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"Pepe" Edwards
Una noche de esas tantas en que nos pasamos conversando, mirando
libros de arte y comiendo lo que encontrábamos en el refrigerador,
nos topamos con un sobre dentro de uno de los libros que hojeábamos.
El sobre no estaba sellado y tampoco tenia estampilla o timbre
de correo. Simplemente estaba dirigido escuetamente a:
"Mi amor"
"Pieza del fondo de la casa"
Obviamente era una carta de Pepe a su mujer escrita hace
algunos meses y probablemente leída y guardada en el libro en
cuestión. No creo que teníamos mas de 11 o 12 años
y ya habíamos emprendido un rumbo bastante diferente al resto.
Para empezar nos quedábamos despiertos hasta altas horas de
la noche, para seguir, conversábamos de cosas que no habíamos
escuchado conversar a nadie, problemas existenciales que tímidamente
compartíamos a la luz de la chimenea que estaba perennemente
encendida y para terminar, nada de lo que hacíamos coincidía
con lo que otros muchachos de nuestra edad hacían. A veces Pepe
aparecía en calzoncillos en la mitad de la noche, rascándose
la cabeza y preguntándonos distraídamente si no era hora
de que nos fuéramos a dormir. Sin duda el padecía del
mismo mal nuestro, porque aparte de cumplir con la función protocolar
de comunicarnos lo que normalmente otros padres lo habrían hecho
con una sarta de amenazas, improperios y un derroche exagerado de falsa
preocupación, se sentaba con nosotros a conversar olvidándose
por completo de nuestra edad, nuestros deberes, de su propio rol y
de igual a igual se reía, comentaba sobre el mundo y al igual
que nosotros se preguntaba por el sentido último de la existencia.
Demás está decir que nunca nos despertamos a la hora adecuada
y que los ceños fruncidos de nuestros profesores se fueron haciendo
cada vez más frecuentes con el paso del tiempo ya que siempre llegábamos
tarde al colegio, Por suerte Pepe nunca se preocupó de ninguno de esos
detalles, probablemente superfluos para su forma de mirar el mundo. No puedo
decir lo mismo de mi padre porque prácticamente no lo conocía.
Ausente desde que tenía dos años de edad, crecí con mi
madre y mis hermanos en un ámbito rígido en los horarios, en
los modales y en la expresión. Un hogar en donde siempre se respiraba
tensión y el esfuerzo era lo que caracterizaba mi aprendizaje y mi pasaje
de niño a adolescente. Todo costaba hacerlo en mi casa. Todo tenía
precio, todo era considerado seriamente. La verdad es que no era culpa de nadie,
especialmente cuando uno considera lo difícil que podría haber
sido para una mujer separada sacar una familia entera adelante, con pocos recursos
económicos, con poco tiempo y en un ambiente social enrarecido por los
prejuicios de una moral católica y la rigidez de una tradición
vasca. Todavía no estoy seguro cual ha sido más nefasto, pero
entre esos condicionamientos y la realidad del diario vivir, transcurría
mi vida sujeta siempre al escudriño permanente y sobre todo a la solemnidad
que jamás pudo ser parte de mi ser. Estar atrasado todo el tiempo y
mi amistad con Rafa eran sinónimos y se explicaban en mi hogar por si
mismos, así que como resultado se me prohibió quedarme en la
casa de mi más preciado amigo a menos que fuera durante el fin de semana.
De vez en cuando mi madre se olvidaba del toque de queda y por supuesto que
me aprovechaba lo mejor posible. Bicicletas con los neumáticos pinchados,
tareas que teníamos que terminar "en grupo", excusas de todo
tipo para poder respirar ese aire tranquilo, sin presiones, caótico
y colorido que era la casa de Pepe. Nunca nadie se refería a Pepe como "papá" y
mucho menos lo trataban de "usted". Rafa siempre hablaba "del
Pepe" y a pesar de mis grabaciones familiares a fuego, también
terminé tratandolo exactamente como él quería ser tratado.
De igual a igual.
Esa noche no pudimos aguantarnos y abrimos la carta y por supuesto la leímos
con curiosidad, expectativas y también sorpresa. Nunca habíamos
leído una carta de amor de nuestros propios padres y mucho menos una
carta que había sido mandada de una habitación a otra. El mundo
de los adultos nunca se había caracterizado por demostraciones efusivas
de cariño y mucho menos de pasión, pero todo eso cambiaba con
Pepe porque él era la esencia misma de todo eso, él era la expresión
de lo insólito, de lo inaudito, de lo que no veíamos mucho en
ese mundo de gente respetable, aburrida y predecible.
"Mi amor, he estado pensando que hace algún tiempo que
no conversamos" era el encabezado de la carta y en una frase
sintetizaba lo más importante del contacto humano y la extraordinaria
capacidad de darse cuenta de algo que por lo general hace pedazos las
relaciones y se transforma en un muro inseparable entre las dos personas
la
falta de diálogo, la falta de comunicación a pesar de
vivir bajo el mismo techo.
"Mi amor, creo que deberíamos hacer algo al respecto
y a lo mejor arrancarnos uno de estos días por ahí
" seguía
la carta de Pepe a su amada que era nada menos que la madre de mi amigo,
pero que a la luz de una carta de amor adquiría toda una fisonomía
que nunca antes había imaginado.
La carta continuaba entre los planes y las reflexiones sobre lo importante
que era estar cercano al otro y no solo con el cuerpo pero con el corazón
y con todo lo demás
Esa noche pensé que cuando fuera grande y encontrara al amor de mi vida,
le escribiría cartas que las pondría debajo de la almohada y
mientras ella buscaba su camisa de dormir las descubriría y las leería
a la luz de una vela. Pensé que cada vez que nos sintiéramos
lejanos, escribiría una carta como lo hacía Pepe.
Nunca lo hice y me olvidé de esa promesa a mi mismo, pero Pepe fue sin
duda una de las inspiraciones mayúsculas en mis deseos de escribir y
expresarme. De hecho, muchos años después de esa situación,
tuve que escribir una carta de amor, una carta a un amor de muchos años
atrás, de muchos malentendidos atrás, de muchas aspiraciones
truncadas con el correr de los años, y me acordé de lo sencillo
que hubiese sido si hubiese seguido el ejemplo de Pepe. Al menos en esa carta
que sintetizaba tantos años, lo pude hacer con el espíritu y
la inspiración de Pepe.
"Y que te voy a decir mi querido amor si por forzar
el destino logro comunicarme contigo?
Que te voy a decir a través del hilo invisible del teléfono?
Que te puedo decir que no te asuste o te complique tu vida.
No se. El momento vendrá y algo te diré, pero hoy te escribo
lo que quizás nunca te dije por temor, por cobardía o porque
simplemente no lo vi en ese momento.
Te quiero y te he querido siempre. No te he dejado de querer desde que nos
separamos hace casi veinte y seis años.
"
Y así seguía la carta siendo la pluma guiada
por los recuerdos de un hombre que a lo mejor no vivió muchos
años pero los vivió intensamente y a su manera;
especial, cálida y humana. Un oasis de vida en un mundo
que los tonos grises fueron siempre la característica
primaria. Un amigo, un padre y una referencia.
Fernando Aránguiz
Septiembre 21 de 1999.
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