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Autor:

Jose Edwards

Titulo:

La varilla mágica

 

Al despertar, el señor Melo encontró una varilla mágica encima de su velador; era un pequeño cilindro de madera, cuidadosamente barnizado y, en uno de sus extremos, venía enrollado un folleto con instrucciones:- "Golpéese la punta más delgada contra cualquier objeto sólido en el momento de pedir algo - decía. Y luego agregaba, con letra más menuda:

"La petición puede hacerse mentalmente o -si se prefiere- de viva voz. Lo importante es formularla de un modo preciso: cualquier titubeo o indecisión podría traer consecuencias imprevisibles."

El señor Melo se vistió como todos los días y, antes de salir a la calle, golpeó suavemente la punta de la varilla contra el borde del velador, solicitando algo extremadamente preciso y claro: trescientos treinta y siete escudos. Era el precio exacto de una máquina aspiradora, fuertemente aspirada por su mujer. Los billetes aparecieron prontamente y el señor Melo los guardó con gran cuidado dentro de su cartera.

Luego, aquella misma tarde, al retirarse de su oficina, pasó a comprar el anhelado artefacto y haciéndolo empaquetar en papel de fantasía, se dirigió pausada y alegremente hacia su casa.

-"¡Hijita, mira lo que te he traído!", exclamó al abrir la puerta.

Pero su mujer parecía consternada....

 
-"¡Te he traído una 'Sindelen' de cuatro velocidades con bolsa de nylon y escobillas de plástico!"
 
La señora de Melo rompió a llorar.
 
- "No sabes lo que ha sucedido" -exclamó, entre sollozos- "¡se ha descompuesto el refrigerador!"
 
-"Eso puede ser subsanado" -aventuró el señor Melo.
 
-"¿Cómo?"
 
-"Llamando a la fábrica para que lo vengan a arreglar".
 
-"Recién ayer terminó el plazo de la garantía".
 
-"¡Mala suerte! En todo caso debemos arreglarlo; pagaremos lo que sea necesario."
 
-"¿Y con qué dinero?"...
Sin entrar en mayores explicaciones, el señor Melo tomó el teléfono y solicitó con urgencia un mecánico. Su esposa continuaba llorando sentada sobre un piso de la cocina.
 
Por último, después de una media hora particularmente tensa y angustiosa, el mecánico apareció. Era un sujeto voluminoso y taciturno, de aspecto desagradable.
 
-"Parece que se ha quemado el fusible" -sugirió el señor Melo. "O talvez ha fallado la válvula. También es posible que se haya descompuesto la unidad sellada en cuyo caso, por supuesto, no habria más remedio que cambiarla por una nueva..."
 
El mecánico no se dignó responder y, sacando de una caja que traía una serie de alicates, formones y martillos, empezó a golpear y desarmar el refrigerador de un modo violento y, alparecer, inútilmente bullicioso. La Señora de Melo continuaba llorando.
 
-"¿No podría usted tener más cuidado?"- observó tímidamente el señor Melo, al cabo de un rato, al ver como el descontrolado gigante descerrajaba la puerta del refrigerador a martillazos. Pero éste, fiel a su principo de no responder, siguió golpeando hasta derribar la puerta con gran estrépito, introduciéndose adentro del desventurado aparato y continuando con sus golpes, tirones y depredaciones.
 
Por fin, a fuerza de tanto martillar, se produjo un gran estallido y la casa quedó a oscuras.
 
-"¿Ve usted?" -exclamó el señor Melo- "¡Ha provocado un corto circuito!"
 
Por toda respuesta, el mecánico seguía forcejeando y rompiendo cosas. Lo único que se veía de él, en medio de la penumbra, era su inmenso trasero. Todo el resto de su persona estaba sumergido adentro del refrigerador, o de lo que quedaba del refrigerador.
 
