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Al despertar, el señor Melo encontró una varilla
mágica encima de su velador; era un pequeño cilindro
de madera, cuidadosamente barnizado y, en uno de sus extremos,
venía enrollado un folleto con instrucciones:- "Golpéese
la punta más delgada contra cualquier objeto sólido
en el momento de pedir algo - decía. Y luego agregaba,
con letra más menuda:
"La petición puede hacerse mentalmente o -si se prefiere-
de viva voz. Lo importante es formularla de un modo preciso:
cualquier titubeo o indecisión podría traer consecuencias
imprevisibles."
El señor Melo se vistió como todos los días
y, antes de salir a la calle, golpeó suavemente la punta
de la varilla contra el borde del velador, solicitando algo
extremadamente preciso y claro: trescientos treinta y siete
escudos. Era el precio exacto de una máquina aspiradora,
fuertemente aspirada por su mujer. Los billetes aparecieron
prontamente y el señor Melo los guardó con gran
cuidado dentro de su cartera.
Luego, aquella misma tarde, al retirarse
de su oficina, pasó a
comprar el anhelado artefacto y haciéndolo empaquetar
en papel de fantasía, se dirigió pausada y alegremente
hacia su casa.
-"¡Hijita, mira lo que te he traído!", exclamó al
abrir la puerta.
Pero su mujer parecía consternada....
-
- -"¡Te he traído una 'Sindelen' de cuatro velocidades
con bolsa de nylon y escobillas de plástico!"
-
- La señora de Melo rompió a llorar.
-
- - "No sabes lo que ha sucedido" -exclamó, entre sollozos- "¡se
ha descompuesto el refrigerador!"
-
- -"Eso puede ser subsanado" -aventuró el señor
Melo.
-
- -"¿Cómo?"
-
- -"Llamando a la fábrica para que lo vengan a arreglar".
-
- -"Recién ayer terminó el plazo de la garantía".
-
- -"¡Mala suerte! En todo caso debemos arreglarlo; pagaremos
lo que sea necesario."
-
- -"¿Y con qué dinero?"...
- Sin entrar en mayores explicaciones, el señor Melo
tomó el teléfono y solicitó con urgencia
un mecánico. Su esposa continuaba llorando sentada sobre
un piso de la cocina.
-
- Por último, después de una media hora particularmente
tensa y angustiosa, el mecánico apareció. Era
un sujeto voluminoso y taciturno, de aspecto desagradable.
-
- -"Parece que se ha quemado el fusible" -sugirió el
señor Melo. "O talvez ha fallado la válvula.
También es posible que se haya descompuesto la unidad
sellada en cuyo caso, por supuesto, no habria más remedio
que cambiarla por una nueva..."
-
- El mecánico no se dignó responder y, sacando
de una caja que traía una serie de alicates, formones
y martillos, empezó a golpear y desarmar el refrigerador
de un modo violento y, alparecer, inútilmente bullicioso.
La Señora de Melo continuaba llorando.
-
- -"¿No podría usted tener más cuidado?"-
observó tímidamente el señor Melo, al
cabo de un rato, al ver como el descontrolado gigante descerrajaba
la puerta del refrigerador a martillazos. Pero éste,
fiel a su principo de no responder, siguió golpeando
hasta derribar la puerta con gran estrépito, introduciéndose
adentro del desventurado aparato y continuando con sus golpes,
tirones y depredaciones.
-
- Por fin, a fuerza de tanto martillar, se produjo un gran
estallido y la casa quedó a oscuras.
-
- -"¿Ve usted?" -exclamó el señor Melo- "¡Ha
provocado un corto circuito!"
-
- Por toda respuesta, el mecánico seguía forcejeando
y rompiendo cosas. Lo único que se veía de él,
en medio de la penumbra, era su inmenso trasero. Todo el resto
de su persona estaba sumergido adentro del refrigerador, o
de lo que quedaba del refrigerador.
-
- -"¿Hasta cuando vas a tolerar esto?" -chilló de
pronto la señora Melo, increpando ácidamente
a su marido. -"¿Eres un hombre o eres menos que un hombre? ¿Vas
a permitir que este troglodita destruya toda la casa? ¡Expúlsalo
inmediatamente o no volveré a mirarte nunca más!"
