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"Lo sentimos mucho pero no nos queda otra. Hemos buscado todas las
alternativas posibles y solo podemos darle la ingrata noticia
de que a partir del lunes próximo Ud. No cuenta con su
trabajo. La empresa generosamente le ha concedido un mes de sueldo
adicional que será depositado convenientemente en su cuenta
corriente como habitualmente se ha hecho hasta ahora"
Ramón no escuchó las últimas frases o si
las escuchó no les prestó mucha atención.
Una araña colorada había tendido una tela desde
un rincón de la oficina del gerente hasta una punta del
escritorio gigantesco, tras el cual provenían los sonidos.
A la luz del mediodía de verano, la tela se iluminó
con un destello por un instante dejando ver todo el trabajo laborioso
de varios días. La tela se extendía varios metros
y con gran precisión la araña bajaba por un costado
directamente sobre la cabeza del gerente.
'La araña...', dijo Ramón sorprendiéndose
a si mismo de su propia distracción.
'Perdón', dijo el gerente '¿De qué está
hablando?'
'La araña...', señaló Ramón con el
dedo.
Instintivamente el gerente manoteó en el aire al mismo
tiempo que se agachaba, obviamente tratando inútilmente
de desprenderse con ese absurdo ritual de la tela que colgaba
desde el rincón.
Ramón sonrió para sus adentros al ver a ese hombre
pequeño, de cuello y corbata, con las gotas de sudor acumulándose
en la frente, manoteando en el aire al mismo tiempo que continuaba
su discurso ridículo sobre las dificultades de la empresa,
la necesidad de reducir el personal, y todo el resto que se lo
sabía de memoria.
La araña retrocedió hasta el rincón y se
quedó ahí inmóvil mientras el gerente la
seguía con la vista, ofuscado con su presencia y molesto
con la distracción.
'Decía, que apenas mejoren las condiciones, Ud., Ramón,
será el primero en volver a ser contratado'
El gerente se levantó, le tendió una mano blanda
y la reunión terminó.
Después de seis años de trabajo para la empresa
textil, Ramón estaba despedido en menos de cinco minutos.
Lentamente se dirigió a la puerta, la abrió, salió
hacia el pasillo y al cerrarla vio al gerente parado sobre la
silla del escritorio con un diario en la mano batiéndose
a duelo con la tela de araña.
Ramón no supo qué lo impulsó a hacerlo, pero
en vez de dejar la oficina calladamente, abrió la puerta,
entró hasta el escritorio y le dijo al gerente
'La araña se viene conmigo'
El hombre se detuvo en medio de sus aspavientos completamente
sorprendido. Con el diario en mano, parado sobre la silla, con
el sudor corriéndole por la cara y el cuello, el gerente
miró a Ramón, miró a la araña, volvió
a mirar a Ramón y preguntó apurado
'¿Está Ud. hablando en serio?'
'Si, la araña está a punto de ser despedida también,
así que se viene conmigo. Con permiso'
Y sin más explicaciones, Ramón se subió de
un salto al escritorio, sacó una caja de fósforos
que vació de sus contenidos sobre los papeles del gerente
que lo miraba totalmente aturdido. Con gran destreza capturó
a la araña y se la metió al bolsillo.
'Usted ha perdido el juicio, Ramón' dijo el gerente todavía
parado sobre la silla.
'No. Solo un trabajo esclavizante, señor gerente. Eso es
todo lo que he perdido' dijo Ramón mientras se bajaba del
escritorio.
' ¿Y que diablos va a hacer con una araña?. Usted
está sin duda teniendo un comportamiento muy extraño',
lo increpó el gerente apuntándole con el diario
enrollado con el cual había tratado de liquidar a la araña
y su tela.
Ramón lo miró y no pudo evitar una carcajada.
'Con todo respeto, señor gerente, es usted el que está
gritando parado sobre una silla en un rincón de su oficina'
Súbitamente el gerente cayó en cuenta del absurdo
de la situación pero al tratar de ganar su compostura,
perdió el equilibrio, la silla cedió y el hombrecillo
se vino al suelo con un golpe seco al golpearse la nuca con la
esquina del escritorio inmenso que no estaba en proporción
con el tamaño de su cuerpo.