-"¿Hasta cuando vas a tolerar esto?" -chilló de pronto la señora Melo, increpando ácidamente a su marido. -"¿Eres un hombre o eres menos que un hombre? ¿Vas a permitir que este troglodita destruya toda la casa? ¡Expúlsalo inmediatamente o no volveré a mirarte nunca más!"
 
-"Señor..." - balbuceó el señor Melo - "señor mecánico, será mejor que no siga trabajando. Si el asunto es tan difícil, nos compraremos un refrigerador nuevo..."
 
-"¡No lo trates de señor!" -rugió la señora Melo - "Este no es un señor, es un orangután...¡expúlsalo! ¡expúlsalo!...¡Dios mío! ¿Por qué me habré casado con un hombre desprovisto de fuerzas?"
 
Obligado por las circunstancias, el señor Melo recurrió nuevamente -muy a pesar suyo- a los servicios de su varilla mágica. Lo ideal para él habría sido usarla con gran discreción, una o dos veces al año a lo sumo, y con objetivos bien delimitados e importantes: un viaje a Europa, la adquisición de un automóvil, la reparación y ampliación de su casa....
 
Pidió tres cosas que le fueron concedidas inmediatamente. la primera fue la desaparición o volatilización del mecánico, la segunda la restauración de la luz eléctrica y la tercera el arreglo total e inmediato del refrigerador.
 
Terminado el proceso, se dirigió triunfalmente a su esposa.
 
-"¿Ves, querida? ¡Ya todo está en orden." Pero ésta continuaba llorando.
 
-"¿No te das cuenta?" -insistió - "El hombre ha desaparecido, la luz ha sido repuesta y el refrigerador funciona perfectamente. ¡Además tenemos una máquina aspiradora Sindelen!"
 
-"¡No me hables de aspiradoras!"
 
-"Pero yo creía que ambicionabas tener una...!!
 
-"Ahora no ambiciono nada. ¡Sólo deseo morirme!"
 
-"Pero, ¿por qué? ... ..Dime ¿por qué?
 
************
 
Luego de un desagradable y prolongadísimo silencio, el señor Melo descubrió por fin que todo el asunto estaba mal planteado. Lo que deseaba fundamentalmente no era ni una aspiradora, ni el arreglo del refrigerador, sino la felicidad de su esposa (y la suya propia).
 
Tomando pues la varilla mágica de su extremo más grueso, golpeó su punta contra la pared diciendo con voz pausada, pero firme:
 
-"Deseo que Eloísa sea cariñosa conmigo y que sea feliz, como lo era en los tiempos de nuestra luna de miel."
 
Automáticamente, como obedeciendo a un escondido mecanismo, la señora Melo se puso de pie y, con una expresión radiante y eufórica, se echó en brazos de su marido.
 
-"¡Abelardo!" exclamó. -"¡Perdóname!....Confieso que te he traicionado, nó con otros hombres, sino talvez con un concepto ideal y exagerado de la Higiene. Mi mente ha estado demasiado obsesionada con máquinas lavadoras y aspiradoras, insecticidas, jabones, detergentes, azulejos y muebles antisépticos para la cocina, y me he olvidado un poco de ti, de nosotros, de nuestro amor... Mi corazón estaba demasiado ocupado, casi lleno, de un odio mortal a los insectos, a las manchas y a los residuos de alimentos consumidos. Confieso que todo esto tenía quizá un origen freudiano ...acaso representaba un inconsciente rechazo de ti, mi idolatrado Abelardo...o al menos de una parte de tu ser. Odiaba talvez, sin reconocerlo, tus bigotes demasiado hirsutos, tu olor a tabaco y tu costumbre de roncar por las noches encima de mi oído y todo esto lo personificaba en los insectos en las manchas y en el desorden doméstico...pero mi complejo ya está superado. Ahora te amo de un modo integral, exactamente como eres y, por amor a ti, he llegado a amar también un poco la impulcritud. ¡Contigo basuras y telarañas!"
 
Y, al decir esto, le estampó un ruidoso beso en la boca.
 
