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Aún me
queda la esperanza,
que debo defender a brazo partido,
de
pesimistas e irónicos,
y guardar en un pliegue ventricular,
el secreto del futuro.
Debo recordar constantemente,
levantar mi mirada,
corriendo el riesgo de tropezar,
con trampas y celadas.
Lo
más ingrato es defender,
posesiones inexistentes
de ladrones encubiertos,
a los cuales inadvertidamente entrego
los
frutos de mi propio cálculo,
que ellos regularmente cobran,
con
altísimo interés.
También
debo cuidar la fe,
la que a veces abandono en lugares tristes,
adonde voy sin advertencia.
Debo cuidarme de los especuladores,
que no respetan mis descuidos,
le ponen precio a mis acciones,
y las transan sin pudor
en el mercado de valores.
Pero tampoco se trata de ser mal agradecido,
si
de vez en cuando no me dejarán
desnudo,
andaría por ahí justificando
la barbarie,
haciendo discursos,
aconsejando incautos,
colocando mi retrato en las repisas,
sin poder renacer de entre las cenizas
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