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Lu Dzu nació hijo de emperador. A los cinco años
murió su padre, recordado por todo el mundo como el
hombre más bueno en mucho tiempo. Un preceptor le dijo
que de entonces en adelante él era la persona más
importante del imperio. Nadie podía sustraerse a sus órdenes
y los súbditos serían sus ojos y oídos
y a través de ellos conocería las noticias hasta
de los lugares más lejanos del reino.
- ¿Me obedecerán?
- Así es, mi señor -había dicho el preceptor
al diminuto emperador que se dormía en las ceremonias.
- ¿En todo?
- En todo.
A esa edad, en esa circunstancia, a un día de ser
el dueño del imperio, comenzaron las dudas de Lu. Porque
lo que para su instructor era "todo"para él no existía.
El "todo" del anciano eran las leyes del imperio, el estado
de las guerras con los vecinos, el acopio de los granos por
si tocaba un invierno crudo, el tributo del pueblo en tiempo
de las cosechas. Para el pequeño emperador "todo" era
la gente que vivía en palacio y tal vez los trabajadores
del segundo y tercer patio. Pero más que nada "todo" eran
sus compañeros de juego, que desde ese mismo día
le hacían reverencias cada vez que lo veían.
Su amigo
más cercano era Teng. Tenía doce años,
siete más que Lu Dzu, y él lo consideraba un
pequeño sabio.
- Ahora eres el emperador y me inclino
ante ti.
- ¿Tú también haras lo que mande?
- Así es.
- - Si te digo que me acerques la pelota, esa que se va con
el viento.
- - Correré más rápido que el aire y la
traeré.
- - ¿En qué piensas?
- - En que tengo hambre y aún falta mucho para comer.
- - Deseo que por tu cabeza sólo pase el recuerdo de
las mariposas.
- - Bien, emperador.
- Al día siguiente, apenas volvieron a verse, Lu preguntó:
- - ¿En qué piensas?
- - En las largas colas de las cometas cuando se elevan.
- - Pero te ordené que sólo te ocuparas de las
mariposas.
- - He tratado, emperador, pero no puedo parar los pensamientos
porque son libres. Van y vienen a su antojo.
- - Mi tutor ha dicho que la felicidad y la libertad del pueblo
está en cumplir mis deseos - dijo muy enojado, y sin
entender que su mejor amigo no pudiera llevar a cabo lo que
todos los habitantes del país debían hacer.
- - Entonces el viento es más libre que la libertad,
y mi pensamiento es como el viento - dijo reflexivamente Teng.
- El emperador guardó silencio. Por la tarde pidió a
su madre que nunca más invitara a Teng.
- - ¿Por qué?
- - Los emperadores debemos ser obedecidos - dijo sin mayor
explicación.
- Cuando llegó a la mayoría de edad era una persona
taciturna y desconfiada. Si el amigo de la infancia no le había
obedecido, cualquiera podía sustraerse a su mandato.
En el fondo sospechaba que nunca podría encontrar a
quien le fuera verdaderamente fiel. En los días en que
su poder se extendió por todo el imperio, mandó que
sus generales del Poniente atacaran a los vecinos, con quienes
en verdad el país tenía buenas relaciones.
- - ¿Cuál es la razón, emperador? - preguntaron
los consejeros.
- - No necesito dar razones.
- Y los ejércitos que partieron desfilaron ante el emperador
que estaba desesperado porque veía que cada soldado
se iba para cumplir las órdenes, pero sus cabezas permanecían
con sus esposas, con las amantes, con el recuerdo de los padres
que a lo mejor verían por última vez.
- Dos años duró la guerra, y Lu creyó que
habrían bastado seis meses para acabar con el enemigo.
Los generales volvieron victoriosos, los soldados venían
contentos, la ciudad se volcó a las calles para recibirlos.
- Furioso, el emperador citó a los jefes:
- - ¡Cómo sé que han vencido! ¡A lo
mejor ni siquiera hubo guerra y tratan de engañarme!
- Los generales estaban desconcertados. Nunca habían
dudado de su palabra, y quien los enjuiciaba era el propio
emperador. Ya que no contaban con su confianza renunciaron
y salieron del palacio como ciudadanos corrientes, cuando en
la ciudad recién empezaban las celebraciones.
