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Mi jefe lo anunció dejando
que sus palabras punzaran mis oídos:
–Es una misión hecha a tu medida.
Con dos ojos negros como carbones examinaba mi cara mientras sus
palabras se agarraban al aire igual que sanguijuelas a la piel
de un enfermo.
Animado por mi silencio, continuó desgranando lindezas:
–Esos dos camiones transportan mercancías muy distintas.
El agente de la aduana de Irún confundió los papeles
de modo que cada conductor lleva los documentos de carga del otro.
Debes presentarte en Aranjuez cuanto antes. Allí te espera
uno de ellos. Es de la Compañía Yamas.
–¿Y qué hace en Aranjuez?– conseguí
decir con un temblor en la voz. El causante del mismo era un oscuro
presagio.
–Cuando los de la aduana cayeron en la cuenta de su error,
acordaron con los conductores que coincidiesen en la factoría
de pegamento de Aranjuez, que es el punto de entrega de uno de
los cargamentos. Entonces intercambiarán los albaranes.
–Así que debo acompañar al otro chofer hasta
su destino– comenté con repentina clarividencia.
Yo mismo me sorprendí del aplomo que empezaba a sentir
a partir de ese momento. Entregado irremediablemente a mi mala
suerte, entendí que sería mejor hacerlo desde un
punto de vista analítico.
–Supongo que el conductor es extranjero y desconoce Madrid
y sus alrededores –añadí con mi recién
estrenada perspicacia.
–Lo que tengas que hacer a partir de ahora es cosa tuya.
Ten, una copia de la hoja de ruta. Nos la han enviado por fax
los de Irún.
Francamente, me traía al fresco el origen del terrible
papel que mi jefe acababa de encasquetarme por el artículo
trece. Mi desolación no iba a disminuir por ello.
“Piensa en el Aniversario, Tomás –decía
para mis adentros–. Te olvidarás de toda esta bazofia”.
Y es que no podía haberme mirado un tuerto otro día
más que el de mi Aniversario de boda. Diana y yo habíamos
conseguido sobrevivir a cinco años de vida en común,
superando nuestras múltiples diferencias. Éramos
como un mosaico en el que sólo hubiese piezas de dos colores,
enfrentadas y tan sólo unidas por finas hileras de otras
tonalidades. Esos elementos comunes contribuían a hacer
nuestra existencia más o menos agradable, sin grandes temblores
de tierra.
Ante lo incierto de lo que iba a depararme ese día, yo
no podía hacer menos que esperar un buen final imaginando
cómo aprovecharíamos Diana y yo nuestro tiempo.
Una última frase de mi jefe echó tierra sobre mi
esperanza:
–No sé a qué esperas. Yo ya estaría
montado en el coche camino de Aranjuez.
–Claro, sólo me preguntaba si ya lo habíamos
hablado todo.
–Hasta la vista, Tomás.
Salí del edificio con una sensación de náusea
que no me abandonaría en las seis horas siguientes. Me
encontraba encaramado a la noria del destino y ya no me podía
bajar. Lo curioso es que yo no había elegido. Otros me
habían colocado allí.
Procuré evadirme mientras conducía mi pequeño
utilitario. El color verde jade de la tapicería contribuía
a relajar un poco la tensión:
–Vaya trabajito –pensaba–. Si me descuido hasta
me hacen conducir el camión. No había otro más
memo que yo para pringarle en esto. Equivoqué la profesión.
Debí haberme conformado con aquella plaza de profesor en
el Ayuntamiento de mi pueblo.
Los carteles indicadores pasaban uno tras otro como anuncios mudos
sin interés alguno para mí. Empecé a relajarme
pues conozco bien la Nacional IV y sabía que tardaría
un buen rato en alcanzar el desvío a Aranjuez. Aquello
era simple rutina.
En mi despreocupación momentánea me puse a pensar
en lo complicado que puede resultar todo por un error humano.
