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Él dice que cuando despertó, pensó que
hoy moriría. La hora ha llegado, dice, porque los pájaros
lo anuncian; han llenado el peral desde temprano. Dice que
hay un peral en su casa, es un árbol inmenso, ahora
con pájaros negros como cuervos, de esos que ha visto
en alguna foto. Son aves de otras partes, dice, y sólo
vienen a anunciar su muerte. Estuvo toda la mañana transmitiendo
lo de los pájaros, sin que alguien se enterara, porque
vive solo desde hace años. Del lugar donde vive, le
gusta el jardín de hierbas desordenadas, y piensa que
lo va a echar de menos, si es que los muertos recuerdan algo. Él
duda. Dice que compró la casa, la quinta como la llamaban
antes, con la herencia que dejó su padre. Leyó el
periódico y jura que el aviso en la página de "Propiedades" anunciaba "casa
con mujer mirando en el balcón, vendo". Está seguro
de eso, y también cree que lo imagina porque nunca volvió a
encontrar un aviso tan extraño. Lo cierto es que caminó mucho
para llegar a la casa, porque en esa época aquellos
eran potreros fuera de la ciudad, y hoy está incluída
en el mismo centro. La casa era gris, descuidada. Tenía
el balcón, como recordaba el anuncio, pero no estaba
la mujer mirando. Sólo un letrero escrito con letras
inseguras: " se vende". Bajo el letrero había una dirección
a la que se dirigió para comprar la casa, aún
sin conocerla. Le atendió una mujer, vestida como salida
de una revista antigua. Era muy bella, joven, con el pelo tomado
como lo usaba su abuela. Él, dice, tiene la seguridad
que le da el orden y el ser metódico con todo, pero
aquella vez se descontroló. No sabía qué hacer
y mucho menos qué no hacer. Dice que prefiere no hablar
de aquella tarde y que, si muere, como cree que sucederá,
será lo único que no esté en el lugar
que corresponde. Aunque no quiere, vuelve al tema, y reconoce
que es la mujer más hermosa que ha visto nunca, ni antes,
cuando era muy joven, ni ahora, viejo de edad y parece que
de alma, cuenta. Una mujer como ninguna, de ojos vivaces, sinceros
y un cuerpo de diosa. No desea hablar de aquel día;
parece que no tiene más tema porque se queda en silencio.
Menciona que aquella mujer mató a todas las otras. Pese
a la corta conversación de negocios, de ahí en
adelante perdió interés en cualquiera. Recuerda
que estaban ante una ventana, sentados uno frente a otro, sin
que nada se interpuciese. Por eso recuerda el talle, la cintura,
los pechos. A pesar de estar vestida a la antigua y sólo
podía ver descubiertas sus manos y la cara. Asevera
que ella le contó una historia extraña, la historia
de la casa y de la familia. Recuerda también que por
la ventana se veía un árbol lleno de pájaros
oscuros como cuervos. Cosas terribles habían sucedido
en la quinta y lo ponía de sobreaviso. Qué cosas,
preguntó él. Ella sólo dijo que uno debía
tener cuidado con los lugares que habitaba: guardan sucesos
que se pegan a las paredes y pueden ser malas influencias.
Usted sabe, recuerda él que dijo ella. Así es,
contestó, sin saber a qué se refería.
Me he enamorado de usted, confesó como si las palabras
que salían de su boca fueran de otra boca, desde el
momento en que la vi. Es la casa, ella contestó con
una voz ronca que parecía de otras profundidades, tal
vez por eso quiero salvarle del bochorno de comprarla. No,
dijo él; deseo tener algo suyo, quiero estar unido a
usted. Ella le explicó que emprendería un largo
viaje, pensaba no volver jamás para olvidar la quinta
que la tenía atada al pasado y no la dejaba moverse.
Imposible, reclamó él, recién la conozco
y deseo seguir viéndola. Él dice que ella no
quiso prometer la vuelta, pero que tampoco negó la posibilidad
que se vieran. Aquello fue suficiente para que se trasladara
sin más demora. Dejó la casa familiar y fue acomodando
los muebles a las nuevas habitaciones. De la mujer no supo
más, parece, y elude la conversación en ese punto.
