin molestarse en absoluto por su indiscreción.
"Pero, Graciela, esto es sumamente poderoso. Me sentí como si fuera yo el que estaba en el lugar de ese joven", respondió de inmediato.
Graciela se encogió de hombros, lo miró con su sonrisa especial y simplemente cambió el tema
"Los pasajes están listos. Tenemos un poquito de tiempo para comer, así que vamos a la fuente de soda de la esquina. Tienen unos barros luco que dan miedo, pero no tomes el agua porque está contaminada completamente. Pide una coca cola"
El tubo de luz fluorescente, amarillo por la grasa acumulada y los años de existencia, le daba al lugar esa típica atmósfera de los bares y sucuchos de mala muerte. El mesón con cubierta de formalita y el olor a aceite mezclado con el verano entró por todos los poros del cuerpo de Cafet y sintió que después de todo, este lugar sucio y mal iluminado tenía un especial encanto, un recuerdo también de otros tiempos que no logró definir en ese momento. El "sanguche", como le llamaba la señora detrás del mesón estaba exquisito. Años que no comía algo tan delicioso y como su expresión no obedecía a nadie en ese instante, sin reparos se lo comunicó a la dueña del lugar, que no pudo ocultar su orgullo y muy contenta de los halagos le ofreció probar el mote con huesillos que había preparado ella misma. Cafet miró a Graciela que tenía una mueca de alarma en la boca y preguntó "¿Tenemos tiempo para esta delicadeza chilena…?"
"Tiempo tenemos, pero…"
La señora se acercó al oído de Graciela y cariñosamente le dijo
"No se preocupe mijita, que estos huesillos están remojados en agua bendita" y soltó una carcajada al mismo tiempo que Graciela sonreía con alivio.
Los huesillos estaban buenísimos y se los terminó en pocos minutos. Graciela pagó por todo, ya que Cafet no tenía un cinco y salieron rumbo a la estación de los buses.
Cafet se abandonó totalmente a la experiencia que estaba teniendo. A miles de miles de kilómetros de donde había partido, en un sueño extraño y maravillosamente real e incomprensible. En un viaje a los anhelos más elevados que no había sido para nada como él se lo había imaginado. Cafet seguía a Graciela conectando con la intuición de que ella lo llevaría donde necesitaba ir. Hay veces que lo absurdo y lo extraordinario se mezclan de una forma imposible de predecir y solo queda seguir ese hilo tenue sin demasiadas preguntas, sin mucha cautela, y con la suficiente confianza de que uno llegará donde debe ir.
Por primera vez Cafet tuvo sed y se lo comunicó a Graciela.
"Te vas a tener que aguantar hasta que estemos en el camino. El bus se detiene en San Fernando y podemos conseguir agua embotellada ahí", respondió Graciela y luego soltó una pequeña risotada y agregó
"A menos que sea la sed interna la que te esté invadiendo…"


Graciela

Graciela nació el seis de enero de un año en que nadie se acuerda. Nació en una micro en el recorrido entre Quillota y Villa Alemana. Su madre, no logró llegar al hospital y ahí en el paradero 17 de Villa Alemana, en el paralelo 33 grados Sur, el día que se celebra la visita de los Reyes Magos, nació Graciela.
Poco se imaginaron sus padres y mucho menos el resto, de que ese sencillo nombre que le pusieron a la rápida entre los chales llenos de sangre, los alaridos de dolor, los gritos del chofer y los comentarios de un huaso que no entendía lo que pasaba, tendría un significado profundo en su vida y en la vida de toda una comunidad.
Graciela fue dotada de una "gracia" especial. Graciela jamás conoció la tristeza y, por consiguiente, su vida llevó la marca de una felicidad y de una alegría que además de elevarla a lo que muchos consideraron una gracia divina, ella fue capaz de contagiar a cuantos tocó en su vida milagrosa.
Cuando Graciela cumplió los seis años e ingresó a la escuela pública No. 73 de Quillota, reveló por primera vez un aspecto de su ser que causó enorme confusión en sus profesores. Graciela no solamente aprendió a leer y a escribir en menos de una semana, sino también era capaz de memorizar absolutamente todo lo que aparecía por escrito y al mes de estar en clases había aprendido todo lo que había que aprender en el año completo de colegio.
La señorita García, que de señorita solo le iba quedando poco ya que a los 32 años y sin haberse casado jamás solo exudaba una vejez prematura acentuada por el atuendo gris con el cual se vestía a diario y la maldita manía de hacerse un moño de tomate en el pelo, cayó en cuenta rápidamente que esta niña era muy especial y que era su deber de maestra el tomarla bajo su tutela y responsabilidad.
Una tarde después de clases, la señorita García le pidió a Graciela si se podía quedar unos minutos con la excusa de revisar las tareas, que obviamente no necesitaban ser revisadas en absoluto ya que Graciela jamás había entregado nada que no fuera absolutamente perfecto. Graciela asintió con esa sonrisa maravillosa que causaría en sus años adolescentes 13 accidentes y un caso de "delirium tremens" de parte del muchacho que trabajaba en la botillería de la esquina del colegio.
La señorita García se sentó frente a Graciela y a por sobre los anteojos que balanceaba impecablemente en su nariz aguileña, le preguntó
"¿Cómo te va yendo con las tareas?"
"Bien señorita García, ¿y a usted?"
"Perdón, qué me has preguntado?"
"¿Cómo le va en sus tareas, como lleva adelante su vida?"
La señorita García no supo si reírse o enojarse con el comentario de la niña, pero no había ni una pizca de impertinencia en esa voz infantil y picada por la curiosidad de semejante pregunta decidió aventurar una respuesta lo más honrada posible. Poco se imaginó la profesora que no tenía muchas alternativas y que por la simpleza misma y lo directo de la pregunta no tenía otro remedio que contestar.
"Bueno, en realidad mi vida está bastante bien, no tengo de qué quejarme"
"Si, pero está sola y eso no es bueno", dijo Graciela impasible.
"Me gusta estar sola. Es algo que llevo haciendo hace muchos años. Pero ¿a qué se debe tanta pregunta personal?" Respondió la profesora con un poquito de nerviosismo en la voz. Bastante insólito tener que discutir su vida con una mocosa de seis años y ahora tenía que dar explicaciones sobre su situación personal.