En este caso, un simple cambio de papeles entre dos camiones podía
arruinar el día de mi aniversario. Aunque, bien mirado,
los dos cargamentos tenían como destino la provincia de
Madrid. Claro que si cada uno hubiese ido a una punta del país
yo no estaría metido en ese fregado:
–Le habría tocado a un infeliz de otra delegación
–pensé–. Pero no, tenía que repartirse
el marrón entre Aranjuez y Humanes. Bueno, mejor será
que ponga la radio para ver cómo está el tráfico:
–<<... las retenciones en la nacional IV en sentido
Madrid, llegan hasta el desvío a Aranjuez. Se recomienda
el acceso a la capital por la nacional 401 entre... >>
–Esto me fastidiará a mi regreso. Que le den morcilla.
Puede que para entonces ya no me afecte.
Es curioso, la de gente que nos podemos cruzar en una carretera.
Todos parecemos tan... iguales. Nos encerramos en una caja sobre
ruedas y salimos zumbando hacia algún lugar. Embarcamos
hacia un objetivo pero cada cual persigue uno distinto. Nunca
pienso en qué narices le preocupa al que va delante en
ese momento de su vida o qué problemas están machacando
al que viene de frente.
Llegué al desvío. Según el mapa debía
coger la comarcal hasta la fábrica de pegamento. Estaba
en el kilómetro trece. Buen augurio. Al cabo de media hora
vi que no había pasado del kilómetro nueve y no
me extrañó. La senda era una sucesión interminable
de “eses” y baches. No sé cómo había
podido pasar por allí un camión de cuarenta toneladas.
Y mucho menos dos.
Cuando entré en la fábrica los encontré allí.
No había ninguno más, como si esos dos fuesen los
únicos dotados con la extraordinaria cualidad de circular
sin contratiempos por la infernal carreterita.
Nada más abandonar mi coche observé a un tipo con
gorra de visera larga que permanecía de pie apoyado en
la cabina del trailer rotulado como “Yamas”. Sostenía
una pajita de refresco entre los dientes y cuando pasé
ante su campo visual esgrimió una sonrisa más bien
burlona.
–Are you Sam Purvis? –le lancé a bocajarro.
–Sure, man. Who are you? –inquirió a su vez,
aunque me daba la sensación de que lo sabía de sobra.
Después de las salutaciones de rigor confirmamos que el
destino de la carga era Humanes de Madrid, aunque sin contar con
un teléfono de contacto con el lugar de entrega no podíamos
confirmar el modo de llegar.
–They’ll wait for us, I guess –dije sin confianza.
Y le hice una señal para que me siguiera.
–Please follow the green rat –bromeé señalando
a mi cochecito verde jade.
La odisea acababa de comenzar.
El traqueteo no cesó hasta que alcanzamos la nacional IV.
Al lamentable estado del pavimento había que sumar la sensación
de que en cualquier momento podías salir disparado por
cualquiera de las curvas semiocultas a lo largo del trazado. La
abundancia de vegetación a ambos lados de la carreterucha
disminuía el campo visual, ya muy reducido por las hileras
de árboles que jalonaban el camino. Tan prietas y espesas
eran que, probablemente el aire tendría dificultad en traspasarlas.
Procuré circular a velocidad prudente, más que nada
por la mole motorizada que llevaba detrás de mí.
Miraba frecuentemente por los retrovisores, como si el dejar de
hacerlo fuese a traer como consecuencia la repentina desaparición
del coloso. La estampa del gran camión articulado reflejada
en los espejos del coche impresionaba. El morro alargado exhibía
la parrilla niquelada del radiador como el yelmo de un gladiador
presto al combate. Dobles hileras de neumáticos unidas
por ocho ejes a lo largo del remolque, cuarenta toneladas y novecientos
caballos de potencia perseguían a mi cochecito amenazando
con engullirlo de un momento a otro.
Abandonamos el camino de cabras y tomamos la autovía en
dirección hacia Madrid. Un alivio. Parecía estar
surcando un mar en calma. Respiré hondo y me coloqué
en el carril derecho. Tráfico fluido, con tiempo de sobra
y un sol radiante. La cosa estaba controlada. En la radio anunciaban
la próxima visita del Papa con detalles sobre el programa.
