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Autor:

Fernando Aránguiz

Titulo:

Protección

 

El Dr. Pérez se bajó de su automóvil, caminó los pocos metros que lo separaban del banco, se metió las manos a los bolsillos para protegerse del frío otoñal que se dejaba caer en la ciudad de Santiago y con mucha confianza miró el pequeño orificio en el lado izquierdo de la elegante máquina. Era de noche y la oscuridad envolvía gran parte del edificio. Solo un pequeño farol al lado del cajero iluminaba las letras del logo del banco que en una situación sin precedentes había instalado una nueva generación de cajeros automáticos.

Ahí fue cuando notó que dos sombras estaban detrás suyo y sin vacilar el Dr. Pérez dio media vuelta para enfrentar a los sospechosos.

Efectivamente, dos hombres de mediana estatura, con gorros de nieve y medias sobre la cara para ocultar sus verdaderas identidades se aproximaron amenazantes. El de la derecha con una voz ronca le dijo:

"Entréguenos toda la platita que puede sacar del cajero…Ya, enseguida!"

"No tengo un peso…todavía no he sacado naa y no lo pienso en hacer" respondió el doctor desafiante. Los rufianes se miraron con algo que podría haber sido sorpresa o complicidad y el de la voz ronca respondió

 

"Usted esta medio chifladito señor…le vamos a sacar la cresta si no hace lo que le pedimos"

El doctor Pérez pensó que era una amenaza sin mucho fundamento. Él se había preocupado de leer toda la literatura relacionada a estos cajeros y bien sabía que nadie, absolutamente nadie fuera de él mismo podría retirar el dinero de su cuenta. No había tarjetas que robar, ni documentos por falsificar. Todo estaba atentamente controlado, vigilado y era a prueba de balas…

"No, no lo voy a hacer…y aunque me peguen no conseguirán nada", insistió el doctor, sabiendo que los ladrones modernos no eran idiotas y estaban al tanto de la tecnología usada y que era imposible obtener el dinero sin su participación.

Los enmascarados se miraron nuevamente, esta vez con complicidad evidente y el que no había hablado hasta el momento, dijo con una leve alteración en la voz

"Entonces nos va a obligar a ser bien malos…"

"Ya les dije, pueden ser lo malos que quieran, pero no obtendrán absolutamente nada y además lo saben" siguió repitiendo el doctor.

"Bueno, caballero, está bien equivocado. Y como no lo quiere hacer por las buenas, no nos queda otra que hacerlo por las malas", dijo el ronco. "Por la razón o por la fuerza", dijo el otro.

"Uyyy…me muero de miedo!" dijo el doctor sarcásticamente. "Aunque me maten no van a sacar un centavo de mi cuenta…", continuó con una valentía que ni siquiera él sabía que tenía. Después de todo, todavía estaba fresca en su memoria la conversación con el gerente general del banco dos días atrás y el doctor casi pudo recitar de memoria las convincentes frases expresadas por el gerente

"Esta maravilla tecnológica es a prueba de cualquier fraude y no necesita de ningún documento, tarjeta o identificación…Más aun, no hay límites diarios de lo que pueda sacar de su cuenta, ya que está protegido por la calidad revolucionaria de este nuevo invento"

Los ladrones se aproximaron al doctor y el de la izquierda sacó un cuchillo que se lo colocó en la mitad de la frente, justo entre los dos ojos.

"Ya, muévase…vamos al auto"

El doctor no opuso ninguna resistencia. Solo experimentó rabia y maldijo entre dientes a sus captores.

Uno de ellos hizo partir el motor mientras el otro cerraba puertas y ventanillas. El del cuchillo, todavía entre ceja y ceja, encendió la radio a todo volumen. Tomó una cuerda del bolsillo y le ató ambas manos al volante del automóvil.

Un grito de dolor no fue escuchado por nadie en el vecindario y la sangre que salpicó el vidrio delantero no fue vista por ningún transeúnte. El horror y la angustia no fueron detectadas por alma alguna a esas horas de la noche, solo el sonido metálico de la radio anunciando un nuevo producto fue lo único que apenas se alcanzó a oír.

Los dos hombres se bajaron del auto y con un pañuelo ensangrentado se dirigieron sin prisa alguna hacia el cajero automático. La mano ensangrentada fue puesta enfrente del orificio, la maquina hizo el ruido acostumbrado y abrió sus puertecillas metálicas repletas de dinero. Todo el dinero acumulado por el doctor Pérez en su cuenta pasó impunemente a las manos de dos desconocidos.

Uno de los hombres agarró uno de los panfletos de propaganda adyacentes al cajero automático, envolvió el pañuelo con el objeto adentro y lo tiró en la acera a la luz del farol. Rápidamente los ladrones se dieron a la fuga y la tenue luminosidad alumbró las letras cubiertas de sangre que leían en cursiva y negrita:

"La nueva tecnología está aquí para su seguridad y protección. No más códigos secretos, no mas tarjetas que llevar, no más dolores de cabeza por pérdidas u olvidos.

El nuevo invento revolucionario basado en el iris de su ojo con sus líneas y colores, más distintivos que una huella digital…"

 

 

Fernando Aránguiz,

Junio de 1999.

   
 
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