-
- -"Señor..." - balbuceó el señor Melo
- "señor mecánico, será mejor que no siga
trabajando. Si el asunto es tan difícil, nos compraremos
un refrigerador nuevo..."
-
- -"¡No lo trates de señor!" -rugió la señora
Melo - "Este no es un señor, es un orangután...¡expúlsalo! ¡expúlsalo!...¡Dios
mío! ¿Por qué me habré casado con
un hombre desprovisto de fuerzas?"
-
- Obligado por las circunstancias, el señor Melo recurrió nuevamente
-muy a pesar suyo- a los servicios de su varilla mágica.
Lo ideal para él habría sido usarla con gran
discreción, una o dos veces al año a lo sumo,
y con objetivos bien delimitados e importantes: un viaje a
Europa, la adquisición de un automóvil, la reparación
y ampliación de su casa....
-
- Pidió tres cosas que le fueron concedidas inmediatamente.
la primera fue la desaparición o volatilización
del mecánico, la segunda la restauración de la
luz eléctrica y la tercera el arreglo total e inmediato
del refrigerador.
-
- Terminado el proceso, se dirigió triunfalmente a
su esposa.
-
- -"¿Ves, querida? ¡Ya todo está en orden." Pero ésta
continuaba llorando.
-
- -"¿No te das cuenta?" -insistió - "El hombre
ha desaparecido, la luz ha sido repuesta y el refrigerador
funciona perfectamente. ¡Además tenemos una máquina
aspiradora Sindelen!"
-
- -"¡No me hables de aspiradoras!"
-
- -"Pero yo creía que ambicionabas tener una...!!
-
- -"Ahora no ambiciono nada. ¡Sólo deseo morirme!"
-
- -"Pero, ¿por qué? ... ..Dime ¿por qué?
-
- ************
-
- Luego de un desagradable y prolongadísimo silencio,
el señor Melo descubrió por fin que todo el asunto
estaba mal planteado. Lo que deseaba fundamentalmente no era
ni una aspiradora, ni el arreglo del refrigerador, sino la
felicidad de su esposa (y la suya propia).
-
- Tomando pues la varilla mágica de su extremo más
grueso, golpeó su punta contra la pared diciendo con
voz pausada, pero firme:
-
- -"Deseo que Eloísa sea cariñosa conmigo y que
sea feliz, como lo era en los tiempos de nuestra luna de miel."
-
- Automáticamente, como obedeciendo a un escondido
mecanismo, la señora Melo se puso de pie y, con una
expresión radiante y eufórica, se echó en
brazos de su marido.
-
- -"¡Abelardo!" exclamó. -"¡Perdóname!....Confieso
que te he traicionado, nó con otros hombres, sino talvez
con un concepto ideal y exagerado de la Higiene. Mi mente ha
estado demasiado obsesionada con máquinas lavadoras
y aspiradoras, insecticidas, jabones, detergentes, azulejos
y muebles antisépticos para la cocina, y me he olvidado
un poco de ti, de nosotros, de nuestro amor... Mi corazón
estaba demasiado ocupado, casi lleno, de un odio mortal a los
insectos, a las manchas y a los residuos de alimentos consumidos.
Confieso que todo esto tenía quizá un origen
freudiano ...acaso representaba un inconsciente rechazo de
ti, mi idolatrado Abelardo...o al menos de una parte de tu
ser. Odiaba talvez, sin reconocerlo, tus bigotes demasiado
hirsutos, tu olor a tabaco y tu costumbre de roncar por las
noches encima de mi oído y todo esto lo personificaba
en los insectos en las manchas y en el desorden doméstico...pero
mi complejo ya está superado. Ahora te amo de un modo
integral, exactamente como eres y, por amor a ti, he llegado
a amar también un poco la impulcritud. ¡Contigo
basuras y telarañas!"
-
- Y, al decir esto, le estampó un ruidoso beso en la
boca.