–Vaya –pensaba–, espero que mi hermanito esté
disponible para acercar a mamá a ver a Su Santidad. Detesto
esos baños de multitudes.
Mi hermano sabe escurrir el bulto con una técnica depurada.
Nadie mejor que él para encontrar la coartada perfecta
y hacer lo que le place. Y eso que él es el católico
practicante. Si practica con el ejemplo alguna vez no le hará
daño. Claro que mi madre es culpable por disculparle.
Al que nace para martillo, del cielo le caen los clavos. Como
esta misión que me ha tocado en el sorteo de marrones de
hoy. Cuando acabe me perderé por ahí con Diana el
fin de semana para rematar el Aniversario. Bien mirado, eso de
perderme se me da de maravilla.
Estos pensamientos daban vueltas en mi cabeza cuando me di cuenta
que acababa de saltarme el desvío a Fuenlabrada. La primera
reacción fue de una mala leche cercana a la ofuscación.
Lo que vino después obedeció a un sentido práctico
de abandonar cuanto antes la ruta equivocada. Sin embargo, a medida
que yo y mi compañero de convoy avanzábamos parecían
disminuir las probabilidades de encontrar un escape.
Al cabo de un rato vi que lo más seguro era continuar por
la M-30 hasta el estadio Vicente Calderón y tomar de nuevo
el sentido Sur.
–Al menos el irlandés no me pierde de vista –decía
para mis adentros–. No quiero imaginar el desastre de tener
que buscarle en esta maraña de desvíos engañosos.
Sería muy gracioso. A ver, veamos, ahora debemos atravesar
el paso subterráneo hacia la cuesta de San Vicente y después
¡zas!, el cambio de sentido.
A continuación, algo paralizó de repente el magnífico
plan que se debatía en mi cabeza.
–¡No! El paso elevado... la altura del camión
¿pasará con ese galibo? Tengo que hacerle parar.
Enseguida me di cuenta que no era posible echarse a un lado. Tres
hileras de vehículos apretadísimos entre sí
desfilaban sin dejar un resquicio para hacerme sitio. Y menos
para el que venía detrás de mí.
El subterráneo quedaba ya a menos de cincuenta metros.
–Algo tengo que hacer, maldito tráfico...
La solución se presentó en forma de otro camión
de dimensiones mastodónticas que iba a efectuar su entrada
bajo el paso elevado. Parecía que se fuera a dejar la caja
de un momento a otro saltando la parte superior en mil pedazos
como una nube de astillas. Nada sucedió. Respiré
por primera vez en los últimos sesenta segundos. Sin embargo,
no quedé tranquilo hasta que no estuvimos al otro lado.
Me vi inmerso en el torrente de vehículos que subía
en dirección a la plaza de España para darme cuenta
del segundo error.
–Será posible... He dejado a un lado el cambio de
sentido y ahora ¿a dónde llevo a este para dar la
vuelta?
Quedaba muy poco para coronar la Cuesta de San Vicente. Había
que improvisar un cambio de sentido cuanto antes y no había
nada mejor que efectuarlo bajo el puente de la calle Bailén.
Qué sorpresa comprobar que era imposible llevarlo a cabo.
Era dirección obligatoria hacia el parque del Oeste. Precioso
entorno atiborrado de verdes y flores; inmejorable paisaje al
borde de la masa urbana y los ríos de asfalto. Un respiro
de naturaleza sin duda muy útil para quien hubiera terminado
una dura jornada. Para mí no había hecho más
que empezar la... cornada. Un pitonazo sin orificio de salida,
aún.
Descubrí que a todo lo largo que era el parque no había
un solo palmo libre de vallas, de las más grandes que colocan
las constructoras y que tienen la utilidad de desviar el tráfico
por tortuosos caminos.
El follón que había en mi cabeza era monumental.
–Ahora tendré que guiar al monstruo hacia el casco
urbano, pero... no puede ser, cada vez me voy alejando más
del maldito objetivo. Hay que dar la vuelta ¡como sea!
