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Autor:

Juan Chambeaux

Titulo:

El hombre que no mintió

 

Lu Dzu nació hijo de emperador. A los cinco años murió su padre, recordado por todo el mundo como el hombre más bueno en mucho tiempo. Un preceptor le dijo que de entonces en adelante él era la persona más importante del imperio. Nadie podía sustraerse a sus órdenes y los súbditos serían sus ojos y oídos y a través de ellos conocería las noticias hasta de los lugares más lejanos del reino.
- ¿Me obedecerán?

- Así es, mi señor -había dicho el preceptor al diminuto emperador que se dormía en las ceremonias.

- ¿En todo?

- En todo.

A esa edad, en esa circunstancia, a un día de ser el dueño del imperio, comenzaron las dudas de Lu. Porque lo que para su instructor era "todo"para él no existía. El "todo" del anciano eran las leyes del imperio, el estado de las guerras con los vecinos, el acopio de los granos por si tocaba un invierno crudo, el tributo del pueblo en tiempo de las cosechas. Para el pequeño emperador "todo" era la gente que vivía en palacio y tal vez los trabajadores del segundo y tercer patio. Pero más que nada "todo" eran sus compañeros de juego, que desde ese mismo día le hacían reverencias cada vez que lo veían.

Su amigo más cercano era Teng. Tenía doce años, siete más que Lu Dzu, y él lo consideraba un pequeño sabio.
- Ahora eres el emperador y me inclino ante ti.
- ¿Tú también haras lo que mande?
- Así es.