Sólo relata que las cosas nunca encajaron en la nueva
vivienda. La cómoda del dormitorio a veces parecía
pequeña o demasiado grande y molestaba al pasar; cuando
despertaba, la cama estaba inclinada con respecto a las paredes
en ángulos tan difíciles que no permitían
pensar en el cambio de posición debido a una mala pesadilla.
Trató de poner otros colores en las paredes en vez de
los lúgubres, pero siempre emergieron los primitivos.
Cuenta que nunca tuvo miedo por las cosas que sucedían,
sino más bien tedio. Se aisló de sus escasas
amistades y terminó recluído en la quinta. A
veces la desesperanza era tan profunda que no le alcanzaban
las fuerzas para levantarse del sitial que había heredado
de la antigua propietaria. Recuerda que un día hizo
acopio de todos sus deseos y con gran claridad mental decidió salir
a la calle. No alcanzó a dar un paso. Por el rabillo
del ojo observó el balcón y vio la silueta de
una mujer asomada en él. Corrió escaleras arriba.
Abrió la puerta con violencia. No había nadie,
las ventanas estaban cerradas como las había dejado.
Bajó con gran desaliento. Nunca se preguntó,
dice, por qué terminó recluído. Sólo
puede explicar el vaho mental que se fue apoderando de su cabeza.
En varias ocasiones la mujer se presentó en el balcón.
Siempre cuando estaba a punto de sucumbir en un sillón
del que creía que nunca se levantaría, o de una
silla mullida, o de una siesta en el tablón debajo del
parrón. Ella no mostraba el perfil, pero sí su
talle sugerente, escondido tras una gasa vaporosa. Ver su cara
se transformó en una obsesión. Conocer su pasado. ¿Estaba
muerta? ¿Dónde se escondía? ¿Que relación
tenía con la mujer amada? A veces pasaron años
sin que se presentara, él esperaba con paciencia. Recuerda
que llegó joven y ahora es un viejo. Su único
afán fue cruzar un par de impertinentes palabras con
ella. Enflaqueció y enfermó. Cree que estuvo
al borde de la muerte. Una vez, refiere, pasó muchos
días con fiebre. En medio de la enfermedad, le pareció que
ella se acercaba hasta su cama, lo observaba desde detrás
de un velo y luego se retiraba. Hasta que un día amaneció lúcido.
Al lado del lecho había papillas de fácil digestión,
brebajes cuya procedencia desconocía, comidas que no
sabría cómo preparar. La obstinación lo
hizo tocar límites peligrosos. Tendió trampas
por la casa, puso espejos que comunicaban cada rincón
de la mansión, tiestos con agua que harían dejar
huellas a quien se acercara, hilos finos que se romperían
si alguien traspasaba las entradas. Todo permanecía
intacto. Cada cierto tiempo la mujer reaparecía. Justo
cuando sus fuerzas llegaban al mínimo. Una vez, recuerda, él
mismo se vio al espejo. No era él, y sin embargo lo
era. Blanco y sucio, el pelo le crecía hasta los hombros.
La barba apenas dejaba ver los ojos pequeños y alocados,
perdidos en algún mundo. Las ropas raídas sobraban
sobre los huesos. ¡Había perdido la vida entera!
Era el precio de la obsesión y la locura. Cómo
una mujer en el pasado podía haberlo enamorado de tal
manera, y hasta qué punto ésta de ahora lo tenía
prisionero. Con las pocas fuerzas que le quedaban, cuenta,
renunció a ellas. No sabría más de enamoramientos
ni misterios. ¡Abandonaría de inmediato la quinta!
Eso dice que decidió hoy mismo por la mañana.
Todo habría resultado, si es que el peral no se llena
de cuervos, porque, asevera, es signo que la muerte le ronda.
Igual huyó con lo que tenía puesto. Atravesó el
jardín. Trató de abrir la enmohecida y desvencijada
puerta. Para suerte suya, pasaba un hombre que derribó la
hoja metálica. Dice que ha deambulado todo el día
tratando de dejar atrás su pasado. Caminaba sin rumbo
por la calle. Lo traje hasta mi casa, le he alimentado, no
sé qué hacer con él. Es imposible que
la quinta quede donde dice. Estaría a dos cuadras de
la Plaza Italia, donde hay edificios de veinte pisos. Le pido
que vengan rápido. Los árboles se están
llenando de pájaros negros como la noche, pájaros
que no conozco.
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Santiago, 13 de septiembre de 1999
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