"Don Pedro está interesado en salir con Ud.", Dijo Graciela mientras jugaba con uno de los lápices de colores en el pupitre en que se encontraba. Sin ni siquiera levantar la vista agregó: "Don Pedro es un hombre bueno y también está solo"
La señorita García sintió que la sangre se le subía a la cabeza y no podía entender cómo una criatura de esa edad podía ver tan bien lo que ella había ocultado por meses. Era imposible que los niños se hubiesen dado cuenta de lo que ella secretamente pensaba y mucho menos de lo que ella secretamente anhelaba. Es cierto que Graciela era muy distinta al resto, pero no era lógico que esta conversación estuviera sucediendo.
Don Pedro era el profesor nuevo de matemáticas y había llegado de Concepción a Villa Alemana a principio de año. Nada se sabía mucho de su pasado fuera de que había enseñado en un pequeño pueblo llamado Dichato hasta que un accidente imprevisto terminó con la vida de su mujer después de solo un año de casados. Los rumores que circulaban entre las dos maestras y los otros tres profesores de la escuela era que la mujer del profesor había tenido un ataque de locura y se había internado en el mar en un bote pesquero en la mitad de una tarde de invierno para nunca más ser vista. Jamás se encontró el cuerpo y después de semanas de búsqueda encontraron el bote mar adentro totalmente a la deriva sin ningún rastro de la mujer.
Según lo que se contaba, la mujer del profesor se había embarcado en busca de una luz que se le había aparecido en la mitad del crepúsculo mientras escribía el último poema que fue rescatado por la policía del lugar. La luz la llevó al mar y a su extraña desaparición mientras su esposo que la quería entrañablemente se deshizo en lágrimas contenidas y en preguntas que jamás serían contestadas. Durante meses Pedro se levantó en la medianoche a mirar el horizonte oscuro de ese mar que se había tragado su futuro y su corazón. Las olas reventaban pausadamente en la arena blanca y en la inmensidad de la noche que se fundía con el océano. Pedro se perdió en pensamientos tristes y amargos por días, semanas y meses hasta que finalmente por el cansancio mismo y la soledad que se había adueñado de su ser, sintió que su duelo no podía seguir así.
A los 33 años todavía tenía una vida entera por delante pero indudablemente la tendría que hacer en otro lado ya que esta pequeña caleta de pescadores solo podía recordarle a su amada. Una mañana de diciembre, solo semanas después del término del año escolar, Pedro se tomó el tren a Valparaíso con la idea firme de re hacer su vida en otro lugar. Un puerto enorme lleno de vida y colorido. Los cerros y los cantos de los marinos y pescadores lo mantendrían cerca de lo que ya conocía, pero además estaba la ciudad y sus luces con sus calles estrechas y sus elegantes edificios. Los adoquines y el sabor salado del mar harían que renaciera a lo mejor algo en su corazón angustiado por la pérdida inexplicable de ese amor de toda la vida. Quizás él sería llamado por la luz también y se reunirían en la eternidad luminosa. A lo mejor él seguiría la luz de un faro lejano y se internaría también en el mar a buscar su destino. Por ahora, Pedro seguía las luces fascinantes del puerto cuando el tren se acercaba a su destino. Miles de miles de luces titilando y bailando en la noche. Alumbrando y develando la ciudad más hermosa que Pedro jamás había visto. Y nuevamente pudo mirar el horizonte perdido en el Pacífico, y una vez más sobrecogido por la enorme presencia de ese vasto océano sin límites, pensó en el naufragio de su alma, en el destino que se abría en esta nueva etapa. El agua verde del mar salpicó su memoria con el poema que quedó sin terminar esa tarde trágica de junio
"…y ahora solo puedo seguir
tus pasos y tu fulgor
tengo que ver lo que yace
más allá de lo que percibo
tengo que orientar mi vida
con esa luz resplandeciente
que me llama, que me invita
que me ilumina internamente
como nada antes lo había hecho…"

La maestra se levantó de su asiento y por sobre los anteojos le dio una mirada más a esa niña extraordinaria. Con mucha suavidad y con la comprensión absoluta de estar en presencia de lo inexplicable, le dijo a Graciela
"Es cierto Graciela. Tu percepción es inequívoca y no puedo negar nada de lo que dices"
"Entonces, todo saldrá bien, señorita García, y quisiera pedirle un favor. ¿Me puede conseguir un pase para la biblioteca del pueblo?. Hay tantos, tantos libros que necesito leer"
"Si, mi niña…mañana mismo lo arreglaremos", dijo la maestra con una dulzura que ni siquiera sospechaba que tenía. "Mañana mismo tendrás todos los libros que quieras" y por alguna razón desconocida, Marisol García supo en ese instante mismo que los milagros existían. Y también supo que haría lo imposible para que esa mente extraordinaria pudiera desarrollarse de la mejor forma posible.
Los rayos del sol de otoño caían abandonadamente sobre los tejados de la escuela y los gatos tendidos bajo su tibieza abrieron instintivamente un ojo para mirar a las dos figuras que salieron al patio. Maestra y alumna tomadas de la mano se alejaron rumbo a sus casas en el atardecer soleado de un día más en el pueblo de Quillota.
Maestra Graciela cruzó la calle y corrió hacia su casa. A medio camino, se dio vuelta y gritó con toda su fuerza infantil
"Hasta mañana señorita García…"

Naufragios

"Por el río Calle-Calle se va escondiendo la luna
Y en su sendero de plata va esparciendo ensueños.
Son las esperanzas que crecen bajo su luz tenue
Las que traen los desastres, los pesares, las angustias"

Cuando se dio cuenta de que había dormido durante toda la noche y que la canción no provenía de la radio sino de la voz de Graciela, supo Cafet que la aventura, la pesadilla o la revelación continuaba. Su voz era exquisita y a pesar de que cantaba bajito, los sonidos y la melodía llegaban como un susurro que acariciaba sus oídos. Graciela miraba ausentemente a través del vidrio de la ventana el paisaje del sur mientras repetía el mismo estribillo como si la canción fuera solamente de una estrofa.
"El resto vendrá a su debido momento", dijo sin apartar la mirada del paisaje.