Ramón se asomó por sobre el escritorio y ahí
estaba el hombre tendido boca arriba con los ojos en blanco sosteniendo
todavía el diario en su mano.
Ramón se alarmó y en cuatro saltos cubrió
la distancia del escritorio a la puerta. De un grito llamó
a la secretaria y en pocos segundos el gerente estaba rodeado
de gente que lo trataban de reanimar. Justo cuando alguien levantaba
el teléfono para llamar a una ambulancia, el gerente abrió
los ojos. En realidad, cerró los ojos y cuando los abrió
ya no estaban más en blanco y con la ayuda de la secretaria
se incorporó.
Miró a su alrededor sin entender nada de lo que pasaba
y preguntó
'¿Qué sucedió?.'
'¿Qué estoy haciendo en el suelo?'.
'No lo sabemos, señor gerente. Parece ser que se desmayó',
se apuró en responder la secretaria. Ramón no hizo
esfuerzo alguno en contradecirla.
El gerente se irguió completamente, se sentó en
la silla de la cual se había caído y no pudo recordar
nada. Alguien le trajo un vaso de agua que se la bebió
ávidamente y con uno de sus gestos acostumbrados le hizo
saber a todos los presentes que se retiraran de su oficina.
'Ya me siento mejor. Debe de haber sido el calor. Gracias y pueden
retirarse.', Dijo sin mucho convencimiento interno, tratando de
recordar algo que la memoria no fue capaz de rastrear.
Mientras el personal abandonaba la oficina y Ramón siendo
el último en irse, el gerente se paró, aclaró
su garganta y de repente se acordó de lo que tenía
que decir.
'Ramón, necesito conversar con Ud.'
Ramón se detuvo en sus pasos por segunda vez durante el
día exactamente en el mismo lugar y dijo con un aire de
inocencia
'¿Si, señor gerente?'
'Siéntese Ramón porque lo va a necesitar.'
Ramón obedeció pensando en varias formas de explicarle
al gerente que él no había sido el culpable del
accidente y que aceptaba el despido sin resentimientos. Pensó
en agradecerle al gerente por todo pero la idea fue más
contradictoria que el sentimiento de culpa, así que se
quedó callado esperando el aluvión.
'Este calor nos está achicharrando las neuronas pero por
suerte me acordé de lo que quería decirle. ¿Está
listo?'
Ramón asintió en silencio.
'Quiero comunicarle que ha sido promovido con un aumento de sueldo
a la sección Textiles. Yo sabía que algo se me había
olvidado, pero por suerte me acordé', repitió el
gerente y luego agregó.
'Mis sinceras felicitaciones por el trabajo hecho en estos dos
años'
Ramón se mordió la lengua para no corregir al gerente
y por segunda vez durante ese día la mano blanda del gerente
fue ofrecida y se dirigió una vez más a la puerta.
Justo antes de cerrar la puerta, sintió la caja de fósforos
en el bolsillo, se dio media vuelta y le dijo al gerente:
'Lo voy a pensar. El próximo lunes le aviso si acepto o
no..'
El gerente se quedó estupefacto sin entender nada y sin
poder decir nada tampoco, porque las palabras no pudieron salir
de su boca.
Esta vez Ramón salió del edificio a la calle y bajo
un árbol frondoso se sentó, sacó de su bolsillo
la caja de fósforos, la abrió y dejó que
la diminuta araña saliera de su prisión y de su
salvavidas.
Rápidamente la araña se posó en las hojas
del árbol mientras Ramón agradecido la contempló
con un cariño sin límites.
'Gracias por la libertad' se encontró diciendo para sus
adentros.
Y una voz tenue más internamente aún, contestó:
'Un poco oscura la caja, pero me salvó el pellejo... estamos
a mano'
La araña desapareció entre las hojas verdes del
verano.
Fernando Aránguiz
Portland, Agosto 5 del 2001
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