Seguí avanzando por el tramo vallado con el gigante rodado
siguiendo fielmente mi insegura estela. Repentinamente, una curva
entre los improvisados muros que impedían la visibilidad
me condujo a través de un pasillo de un solo carril. Me
sentía totalmente incapaz de adivinar por donde iba. Miraba
por los espejos retrovisores intentando observar la cara del pobre
transportista irlandés para comprobar si la desesperación
había empezado a hacer mella en él.
Un rostro de piedra parecía mirar sin ver a través
del cristal que cerraba su habitáculo rodante, aquel al
que se subió en el puerto inglés sin tener la menor
idea de lo que le esperaba. Aunque no dejaba traslucir sus sentimientos,
imagino que por dentro sentiría algo así como un
hervor .
La pista seguía sin despejarse, lo cual provocaba en mí
una angustia creciente. Era como si una mano diabólica
hubiera cambiado los carteles indicadores, interponiendo pasos
elevados de dudoso franqueo para el camión, colocando vallas
para conducir a una celada sin final... ¿Por qué
se ponía todo de punta? ¿Qué nueva maquinación
me esperaría al terminar el pasillo de vallas? Aquello
se había convertido en una inverosímil atracción
de feria, un discurrir sin rumbo por un laberinto demencial.
Como una respuesta a mi zozobra, algo se despejó a mi alrededor
segundos más tarde. La luz aumentó su intensidad
al desaparecer las vallas de ambos lados. Habíamos regresado
a los bajos del puente sobre la calle Bailén. Casi habíamos
completado un cambio de sentido de forma inconsciente, circulando
a ciegas por un pasillo absurdo aislados del mundo.
–Ahora hay que pasar bajo el puente –me decía
a mí mismo consternado–. He de obligarle a parar.
Hice aspavientos con la mano a través de la ventanilla
y observé que el irlandés accionó las luces
dándose por enterado. Di gracias porque el arcén
resultó útil para acoger al convoy sin que estorbara
al tráfico. Este empezaba a espesarse por momentos.
–Is it enough for the size of the track? –dije señalando
al puente.
–It is okay young man. Perfect.
–So, we will turn to the right and drive to the national
four again. Do you copy?
Esto último de si me copiaba me sorprendió a mí
mismo. Parece que las circunstancias me enseñaron enseguida
a adoptar términos de los que suponía que usaban
los camioneros. Lo había oído en alguna película.
Tomar dirección hacia la nacional IV resultó aceptablemente
fácil, pero antes tuvimos que aguantar el denso torrente
de vehículos que chorreaba lentamente en el mismo sentido.
A estas alturas, el amigo conductor al que guiaba debía
haber hecho acopio de tanta resignación como toneladas
transportaba en su camión. Yo dudaba si aquel robusto irlandés
respetaría mi integridad física una vez llegados
a nuestro esquivo destino. Podía imaginarme el efecto de
un golpe a puño cerrado o abierto propinado por una de
sus manazas llenas de dedos como morcillas de Burgos y, la verdad,
no me emocionaba.
–A lo mejor tengo suerte y decide pasar de mí –pensaba–.
Estos sajones son muy distintos a nosotros los latinos. O al menos
me conviene que lo sean.
Salimos del último semáforo de la Estación
del Norte y volvimos a enfilar la M-30, seguro esta vez de que
no iba a saltarme ninguna salida.
Siempre que me relajo al volante pongo la radio. Es un gesto automático,
como si mi cabeza tuviera que estar continuamente llena de estímulos
externos, absorbiendo información como una esponja insaciable.
El horror protagonizaba las noticias:
–<<... un ataque de violencia repentino impulsó
a su compañero de mesa a agredirle con una silla. Las lesiones
producidas por los golpes son de pronóstico reservado>>.
Esto es lo que pasa por trabajar en exceso. Forzar tanto la máquina
puede acabar en que nos devoremos los unos a los otros. Me refiero
al hecho físico, pues verbalmente y con la actitud de algunos
depredadores natos, ya lo estamos sufriendo todos los días.