"Como diablos pudo saber lo que estaba pensando", pensó con un sobresalto. "Ni imaginarme lo que ella sabía de mi si podía con tanta facilidad leer el pensamiento de otros". "Y qué tanto puede saber que sea tan importante", continuó pensando. "En realidad hay muy poco que tengo que esconder", siguió Cafet en un monologo interno interminable.
"No es lo que escondes, sino lo que no logras ver" replicó Graciela con la mirada aún puesta afuera, y luego agregó
"Si por alguna razón soy capaz de leer lo que piensas, ¿no te parece que voy a leer lo mejor que tienes?.
Cafet no pudo decir nada que tuviera mucho sentido porque nada tenía más sentido en ese momento. Nada era normal y a pesar de saber que estaba soñando todo esto, no había ninguna forma de despertarse y escapar esa lógica proveniente de quien sabe donde.
Graciela se dio vuelta y dijo
"Ahora te puedo responder a tus preguntas"
Cafet se dijo a si mismo que sería implacable en su cuestionamiento. Un asunto es seguir lo extraordinario y otro es saber donde a uno lo llevan. Mientras más supiera, mejor. Así que directamente preguntó lo que necesitaba saber
"¿Porqué vamos al sur?"
"Tenemos que encontrar tus naufragios"
"¿De qué diablos estás hablando ahora?. No me he subido a un bote desde que tenía 16 años. No tengo la mas mínima idea de lo que estás diciendo"
"¿Y donde fue que te subiste al bote a los 16?"
"Qué se yo…ni siquiera me acuerdo, pero ese no es el punto. Lo que quiero saber es el porqué de este viaje"
"En ese caso, estamos en el sendero correcto. El porqué de este viaje tiene que ver con ese bote en que naufragaste a los 16", dijo Graciela con un tono directo y serio.
Cafet cerró los ojos, se tomo la cabeza entre las manos tratando de seguir el hilo de la conversación y súbitamente entendió algo. Efectivamente a esa edad un evento extraordinario había sucedido en su vida, pero no había sido importante hasta que Graciela mencionó la palabra naufragio.
Cafet mantuvo los ojos cerrados y lentamente un espiral de recuerdos se hizo presente en su memoria. Recuerdos que no había tenido en tantos años, recuerdos que había puesto ordenadamente en un baúl, al igual que todo el resto de los mortales. Recuerdos que tenían el sabor agridulce de la tristeza y el éxtasis.
Cafet había recién cumplido los 16 años y a decir verdad, no era mucha la diferencia con un año o incluso dos años anteriores. Con dificultad lograba representar mas de 15 y en los mejores días en que se ponía sus jeans negros y trataba de caminar imitando a alguna estrella de cine, lograba entrar a ver las películas para mayores de 14. Fue una de esas tardes en que salía del cine que la vio. Parada a unos 20 metros, con un sweater de angora, blanco y perfecto como cada uno de esos dientes que la sonrisa dejaba ver, estaba la mujer más linda que Cafet había visto en su vida. Ella conversaba con otras niñas de su edad y jugaba al mismo tiempo con el pelo dorado y largo que caía suavemente sobre los hombros entrelazándolo con los dedos que Cafet pensó eran los de una pianista. Cafet se acercó lo más que pudo al grupo de adolescentes sin dar a conocer sus intenciones. Encendió un cigarrillo y trató de fingir despreocupación y aburrimiento. Se situó a escasos metros del grupo y decidió que la mejor movida por el ángulo de visión era el que quedaba dentro de la fuente de soda, así que decidió pedir un café y se instaló a contemplar desde su asiento esta hermosura que lo había cautivado completamente.
El café vino a la mesa y el grupo comenzó a dispersarse lentamente como sucedía todos los domingos. Justo cuando Cafet decidió que era el momento preciso para hacer una presentación adecuada, nada menos que uno de esos conocidos que tratan de ser amigos se instaló en la silla vacía enfrente suyo, bloqueando todo el trabajo que con tanto esmero había calculado.
"Cafet, que bueno verte hombre…Qué te habías hecho?
"Nada…er, no se…"
Ninguna palabra coherente salió de su boca. Lo último que necesitaba era este latoso echando a perder sus planes. Cafet estiró el cuello lo más que pudo para ver que la niña había desaparecido. Cafet se paró, miró alrededor y justo en la esquina pudo ver el Mercedes Benz azul que se llevaba a su sueño.
Cafet pagó por el café, y sin decir palabra al sorprendido intruso, se fue caminando por la calle hacia la casa en donde estaba pasando las vacaciones de verano.
Esa noche Cafet no pudo dormir bien y el recuerdo obsesivo de esa niña, de ese pelo, de esas piernas hermosas, de esa sonrisa lo mantuvo despierto por horas. Ni siquiera supo el nombre, ni donde vivía. Nunca antes Cafet había sentido que le faltaba el aire, que cuando imaginaba esos labios, los pulmones no lograban ni exhalar ni inhalar suficiente aire. Cafet decidió que se había enamorado de un ángel y esto era muchísimo más serio de lo que él hubiese querido.
Una semana entera pasó sin ver rastros de la niña. Cafet no era de los que frecuentaban la playa llena de cuerpos tratando de apresar los centímetros cuadrados de sol y de cáncer a la piel. La verdad es que no soportaba todo el espectáculo absurdo de ofrecerse mutuamente como mercancía, pero eso era solamente lo que él decía ya que en el fondo, Cafet bien sabía que no había forma de competir con el físico formidable de esos muchachos tostados por el sol que jugaban rugby y les sobraban los músculos. Cafet se contaba historias a si mismo sobre la importancia de desarrollar el cerebro, la materia gris, y no los pedazos de carne y nervio que no eran lo más importante en la vida. Desgraciadamente ni el mismo se creía los cuentos y sospechaba que todo su enorme esfuerzo por leer cantidades de libros desde los clásicos hasta los más insólitos, no era más que el trabajo típico de compensar por lo que no tenía. Al menos así había comenzado y ahora era más bien un hábito que había desarrollado y que tenía un sabor muy especial y querido. No era más dependiente de lo que otros pensaran o dijeran sobre él. Esto era algo que Cafet había encontrado enormemente placentero y absorbente.
Todas las tardes caminaba hasta las rocas de la playa vecina y se sentaba a leer hasta que el sol se ponía.
Y cuando ya no podía distinguir entre las sombras y las letras, cerraba el libro y volvía al balneario tratando de mezclarse con un mundo que no encajaba bien con su forma de ser.
