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Autor:

Joaquin Arduengo

Titulo:

El hombre que dormitaba

 
Me acerque a la ventana y miré hacia la calle, el hecho de vivir en un cuarto piso me privilegia en ocasiones el contemplar a quienes pasan por ella. El día estaba caluroso y el hecho de ser Martes a la 12.30 hrs. aún lo hacía más pesado. La gente se dirigía a los desconocidos lugares a hacer desconocidas diligencias y sobrevivencias que nos propone a diario la ciudad.
 
Al frente tengo una plaza
en donde juegan los niños,
con lugares olvidados,
que cuelgan de las estrellas,
y con otras historias,
escondidas en la tierra.
Siendo hora material,
la plaza estaba desierta.
 
Imaginé por un momento al hombre poderoso frente a su tablero de ajedrez existencial, peón cuatro alfil rey, y un obrero golpeaba su martillo hidráulico rompiendo el cemento, torre dama toma alfil, y las esperanzas de una legión de empleados desvanecidas en el absurdo. La prisa, y los rostros serios de los transeúntes, mezcladas con los bocinazos acentuaban el tedio de la repetición ridícula del Martes de la semana pasada. El tañido de la campana de la iglesia llamando sus feligreses hacía aún más patética la situación, hasta el sol fijo y poderoso había renunciado a iluminar a los seres humanos dejando caer sobre sus cabezas solo el calor de ese día de verano. Entonces fue cuando vi al hombre que dormitaba.
 
Extrañamente suspendido,
entre dos mundos,
el hombre que dormitaba en la plaza,
con su cabeza reclinada,
soñaba.
 
Una pareja detenida en la vereda hacía su ejercicio periódico de confrontación de culpas por lo hecho o por lo olvidado, lo hacían en voz baja, pero estas cosas siempre son evidentes para otros, así que en su secreta discusión hacían levantar las cabezas gachas y torcían en algunos el discurrir hacia sus propias cuentas personales.
 
Una sábana de sol abajo,
un cobertor de cielo azul arriba,
sobre el escaño fijo,
con inocencia absoluta,
con su cabeza reclinada,
navegando entre la brisa,
el hombre que dormitaba,
soñaba.
 
Me distrajo un pequeño viento que entrando por mi ventana, hizo visita desordenando el diario descuidado en el sillón. 300.000 víctimas de una guerra de geografía lejana, 30.000.000 de personas expulsadas y despojadas de sus pertenencias terrenales y espirituales. Jaque mate, nuevo juego. Miré con curiosidad la figura recostada entre mundos.
 
Soñaba en la primavera,
palomas alborotadas,
paseando entre las voces,
sobre el escaño fijo,
entre ruido de coches,
desde mi ventana abierta miraba,
al hombre que dormitaba.
 
Por la vereda abajo, la ira del tiempo, la confusión y la mentira de un loco, pasó rauda y borracha gesticulando y gritando groseras incoherencias y transformó divagaciones en sobresaltos.
 
Entre dos líneas verticales,
con presencia geométrica,
a través del columpio quieto,
en el marco de mi ventana,
yo esperaba que regresara,
de su viaje en tobogán,
al hombre que dormitaba.
 
Propongo que aparezca en la prensa, que se levante un monumento, que nos recuerde a los hombres que entre los juegos del poder, o la prisa del hacer, puede existir un escaño por donde no pasan los años que nos permita soñar como lo hacía el hombre que en la plaza dormitaba.


   
 
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