La Bisagra Inicio Entrada principal Sonido Letra Imagen Multi La Foto del dia Buscar en La Bisagra Contactar La Bisagra Enlaces

Autor:

Jose Edwards

Titulo:

Correo sentimental

 
 
Señor Rabindranath Mardones
Presente.

Estimado Profesor:

Conociendo su gran sabiduría, me permito solicitar su consejo en un asunto que es para mí de vida o muerte.

Estoy enamorada, Sr. Profesor, por primera vez en mi vida. Realmente enamorada. El objeto de mi amor es un joven soltero, sencillo, bueno y amante de su hogar, quien me ama, o al menos así me lo ha manifestado, en la misma forma que yo lo amo a él. Desgraciadamente, Sr. Profesor, el nuestro es un amor imposible

Soy enfermera titulada y fue precisamente ejercitando mi profesión como llegué a conocer al joven al que me refiero, ya que me correspondió atender a su madre, que había sufrido un fuerte ataque de lumbago.

Tanto él como yo trabajamos día y noche en aliviar esta dolencia durante varias semanas. El me ayudaba a preparar inyecciones, me untaba los algodones con alcohol o con yodo y me preparaba las vendas y las telas adhesivas. En esta forma llegamos a intimar profundamente y puedo asegurar que nunca he encontrado en un ser humano tanta comprensión y ternura. Esta intimidad me permitió constatar también en él, con gran asombro y tristeza, una anomalía, un defecto físico que es el que imposibilita nuestro amor.

Como el asunto es delicado y un tanto ... crudo, debo pedirle que no dé a la publicidad la presente carta.

Señor Profesor, le ruego que me perdone si en la descripción de este "fenómeno" uso algunos rodeos. Cuando tomé la lapicera para escribirle, todo me parecía muy fácil de explicar; pero ahora que he llegado al grano de la cuestión, francamente no sé muy bien como hacerlo.

Desde el principio noté algo extraño respecto a las relaciones de este joven con su madre: en efecto, no se separaba de ella por un solo momento y le cubría constantemente el estómago con una manta de Castilla con la cual se cubría también él.

Al principio lo atribuí todo a un exagerado amor filial y a un natural nerviosismo provocado por la enfermedad de la señora. Así y todo, había algo que carecía de sentido: su continua preocupación por abrigarle el vientre resultaba inexplicable ya que el departamento estaba quizás demasiado calefaccionado. Como el lumbago estaba localizado en la espalda, el asunto no me molestaba, sin dejar por eso de intrigarme. Cuando le pedía que me pasara algún objeto que estaba un poco retirado, lo hacía estirando la mano, pero sin separarse más de dos o tres pasos de su madre. Un día le encargué que fuera a comprar un medicamento a la farmacia y se resistió a hacerlo, cosa muy rara en él siempre tan comedido y dispuesto a ayudarme en todo... Le hice ver que necesitaba el remedio con urgencia y que, en ese momento, no podía salir porque estaba preparando una cataplasma que debía colocar enseguida en la espalda de su señora madre por prescripción médica.. Por toda respuesta, me pidió que le explicara cómo se hacía, ofreciéndose él mismo para aplicar la cataplasma mientras yo iba a comprar el medicamento.

En fin, éste y otros detalles sospechosos empezaron a excitar fuertemente mi curiosidad. Creo que yo lo amaba - aunque tal vez en forma inconsciente - lo cual explica que mi curiosidad fuera más intensa e imperiosa que aquella que es simplemente natural en toda mujer. Me propuse, costara lo que costara, descorrer el velo que ocultaba este misterio y una noche, mientras él y su madre dormían, removí sigilosamente la manta de Castilla que los cubría, desprendiendo un alfiler de gancho que la sujetaba al corpiño de la señora. Entonces pude verlo y comprenderlo todo.

Cristián (así se llamaba el hombre a quien adoro) estaba unido por el ombligo al vientre de su madre mediante un largo y grueso cordón umbilical semejante, aunque mucho más firme y desarrollado, al de una creatura a punto de nacer.

En ese mismo instante él abrió los ojos y, comprendiendo que había descubierto su secreto, rompió a llorar desconsoladamente.

