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Cada vez que llega una mascota a
casa las madres sabemos que finalmente nos haremos cargo de ella.
Tamara llegó un día con Tritón y Marina,
sus dos peces de colores. En una caja especial
había una cantidad considerable de productos para la alcalinidad
o acidez del agua, el cloro, el anticloro, el color y el anticolor...Sonreí
por la picardía del mercado al vendernos el veneno y el
antídoto para la misma causa, e inmediatamente me puse
en tema leyendo un montón de instrucciones sobre la alimentación
, la oxigenación y el cuidado de la pecera.
Tanto trámite, el primer tiempo fue un ritual riguroso
y delicado. Pero a poco de incorporar la mecánica del asunto,
cada vez la tarea se hizo menos lenta. Hasta que un día
en que me encontraba especialmente apurada, vertí el agua
dentro de la pecera con cierta brusquedad. Al ver arremolinarse
las piedras y plantas artificiales del fondo, inmediatamente caí
en cuenta que ese efecto sería como un maremoto para los
peces. Observé un momento si estaban bien y descubrí
una línea muy fina y corta en uno de los vidrios de la
pecera. Pasaba desapercibido realmente y aunque me prometí
ser más suave en lo sucesivo, me desinteresé del
asunto para ocuparme de temas más urgentes.
Pero la fuerza del agua silenciosamente siguió horadando
el vidrio.
Habrían pasado unos dos meses de aquel día, cuando
una noche me desperté sobresaltada por un ruido estruendoso
de agua. Entre sueños, supuse que habría quedado
una ventana abierta y estaría lloviendo a cántaros...dentro
de la casa. Apenas puse un pie sobre el piso, sentí el
frío del agua sobre mi piel. Salí de la habitación
y vi cómo por la escalera caía una furiosa catarata.
Pisando piedras y agua, llegué hasta la pecera donde Tritón
y Marina se esforzaban por no morir asfixiados. Había estallado
el vidrio de la pecera.
Me debatí un momento entre ocuparme de mi sueño
o rescatar a los peces, con todo el tiempo que ello me demandaría
y sin garantía de que sobrevivieran.
Como si algo en mí se revelara, sin vacilar busqué
un recipiente grande y lo llené con agua de la canilla.
Tomé a los dos peces con decisión y los ubiqué
en su interior. Finalmente, me ocupé de lograr el ph adecuado
para ellos, y les di su alimento.
Ya podía ir a la cama nuevamente, pero me quedé
observándolos nadar con energía como si supieran
que había algo digno de festejar.
Sonó el despertador y me sentí disgustada de haber
perdido la oportunidad de dormir un poco más...Y como si
fuera poco, tendría que limpiar los pisos de la casa.
Corrí la cortina, abrí la ventana y saludé
al día con la alegría de quien descubre un paisaje
nuevo. Acaricié al gato que dormitaba sobre el alero y
le dije:
-Qué te parece amigo?...No hay nada más importante
que hacer las cosas bien. Somos afortunados muchas veces de tener
otra oportunidad.
Tamara estaría feliz de que haya rescatado a sus mascotas
y postergar mi sueño no tuvo importancia si gracias a ello
pude ayudar a esas frágiles vidas.
Después de almorzar, al fin de cuentas, me desquitaría
con una buena siesta.
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