|
El Dr. Pérez se bajó de su automóvil,
caminó los pocos metros que lo separaban del banco, se
metió las manos a los bolsillos para protegerse del frío
otoñal que se dejaba caer en la ciudad de Santiago y con
mucha confianza miró
el pequeño orificio en el lado izquierdo de la elegante
máquina. Era de noche y la oscuridad envolvía
gran parte del edificio. Solo un pequeño farol al lado
del cajero iluminaba las letras del logo del banco que en una
situación sin precedentes había instalado una nueva
generación de cajeros automáticos.
Ahí fue cuando notó que dos sombras estaban detrás
suyo y sin vacilar el Dr. Pérez dio media vuelta para enfrentar
a los sospechosos.
Efectivamente, dos hombres de mediana estatura, con gorros de
nieve y medias sobre la cara para ocultar sus verdaderas identidades
se aproximaron amenazantes. El de la derecha con una voz ronca
le dijo:
"Entréguenos toda la platita que puede sacar del cajero
Ya,
enseguida!"
"No tengo un peso
todavía no he sacado naa y no lo
pienso en hacer" respondió el doctor desafiante. Los rufianes
se miraron con algo que podría haber sido sorpresa o complicidad
y el de la voz ronca respondió
"Usted esta medio chifladito señor
le vamos a sacar
la cresta si no hace lo que le pedimos"
El doctor Pérez pensó que era una amenaza sin mucho
fundamento. Él se había preocupado de leer toda
la literatura relacionada a estos cajeros y bien sabía
que nadie, absolutamente nadie fuera de él mismo podría
retirar el dinero de su cuenta. No había tarjetas que robar,
ni documentos por falsificar. Todo estaba atentamente controlado,
vigilado y era a prueba de balas
"No, no lo voy a hacer
y aunque me peguen no conseguirán
nada", insistió el doctor, sabiendo que los ladrones modernos
no eran idiotas y estaban al tanto de la tecnología usada
y que era imposible obtener el dinero sin su participación.
Los enmascarados se miraron nuevamente, esta vez con complicidad
evidente y el que no había hablado hasta el momento, dijo
con una leve alteración en la voz
"Entonces nos va a obligar a ser bien malos
"
"Ya les dije, pueden ser lo malos que quieran, pero no obtendrán
absolutamente nada y además lo saben" siguió repitiendo
el doctor.
"Bueno, caballero, está bien equivocado. Y como no lo
quiere hacer por las buenas, no nos queda otra que hacerlo por
las malas", dijo el ronco. "Por la razón o por la fuerza",
dijo el otro.
"Uyyy
me muero de miedo!" dijo el doctor sarcásticamente.
"Aunque me maten no van a sacar un centavo de mi cuenta
",
continuó con una valentía que ni siquiera él
sabía que tenía. Después de todo, todavía
estaba fresca en su memoria la conversación con el gerente
general del banco dos días atrás y el doctor casi
pudo recitar de memoria las convincentes frases expresadas por
el gerente
"Esta maravilla tecnológica es a prueba de cualquier fraude
y no necesita de ningún documento, tarjeta o identificación
Más
aun, no hay límites diarios de lo que pueda sacar de su
cuenta, ya que está protegido por la calidad revolucionaria
de este nuevo invento"
Los ladrones se aproximaron al doctor y el de la izquierda sacó
un cuchillo que se lo colocó en la mitad de la frente,
justo entre los dos ojos.
"Ya, muévase
vamos al auto"
El doctor no opuso ninguna resistencia. Solo experimentó
rabia y maldijo entre dientes a sus captores.
Uno de ellos hizo partir el motor mientras el otro cerraba puertas
y ventanillas. El del cuchillo, todavía entre ceja y ceja,
encendió la radio a todo volumen. Tomó una cuerda
del bolsillo y le ató ambas manos al volante del automóvil.
Un grito de dolor no fue escuchado por nadie en el vecindario
y la sangre que salpicó el vidrio delantero no fue vista
por ningún transeúnte. El horror y la angustia no
fueron detectadas por alma alguna a esas horas de la noche, solo
el sonido metálico de la radio anunciando un nuevo producto
fue lo único que apenas se alcanzó a oír.
Los dos hombres se bajaron del auto y con un pañuelo ensangrentado
se dirigieron sin prisa alguna hacia el cajero automático.
La mano ensangrentada fue puesta enfrente del orificio, la maquina
hizo el ruido acostumbrado y abrió sus puertecillas metálicas
repletas de dinero. Todo el dinero acumulado por el doctor Pérez
en su cuenta pasó impunemente a las manos de dos desconocidos.
Uno de los hombres agarró uno de los panfletos de propaganda
adyacentes al cajero automático, envolvió el pañuelo
con el objeto adentro y lo tiró en la acera a la luz del
farol. Rápidamente los ladrones se dieron a la fuga y la
tenue luminosidad alumbró las letras cubiertas de sangre
que leían en cursiva y negrita:
"La nueva tecnología está aquí para
su seguridad y protección. No más códigos
secretos, no mas tarjetas que llevar, no más dolores de
cabeza por pérdidas u olvidos.
El nuevo invento revolucionario basado en el iris de su
ojo con sus líneas y colores, más distintivos que
una huella digital
"
Fernando Aránguiz,
Junio de 1999.
|