-"La aspiradora ya no me interesa tanto por ella misma" - agregó- "sino más bien como un símbolo sentimental; como un imperecedero recuerdo de la delicada intención que tuviste al regalármela. Perdona lo que te dije, sin proponérmelo, acerca de ese horrible mecánico... a propósito...¿dónde está?"
 
El señor Melo se retiró un poco, apartándose discretamente de su esposa y al mirarla pudo constatar, con un regocijo mezclado de espanto, que había empezado a rejuvenecer. Su melena grisácea había vuelto a ser castaña y sus arrugas habían desaparecido. Observó, sorprendido, que había adelgazado súbitamente, que su cintura se había comprimido y sus senos fláccidos lucían ahora pequeños y firmes como cuando estaban de novios.
 
Eloísa era una nueva (o antigua) mujer, resucitada de las brumas del pasado, que lo contemplaba con una mirada fresca, optimista y plena de ternura. Por último, profirió una palabra semi olvidada y maravillosa:
 
-"¡Pichón!"-exclamó- "¡Pichón mío, ven a mis brazos!"
 
A pesar de su incontenible felicidad, el primer impulso de don Abelardo Melo fue el de huir. Todo aquello le parecía demasiado rápido, o demasiado fácil, para su temperamento cauteloso y reposado. Necesitaba demorar las cosas. "masticar" su dicha y digerirla pausadamente. Acaso intuía de una manera oscura que un Paraíso tragado a la fuerza, como un purgante, no era propiamente un Paraíso
 
Por otra parte, temía engañarse. ¿No sería después de todo, víctima de un sueño o de una alucinación?
 
Apresuradamente y dando tropezones, golpeó por sexta vez su varilla mágica, tocando con ella el respaldo de una silla:„; por desgracia, en el instante mismo de hacerlo, se enredó y perdió el equilibrio, de tal modo que su última petición fue formulada en el suelo.
 
-" Deseo que todo se detenga", suplicó tendido sobre la alfombra- "Necesito tranquilidad y reposo y tiempo para pensar."
 
Esta demanda expresaba un anhelo muy antiguo de nuestro personaje : desde niño había experimentado la sensación inquietante de que todo sucedía demasiado a prisa a su alrededor, dejándolo como al margen del tiempo y las cosas. Todos hablaban y se movían sin descanso, impidiéndole reflexionar o tomar decisiones; los días sucedían a las noches, con el ritmo vertiginoso de un "carrusel" y él mismo había envejecido sin saberlo, llenándose de canas y arrugas, cuando en el fondo de su corazón seguía siendo un escolar o un lactante.
 
A los sesenta y tres años, don Abelardo Melo seguía identificado con un muchacho lejanísimo que alguna vez, sentado en medio de un patio, había soñado con detener al mundo, convirtiendo en juguetes inmóviles a los pájaros y a las nubes, a los primos, los tíos y los hermanos, al Papá y a la Mamá.
 
********
 
Luego de pronunciar las palabras cabalísticas, se incorporó lentamente, constatando con asombro que Eloísa había quedado inmovilizada como una estatua, en una actitud seductoramente conyugal: sus brazos continuaban abiertos, en un gesto de expectación y su rejuvenecida boca, pletórica de dientes naturales, continuaba sonriendo, y sus ojos cargados de ternura enfocaban sin pestañear el lugar exacto donde él mismo había estado algunos segundos atrás.
 
Tímidamente se acercó a ella, sin tocarla, girando a su alrededor como el visitante de un Museo que observa desde distintos ángulos una escultura famosa, contemplando de paso el espectáculo nunca visto de una mosca suspendida milagrosamente en medio del aire, sin avanzar ni retroceder.
 
Nada parecía moverse ni emitir sonidos dentro del pequeño recinto: las maderas habían dejado de crujir, el refrigerador ya no emitía su ligerísimo ruido apenas audible y las cortinas habían dejado de moverse, como si el viento mismo o el más tenue desplazamiento del aire hubiera quedado suspendido.
 
