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Autor:

Juan Chambeaux

Titulo:

Casa con mujer mirando en el balcón

 

Él dice que cuando despertó, pensó que hoy moriría. La hora ha llegado, dice, porque los pájaros lo anuncian; han llenado el peral desde temprano. Dice que hay un peral en su casa, es un árbol inmenso, ahora con pájaros negros como cuervos, de esos que ha visto en alguna foto. Son aves de otras partes, dice, y sólo vienen a anunciar su muerte. Estuvo toda la mañana transmitiendo lo de los pájaros, sin que alguien se enterara, porque vive solo desde hace años. Del lugar donde vive, le gusta el jardín de hierbas desordenadas, y piensa que lo va a echar de menos, si es que los muertos recuerdan algo. Él duda. Dice que compró la casa, la quinta como la llamaban antes, con la herencia que dejó su padre. Leyó el periódico y jura que el aviso en la página de "Propiedades" anunciaba "casa con mujer mirando en el balcón, vendo". Está seguro de eso, y también cree que lo imagina porque nunca volvió a encontrar un aviso tan extraño. Lo cierto es que caminó mucho para llegar a la casa, porque en esa época aquellos eran potreros fuera de la ciudad, y hoy está incluída en el mismo centro. La casa era gris, descuidada. Tenía el balcón, como recordaba el anuncio, pero no estaba la mujer mirando. Sólo un letrero escrito con letras inseguras: " se vende". Bajo el letrero había una dirección a la que se dirigió para comprar la casa, aún sin conocerla. Le atendió una mujer, vestida como salida de una revista antigua. Era muy bella, joven, con el pelo tomado como lo usaba su abuela. Él, dice, tiene la seguridad que le da el orden y el ser metódico con todo, pero aquella vez se descontroló. No sabía qué hacer y mucho menos qué no hacer. Dice que prefiere no hablar de aquella tarde y que, si muere, como cree que sucederá, será lo único que no esté en el lugar que corresponde. Aunque no quiere, vuelve al tema, y reconoce que es la mujer más hermosa que ha visto nunca, ni antes, cuando era muy joven, ni ahora, viejo de edad y parece que de alma, cuenta. Una mujer como ninguna, de ojos vivaces, sinceros y un cuerpo de diosa. No desea hablar de aquel día; parece que no tiene más tema porque se queda en silencio. Menciona que aquella mujer mató a todas las otras. Pese a la corta conversación de negocios, de ahí en adelante perdió interés en cualquiera. Recuerda que estaban ante una ventana, sentados uno frente a otro, sin que nada se interpuciese. Por eso recuerda el talle, la cintura, los pechos. A pesar de estar vestida a la antigua y sólo podía ver descubiertas sus manos y la cara. Asevera que ella le contó una historia extraña, la historia de la casa y de la familia. Recuerda también que por la ventana se veía un árbol lleno de pájaros oscuros como cuervos. Cosas terribles habían sucedido en la quinta y lo ponía de sobreaviso. Qué cosas, preguntó él. Ella sólo dijo que uno debía tener cuidado con los lugares que habitaba: guardan sucesos que se pegan a las paredes y pueden ser malas influencias. Usted sabe, recuerda él que dijo ella. Así es, contestó, sin saber a qué se refería. Me he enamorado de usted, confesó como si las palabras que salían de su boca fueran de otra boca, desde el momento en que la vi. Es la casa, ella contestó con una voz ronca que parecía de otras profundidades, tal vez por eso quiero salvarle del bochorno de comprarla. No, dijo él; deseo tener algo suyo, quiero estar unido a usted. Ella le explicó que emprendería un largo viaje, pensaba no volver jamás para olvidar la quinta que la tenía atada al pasado y no la dejaba moverse. Imposible, reclamó él, recién la conozco y deseo seguir viéndola. Él dice que ella no quiso prometer la vuelta, pero que tampoco negó la posibilidad que se vieran. Aquello fue suficiente para que se trasladara sin más demora. Dejó la casa familiar y fue acomodando los muebles a las nuevas habitaciones. De la mujer no supo más, parece, y elude la conversación en ese punto. Sólo relata que las cosas nunca encajaron