Entonces comprendí con claridad mis propios sentimientos y la inmensa ternura que este joven me inspiraba. Puse mi mano sobre su cabeza, acariciando su fina y ondulada cabellera castaña y, sin poder resistirme, le confesé mi amor. Su anomalía física, lejos de desilusionarme, había acrecentado de un modo irresistible mi naciente pasión; así se lo dije y él me respondió, entre sollozos, que también me amaba. Luego, en voz muy baja, para no despertar a su madre, me contó los pormenores de su tristísima historia.

Al nacer, el médico había aconsejado no cortar de inmediato el cordón y esperar algunos días. Aparentemente, la operación resultaba peligrosa para la vida del niño. Después de algunas semanas, una junta formada por las más destacadas autoridades del ramo dictaminó esperar varios meses o tal vez un año. Se trataba, según el unánime diagnóstico, de una Umbilicosis Vascular aguda (caso único en la historia de la obstetricia), que condicionaba la ruptura del cordón a la muerte instantánea de la creatura.

De este modo, Cristián fue bautizado, amamantado, aprendió a caminar e hizo sus primeras letras sin haber concluido, propiamente hablando, el proceso de su nacimiento. Poco después su padre murió y desde entonces la viuda se dedicó por entero a educar y formar a este hijo tan suyo, del cual no había podido ni siquiera materialmente desprenderse.

Cristián nunca pudo ir al Liceo como otros niños, ni estudiar una profesión. Su único esparcimiento consistía en leer en voz alta o ir al cine con su madre, ambos tapados con un chal. Por supuesto, los dos seguían un régimen muy estricto de dieta y medicamentos y periódicamente consultaban al médico acerca de la posibilidad de operarse. La respuesta era siempre la misma: "Tengan un poco más de paciencia, ya han esperado lo más. Tal vez en uno o dos años, o posiblemente tres..."

Por fin, poco tiempo atrás, después de muchos y detenidos exámenes, el diagnóstico había resultado favorable: la ruptura del cordón umbilical ya no significaba ningún peligro para la vida o la salud de Cristián.

Con gran regocijo, se prepararon ambos para la ansiada operación. Por desgracia, estando ya en la clínica, sobrevino un inconveniente inesperado: el electro-cardiólogo dictaminó en el último momento que el corazón de la madre no estaba en condiciones de soportar la prueba. Tal vez su vida excesivamente dura, la constante angustia ocasionada por la desgracia de su hijo, habían contribuido a envejecerla prematuramente, debilitando o minando sus fuerzas.

-"Después de todo lo que ella había hecho por mí" - me dijo - "yo no tenía derecho a poner en peligro su vida. Si mi madre hubiera muerto a consecuencia de la operación, yo me habría considerado a mí mismo para siempre como un asesino y un matricida....todo debió quedar en nada."

Por último, me suplicó llorando que lo olvidara.

-"Usted es joven y llena de atractivos... ¡cásese con un hombre sano que la haga feliz! ¡sea feliz!... me imploró. "Hágalo por mí, por nuestro amor de este momento...yo seré feliz sabiéndola feliz... ¡Olvídeme!"

Pero yo no puedo olvidarlo, señor Profesor. ¡Lo amo, lo amo, lo amo! ¿Qué puedo hacer?

Lo espero todo de su respuesta.

Suya,

Stella Maris.



***************
Señorita
Stella Maris
Presente.

Distinguida señorita:

He leído detenidamente su carta la cual, puedo asegurarle, no será publicada en el "Consultorio". La nuestra será, por decirlo así, una correspondencia estrictamente privada.

Su amigo tiene razón cuando le pide que se olvide de él. Con toda mi experiencia y, créamelo, mi muy sincera simpatía, no podría darle un mejor consejo.

El Amor, estimada señorita, es un bicho raro que nace (y también muere) en forma sorpresiva y misteriosa. Eso no quiere decir que no podamos poner algo de nuestra parte por encauzarlo, robustecerlo o ahogarlo, según aconsejen las circunstancias.

El suyo, como usted muy bien lo ha expresado, es un amor imposible. ¿Por qué usted, una mujer joven y llena de atractivos al decir de su desgraciado amigo, habría de elegir - entre todos los varones disponibles - al único tal vez en el mundo que padece de umbilicosis vascular aguda?