Ese domingo decidió no ir al cine a pesar de que era la única posibilidad de ver a la hermosura que todavía lo hacía derretirse internamente y se instaló en las rocas a leer mientras el sol caía una vez más en el océano y el agua salada salpicaba con gotas multicolores esfumándose con la brisa, besando todo lo que existía alrededor en una danza graciosa y milenaria.
El destello del vidrio al ser tocado por el sol que caía hizo que Cafet se diera vuelta para ver la fuente de origen y sin duda provenía de un par de anteojos de alguien sentado en las rocas más altas cerca del mar.
Alguien fuera de él también estaba absorto en la lectura de un libro y a la distancia no pudo realmente distinguir mas que una silueta. Sin duda una silueta delicada y femenina, pensó Cafet al mismo tiempo que esa presencia lo sacaba de su silencio y soledad.
El sol se puso, las sombras se alargaron hacia el mar y la silueta bajó las rocas lentamente, grácilmente hasta llegar a pocos metros de donde estaba sentado Cafet. El corazón le dio un vuelco y una vez más sintió que le faltaba el aire. Ahí a pocos metros estaba el objeto de sus sueños, pero lo más importante de todo, era que ella leía libros al atardecer. La hermosura lo contempló con una sonrisa tímida y Cafet supo que el momento había llegado.
"Pensé que era la única persona en estas rocas", dijo Cafet con nerviosismo.
"Y yo pensaba lo mismo", dijo la hermosura
"Me llamo Cafet"
"Me llamo Ingrid"
Silencio…las olas reventaron contra las rocas y ninguno de ellos escuchó nada. Ninguna palabra era adecuada y por suerte para Cafet fue Ingrid la que habló porque las palabras se habían desvanecido de su garganta.
"Cafet es un nombre bíblico. Uno de los hijos de Adán, ¿verdad…?
"Así es, probablemente el hijo que se quedó en el desierto y dio origen a las tribus que habitan en lo que hoy se conoce como el medio oriente"
"¿Y por que te pusieron ese nombre?"
Lo más importante ya se había dicho y el resto no importaba en absoluto. Los dientes blancos brillaron con las sonrisas y el pelo negro de Cafet flotó en la brisa del atardecer. El resto era asunto de tiempo. Ella encontró a ese joven enormemente atractivo porque estaba solo con un libro en las rocas que ella amaba desde que era niña y por primera vez desde entonces había vuelto a ese paisaje de su infancia para encontrase con lo imprevisto, con lo desconocido, con lo que poco tenía que ver con su vida ordenada, predecible y encauzada por su familia y en particular por su padre.
Cafet no respondió porque supo inmediatamente que la hermosura tenía un nombre alemán y era absolutamente innecesario hablar de sus orígenes semitas. Después de todo él no había elegido nada y en este país perdido en el borde del mundo, no eran demasiado importante los orígenes de las personas. Al menos eso era lo que quería creer. Cafet miró a Ingrid y sin titubeos le preguntó
"¿Quieres sentarte aquí en las rocas conmigo?". "Todas las tardes me fumo un cigarrillo antes de volver al balneario… ¿quieres uno?"
Ingrid solo fumaba para aparentar lo que todas las otras niñas hacían, pero el solo hecho de poder hacerlo con este joven era algo muy atrayente. Asintió con la cabeza y Cafet encendió dos cigarrillos. Aspiró profundamente el humo de ambos y se lo pasó a Ingrid que lo tomó delicadamente con sus dedos de pianista, besó la humedad residual que había dejado Cafet en el extremo del cilindro y se dijo a si misma que algo finalmente importante había sucedido en su vida.
Fue una semana de sueños para ambos. Todas las tardes se juntaron en las rocas y al segundo día encontraron los labios temblorosos y expectantes del otro. Ambos habían besado antes a otros jóvenes pero nunca habían experimentado la pasión, el deseo, la obsesión, el temblor en las rodillas y en todo el cuerpo cuando estaban juntos. Y cuando no lo estaban solo podían pensar en el otro, solo podían recordar y saborear cada instante que habían estado juntos como si fuese lo más importante en el universo. Se olvidaron de comer, de conversar, de leer y de todo lo que hasta ese momento habían hecho con sus cortas vidas.
Al tercer y cuarto día descubrieron el placer infinito del tacto y ambos dejaron de respirar. El aire no llegó a los pulmones de ninguno de los dos y quedó suspendido en una región indefinida cerca del corazón. Un intervalo en que solo existieron mutuamente en una orgía de caricias, besos, mordiscos suaves y electrizantes, en donde se tocaron todas las partes más íntimas con un asombro y una intensidad que ninguno de los dos sospechó jamás que podía existir dentro de ellos. Fumaron desnudos en las rocas mirándose y admirándose los cuerpos totalmente ajenos a lo que los rodeaba. Ingrid deseó con todas sus fuerzas a Cafet dentro de sí misma y al principio torpemente, solo siguiendo el instinto y la pasión, terminaron haciendo el amor sin saber muy bien de que se trataba, pero absolutamente absortos en el dar y recibir placer mutuo. Luego vino el ritmo y de alguna manera inexplicable, Ingrid supo como hacerlo durar por una eternidad. Cafet aprendió a respirar y a soltarse al tiempo que seguía intuitivamente los movimientos de las caderas de su amor y se acoplaba a ellos.
Al final de la semana las rocas eran de algodón y las gaviotas dejaron de ser tales para convertirse en una sinfonía de Haendel que en el trasfondo tocaba "La música del agua" mientras hacían el amor al ritmo perfecto de la música y de sus propios movimientos. El aire llegó a los pulmones y de ahí al corazón y salió por todos los poros en gotas de sudor, sexo y amor. No se separarían jamás. Después de haber tocado el cielo y haber sido inmortales, solo quedaba pasar el resto de la vida juntos acariciándose, haciendo el amor y leyendo. Nada era más importante que estar con el otro para siempre y a cualquier costo. Ese Domingo bajaron de las rocas al anochecer y entre las sombras del crepúsculo y las suaves luces que se distinguían a la distancia se besaron una vez más con todo el amor recién descubierto y acordaron verse como siempre al día siguiente.