- Lu Dzu mandó construir un palacio en el interior de
la provincia. Para poder llegar había que pasar múltiples
barreras, cumplir cientos de requisitos, de tal manera que
sólo sus ministros iban una vez al año para preguntarle
cómo debían gobernar. Él ni siquiera los
recibía directamente, sino que los escuchaba detrás
de un velo rojo que colgaba del techo de la gran sala imperial,
a diez metros de altura. Sin asunto, a veces mandaba que un
ministro dejara el cargo como había hecho con los militares,
y muchas hasta ordenó la ejecución de alguno
sin siquiera conocerlo o saber de qué manera había
gobernado.
- Pero a pesar de la distancia, encontraba que aún estaba
muy visible, demasiado expuesto a aquellos que lo celebraban
como emperador sin obedecerle realmente. Por eso decidió hacer
una nueva construcción, más lejos y más
segura.
- - El pensamiento es inasible - le decía el tutor que
ahora estaba muy anciano. - Te has transformado en un ser solitario,
sanguinario, cruel. Lo digo ahora y mil veces.
- Ordenó que su preceptor no pudiera entrar más
a los lugares en que él se encontraba. Entonces el viejo
se paraba en la ventana y, en la medida que daban sus fuerzas,
le gritaba que había emperadores buenos y malos, que
a los buenos los pueblos los adoraban y a él lo odiaban
y le temían.
- El tutor murió de indignación un día
cualquiera y el emperador se llenó de pavor. En cuanto
lo enterraron y él mandó construír el
cuarto palacio, más alejado de todos. Para llegar había
que cabalgar una semana. A veces, hasta los correos se perdían.
- Los ministros que se habían quedado en la ciudad,
no consultaron más al emperador. Era tanto el enredo
de las órdenes que daba y las que dejaba de dar, que
a veces enviaba mensajeros a la ciudad con instrucciones precisas,
pero después llegaba otro a los pocos días con
las contrarias, y no se sabía si los secretarios las
habían interpretado mal a propósito, o era que
el emperador había entrado en esa zona oscura de la
mente en donde las ideas se enredan. Una vez mandó matar
a todos los niños menores de tres años, pero
nadie hizo caso porque esperaban la noticia, que llegó un
mes después, diciendo que a todos los menores de cinco
se les deberían repartir golosinas y ropas por cuenta
del estado, porque el emperador estaba de cumpleaños.
- Con el tiempo, en las ciudades circuló la noticia
de que había construído un quinto, luego un sexto
y muchos años después un séptimo palacio,
pero ya entonces el pueblo sabía que el emperador era
un ser terrible, pero tan lejano que su voz ya no se escuchaba.
La gente repetía que la alegría y la libertad
de un pueblo estaban en cumplir los deseos del emperador, y
por eso eran muy desgraciados porque no sabían cuáles
eran sus anhelos.
- No estaba viejo aún cuando en una noche el pelo se
le puso blanco. Fue después de cenar en la soledad,
a la luz de tenues velas que amenazaban apagarse con el viento
de la tormenta que entraba por el encuentro de las hojas de
las puertas y los marcos, por las ventanas, por lugares secretos.
Sería una noche de viento y nieve; oscura. Los elementos
hablarían. Lu Dzu se debatía en la duda si los
cocineros tal vez querrían envenenarlo, y también
sospechaba de aquel que le traía los manjares. Su cabeza
urdía la posibilidad de mandar a matarlos a todos, porque
sus cercanos eran sólo traidores que esperaban un error
suyo para caerle encima. Debía exterminarlos y traer
sirvientes de otro país, de algún lugar que estuviera
a meses y ojalá años de distancia, que hablaran
diversos idiomas, que no tuvieran la posibilidad de escapar
ni de coludirse entre ellos.
- Cuando tenía la certeza que también aquella
vez le sería imposible dormir, una ráfaga de
viento apagó todas las luces y no quedó sonido
alguno en el palacio. Lu permaneció clavado en la silla.