-
- -"La aspiradora ya no me interesa tanto por ella misma" -
agregó- "sino más bien como un símbolo
sentimental; como un imperecedero recuerdo de la delicada intención
que tuviste al regalármela. Perdona lo que te dije,
sin proponérmelo, acerca de ese horrible mecánico...
a propósito...¿dónde está?"
-
- El señor Melo se retiró un poco, apartándose
discretamente de su esposa y al mirarla pudo constatar, con
un regocijo mezclado de espanto, que había empezado
a rejuvenecer. Su melena grisácea había vuelto
a ser castaña y sus arrugas habían desaparecido.
Observó, sorprendido, que había adelgazado súbitamente,
que su cintura se había comprimido y sus senos fláccidos
lucían ahora pequeños y firmes como cuando estaban
de novios.
-
- Eloísa era una nueva (o antigua) mujer, resucitada
de las brumas del pasado, que lo contemplaba con una mirada
fresca, optimista y plena de ternura. Por último, profirió una
palabra semi olvidada y maravillosa:
-
- -"¡Pichón!"-exclamó- "¡Pichón
mío, ven a mis brazos!"
-
- A pesar de su incontenible felicidad, el primer impulso
de don Abelardo Melo fue el de huir. Todo aquello le parecía
demasiado rápido, o demasiado fácil, para su
temperamento cauteloso y reposado. Necesitaba demorar las cosas. "masticar" su
dicha y digerirla pausadamente. Acaso intuía de una
manera oscura que un Paraíso tragado a la fuerza, como
un purgante, no era propiamente un Paraíso
-
- Por otra parte, temía engañarse. ¿No
sería después de todo, víctima de un sueño
o de una alucinación?
-
- Apresuradamente y dando tropezones, golpeó por sexta
vez su varilla mágica, tocando con ella el respaldo
de una silla:; por desgracia, en el instante mismo de
hacerlo, se enredó y perdió el equilibrio, de
tal modo que su última petición fue formulada
en el suelo.
-
- -" Deseo que todo se detenga", suplicó tendido sobre
la alfombra- "Necesito tranquilidad y reposo y tiempo para
pensar."
-
- Esta demanda expresaba un anhelo muy antiguo de nuestro
personaje : desde niño había experimentado la
sensación inquietante de que todo sucedía demasiado
a prisa a su alrededor, dejándolo como al margen del
tiempo y las cosas. Todos hablaban y se movían sin descanso,
impidiéndole reflexionar o tomar decisiones; los días
sucedían a las noches, con el ritmo vertiginoso de un "carrusel" y él
mismo había envejecido sin saberlo, llenándose
de canas y arrugas, cuando en el fondo de su corazón
seguía siendo un escolar o un lactante.
-
- A los sesenta y tres años, don Abelardo Melo seguía
identificado con un muchacho lejanísimo que alguna vez,
sentado en medio de un patio, había soñado con
detener al mundo, convirtiendo en juguetes inmóviles
a los pájaros y a las nubes, a los primos, los tíos
y los hermanos, al Papá y a la Mamá.
-
- ********
-
- Luego de pronunciar las palabras cabalísticas, se
incorporó lentamente, constatando con asombro que Eloísa
había quedado inmovilizada como una estatua, en una
actitud seductoramente conyugal: sus brazos continuaban abiertos,
en un gesto de expectación y su rejuvenecida boca, pletórica
de dientes naturales, continuaba sonriendo, y sus ojos cargados
de ternura enfocaban sin pestañear el lugar exacto donde él
mismo había estado algunos segundos atrás.
-
- Tímidamente se acercó a ella, sin tocarla,
girando a su alrededor como el visitante de un Museo que observa
desde distintos ángulos una escultura famosa, contemplando
de paso el espectáculo nunca visto de una mosca suspendida
milagrosamente en medio del aire, sin avanzar ni retroceder.
-
- Nada parecía moverse ni emitir sonidos dentro del
pequeño recinto: las maderas habían dejado de
crujir, el refrigerador ya no emitía su ligerísimo
ruido apenas audible y las cortinas habían dejado de
moverse, como si el viento mismo o el más tenue desplazamiento
del aire hubiera quedado suspendido.