El día que no llegó

La neblina nunca ha sido un buen presagio para los que viven cerca del mar. Complica la existencia de los pescadores, cambia los planes de los barcos y sobre todo no deja ver con claridad más allá de unos pocos metros. Hay veces en que no solo no se ve nada sino que se cree ver lo que no existe. Los oídos se aguzan, la respiración se hace más rápida, la sangre circula con más intensidad, se perciben sonidos que no provienen de ninguna fuente, se escuchan voces de seres inexistentes y todo se altera hasta el punto de la estupidez, del accidente, de la irritación y de lo extraño. Los pescadores odian la neblina porque en su vuelo helado recoge todas las referencias a las cuales ellos están acostumbrados, las desdibuja con su aliento albo y los deja a la merced de lo imprevisto. La neblina solo ayuda a los poetas a construir un mundo que poco tiene que ver con la cruel realidad de aquellos que se ganan la vida robándole al mar sus tesoros y es por eso que los pescadores acusan al poeta de ser el cómplice de Neptuno.
Ese día lunes amaneció con una neblina densa y helada. Nada nuevo para el balneario que incluso en el verano sucedía de vez en cuando que la neblina lo cubría todo durante la mañana y luego desaparecía al mediodía. Cafet se vistió, se tomó una taza de café, encendió un cigarrillo y en ese momento sintió el frío en los huesos. Se puso un sweater y lentamente se dirigió a las rocas a encontrarse con la hermosura.
"Oye cabro, no vayai pal roquerío que te podis perder con tanta neblina" le sugirió sabiamente el vendedor de diarios de la esquina, pero Cafet no entendió la advertencia ya que no existía en él ninguna posibilidad de ser razonable. El amor y la neblina son parientes cercanos y ambos pueden lograr los mismos efectos, pero nada de esto significaba absolutamente nada para Cafet en ese momento y haciendo caso omiso a la gruesa capa de neblina se internó en las rocas a juntarse con su amor. Ni las gaviotas volaban para no estrellarse contra las rocas ni el sonido de las sirenas a la distancia se dejaba oír. Solo el silencio y la bruma espesa. Solo el aliento helado de una mañana en que apenas se podían ver las propias manos.
Si en ese momento, por arte de magia una mano gigante hubiese tomado la neblina y levantado como una simple cortina que cubría la ventana del presente, Cafet habría visto a su amada en el asiento trasero del Mercedes Benz azul, profundamente afligida, con lágrimas en los ojos, pañuelo en mano, mirando con ojos enormes el paisaje tratando de encontrar a su amor. Sobre el techo del automóvil, en una parrilla, todas las maletas estaban perfectamente amarradas y el auto entró a la autopista a la salida del balneario a unos pocos metros de donde se encontraba Cafet.
Ingrid podría haber bajado el vidrio y haber gritado "!Cafet, Cafet, mi padre me lleva de vuelta al sur!" y Cafet hubiese sabido inmediatamente el paradero de Ingrid y haber hecho los planes correspondientes.
El Mercedes avanzaba lentamente con mucha cautela y el motor apenas se dejaba oír. El esfuerzo de la tecnología alemana había producido una máquina muy bien hecha y sobre todo silenciosa. La neblina cubría el camino casi por completo pero el padre de Ingrid con los dientes apretados de rabia estaba determinado a llevarse a su hija de vuelta a Valdivia.
A los diez y seis años abriéndose de piernas sin el menor pudor, sin ni siquiera pensar en las consecuencias, sin ni siquiera darse cuenta de la estupidez, de la desgracia y de la tragedia que eso significaba para una familia de la estatura y clase a la cual ellos pertenecían.
Así rumiaba furiosamente las ideas don Hans Bauer mientras con el ceño fruncido hacía lo imposible por mantener el automóvil dentro del carril derecho de la autopista. A su lado, la señora Bauer con la mirada fija en el camino y en la blancura de la neblina apretaba nerviosamente un pañuelo como la única señal de que algo había roto la impasibilidad de su rostro, educado a no mostrar ninguna señal de aflicción, pena, angustia o incomodidad. Y en el asiento trasero Ingrid lloraba silenciosamente con los ojos cerrados, con el corazón apretado por la tristeza, la angustia y la incomprensión de su padre.
"Eres una puta, una pequeña puta sin respeto y sin pudor" seguía increpándola Hans.
"Pero lo peor de todo es que lo tenías que hacer con un miserable judío."
" ¿Y qué le vamos a decir a Walter?. Cómo vamos a explicarle que su prometida perdió la virginidad en unas rocas con un judío de mala sangre…Ah?. Qué explicaciones le daremos?" seguía diciendo Hans cada vez más descompuesto y furioso.
"Te casas mañana con Walter y salen para Alemania el Jueves. Se acabó. Es la única salida a tu maldita estupidez. Nunca nadie se enterará de esta desgracia"
Cafet esperó por horas, sin entender que podría haber sucedido. Pensó que la neblina los había perdido a ambos, pero cuando finalmente el sol se dejó ver al mediodía se dio cuenta de que Ingrid no estaba por ningún lado. Inútiles fueron los gritos, la búsqueda minuciosa por todo el roquerío, las carreras desesperadas de un extremo al otro de la playa porque su amor se había desvanecido con la neblina misma. Un sol radiante apareció a las dos de la tarde que dejaba ver todo el horizonte del balneario de punta a punta. Ingrid no se encontraba por ningún lado y en su desesperación, Cafet se dirigió al hotel en donde se hospedaban para ver si lograba verla. Esperó por horas pero no la divisó ni a ella ni al Mercedes azul.
Cafet decidió que lo mejor que podía hacer era calmarse y que lo más probable era que se habían ido a Valparaíso por el día y que seguramente se encontrarían al día siguiente. No totalmente convencido con su propia propuesta se fue a su casa y decidió que a primera hora en la mañana volvería al hotel. Fue casi imposible conciliar el sueño. Algo en su interior le decía que esto no estaba previsto y que tenía el presagio de que ese día en que se encontraría con la hermosura no llegaría jamás. Algo se había alterado en el ensueño absoluto al cual se habían entregado. Algo oscuro, denso y que amenazaba toda la felicidad y el futuro que habían construido esa semana.
No fue hasta el Martes por la tarde que Cafet se enteró de que la familia Bauer había dejado el hotel y que habían salido rumbo a Valdivia. Desesperado fue a la estación de trenes pero el único tren al sur no salía hasta el Miércoles a la hora del almuerzo y tendría que viajar toda la noche. Cafet gastó sus últimos ahorros y compró el pasaje hasta Valdivia.
