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Autor:

Jose Edwards

Titulo:

Filantropía

 
Quiero dejar en claro que el presente artículo no tiene por objeto solicitar subscripciones para indigentes o moribundos, ni coronas para cadáveres. Bien sé, por otra parte, que tal empresa no resultaría en modo alguno difícil. El ser humano está siempre dispuesto a ayudar efectivamente a sus semejantes, a condición de que éstos estén debidamente muertos o a punto de morirse. Las obras de "caridad" más frecuentes consisten en obtener un hueco para el Hospital o un hueco para el Cementerio, y es sobradamente conocido el caso del pariente pobre u "oveja negra" a quién los miembros más pudientes de la familia han negado todo en vida (incluso el saludo) para después gastar sumas fabulosas en enterrarlo.
 
Si la Filantropía -o amor al hombre- es una virtud bastante rara, en cambio la Necrofilia -o amor a los cadáveres- constituye un sentimiento extraordinariamente común. Para constatarlo, basta con escuchar los tiernos y apasionados discursos que se dicen continuamente al borde de las tumbas, o leer los conceptuosos artículos que se publican diariamente en alabanza de los muertos.
 
Si toda esta avalancha de comprensión, de generoso e ilimitado cariño, se aplicara a los muertos mientras estuvieran vivos, el mundo se convertiría instantáneamente en un lugar idílico, muy semejante al Paraíso terrenal. Pero, desgraciadamente, no sucede así. Por una especie de inconcebible mezquindad o "perrería", se espera a que el sujeto esté bien muerto, sordo, insensible y bajo tierra, para revelar públicamente algo que tal vez lo hubiera hecho perfectamente feliz en este mundo, a saber: que era el mejor de todos, el más hábil y estimado; espejo de generaciones; fuente secreta de admiración para sus reticentes y poco comunicativas amistades.
 
La mayor melancolía que me producen los discursos fúnebres no la provoca el hecho de que el muerto esté muerto, sino la triste circunstancia de que no hubiera muerto un poco después...¡si al menos hubiera alcanzado a oír algo de lo que de él se estaba diciendo!... Estoy seguro de que, en la mayor parte de los casos, este sólo hecho auditivo bastaría para hacerle recuperar la salud: el muerto, o seudo-muerto, comprendería al poder asistir a su propio funeral, la magnitud de su importancia como miembro de la colectividad; el espantoso vacío que dejaría tras él si desapareciera, y todas estas consideraciones lo impulsarían (de ello estoy seguro) a recapacitar muy seriamente sobre su determinación de morirse.
 
El Proyecto que me propongo esbozar no está destinado, sin embargo, a suprimir a los muertos, sino a exaltar la vida de los vivos, estimulando el amor de unos hacia otros, o sea el ejercicio de una sana y bien entendida Filantropía. Se trata de un proyecto modesto, realizable, que no demanda gastos extraordinarios; un proyecto debidamente financiado, para hablar en términos parlamentarios.
 
La idea es muy simple, y consiste en anticipar toda esa conjunción de esfuerzos físicos, sentimentales y monetarios que hacen posible la realización de un entierro, refiriéndolos no ya al cadáver, sino al hombre en pleno uso de sus facultades. En otras palabras, se pretende utilizar todo este Océano de energías orientadas hacia la muerte, para crear con ellas algo más positivo y luminoso: una Institución nueva que podría denominarse "Sepelio Vital".
 
El Sepelio Vital podría conservar las formas exteriores establecidas, aunque impregnándolas de un simbolismo y de un espíritu revolucionario; los caballos ya no serían negros sino alazanes, bayos o, si fuera posible, verdes; la carroza iría pintada con colores festivos y excitantes y, al centro de ella, en contraposición al muerto escondido en su ataúd, se destacaría la figura vertical y triunfante del "VIVIENTE", descubierta a todas las miradas, exaltada sobre un trono, luciendo tal vez una corona de honor encima de la cabeza.
 
Los pañuelos moquillentos y humedecidos de lágrimas serían reemplazados por serpentinas; el antiguo silencio se trocaría en bullicio amable y espontáneo: pitos, cornetas y músicas de boca..... O, si se quiere ser más refinado, cuartetos de Mozart, o fugas y pasacaglias de Bach...
 
Este cortejo vitalista y eufórico no podría trasladarse, por cierto, a un Cementerio. Se requeriría la creación de parques especiales, o "anti-cementerios", fácilmente financiables, por lo demás, ya que -en vez de producir un área de desvalorización a su alrededor- valorizarían enormemente las propiedades circundantes, pudiendo costearse su formación con impuestos a la plusvalía.. En ellos, bajo frondosos árboles, se erigirían monumentos a los vivientes: bustos y estatuas de nuestros vecinos, amigos o asociados; de sus mujeres, de sus hijos, de sus tías y, en fin, de todo el mundo. La escultura monumental dejaría de constituir un odioso privilegio de los muertos, pasando a convertirse en un amable placer narcisista al alcance de todos.
 
El cortejo vital terminaría al pie del monumento u obelisco del héroe del día. Allí se depositarían las ofrendas florales, frente al festejado, quien pasaría a ocupar un lugar de honor, elevado sobre una tarima. Luego sus amigos, mirándolo a los ojos, empezarían a decirle todas esas cosas deliciosas que sólo se dice a los muertos: aguzarían su ingenio, rivalizando unos con otros en exponer lo más brillantemente posible sus virtudes, méritos o encantos; citarían sus frases más felices y sus más destacadas anécdotas.
Todo esto terminaría fatalmente en el "quita penas", práctica que podría pasar a denominarse "aumenta gozos", expurgándola de todo carácter negativo o sadomasoquista. Los celebrantes comerían y beberían hasta hartarse, en un paroxismo de Filantropía con mayúscula, o sea de un solemne, respetuoso y orgiástico amor al prójimo.
 
Creemos que el espíritu más duro y escéptico no dejaría de ablandarse con tales festejos; por las espaldas del férreo acaparador de azúcar o del prestamista sin entrañas subiría un suave calor, y sus ojos se empaparían de lágrimas generosas.
 
No dudamos que el festejado -o "Viviente"- quienquiera que fuese, finalizaría aquel día arrullado por un tierno y robusto sentimiento de amor a sus amigos y a todo el mundo.
 
Pensamos que la práctica continuada de este género de ceremonias conduciría, en último término, a producir un ambiente de benevolencia general; que la gente se vería impulsada a prestarse y devolverse dinero con redoblado vigor; que la maledicencia -tan en boga actualmente- iría siendo sustituida por la "benedicencia", práctica verbal infinitamente más interesante.
 
Y... En fin... ¿a qué seguir? Al ensayar este experimento se podría ganar mucho, sin perder en ningún caso nada, ya que el presente proyecto, como ha podido comprobarse, está financiado hasta la majadería.
 
Sólo me resta decir, como tantos inventores pospuestos, o jamás escuchados: "Queda lanzada la idea".

   
 
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