-
- Obedeciendo un incontenible impulso de mover algo, el señor
Melo descorrió las cortinas y abrió la ventana.
-
- La calle estaba casi a oscuras, apenas iluminada por la
débil luz de un farol. Pero podían distinguirse
las siluetas de cinco personas absolutamente inmóviles:
un policía gordo y hierático como una momia,
una anciana señora detenida en el instante de doblar
la esquina, dos sujetos con los brazos en alto -suspendidos
o eternizados en el acto de discutir- y un lejano ciclista
extravagantemente equilibrado sobre su bicicleta, que parecía
estar clavada en el pavimento.
-
- Más lejos habrían también otras calles
y otras ciudades, llenas también de transeúntes
petrificados, y todas las casa del mundo estarían pobladas
de hombres, mujeres y niños inertes y silenciosos como
muñecos de trapo. En los campos y en las montañas,
los árboles habrían dejado de crecer y los animales
habrían interrumpido su carrera o su sueño. El
mar estaría a la vez erizado y quieto, con las olas
en alto y su espuma suspendida en el aire, y todos los astros,
estrellas y planetas habrían dejado d avanzar, girar
o retroceder.
-
- Luego de considerar esto brevemente, el señor Melo
cerró cuidadosamente la ventana, cerrando las cortinas
con gran meticulosidad y procedió a sentarse en su sillón
favorito, acariciando la varilla mágica con los dedos.
-
- Sabía que el Universo le estaba sometido. Que podía
alterarlo según su capricho, o dejarlo como estaba,
quieto e inmutable como un museo o un estanque hasta el fin
de los tiempos; o que -si así lo deseara- los "tiempos" no
tendrían fin.
-
- La Inmortalidad, la Dicha y la Juventud eternas eran simples
bagatelas que podía obener en una fracción de
segundo mediante el sencillísimo procedimiento de solicitarlas,
golpeando su varilla contra algún objeto duro. Podría
conquistar y poseer las más bellas mujeres del mundo,
despertando a una tras otra de su sueño, y levitar hasta
las regiones más altas y sublimes del Cosmos; o penetrar,
empequeñecióndose, hasta las últimas profundidades
de lo microscópico, para después regresar a su
hogar, como si nada hubiera ocurrido, reviviendo a Eloísa
y reiniciando la doméstica rutina de todos los días.
-
- Sabía que nada podia impedirle saborear hasta hartarse
los más delicados alimentos o beber ilimitadamente los
más exquisitos vinos y licores, sin que estos excesos
le produjeran el más insignificante malestar físico.
Que podía reinar sobre los hombres o vengarse en forma
sangrienta de sus enemigos: el Jefe de su Departamento que
lo había amonestado una o dos veces por llegar tarde
a la oficina o aquel amigo importante que le había negado
distraídamente el saludo en la calle. El señor
Melo podría ahora torturarlos, arrancándole los
testículos, cortándoles la lengua o vaciándoles
los ojos. O simplemente aterrorizarlos, obligándolos
a arrodillarse a sus pies para luego perdonarlos magnánimamente.
-
- Podía pasearse por las calles y avenidas, pinchando
a los Guardias con un alfiler o quitándoles la gorra.
Podía robarse los automóviles, asaltar Bancos
y arrasar con los Emporios, las sastrerías y los depósitos
de licores, llevándose todo para su casa, la cual podía
ser ampliada y embellecida, sin necesidad de operarios, hasta
transformarse en un Palacio; o destruir en un instante todas
las demás, convirtiendo la ciudad en una vasta y deliciosa
pradera.
-
-
- *****
-
- Paradójicamente, sin embargo, su omnipotencia parecía
reducirlo, cada vez en forma más aguda, a un estado
semejante a la parálisis. Eran tantas las cosas que
podía hacer, que no existía ninguna razón
para empezar o decidirse primero por ninguna de ellas, situación
que amenazaba con inmovilizarlo junto al resto del Universo.