En mi experiencia, ninguna mujer normal puede soportar, sin caer en la histeria, la prueba de vivir más de dos o tres años bajo un mismo techo con su suegra. Pero el caso suyo, de hacer realidad sus descabellados proyectos, sería muchísimo peor: usted estaría obligada a dormir todas las noches con su suegra en la misma cama, y no por algún tiempo sino para toda la vida.

Entre usted y su marido no podría existir intimidad alguna. No podrían sostener conversaciones privadas de ninguna especie, salvo cuando su suegra estuviera durmiendo y, créamelo, siempre se arreglaría para despertar en el momento más inoportuno... Sus relaciones sexuales - permítame que hable con cierta crudeza - serían compartidas en cierto modo (a través del cordón umbilical) con su suegra: ella será no sólo un testigo ocular de sus noches de amor, lo cual ya resulta bastante insoportable, sino algo aún más íntimo, una especie de testigo sanguíneo. Participaría, aun sin quererlo, de las excitaciones físicas de su marido, compartiría el calor de sus besos, el fuego de sus caricias... ¿Puede imaginar una forma más odiosa e integral de control, de dominio sobre su entera vida conyugal, ejercitado por su suegra?

Apreciada señorita, reflexione. No dudo que sus sentimientos para con ese joven son limpios y rectos, pero...¿hasta qué punto no están movidos casi exclusivamente, por un impulso de piedad? El caso de este joven es ciertamente muy lamentable, pero usted no tiene derecho a sacrificar su vida por una conmiseración o simpatía de esta especie.

Distráigase, acepte invitaciones, practique deportes, frecuente la compañía de otros jóvenes debidamente separados de sus madres y, al cabo de poco tiempo, seguramente tendrá la oportunidad de apreciar el resultado de mis consejos.

Sé que, en las actuales circunstancias lo que le digo puede parecerle duro, pero no olvide que lo que está en juego es su vida y su felicidad.

Con un poco de esfuerzo, usted PUEDE y DEBE olvidarlo.

¡Valor!

Atentamente suyo,

Rabindranath Mardones.

********************
Señor
Rabindranath Mardones
Presente

Señor Profesor:

He recibido su carta y debo confesarle con entera franqueza que sus consejos me han producido una cierta desilusión. Comprendo y agradezco sus buenas intenciones, pero no puedo dejar de pensar que, a pesar de su reconocida sabiduría, usted ignora, en el fondo, lo que es el Amor. Sospecho que tal vez nunca ha estado enamorado de verdad.

Usted me pida que me distraiga, que busque la compañía de otros hombres, que trate de olvidarlo... Y bien, señor Profesor: eso es precisamente lo que NO quiero hacer.

Sé perfectamente que el Amor es frágil, que puede ser destruido o "ahogado", como usted dice, mediante un esfuerzo, pero ¿cómo pretende que me esfuerce yo misma en destruir mi más preciado tesoro?... Por el contrario, tiemblo al pensar que algún día Cristián pudiera serme indiferente; que este sublime, arrobador sentimiento que me embarga llegara a enfriarse en mi corazón. Por eso cuido de mi amor en lugar de combatirlo como usted me aconseja. ¡No quiero distraerme! ¡No deseo conocer otros hombres fuera del que amo, y no tengo ninguna intención de embrutecerme practicando deportes!

Cuando leí su carta me sentí muy sola; pensé que nadie en el mundo me comprendía. Pero después he reaccionado contra mi tristeza y me he propuesto hacer algo.

Como usted es, en este momento, mi único confidente, voy a exponerle mis planes. Aunque estemos totalmente en desacuerdo, necesito desahogarme con alguien. Sé que usted es un hombre bueno y comprensivo y, por tanto, no lo tomará a mal.

Ante todo, he determinado averiguar a fondo el aspecto clínico del problema. ¿Será efectivo que la operación es realmente impracticable? Debido a mi profesión no me resulta excesivamente difícil averiguarlo; por de pronto, ya he practicado algunos sondeos. El otro día tuve oportunidad de conversar algunas palabras con el Dr. X.X., eminente cardiólogo, quien me aseguró que los modernos medios de anestesia permitían practicar, sin peligro, cualquier tipo de intervención quirúrgica a personas delicadas del corazón.

Este dato me ha despertado un mundo de sospechas. ¿No será todo una especie de comedia?