- Si te digo que me acerques la pelota, esa que se va con el viento.
- Correré más rápido que el aire y la traeré.
- ¿En qué piensas?
- En que tengo hambre y aún falta mucho para comer.
- Deseo que por tu cabeza sólo pase el recuerdo de las mariposas.
- Bien, emperador.
Al día siguiente, apenas volvieron a verse, Lu preguntó:
- ¿En qué piensas?
- En las largas colas de las cometas cuando se elevan.
- Pero te ordené que sólo te ocuparas de las mariposas.
- He tratado, emperador, pero no puedo parar los pensamientos porque son libres. Van y vienen a su antojo.
- Mi tutor ha dicho que la felicidad y la libertad del pueblo está en cumplir mis deseos - dijo muy enojado, y sin entender que su mejor amigo no pudiera llevar a cabo lo que todos los habitantes del país debían hacer.
- Entonces el viento es más libre que la libertad, y mi pensamiento es como el viento - dijo reflexivamente Teng.
El emperador guardó silencio. Por la tarde pidió a su madre que nunca más invitara a Teng.
- ¿Por qué?
- Los emperadores debemos ser obedecidos - dijo sin mayor explicación.
Cuando llegó a la mayoría de edad era una persona taciturna y desconfiada. Si el amigo de la infancia no le había obedecido, cualquiera podía sustraerse a su mandato. En el fondo sospechaba que nunca podría encontrar a quien le fuera verdaderamente fiel. En los días en que su poder se extendió por todo el imperio, mandó que sus generales del Poniente atacaran a los vecinos, con quienes en verdad el país tenía buenas relaciones.
- ¿Cuál es la razón, emperador? - preguntaron los consejeros.
- No necesito dar razones.
Y los ejércitos que partieron desfilaron ante el emperador que estaba desesperado porque veía que cada soldado se iba para cumplir las órdenes, pero sus cabezas permanecían con sus esposas, con las amantes, con el recuerdo de los padres que a lo mejor verían por última vez.
Dos años duró la guerra, y Lu creyó que habrían bastado seis meses para acabar con el enemigo. Los generales volvieron victoriosos, los soldados venían contentos, la ciudad se volcó a las calles para recibirlos.
Furioso, el emperador citó a los jefes:
- ¡Cómo sé que han vencido! ¡A lo mejor ni siquiera hubo guerra y tratan de engañarme!
Los generales estaban desconcertados. Nunca habían dudado de su palabra, y quien los enjuiciaba era el propio emperador. Ya que no contaban con su confianza renunciaron y salieron del palacio como ciudadanos corrientes, cuando en la ciudad recién empezaban las celebraciones.
Lu Dzu mandó construir un palacio en el interior de la provincia. Para poder llegar había que pasar múltiples barreras, cumplir cientos de requisitos, de tal manera que sólo sus ministros iban una vez al año para preguntarle cómo debían gobernar. Él ni siquiera los recibía directamente, sino que los escuchaba detrás de un velo rojo que colgaba del techo de la gran sala imperial, a diez metros de altura. Sin asunto, a veces mandaba que un ministro dejara el cargo como había hecho con los militares, y muchas hasta ordenó la ejecución de alguno sin siquiera conocerlo o saber de qué manera había gobernado.
Pero a pesar de la distancia, encontraba que aún estaba muy visible, demasiado expuesto a aquellos que lo celebraban como emperador sin obedecerle realmente. Por eso decidió hacer una nueva construcción, más lejos y más segura.
- El pensamiento es inasible - le decía el tutor que ahora estaba muy anciano. - Te has transformado en un ser solitario, sanguinario, cruel. Lo digo ahora y mil veces.
Ordenó que su preceptor no pudiera entrar más a los lugares en que él se encontraba. Entonces el viejo se paraba en la ventana y, en la medida que daban sus fuerzas, le gritaba que había emperadores buenos y malos, que a los buenos los pueblos los adoraban y a él lo odiaban y le temían.
El tutor murió de indignación un día cualquiera y el emperador se llenó de pavor. En cuanto lo enterraron y él mandó construír el cuarto palacio, más alejado de todos. Para llegar había que cabalgar una semana. A veces, hasta los correos se perdían.
Los ministros que se habían quedado en la ciudad, no consultaron más al emperador. Era tanto el enredo de las órdenes que daba y las que dejaba de dar, que a veces enviaba mensajeros a la ciudad con instrucciones precisas, pero después llegaba otro a los pocos días con las contrarias, y no se sabía si los secretarios las habían interpretado mal a propósito, o era que el emperador había entrado en esa zona oscura de la mente en donde las ideas se enredan. Una vez mandó matar a todos los niños menores de tres años, pero nadie hizo caso porque esperaban la noticia, que llegó un mes después, diciendo que a todos los menores de cinco se les deberían repartir golosinas y ropas por cuenta del estado, porque el emperador estaba de cumpleaños.
Con el tiempo, en las ciudades circuló la noticia de que había construído un quinto, luego un sexto y muchos años después un séptimo palacio, pero ya entonces el pueblo sabía que el emperador era un ser terrible, pero tan lejano que su voz ya no se escuchaba. La gente repetía que la alegría y la libertad de un pueblo estaban en cumplir los deseos del emperador, y por eso eran muy desgraciados porque no sabían cuáles eran sus anhelos.