en la nueva vivienda. La cómoda del dormitorio a veces parecía pequeña o demasiado grande y molestaba al pasar; cuando despertaba, la cama estaba inclinada con respecto a las paredes en ángulos tan difíciles que no permitían pensar en el cambio de posición debido a una mala pesadilla. Trató de poner otros colores en las paredes en vez de los lúgubres, pero siempre emergieron los primitivos. Cuenta que nunca tuvo miedo por las cosas que sucedían, sino más bien tedio. Se aisló de sus escasas amistades y terminó recluído en la quinta. A veces la desesperanza era tan profunda que no le alcanzaban las fuerzas para levantarse del sitial que había heredado de la antigua propietaria. Recuerda que un día hizo acopio de todos sus deseos y con gran claridad mental decidió salir a la calle. No alcanzó a dar un paso. Por el rabillo del ojo observó el balcón y vio la silueta de una mujer asomada en él. Corrió escaleras arriba. Abrió la puerta con violencia. No había nadie, las ventanas estaban cerradas como las había dejado. Bajó con gran desaliento. Nunca se preguntó, dice, por qué terminó recluído. Sólo puede explicar el vaho mental que se fue apoderando de su cabeza. En varias ocasiones la mujer se presentó en el balcón. Siempre cuando estaba a punto de sucumbir en un sillón del que creía que nunca se levantaría, o de una silla mullida, o de una siesta en el tablón debajo del parrón. Ella no mostraba el perfil, pero sí su talle sugerente, escondido tras una gasa vaporosa. Ver su cara se transformó en una obsesión. Conocer su pasado. ¿Estaba muerta? ¿Dónde se escondía? ¿Que relación tenía con la mujer amada? A veces pasaron años sin que se presentara, él esperaba con paciencia. Recuerda que llegó joven y ahora es un viejo. Su único afán fue cruzar un par de impertinentes palabras con ella. Enflaqueció y enfermó. Cree que estuvo al borde de la muerte. Una vez, refiere, pasó muchos días con fiebre. En medio de la enfermedad, le pareció que ella se acercaba hasta su cama, lo observaba desde detrás de un velo y luego se retiraba. Hasta que un día amaneció lúcido. Al lado del lecho había papillas de fácil digestión, brebajes cuya procedencia desconocía, comidas que no sabría cómo preparar. La obstinación lo hizo tocar límites peligrosos. Tendió trampas por la casa, puso espejos que comunicaban cada rincón de la mansión, tiestos con agua que harían dejar huellas a quien se acercara, hilos finos que se romperían si alguien traspasaba las entradas. Todo permanecía intacto. Cada cierto tiempo la mujer reaparecía. Justo cuando sus fuerzas llegaban al mínimo. Una vez, recuerda, él mismo se vio al espejo. No era él, y sin embargo lo era. Blanco y sucio, el pelo le crecía hasta los hombros. La barba apenas dejaba ver los ojos pequeños y alocados, perdidos en algún mundo. Las ropas raídas sobraban sobre los huesos. ¡Había perdido la vida entera! Era el precio de la obsesión y la locura. Cómo una mujer en el pasado podía haberlo enamorado de tal manera, y hasta qué punto ésta de ahora lo tenía prisionero. Con las pocas fuerzas que le quedaban, cuenta, renunció a ellas. No sabría más de enamoramientos ni misterios. ¡Abandonaría de inmediato la quinta! Eso dice que decidió hoy mismo por la mañana. Todo habría resultado, si es que el peral no se llena de cuervos, porque, asevera, es signo que la muerte le ronda. Igual huyó con lo que tenía puesto. Atravesó el jardín. Trató de abrir la enmohecida y desvencijada puerta. Para suerte suya, pasaba un hombre que derribó la hoja metálica. Dice que ha deambulado todo el día tratando de dejar atrás su pasado. Caminaba sin rumbo por la calle. Lo traje hasta mi casa, le he alimentado, no sé qué hacer con él. Es imposible que la quinta quede donde dice. Estaría a dos cuadras de la Plaza Italia, donde hay edificios de veinte pisos. Le pido que vengan rápido. Los árboles se están llenando de pájaros negros como la noche, pájaros que no conozco.

 

Santiago, 13 de septiembre de 1999



   
 
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