Llego a pensar que mi "suegra" como usted la denomina, no sea en el fondo sino una mujer posesiva y dominante que no quiere soltar a su hijo, valiéndose astutamente de los médicos, a partir del día de su nacimiento, para impedir a toda costa la separación. Lo peor es que, a ratos, llego a comprenderla: si yo fuera la madre de una creatura tan adorable como Cristián, creo que me sentiría dichosa de tenerlo sujeto a mí, con un cordón umbilical, por toda la vida.

En fin, señor Profesor, espero que mi carta no le haya causado molestia; me apenaría mucho si fuera así.

Seguiré luchando e investigando y espero volver a escribirle.

Cariñosamente,

Stella Maris

********************

Señorita
Stella Maris
Presente.

Apreciada señorita:

La presente tiene por objeto primordial el de saldar con usted una deuda de cortesía. Aun cuando soy un hombre relativamente ocupado y muy distraído, no he llegado todavía al extremo de dejar sin contestación la carta de una dama.

La verdad es que, si no di respuesta de inmediato a su segunda carta, lo hice deliberadamente y siguiendo una especie de táctica. Comprendía que en ese momento estaba usted ofuscada y que mis consejos, al menos momentáneamente, no serían escuchados.

Confiaba firmemente, sin embargo, que andando el tiempo no tardarían en dar sus frutos y, a juzgar por su prolongado silencio, me permito suponer que estaba en la razón. Una experiencia de treinta años como consultor sentimental me ha enseñado que, cuando mis clientes no me escriben, es señal inequívoca de que han resuelto sus problemas.

En todo caso, acuso recibo de su simpática carta del 22 de Agosto antepasado, la cual, lejos de causarme alguna molestia como usted parecía suponer, avivó aún más mi afecto y simpatía epistolar por usted.

Esperando con cierta melancolía de viejo romántico incurable que no vuelva usted a necesitar ya de mis consejos, me reitero su atento y seguro servidor,

Rabindranath Mardones.

***********************

Señor
Rabindranath Mardones
Presente


Estimado señor Profesor:

Debo confesarle que su carta me ha producido cierta sorpresa y, para seguir siendo enteramente franca con usted, que también me ha hecho reír un poco. No de usted, ciertamente, sino de mí misma y tal vez ¿por qué no decirlo? De la Vida... ¡Han sucedido tantas cosas desde la última vez que le escribí!

Lamento desilusionarlo respecto al resultado de sus consejos. En cambio, me es grato confirmarle que está Ud. en la razón al suponer que mis problemas han sido resueltos casi definitivamente.

En este momento me encuentro en la pieza número 607, del sexto piso de la Clínica Bernardo O'Higgins, Sección Maternidad, bajo la atención y supervigilancia directa del Médico-Jefe, Director-Gerente y dueño del establecimiento, Doctor Israel Blumenstein, y tengo en mis brazos a mi pequeño hijo Cristián (no he querido que lleve otro nombre que el de su padre).

En fin, la historia es muy larga. Como aquí el tiempo me sobra, voy a escribirle contándole todo con lujo de detalles.

Confío como siempre, por supuesto, que considerará mi carta como absolutamente confidencial y privadísima. Sé positivamente - porque nunca he dudado de su caballerosidad - que todas las anteriores han sido debidamente destruidas; espero, sin embargo que ésta sea destruida de un modo especial, es decir, en pedacitos tan chicos que en ninguno de ellos pueda leerse una palabra completa.

Recuerdo que cuando le dirigí mi última carta estaba bastante desesperada: aunque no me lo reconocía a mí misma, temía haber perdido a Cristián para siempre.

La situación cambió radicalmente pocos días después, cuando misia Hécuba (la madre de mi bienamado), experimentó un nuevo y fortísimo ataque de lumbago. Fui a atenderla por segunda vez y esto nos permitió, a Cristián y a mí, reanudar más tierna y apasionadamente que nunca nuestro interrumpido coloquio.

Como los dolores de la señora eran excepcionalmente intensos, el médico le recetó una serie de calmantes y soporíferos, cuya dosis me permití aumentar (lo confieso sin rubor) en un diez y hasta un veinte por ciento. Era la única y tal vez la última oportunidad de mi vida, y no podía por ningún motivo dejarla pasar.

Mientras ella dormía profundamente, nosotros nos besábamos y acariciábamos con un apremio y un fuego desconocidos, a tal extremo, que llegábamos a sorprendernos el uno del otro.