No estaba viejo aún cuando en una noche el pelo se le puso blanco. Fue después de cenar en la soledad, a la luz de tenues velas que amenazaban apagarse con el viento de la tormenta que entraba por el encuentro de las hojas de las puertas y los marcos, por las ventanas, por lugares secretos. Sería una noche de viento y nieve; oscura. Los elementos hablarían. Lu Dzu se debatía en la duda si los cocineros tal vez querrían envenenarlo, y también sospechaba de aquel que le traía los manjares. Su cabeza urdía la posibilidad de mandar a matarlos a todos, porque sus cercanos eran sólo traidores que esperaban un error suyo para caerle encima. Debía exterminarlos y traer sirvientes de otro país, de algún lugar que estuviera a meses y ojalá años de distancia, que hablaran diversos idiomas, que no tuvieran la posibilidad de escapar ni de coludirse entre ellos.
Cuando tenía la certeza que también aquella vez le sería imposible dormir, una ráfaga de viento apagó todas las luces y no quedó sonido alguno en el palacio. Lu permaneció clavado en la silla. Creyó que alguien se acercaba, preguntó
- ¿Eres tú, sirviente?
Pero nadie contestó. Los ojos desorbitados trataban de encontrar alguna luz que diera referencia en aquella negrura tan espesa. Nuevamente escuchó algo, tal vez paños que se frotaban entre sí, a lo mejor las cortinas, quizás pasos. Le pareció sentir la voz del amigo de la infancia.
- Teng, ¿estás ahí, Teng?
Teng, el de la figura flaca y larga, el que de niño parecía sabio, le susurró: Ningún emperador es más grande que la amistad. ¿Escuchó eso o lo imaginó? Una hoja metálica cayó en el suelo a lo lejos.¿O fue la tapa de una olla? Tal vez un ejército se acercaba, miles de botas de militares sobre la gravilla. Pareció ver al general de la tenue barba, aquel que había mandado matar por su inoperancia en la guerra. "Los míos murieron en tu nombre, se brindaron por una causa estúpida y hasta yo obedecí entregando mi cabeza". ¿Era un duro reproche o una ráfaga de aire helado? Después aparecieron fugazmente los ojos de los cien niños de la aldea que se había sublevado por el hambre, que nunca más podrían jugar. Y la mujer que lo desafió en el mercado, y el cocinero que murió porque un cuchillo se le resbaló hasta el suelo, y muchos más que repitieron en coro, cuando el viento se desató abriendo ventanas y puertas: "Ni aún así has sido nuestro dueño. Podrías podrías haber tenido hasta nuestros pensamientos agradecidos si te hubieras preocupado más de nosotros que de tus fantasmas. Nunca hemos muerto de verdad, y ahora venimos a exigirte lo que obligaste: tu libertad y la nuestra".
Dicen que aquella noche fue memorable porque nevó y luego llovió, hubo vientos huracanados y también tranquilidad en la estepa. Los caballos se encabritaron, de los aposentos del emperador salían llantos que desgarraron la noche. Por la mañana los sirvientes encontraron a un anciano en los salones reales. Quedaron extrañados porque un desconocido no podía llegar a esas lejanías sin ser advertido. Pero se veía tan poca cosa que lo echaron al jardín y le dijeron:
- Pasa por la cocina, recibe algún alimento para tu viaje y huye, que si el emperador se entera, sin duda, te mandará matar.
- ¿Tan malo es? - preguntó el viejo.
- Peor de lo que puedas imaginar. A su paso sólo queda dolor y podredumbre. Pero vete. Ojalá seas capaz de llegar a un poblado donde te asistan antes que mueras de hambre y frío.
El anciano esperó la llegada del correo escondido en recovecos del palacio que nadie conocía. Se enteró de su propia desaparición y sufrió con la alegría que esto provocaba. Lo llamaron, buscaron en la construcción, se fueron a los campos vecinos pidiendo datos de su paradero: pasaron los días sin que se tuvieran noticias de él. Al final la gente de palacio organizó una fiesta que duró muchas noches en que se emborracharon, saquearon las bodegas y se felicitaban que hubiera desaparecido el peor hombre del mundo. Cuando estaba por partir el correo, el viejo se presentó para que lo llevaran. Nadie puso resistencia.
Así fue como el anciano de triste y humilde figura fue desandando los siete palacios. En todos ellos se relataban leyendas oscurísimas de él, y en alguno incluso se prohibía contar su vida, salvo la niñez cuando el padre, a quienes llamaban el gran emperador, vivía. Los hombres que le llevaron le habían dicho:
- Hemos jurado que nadie sabrá el secreto de la desaparición del emperador, porque un nuevo gobernante puede, incluso, ser peor que éste. Lo haremos eterno; nunca morirá. A ti te llevaremos para no cometer la misma torpeza de él y tener que exterminarte, pero desmentiremos la historia de su muerte y te perseguiremos si la escuchamos por ahí.
- No te preocupes, buen hombre. Mientras viva afirmaré que Lu Dzu existe.
 



   
 
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