El jueves en la mañana a las 10:40, en el aeropuerto de Los Cerrillos, el avión de Lufthansa salía con rumbo a Alemania. Ingrid con los ojos colorados de tanto llorar, del brazo de su nuevo marido que poco entendía la emoción de su nueva y flamante esposa salían en su luna de miel mientras los padres de ambos los despedían.
Walter nunca supo que sería una luna de miel interminable y espantosa como una pesadilla misma. Walter nunca entendió porqué su mujer se negó a hacer el amor con él y porqué tuvo que quedarse en Berlín atendiendo un negocio absurdo cuando toda su vida estaba en ese país hermoso en el cual había nacido, crecido y amado. Walter no se preguntó más por nada porque bien sabía que su familia había decidido su futuro desde el día en que balbuceó las primeras palabras, pero no pudo perdonar el cambio en Ingrid. Ellos se habían prometido desde los cinco años y solo dos semanas de sus vidas no las habían pasado juntos. Esas dos últimas semanas antes de salir a Europa y todo, absolutamente todo se dio vuelta en su vida. A pesar de que Ingrid trataba de aparentar que nada había pasado, Walter bien sabía que ese día que había anhelado tanto y por tanto tiempo, en que cruzaría el umbral de la habitación del hotel con el amor de su vida en los brazos no llegó ni llegaría jamás.
A las 10:30 de la mañana del mismo día Jueves, a solo minutos de llegar a la estación de Valdivia, Cafet trataba desesperadamente de distraerse de la ansiedad que lo consumía. Tomó el diario y se sumió en la lectura de las noticias locales tratando de no pensar en lo que ni siquiera había pensado en hacer. Leyó todo furiosamente, hasta la página de los deportes y la columna social. Y ahí su corazón se detuvo, el aire se desvaneció de sus pulmones y esta vez no fue de amor, ni de pasión ni de nada por el estilo. Casi inadvertido, en un rincón del diario, junto con muchas otras estupideces sociales estaba la foto de Ingrid y Walter tomados de la mano saliendo de la iglesia.
"El señor Walter Heinz y su señora Ingrid Bauer de Heinz salen de la Iglesia en rumbo a Santiago donde saldrán a Alemania en su viaje de bodas".
El silbido del tren anunciando la llegada, el ruido de los frenos metálicos en las ruedas de acero, el humo blanco saliendo a bocanadas por la chimenea enorme de la locomotora, los gritos de los vendedores, las carreras de los niños, las maletas saliendo por las ventanas, los familiares abrazados y todo eso que era lo normal, lo cotidiano, lo esperado, lo habitual, no fue ni percibido ni registrado por Cafet. Totalmente inmóvil en la estación vio alejarse el tren hasta que se convirtió en un punto a la distancia. Completamente atontado por el descubrimiento solo atinó a caminar sin rumbo hasta llegar al río.
Cafet se subió al bote y remó furiosamente, desesperadamente sin ningún destino. Cafet remó hasta que las manos comenzaron a sangrar, hasta que el dolor en los brazos fue más fuerte que el de su alma, hasta que los músculos no pudieron responder, hasta que el bote se partió en dos al chocar con un enorme pedazo de metal de un barco abandonado en la mitad del río.
Cafet naufragó en un bote a los 16 años en un día que no era el que había esperado. Cafet naufragó en sus ilusiones y en sus sueños más queridos mucho más profundo que el agua del Calle-Calle. Cafet tocó un fondo viscoso y húmedo que envolvió su ser por una eternidad de tiempo. Una eternidad que solo había experimentado cuando amaba a Ingrid y ahora la experimentaba como el abandono total. Cafet naufragó completa y absolutamente.
A los diez y seis años Cafet esperó en vano por el día que nunca llegó en medio de una neblina espesa que debería haber sido suficiente presagio para anunciar lo imprevisto. La neblina se llevó su recién descubierto amor, sus ilusiones, sus planes, sus esperanzas y todo eso que solo un día atrás lo había hecho sentirse enormemente dichoso e invulnerable.
Cafet lloró hasta que las lágrimas se agotaron y finalmente escuchó la voz que dijo con infinita suavidad y firmeza
"!Sígueme!. Todavía puedes hacer mucho…"
Cafet trató en vano de asir el borde del bote pero solo logró agarrar el respaldo del asiento del bus en que viajaban con Graciela.
Graciela dijo algo en palabras que nunca antes había escuchado. Palabras que nunca fueron pronunciadas por esos labios finos y hermosos. Palabras que solo resonaron con un eco de verdad en la profundidad de su ser y que eran indiscutiblemente las palabras de Graciela.
El oído interno apareció como un faro enorme en la distancia y la densa capa de neblina interior fue atravesada por la luz de la comprensión. Súbitamente Cafet vio su naufragio a la luz de esta voz que seguía hablando en su interior.
"Déjame guiarte que bien se llevarte a tus lugares de naufragios, a los lugares de las cosas yertas irreparablemente. ¡Oh, mundo de las grandes pérdidas, en donde sonrisas y encantos y esperanzas son tu peso y tu fracaso!"
Graciela y Cafet se embarcaron en un bote en el silencio de una mañana de verano y en el silencio de las palabras que no necesitaban de voz para ser comprendidas Cafet remó con fuerza respirando rítmicamente y siguió las indicaciones de Graciela. En poco rato se encontraron en el lugar del naufragio. En el medio del río todavía estaba el esqueleto metálico del barco enorme que también naufragó en el medio de un maremoto y solamente en ese momento Cafet supo con certeza que su viaje había recién comenzado.
Cafet trepó el cascote oxidado hasta llegar al único punto en donde podía equilibrar mas o menos su cuerpo en una postura que le permitía ver todo el río a su alrededor.
"Observa todo lo que te va pasando" dijo la voz sin palabras desde el bote.
"Observa el comienzo de tus fracasos. Observa como te han condicionado en tus búsquedas, en tus anhelos, en tus expectativas" continuó diciendo la voz de Graciela.