Cristián parecía haber cambiado por completo: había abandonado toda reticencia y me cortejaba en forma abierta, audaz y pasional, a la manera de un héroe
o galán de cine. Tal vez había comprendido, como yo, que vivíamos un instante crucial en el cual sólo cabía decir "Sí" resueltamente al Amor y a la Dicha, o languidecer, por el resto de nuestros días, añorando lo que pudo ser y no fue... Posiblemente influía también la circunstancia de que estábamos a principios de Septiembre y, de la mañana a la noche, respirábamos a pleno pulmón el aire tibio y excitante de la Primavera.

En fin, señor Profesor; usted es un hombre de mundo y como tal comprenderá ciertas cosas sin que tenga necesidad de explicárselas.

Al cabo de dos o tres meses de tratamiento, la señora Hécuba sanó de su lumbago y yo, en cambio, empecé a enfermarme de un modo misterioso; sufría vahidos, mareos y hasta desmayos y, de vez en cuando, sentía que un pequeño ser desconocido golpeaba imperceptiblemente las paredes interiores de mi bajo vientre.

Un repentino pudor me impidió comunicar la noticia a Cristián de inmediato; tal vez temía o dudaba acerca de cuál sería su reacción. Por último, decidí posponer el asunto hasta después de mi partida. El tratamiento estaba a punto de terminarse; una vez que me hubiera ido le escribiría una carta informándolo de todo.

Mi plan no alcanzó a realizarse, sin embargo, porque en el momento de despedirme, doña Hécuba me detuvo bruscamente.

-"¿A dónde piensa ir?, preguntó.

-"A mi casa, por supuesto"...

-"Pero...¿tiene Ud. Una casa? Quiero decir, padre, madre y todo lo demás...

Le informé que era huérfana y vivía con una compañera de trabajo en un pequeño cuarto arrendado, en la calle Arauco.

-"¡Bien! No se moverá más de aquí", ordenó. "Yo misma haré traer sus pertenencias. No se imagine que vamos a abandonarla en el estado en que se encuentra."

Luego me mandó buscar un par de algodones y los embutió resueltamente en las orejas de Cristián. En seguida le rogó, en forma suave pero firme, que se tapara los ojos y diera vuelta la cara contra la pared.

-"Estas son cosas de mujeres", comentó. "Cosas que los hombres no tienen ninguna necesidad de oír".

Hablamos largamente como dos antiguas amigas, o como una hija con su madre. En verdad, misia Hécuba ha sido una verdadera madre para mí, en todo el sentido de la palabra: su férreo buen sentido y su acerada prudencia van aparejados en ella con una insospechable finura de sentimientos y con una exquisita sensibilidad. Es, desde todo punto de vista, lo que podríamos llamar una mujer extraordinaria.

Resumiendo, puedo asegurarle que, a partir de ese momento, no me ha faltado nada. Mi embarazo fue excepcionalmente plácido y feliz debido principalmente a las delicadísimas atenciones que me han prodigado sin reservas, tanto Cristián como su madre.

Llegado el momento fui conducida en una ambulancia de lujo a la mejor Clínica de la ciudad, en la cual me encuentro actualmente, rodeada de mimos y regalías de toda especie. Dos veces en el día, Cristián y doña Hécuba me visitan obsequiándome, con inalterable regularidad, pastillas de limón, chocolates rellenos e inmensos canastillos de flores. En cuanto al niño, tiene hasta el momento tres docenas de chupetes, once baberos bordados, diez cascabeles y ocho pelotas de goma.

Para terminar, no puedo dejar de hablarle de mi hijo.

Ya sé que para toda madre, su hijo es siempre un ser maravilloso; pero el caso mío es diferente, porque mi pequeño Cristián es maravilloso de verdad, y esto lo digo no solamente por ser yo la madre... Tiene el cabello ondulado y suave, de color castaño claro como su Papá, y sus ojos, dos verdaderos luceros, son de una tonalidad gris azulada. Es extraordinariamente inteligente y ya se ríe cuando lo miran, aunque sólo tiene tres semanas y media.

En cuanto a la ruptura del cordón, el Dr. Blumenstein ha aconsejado no practicarla por el momento. A su juicio, la umbilicosis puede transmitirse por herencia y, aun cuando los síntomas no se manifiestan con claridad, en su opinión es más prudente esperar.

