El olor a bosque viejo
me lleva a memorias lejanas
de cuentos épicos y misteriosos,
de versos hechos de lunas,
de palabras hiladas en oro
de imágenes labradas en silencio.
Desde entonces la madera
tiene el sabor de la creación.
Cruje apretada en su origen,
se resquebraja internamente
cubriendo nuestro mundo
con su calor, con su textura
con su olor a resina mágica.
El bosque y sus entrañas vetadas,
el hombre y su vivienda,
se estrechan inequívocamente
desde el comienzo de su historia mutua.
El primer fuego humano
consumió una rama pequeña
de un árbol milenario.
Al calor de esa llama se gestó
la historia humana.
Febrero 2005