Cafet contempló largamente el anillo inexorable de situaciones a partir del incidente con Ingrid y esta vez habló la lengua maravillosa que contiene la comprensión de un todo. Cafet habló sin palabras tal como lo había hecho esa mujer extraordinaria que se había auto denominado su guía y sin palabras establecieron un dialogo que duró hasta que Cafet no pudo mantener más la postura sobre los restos de ese barco que tantos años atrás había quebrado en dos el bote en que su primer gran naufragio había ocurrido.

El regreso

Viajaron en silencio de vuelta a la ciudad natal de Cafet. Silencio interrumpido por frases sueltas que fueron formuladas sin voz. Un dialogo exquisito de comprensión mutua pero sobretodo de entendimiento profundo de los motivos, de las razones por las cuales tantas cosas habían sucedido en la vida de Cafet y que ahora aparecían totalmente explicables.
Las baldosas amarillas que eternamente causan problemas para los que caminan en la ciudad, los deseos ocultos de besar a la adolescente en la plaza, las búsquedas incansables de hermosuras de pelo dorado y de dientes blancos, las obsesiones inexplicables con los sweaters de angora, la sed, el odio irracional a subirse a un Mercedes, el terror a la neblina y a la pérdida de referencias en general aparecieron ante los ojos de Cafet como una nueva revelación de un rompecabezas que debería haber sabido hace mucho tiempo atrás.
Efectivamente él conocía todas las piezas por separado y las había revisado con detenimiento a través de su vida, pero no había comprendido cabalmente la fuerza y el peso de esos recuerdos hasta el día en que todo eso fue vivido una vez más con la intensidad de esta situación impensable e inexplicable en que se encontraba.
A su lado Graciela contemplaba a ratos el paisaje siempre cambiante y a ratos volvía su cara, sonreía y lo miraba con la expresión del conocimiento humano en sus últimos detalles.
"Nací así y mi única virtud es haberlo reconocido desde niña" dijeron los pensamientos
"Cómo supiste lo mío?…"
"A través del lenguaje original; de lo que se denomina genéricamente LA LENGUA, que es lo que tu estás comenzando a aprender"
"Graciela, explícame el origen de La Lengua"
Graciela se acomodó en el asiento del bus y con palabras comunes y corrientes explicó a los oídos externos de Cafet lo que no existe en ningún libro escrito, fuera de algunas referencias nebulosas.
"El lenguaje de Adán es el lenguaje primero pero eso solo sirve para los interesados en los orígenes y para aquellos que quieren ver simbolismo en todo lo que existe. Está bien así y ya se ha escrito mucho al respecto y mas de alguno se ha inspirado en lo que lleva nuestra historia humana para pensar de que todo está conectado con todo, pero no explica el fenómeno de La Lengua que es muchísimo más sencillo.
Todo lenguaje surge en el intento de comunicarse y esa es la base más importante. Si solo necesitáramos comunicarnos verdades exteriores a nosotros y usar el lenguaje para ponernos de acuerdo en lo que percibimos del mundo circundante, creo que los idiomas existentes son más que suficientes porque a menos que existan deficiencias genéticas, los órganos de la percepción, los sentidos en general captan la misma franja en prácticamente todos los seres humanos. Nos ponemos de acuerdo fácilmente en que el color rojo es rojo y no verde, en que una forma es redonda y no cuadrada, en que un aroma es de cierta intensidad, en que un sonido es agudo o grave en que hace calor o frío porque todos estamos construidos con los mismos sentidos y operan de la misma forma. El lenguaje ordinario se preocupa de darle un nombre a cada objeto que percibimos. Se preocupa de definir eso que estamos todos de acuerdo, de ahí que no hay gran dificultad en traducir de un lenguaje a otro a pesar de que existen miles de ellos. En un alto porcentaje se encuentran las definiciones equivalentes.
Entonces, si es así con lo que percibimos del mundo externo a través de nuestros sentidos, también lo es con lo percibido del mundo interno y cuando se quieren comunicar verdades de esa realidad interna, existe un lenguaje desde el comienzo de los tiempos. No es un lenguaje hablado aunque a veces si lo puede ser pero el oído solo reconocería disonancias fonéticas.", dijo Graciela con una simplicidad que Cafet encontró refrescante.
"Es necesario un oído interno y una voz interna para ser entrenado en LA LENGUA, pero por sobretodo es necesario reconocer el mundo interior que también es similar a todos los seres humanos porque fuimos construidos a imagen y semejanza de la luz original…"
Cafet solo vislumbró el faro interno que lanzaba su luz en todas las direcciones sirviendo como referencia, como guía para aquellos que como él había decidido embarcarse en la búsqueda de lo que en principio no era más que un vago interés, y por razones inexplicables había terminado siguiendo a una mujer en un viaje a su pasado, en un viaje al descubrimiento de sus naufragios, en un viaje que se había convertido en una aventura interior que parecía extenderse sin límites de tiempo ni de espacio.
"Como puedo aprender LA LENGUA?" preguntó Cafet directamente.
"Tienes que entender el principio básico que abre todas las puertas a la comprensión de lo que no debería ser ningún misterio", respondió Graciela
"Tienes que entender lo que se llamó en su momento "La regla de oro", pero que se traduce en lo siguiente:
Todo ser humano busca el reconocimiento de otros. Todo ser humano busca ser re-conocido porque en el vasto mundo de las ilusiones de nuestros sentidos, al parecer nos perdemos fácilmente y eso que "conocemos" solo lo logramos validar a través del otro, de nuestros semejantes. Por eso se define como "RE" "CONOCER" que implica que ha sido conocido antes. Afina tu oído interno a eso que buscas y que todos buscamos y cuando seas capaz de dar a otros ese reconocimiento anhelado, comenzarás a hablar LA LENGUA original.
Lo primero que tendrás que aprender es re-conocerte a ti mismo en otros y todo lo que sepas de la regla de oro en todas sus manifestaciones positivas y negativas, será de gran utilidad en tu aprendizaje. El resto es práctica y mucha práctica", terminó diciendo Graciela
Cafet sintió en el interior de su pecho la voz de ella y afinó el oído…
Silencio…
Más silencio…
Expansión del silencio…
En la ausencia del ruido cotidiano vio con claridad las intenciones de esa bellísima mujer. Vio la vida de ella al servicio de otros en un acto querido, en un acto único de inagotable sentido y también como un espejo que devuelve la imagen lo vio en si mismo y entendió con lágrimas de agradecimiento que no había sido jamás en vano su amor por Ingrid y por todas esas bellezas que encandilaron su vida. Vio y re-conoció en todos sus actos y sus búsquedas obsesivas, el germen inconfundible de ese deseo original de querer dar lo mejor de si mismo. Esta vez pudo validarlo, esta vez pudo separarlo de los resultados y de los fracasos y de todo aquello que sepultaba esa semilla preciosa. Por primera vez Cafet se vio hermoso, profundo y humilde. Se re conoció y se abrazó a si mismo en un acto de re-encuentro que solo había sido posible porque había aceptado ser guiado por aquellos que saben de estas cosas.
