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Autor:

Juan Chambeaux

Titulo:

La diferencia

 

Ibas bajando del cerro, donde los callejones son oscuros en invierno y la luz no alcanza para ver más allá de diez metros. Yo estaba contra la pared, así es que no me pudiste ver hasta el último momento. Cualquiera debía pasar obligadamente camino al ascensor. Te tocó. Abriste ojos de miedo, y no te quedó otra que seguir. Todo un macho. Hice ademán de acercarme para pedirte fuego. Que ocurrencia más antigua. Aunque temblabas, buscaste fósforos.

Iba apurado. Hacía frío, estaba húmedo. Las nubes bajas no dejaban ver el puerto. Usted apareció de pronto pidiendo lumbre. Me asusté, debo reconocerlo.

No soy lo que parezco, dije tratando de tranquilizarte. Sabía que aquello sería rápido. Un trámite. Segundos. La adrenalina hasta las orejas. Debía ser firme, no dejarte pensar. Ser la fiera que tiene al pichón acorralado. La sorpresa, en ese recodo, jugaba siempre a mi favor. El traje oscuro, la camisa gris, la corbata negra. Hasta mi barba recién afeitada. Me había duchado, escogido los pantalones, la chaleca impecable con olor a lavanda. Para no ser advertido y por el rito también.

Parecía un fantasma de un cuento de Poe. Vi una pupila que brillaba reflejando un farol y la silueta de una nariz. Nada más. Por eso me asusté. Y por el magnetismo de sus palabras: no pidió, obligó. Sin levantar la voz, sin premura. Metí las manos en los bolsillos y me acerqué con la cabeza gacha, preparado para un castigo.

Encendiste el fuego. Tu cara se volvió amarilla y roja. La sombra de la nariz vaciló a izquierda y derecha. Las facciones fueron una mueca ridícula que se torcía sobre la frente. Casi suelto la risa.

Encendí el fósforo y lo acerqué, pero usted no tenía cigarrillos en las manos. Estas nervioso, dijo y se quedó mirando con fijeza. Le iba a decir que tenía frío. El cerillo me mostró su cara, y algo familiar en ella golpeó el pasado. Demoré dos segundos en abrir la boca.

Miraste de manera extraña, una manera que no tenía que ver con lo que yo quería hacer. Aquello era un trámite. Un maldito trámite, después de la primera vez en que había sido todo novedad. Una costumbre estúpida que me hacía héroe y proclamaba mi superioridad a los cuatro vientos cuando La Estrella decía: Recrudecen los asaltos en el ascensor Turri.

Miré fijamente. No me equivocaba. ¡Profesor! grité. ¡Profesor Galindez, castellano, tercero Medio, Petorca!

¡A quién se le ocurre gritar en medio de la noche mi nombre! Al estúpido, al flojo de Narváez. El que quería copiar hasta cuando le tomaba pruebas orales. Ni siquiera entendió que Babieca y Rocinante fueran caballos importantes en la literatura. Jamás leyó. El Condorito le quedaba grande. Según mi libreto aquí seguía: ¡Esto es un asalto, mierda! Pero ¿qué le iba a decir a Federico Narváez Narváez que parecía hijo natural, cuyos padres eran primos cercanos? ¿Arriba las manos? Seguro que se meaba y se cagaba de susto mientras confesaba que él no tenía nada que ver con la Dulcinea del Toboso.

¿A quién se le ocurre estar pegado a la pared con el frío que hace? A Galíndez, quién otro. Presumía de ser distinto. Llevaba patillas gruesas, lentes oscuros y hablaba bajo. Parecía actor de película barata. Nos divertíamos a costa suya, sin que lo supiera. Siete años sin verlo. Cuando salí del colegio me fui a Santiago a estudiar Castellano. Muchas veces pensé que se le caería el pelo a Galíndez si sabía que había seguido sus pasos. No sólo era conocedor de Gonzalo de Berceo y del Arcipreste de Hita. Sabía también del aburrimiento de estar en una ciudad sucia y brumosa.

Me vine de Petorca porque con gente como Narvaez no se llegaba a ninguna parte, y el lugar estaba lleno de Narvaez.

Me vine porque en Santiago no se puede respirar, y detrás de Gabriela, confieso. Primero pensé seguir estudiando acá, pero perdí interés. Entonces vino la pobreza, y de la pobreza, el hambre que te muerde el estómago y la emoción, ese hambre que te roba el futuro, que te vuelve animal. Nunca sabrás que para vivir asalté, Galíndez. Me situaba en lugares como est y les caía desde la oscuridad, vieras el salto que pegaban.

- No tiene cigarrillos, Galíndez.

- Se me terminaron las ganas de fumar.

- No sabría qué decirle, hace tanto tiempo que no le veía, ha sido tan sorpresivo...

- No se preocupe, siga su camino. Algún día conversaremos. MEn todo caso, dígame qué hace por acá, Narvaez.

- Lo mismo que usted, Galíndez, pero con menos suerte.

 

 

21 octubre de 1999


   
 
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