Creyó que alguien se acercaba, preguntó
- - ¿Eres tú, sirviente?
- Pero nadie contestó. Los ojos desorbitados trataban
de encontrar alguna luz que diera referencia en aquella negrura
tan espesa. Nuevamente escuchó algo, tal vez paños
que se frotaban entre sí, a lo mejor las cortinas, quizás
pasos. Le pareció sentir la voz del amigo de la infancia.
- - Teng, ¿estás ahí, Teng?
- Teng, el de la figura flaca y larga, el que de niño
parecía sabio, le susurró: Ningún emperador
es más grande que la amistad. ¿Escuchó eso
o lo imaginó? Una hoja metálica cayó en
el suelo a lo lejos.¿O fue la tapa de una olla? Tal vez
un ejército se acercaba, miles de botas de militares
sobre la gravilla. Pareció ver al general de la tenue
barba, aquel que había mandado matar por su inoperancia
en la guerra. "Los míos murieron en tu nombre, se brindaron
por una causa estúpida y hasta yo obedecí entregando
mi cabeza". ¿Era un duro reproche o una ráfaga
de aire helado? Después aparecieron fugazmente los ojos
de los cien niños de la aldea que se había sublevado
por el hambre, que nunca más podrían jugar. Y
la mujer que lo desafió en el mercado, y el cocinero
que murió porque un cuchillo se le resbaló hasta
el suelo, y muchos más que repitieron en coro, cuando
el viento se desató abriendo ventanas y puertas: "Ni
aún así has sido nuestro dueño. Podrías
podrías haber tenido hasta nuestros pensamientos agradecidos
si te hubieras preocupado más de nosotros que de tus
fantasmas. Nunca hemos muerto de verdad, y ahora venimos a
exigirte lo que obligaste: tu libertad y la nuestra".
- Dicen que aquella noche fue memorable porque nevó y
luego llovió, hubo vientos huracanados y también
tranquilidad en la estepa. Los caballos se encabritaron, de
los aposentos del emperador salían llantos que desgarraron
la noche. Por la mañana los sirvientes encontraron a
un anciano en los salones reales. Quedaron extrañados
porque un desconocido no podía llegar a esas lejanías
sin ser advertido. Pero se veía tan poca cosa que lo
echaron al jardín y le dijeron:
- - Pasa por la cocina, recibe algún alimento para tu
viaje y huye, que si el emperador se entera, sin duda, te mandará matar.
- - ¿Tan malo es? - preguntó el viejo.
- - Peor de lo que puedas imaginar. A su paso sólo queda
dolor y podredumbre. Pero vete. Ojalá seas capaz de
llegar a un poblado donde te asistan antes que mueras de hambre
y frío.
- El anciano esperó la llegada del correo escondido
en recovecos del palacio que nadie conocía. Se enteró de
su propia desaparición y sufrió con la alegría
que esto provocaba. Lo llamaron, buscaron en la construcción,
se fueron a los campos vecinos pidiendo datos de su paradero:
pasaron los días sin que se tuvieran noticias de él.
Al final la gente de palacio organizó una fiesta que
duró muchas noches en que se emborracharon, saquearon
las bodegas y se felicitaban que hubiera desaparecido el peor
hombre del mundo. Cuando estaba por partir el correo, el viejo
se presentó para que lo llevaran. Nadie puso resistencia.
- Así fue como el anciano de triste y humilde figura
fue desandando los siete palacios. En todos ellos se relataban
leyendas oscurísimas de él, y en alguno incluso
se prohibía contar su vida, salvo la niñez cuando
el padre, a quienes llamaban el gran emperador, vivía.
Los hombres que le llevaron le habían dicho:
- - Hemos jurado que nadie sabrá el secreto de la desaparición
del emperador, porque un nuevo gobernante puede, incluso, ser
peor que éste. Lo haremos eterno; nunca morirá.
A ti te llevaremos para no cometer la misma torpeza de él
y tener que exterminarte, pero desmentiremos la historia de
su muerte y te perseguiremos si la escuchamos por ahí.
- - No te preocupes, buen hombre. Mientras viva afirmaré que
Lu Dzu existe.
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