Obedeciendo un incontenible impulso de mover algo, el señor Melo descorrió las cortinas y abrió la ventana.
 
La calle estaba casi a oscuras, apenas iluminada por la débil luz de un farol. Pero podían distinguirse las siluetas de cinco personas absolutamente inmóviles: un policía gordo y hierático como una momia, una anciana señora detenida en el instante de doblar la esquina, dos sujetos con los brazos en alto -suspendidos o eternizados en el acto de discutir- y un lejano ciclista extravagantemente equilibrado sobre su bicicleta, que parecía estar clavada en el pavimento.
 
Más lejos habrían también otras calles y otras ciudades, llenas también de transeúntes petrificados, y todas las casa del mundo estarían pobladas de hombres, mujeres y niños inertes y silenciosos como muñecos de trapo. En los campos y en las montañas, los árboles habrían dejado de crecer y los animales habrían interrumpido su carrera o su sueño. El mar estaría a la vez erizado y quieto, con las olas en alto y su espuma suspendida en el aire, y todos los astros, estrellas y planetas habrían dejado d avanzar, girar o retroceder.
 
Luego de considerar esto brevemente, el señor Melo cerró cuidadosamente la ventana, cerrando las cortinas con gran meticulosidad y procedió a sentarse en su sillón favorito, acariciando la varilla mágica con los dedos.
 
Sabía que el Universo le estaba sometido. Que podía alterarlo según su capricho, o dejarlo como estaba, quieto e inmutable como un museo o un estanque hasta el fin de los tiempos; o que -si así lo deseara- los "tiempos" no tendrían fin.
 
La Inmortalidad, la Dicha y la Juventud eternas eran simples bagatelas que podía obener en una fracción de segundo mediante el sencillísimo procedimiento de solicitarlas, golpeando su varilla contra algún objeto duro. Podría conquistar y poseer las más bellas mujeres del mundo, despertando a una tras otra de su sueño, y levitar hasta las regiones más altas y sublimes del Cosmos; o penetrar, empequeñecióndose, hasta las últimas profundidades de lo microscópico, para después regresar a su hogar, como si nada hubiera ocurrido, reviviendo a Eloísa y reiniciando la doméstica rutina de todos los días.
 
Sabía que nada podia impedirle saborear hasta hartarse los más delicados alimentos o beber ilimitadamente los más exquisitos vinos y licores, sin que estos excesos le produjeran el más insignificante malestar físico. Que podía reinar sobre los hombres o vengarse en forma sangrienta de sus enemigos: el Jefe de su Departamento que lo había amonestado una o dos veces por llegar tarde a la oficina o aquel amigo importante que le había negado distraídamente el saludo en la calle. El señor Melo podría ahora torturarlos, arrancándole los testículos, cortándoles la lengua o vaciándoles los ojos. O simplemente aterrorizarlos, obligándolos a arrodillarse a sus pies para luego perdonarlos magnánimamente.
 
Podía pasearse por las calles y avenidas, pinchando a los Guardias con un alfiler o quitándoles la gorra. Podía robarse los automóviles, asaltar Bancos y arrasar con los Emporios, las sastrerías y los depósitos de licores, llevándose todo para su casa, la cual podía ser ampliada y embellecida, sin necesidad de operarios, hasta transformarse en un Palacio; o destruir en un instante todas las demás, convirtiendo la ciudad en una vasta y deliciosa pradera.
 
 
*****
 
Paradójicamente, sin embargo, su omnipotencia parecía reducirlo, cada vez en forma más aguda, a un estado semejante a la parálisis. Eran tantas las cosas que podía hacer, que no existía ninguna razón para empezar o decidirse primero por ninguna de ellas, situación que amenazaba con inmovilizarlo junto al resto del Universo.
 