Graciela cantó la segunda estrofa con su voz maravillosa
"Por el rio Calle-Calle va corriendo el sol
iluminando las aguas transparentes
con sus destellos de oro
Con sus rayos limpia las penas
Y con su calor entibia los corazones…"


Cena

"Y donde se había metido mi perro huacho…?" preguntó Marisol a Pedro.
"Ahhh…si te contara viejita, no me creerías" respondió Pedro con una sonrisa
Marisol García miró a ese hombre con un cariño entrañable de años de vivir juntos. Supo inmediatamente por el tono de la respuesta que había estado juntando cochalluyo en la playa y seguramente se había distraído y terminó en alguna gruta misteriosa que en realidad todo el mundo conocía, pero que seguramente le pareció a Pedro como si la hubiese visto por primera vez.
"Venga pa acá mi perro pa hacerle un poco de cariño y también pa retarlo bien retado. No me dijo nada que Graciela vendría a comer"
"Vieja fresca… ¿como que no te dije?…te lo mandé decir clarito pero te apuesto a que estabas divagando en que se yo que tontera y mi mensaje pasó de largo"
"La verdad es que estaba recordando a la niña y seguramente no te pesqué"
"Si poh vieja, si después de tantos años ya los dos sabemos que no existen los malos entendidos entre nosotros"
Este dialogo sucedió sin que ninguno de los dos hubiese abierto la boca. De hecho, Pedro se había sentado cómodamente a contemplar el océano y Marisol trataba industriosamente de ponerle las últimas puntadas al botón de una camisa sin cuello.
Pedro se sentó al lado de Marisol y habló con palabras sonrientes
"Bueno… ¿y donde está ese cariñito?
"Mírenlo al perla…se va todo el día a la playa, trae un atado miserable de cochalluyo, se pierde en las grutas todo el tiempo y ahora se arrima como un gato pa que le soben el lomo" y con una carcajada tiró la camisa sobre la mesa, abrazo a Pedro, lo besó en la frente y le dijo
"Han pasado veinte años. Veinte hermosos años en que nos encontramos y encontramos a otros gracias a la niña Graciela. Tengo tantas ganas de verla"
"Yo también viejita…la echo tanto de menos"
"Oye, viejo leso…nada de ponerse posesivo con ella..Ah?"
"No, mi amor…solo sentimental. Solo poseo la alegría que ella me enseñó"
"La verdad es que tuviste que aprender harto" dijo Marisol con una sonrisa y un cariñoso tono burlón.
"Así es vieja intrusa…harto tuve que hacerle empeño", respondió Pedro con el mismo cariño
"A veces pensaba que el mar te iba a tragar en tu pena y en tu pérdida"
"A veces el mar me tragó, vieja…a veces me devoró enterito pero siempre me escupió de vuelta por alguna razón que no podía entender hasta que la niña me llevó a Dichato de vuelta…qué experiencia más extraordinaria…"
"Viejito, si me la has contado tantas veces que hasta siento que a mi me tragó también" dijo Marisol con otra de sus carcajadas y agregó
"Es que los hombres son tan re lachos"
Pedro la miró con más cariño que nunca, encantado con la claridad con que Marisol siempre lo había percibido y sin una pizca de molestia, todo lo contrario, respondió.
"Y como les cuesta a las mujeres estar solas"
"Así es viejo agudo y perceptivo, pero yo me las arreglé de lo más bien por hartos años hasta que apareciste como un perrito abandonado y ahí me dio tanta lástima…"
"Si, claro…y las ganas no te faltaban"
"No, ni me han faltado nunca…"
"Si…usted mi amor es una maravilla y no nos olvidemos que todo lo que somos ha sido posible gracias a la niña"
Graciela llegó esa tarde y entre abrazos, besos y paquetes de todo tipo sintieron una vez más que estaban re unidos. Más de un año había sucedido desde la última visita, así que había mucho que conversar. En el silencio de la comprensión sin palabras y en la lengua original aprendida por el trabajo de guiar a otros conversaron largamente de lo que habían hecho ese año.
"Y el hombre ese de Valdivia, como está", preguntó Pedro con curiosidad
"Aprendiendo a hablar…"
"Oiga mijita, y le explicó bien lo de la observación desprejuiciada"
"No, Marisol…lo descubrió por si mismo pero solo con lo externo. Un pasito más y entenderá todo, pero eso es algo que lo tiene que hacer solo"
"Si, mi niña, tiene toda la razón. Nosotros solo podemos llevarlos donde ya estuvieron…¨"
"Así es, pero hay unos más avanzados que otros y esos fracasos estrepitosos que se llevan puestos son los mejores. Una verdadera delicia trabajar con esos. El hombre de Valdivia despertó de su sueño sabiendo que su vida tenía mucho más sentido de lo que había tenido nunca…sabes Pedro, me gusta trabajar con los que se caen al agua", le dijo Graciela con ojos hechos de sonrisas
"Mijita linda…y pensar que yo me cai en el Océano Pacífico. Pa que le cuento la cantidad de agua…" respondió Pedro de la misma forma
"Si, produce una sed que es muy dificil de saciar", dijo Graciela pensativamente y luego agregó
"Cafet tenía una sed de esas…y creo que el próximo año deberíamos invitarlo a comer cochalluyo con nosotros. Para entonces, creo que estará listo pa la foto" terminó de decir Graciela.
Los tres bajaron a la playa a contemplar el sol que caía en el horizonte. El mar se abrió en su inmensidad y se tragó al astro moribundo mientras las tres figuras le dieron la espalda al mar y se dijeron al unísono
"Mañana aparecerá en el Oriente…cenemos ahora y preparémonos para aquellos que lo buscan desde el principio de los tiempos"

   
 
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