–<<... en lo que va de mes han fallecido en soledad
en sus domicilios un total de cuatro ancianos en nuestra ciudad,
lo que eleva el número de casos a sesenta y dos en lo que
va de año.>>
O sea, toda la vida sacrificado para que al final te abandonen
sin piedad. Me dan ganas de retirarme a un monasterio. Allí
te dan comida, cama, un ambiente tranquilo, un huerto que cultivar...
Bueno, no nos despistemos, por favor. A ver, M-40 Fuenlabrada
¡Al fin!
Me invadió algo así como un hormigueo por todo el
cuerpo. No iba a permitir que el asunto se me escapara de nuevo
de las manos. Sabía que antes de llegar a Fuenlabrada existía
un desvío: Humanes-Moraleja de En medio. Estábamos
cerca.
A cada minuto que pasaba crecían mis ganas de reunirme
con Diana. Lo cierto es que ella pone el punto de equilibrio en
la balanza de mi vida. A veces me pregunto qué sería
de mí existencia sin su concepto realista de las cosas.
Reconozco que muchas veces estoy en las nubes. Mi imaginación
se desborda con facilidad y ella consigue que descienda a lo terrenal.
Cierto que no le hace mucha gracia eso que digo de que es el contrapeso
que necesito para estabilizarme. Debe sonarle algo burdo. Sé
que es algo así como compararla con un bulto, pero no hay
que sacar las cosas de contexto. Ella sabe que sólo hablo
con mala intención cuando discutimos, cosa bastante frecuente
por otra parte.
–Cuando acabe todo esto reservaré dos billetes de
avión para Ginebra y me la llevo a esquiar al Mont-Blanc.
Aunque nos quedemos sin un duro. Ya nos recuperaremos con mi paga
de beneficios.
Pasaba el tiempo y el esperado desvío no llegaba. Caí
en la cuenta de que lo que yo recordaba se refería a la
carretera antigua pero no a la M-40.
–¿Y si han cambiado el nombre? Cualquiera sabe qué
indicador han puesto ahora?
Con el alma encogida de nuevo, empecé a sospechar que aquello
era lo sucedido.
Fijaba obsesivamente mi atención en el cetro de la calzada
intentando atisbar la menor señal de un desvío..
El primer cartel anunciador lo encontré a los diez minutos
de marcha: Móstoles-Alcorcón. Decidí que
por ahí se complicaría aún más mi
suerte así que continué sin más.. No sabía
que la siguiente salida daba directamente a Fuenlabrada así
que cuando divisé el indicador tomé esa dirección
sin pensarlo mucho. Temía pasar de largo y regresar a la
pesadilla del cambio de sentido.
Una vez dentro del pueblo pregunté a un ciudadano si sabía
cómo llegar a Humanes de Madrid.
–¡Oh, sí! Pero tiene usted que coger la M-40
a la salida del pueblo y seguir hasta que encuentre la salida
directa.
O sea que debía haber dejado a un lado Fuenlabrada y tener
fe en mis recuerdos. Pero mi autoestima no se hallaba fortalecida
precisamente por los últimos acontecimientos.
Así que me vi por segunda vez guiando al santo irlandés
con sus cuarenta toneladas rodantes a través de un núcleo
urbano. Volví a sentirme totalmente vendido a mi incierto
destino.
–Al final –me consolaba– uno empieza a acostumbrarse
a esto de ir a ciegas en manos del azar. Veamos cuántos
semáforos nos separan de la M-40...
Entonces comprobé con cierto alivio la cantidad de glorietas
que habían construido por allí al cabo de los años.
Fue una alegría efímera. Aprendí, ya tarde,
que allí se entra por un sitio y que para regresar a la
carretera hay que atravesar buena parte de la geografía
urbana.
Estaba hasta las cejas de aquel turismo forzado. Los temores sobre
el agotamiento de la paciencia del camionero volvieron a mí
de modo que cuando paraba ante un semáforo en rojo llegaba
a estremecerme solo de mirar por el retrovisor pensando que en
cualquier momento le vería descender del camión
decidido a vengarse de su desdicha apaleándome.