Por mi parte la situación no me causa mayores molestias y casi me da un poco de pena pensar en el momento de la separación.

En fin, señor Profesor, pienso que mi carta va siendo ya demasiado larga; espero que no haya llegado hasta el extremo de aburrirlo. En todo caso, creo que será la última que le escriba, ya que me parece innecesario que continúe molestándose en darme recomendaciones y consejos. Lo dispenso de la caballeresca fórmula de contestarme.

Recordándole una vez más la necesidad de destruir estas páginas, le ruego que se olvide para siempre de

Stella Maris

***********************
Señorita
Stella Maris
Presente

Muy apreciada señorita:

Perdóneme que continúe dirigiéndome a usted de esta manera. La verdad es que, en su última carta, tal vez debido a la emoción y a un explicable impulso de contar muchas cosas a la vez, ha omitido informarme si ha contraído o no matrimonio.

No es ésta, sin embargo, la causa que me ha movido a escribirle una vez más, aun contrariando sus deseos.

Señorita (o Señora) Maris: durante mi larga vida he dado cientos y miles de consejos de la más variada índole y debo confesarle, entre nosotros, que no siempre - mejor dicho casi nunca - estos consejos han logrado convencerme plenamente a mí mismo. Por lo general, en el momento de formularlos, me asaltaban dudas, por demás penosas, acerca de su validez. ¿Qué es uno, después de todo, para escudriñar el insondable misterio del corazón humano?...

Por eso ahora que, por primera vez en mi vida estoy seguro, ABSOLUTAMENTE SEGURO de algo, no puedo ni debo dejar de expresarlo, aun a riesgo de parecer importuno.

Stella: ¡Sepárese a la brevedad posible de su hijo! ¡Hágase romper el cordón antes que sea demasiado tarde!

Usted parece confesar que los síntomas de umbilicosis no son claros. Si es así ¿qué espera? ¿qué teme?... Confíe un poco en el Destino, en la Providencia o, si prefiere que le hable como lo hacemos nosotros los hinduistas, ¡confíe en el Karma!

Al no tomarse una decisión rápida, el asunto se irá complicando cada vez más, y su hijo va a sufrir la misma tragedia de su padre, arrastrando una vida anormal y frustrada.

¡Hágalo señorita Maris, aunque sólo sea por él!

Este es el último y más enfático consejo de un amigo que la estima y besa con gran respeto sus pies,


Rabindranath Mardones.

*******************

Señor
Rabindranath Mardones
Presente


Muy Señor mío:

Creo que habíamos llegado a un acuerdo bien claro en el sentido de que no me escribiría Ud. más.

Reconociendo sus buenas intenciones, debo manifestarle que su carta me ha parecido poco oportuna e incluso un tanto insolente. En primer lugar le comunico de un modo oficial, aun cuando no sé por qué pueda interesarle, que Cristián (mi marido) y yo hemos contraído matrimonio ante Dios y ante la Ley. En cuanto a sus peregrinas opiniones acerca de una posible operación tendiente a separarme físicamente de mi hijo, sólo me cabe observarle, una vez más, su fundamental desconocimiento del alma humana y, en especial, del alma femenina.

¡Cómo se ve que Ud. no comprende, ni ha comprendido nunca, lo que es el corazón de una madre!... Me recomienda Ud. que arriesgue la vida de mi hijito en nombre de una mal entendida e hipotética libertad. ¿Libertad para qué?, quisiera preguntarle... ¿Para alejarse de su madre y caer tal vez en un hoyo, o ser arrollado por un automóvil?...¿Libertad para frecuentar, andando el tiempo, malas compañías, amigos viciosos o mujeres de mal vivir?

Por último, comete Ud. la suprema impertinencia de insultar a mi marido, calificándolo como ser frustrado y anormal...

Espero, señor Mardones, que en este momento estará Ud. arrepentido de haber emitido conceptos tan poco felices. Así quiero creerlo y, por tanto, prefiero cubrir con el velo del olvido su última carta y, en general, toda nuestra correspondencia.

Sin otro particular, se despide de Ud. atenta y definitivamente,

Estela M. De Papanikopópulos

(ex "Stella Maris").
 
 


   
 
pricipio de pagina
pagina anterior