-
- Finalmente, después de transcurridos algunos minutos
o algunos siglos, dilema imnposible de resolver de una manera
exacta ya que -como todo lo demás- su reloj había
dejado de moverse, don Abelardo empezó a sentir una
angustia mortal que atravesaba y recorría por igual
su espíritu y su cuerpo, especie de vértigo al
revés, provocado no por la lejanía sino por la
proximidad infernal de cuanto lo rodeaba: todo lo imaginable,
y aun lo inimaginable, parecía estar al alcance de su
mano y el mundo se
- había vuelto pequeño, tan pequeño como él
mismo.
-
- Don Abelardo Melo comprendió de golpe que estaba
solo y abandonado, como el único sobreviviente de una
hecatombe provocada por sus propios deseos espantosamente liberados
y que, en cierto modo terrible, había reemplazado o
suplantado a la Divinidad.
-
- Y entonces volvió a desear algo, con una fuerza tan
gigantesca y desesperada que logró levantar su brazo
y golpeando furiosamente la varilla mágica contra el
borde del sillón, balbuceó con voz estrangulada:
-
- -"¡No quiero ser Todopoderoso! ¡Quiero volver
a ser débil, insignificante y sometido a otros!...No
quiero el Poder ni la Felicidad.. Quiero que todo vuelva a
estar como antes : ¡que todas mis órdenes sean
revocadas!"
-
- El golpe fue tan violento que la varilla mágica se
partió en pedazos que cayeron rodando por el suelo.
- *****
- Inmediatamente, la mosca salió volando y zumbando
alrededor de la pieza, las cortinas se hincharon con el viento
y las maderas comenzaron, una vez más, a rechinar. Eloísa
abandonó su posición estatuaria, desplomándose,
envejecida, sobre una silla.
-
- -"¿Sientes frío, querida?"
-
- En el instante de formularla, don Abelardo comprendió que
su pregunta estaba de más. Eloísa sentía
frío ciertamente, como todas las noches del año,
a la misma hora, exceptuando en la época de pleno verano.
Corrió pues a buscar un chal con el cual acostumbraba
abrigarla y le cubrió el vientre y las piernas.
-
- A lo lejos, a través de los vidrios y las cortinas,
sintió el lejano ruido de una sirena, que parecía
indicar que todas las cosas del mundo habían vuelto
a moverse y funcionar. Seguramente el Policía se había
desperezado, la vieja señora había seguido su
camino, los hombres habían proseguido su discusión
y el ciclista había continuado su interrumpida y apresurada
carrera. Y más lejos, los hombres, las mujeres y los
niños habían retornado a sus actividades; los árboles
habían comenzado una vez más a crecer y los animales
a dormir o moverse. El mar había vuelto a lanzar sus
olas contra la playa y los astros giraban nuevamente unos en
torno a otros.
-
- Adentro del pequeño recinto familiar, el refrigerador
aparecía descompuesto como al principio de la velada,
y la máquina aspiradora había desaparecido.
-
- Don Abelardo fue a buscar leña y papeles y encendió diligentemente
la chimenea; luego para incrementar el pequeño incendio
doméstico, arrojó al fuego los despedazados restos
de la varilla mágica, convirtiéndolos en cenizas.
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- Una vez que lo logró, sintió impulsos de formular
a Eloísa una serie de nuevas preguntas, pero descubrió al
instante que todas ellas eran también ociosas : (¿Ha
disminuido el frío?...¿Cómo sigue tu sinusitis?...¿Te
sientes mejor o peor?...¿Quieres que te lleve la plancha
del dientes al lavatorio?....¿Me amas todavía?)
Incluso sintió deseos de tocarle cariñosamente
la espalda, peró dominó su impulso y caminando
en puntillas hasta su dormitorio, se desvistió, introduciéndose
en las profundidades de su cama.
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- ******
-
- Al día siguiente, volvió a encontrar una nueva
y reluciente varilla mágica encima de su velador, acompañada
de un nuevo folleto de instrucciones que decía exactamente
lo mismo:
-
- -"Golpéese la punta más delgada contra cualquier
objeto sólido en el momento de pedir algo" Y luego,
con letra más menuda:
-
- "La petición puede hacerse mentalmente o, si se prefiere,
de viva voz. Lo importante es formularla de un modo preciso
: cualquier titubeo o indecisión podría traer
consecuencias imprevisibles".
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