Finalmente, después de transcurridos algunos minutos o algunos siglos, dilema imnposible de resolver de una manera exacta ya que -como todo lo demás- su reloj había dejado de moverse, don Abelardo empezó a sentir una angustia mortal que atravesaba y recorría por igual su espíritu y su cuerpo, especie de vértigo al revés, provocado no por la lejanía sino por la proximidad infernal de cuanto lo rodeaba: todo lo imaginable, y aun lo inimaginable, parecía estar al alcance de su mano y el mundo se
había vuelto pequeño, tan pequeño como él mismo.
 
Don Abelardo Melo comprendió de golpe que estaba solo y abandonado, como el único sobreviviente de una hecatombe provocada por sus propios deseos espantosamente liberados y que, en cierto modo terrible, había reemplazado o suplantado a la Divinidad.
 
Y entonces volvió a desear algo, con una fuerza tan gigantesca y desesperada que logró levantar su brazo y golpeando furiosamente la varilla mágica contra el borde del sillón, balbuceó con voz estrangulada:
 
-"¡No quiero ser Todopoderoso! ¡Quiero volver a ser débil, insignificante y sometido a otros!...No quiero el Poder ni la Felicidad.. Quiero que todo vuelva a estar como antes : ¡que todas mis órdenes sean revocadas!"
 
El golpe fue tan violento que la varilla mágica se partió en pedazos que cayeron rodando por el suelo.
*****
Inmediatamente, la mosca salió volando y zumbando alrededor de la pieza, las cortinas se hincharon con el viento y las maderas comenzaron, una vez más, a rechinar. Eloísa abandonó su posición estatuaria, desplomándose, envejecida, sobre una silla.
 
-"¿Sientes frío, querida?"
 
En el instante de formularla, don Abelardo comprendió que su pregunta estaba de más. Eloísa sentía frío ciertamente, como todas las noches del año, a la misma hora, exceptuando en la época de pleno verano. Corrió pues a buscar un chal con el cual acostumbraba abrigarla y le cubrió el vientre y las piernas.
 
A lo lejos, a través de los vidrios y las cortinas, sintió el lejano ruido de una sirena, que parecía indicar que todas las cosas del mundo habían vuelto a moverse y funcionar. Seguramente el Policía se había desperezado, la vieja señora había seguido su camino, los hombres habían proseguido su discusión y el ciclista había continuado su interrumpida y apresurada carrera. Y más lejos, los hombres, las mujeres y los niños habían retornado a sus actividades; los árboles habían comenzado una vez más a crecer y los animales a dormir o moverse. El mar había vuelto a lanzar sus olas contra la playa y los astros giraban nuevamente unos en torno a otros.
 
Adentro del pequeño recinto familiar, el refrigerador aparecía descompuesto como al principio de la velada, y la máquina aspiradora había desaparecido.
 
Don Abelardo fue a buscar leña y papeles y encendió diligentemente la chimenea; luego para incrementar el pequeño incendio doméstico, arrojó al fuego los despedazados restos de la varilla mágica, convirtiéndolos en cenizas.
 
Una vez que lo logró, sintió impulsos de formular a Eloísa una serie de nuevas preguntas, pero descubrió al instante que todas ellas eran también ociosas : (¿Ha disminuido el frío?...¿Cómo sigue tu sinusitis?...¿Te sientes mejor o peor?...¿Quieres que te lleve la plancha del dientes al lavatorio?....¿Me amas todavía?) Incluso sintió deseos de tocarle cariñosamente la espalda, peró dominó su impulso y caminando en puntillas hasta su dormitorio, se desvistió, introduciéndose en las profundidades de su cama.
 
******
 
Al día siguiente, volvió a encontrar una nueva y reluciente varilla mágica encima de su velador, acompañada de un nuevo folleto de instrucciones que decía exactamente lo mismo:
 
-"Golpéese la punta más delgada contra cualquier objeto sólido en el momento de pedir algo" Y luego, con letra más menuda:
 
"La petición puede hacerse mentalmente o, si se prefiere, de viva voz. Lo importante es formularla de un modo preciso : cualquier titubeo o indecisión podría traer consecuencias imprevisibles".
 
 


   
 
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