Mi abuela solía decir: “Quien algo teme, algo debe”,
pero quisiera que alguien me explicara por qué yo debía
responder como un guía profesional por el hecho de que
mi jefe me hubiera cargado con ese muerto.
Últimos cien metros de avenida hasta la M-40. Nos hallábamos
otra vez en ruta. Mi voluntad de llevar a término ese viaje
gafado era tanto mayor cuanto más difícil se ponía
aquello.
–¿Y ahora qué? –decía para mí–.
Igual resulta que las indicaciones del buen ciudadano son pura
basura. Mira que no disponer de teléfono de contacto con
el almacén de destino...
Me pareció divisar a lo lejos un cartel indicador. Cuando
pude leerlo me colmé de gozo:
<<Humanes-Moraleja de En medio>>
–¡Bravo! Esta es la definitiva– me animé.
Nada más abandonar el desvío encontramos una carretera
secundaria y un restaurante repleto de vehículos pesados.
Hice señas al irlandés levantando el dedo pulgar
para que entendiera que estábamos en el camino correcto
y que quería parar allí. Llevábamos una eternidad
dando vueltas y el calor de aquellas fechas me había recalentado
hasta el cerebro. Había conseguido aguantar la sed porque
tenía concentrada toda mi atención en encontrar
de una vez para siempre la salida del atolladero. En ese momento
había recuperado algo de la autoconfianza perdida y mi
organismo demandaba una hidratación rápida.
Cuando Sam Purvis, transportista, natural de Cork, Irlanda y sufrido
compañero de infortunio descendió del camión,
mi ánimo se dividió en dos estados: uno de alerta,
pendiente de cualquier gesto que tuviera la intención de
aplastarme la cara; el otro respondía a un sentimiento
de fraternidad o solidaridad en la desdicha de haber recorrido
cien kilómetros juntos dando tumbos, perdidos en un mapa
hostil que se negaba a mostrar el final de la etapa.
Al mirarnos el uno al otro se reveló enseguida la naturaleza
bonachona de aquel individuo. Una sonrisa franca cruzaba su rostro
colorado cuando puso un brazo sobre mis hombros y me llevó
consigo a la entrada del bar.
Una vez dentro y ante dos jarras de litro llenas de cerveza helada
me confesó que en su toda vida había sufrido una
experiencia semejante. Sus ojos chispeaban de pura sinceridad,
doy fe de ello..
Trasegamos más de una jarra cada uno, lo confieso, pero
es que el espumoso brebaje entraba por sí solo, sembrando
refrescantes sensaciones a su paso. Después de las penalidades
vividas, aquello suponía un premio que había que
paladear poquito a poco, recreándose uno en cada segundo
de placer.
El buen talante de Sam quedó patente no sólo por
lo grato de su compañía y el par de chistes jocosillos
con que se desmarcó sino porque incluso pagó las
copas.
Todo un fenómeno, ese hombre.
Cuando salimos del santuario cervecero el día parecía
tener otro color. Cada uno subió a su vehículo con
inmejorable disposición de ánimo.
Empecé a acomodarme en el asiento, me coloqué las
gafas de sol... y al instante sentí un aguijonazo en mi
interior. Acababa de recordar el detalle de la dirección
de entrega:
<<Carretera de Humanes a Moraleja de En medio, Km 4,4>>.
El lugar donde nos encontrábamos se hallaba en esa misma
carretera, sí, pero ¿hacia donde debíamos
dirigirnos? ¿a la izquierda o a la derecha? Tendría
que adelantarme con el coche yo sólo para localizar el
punto kilométrico y después guiar a Sam.
–¿Y si pregunto en el bar? Ellos sabrán en
qué dirección se encuentra ese sitio.
Mientras pensaba en ello salí del coche y me dirigí
al borde de la carretera. En su estrechez se asemejaba a una cinta
gris que serpenteaba en medio de un paraje llano y pelado. No
había vestigios de vegetación.
Resultaba curioso. Hasta ese momento no había tomado conciencia
del lugar adonde habíamos ido a parar. Quizá por
el efecto de la cerveza o del fogonazo interior que sentí
al apreciar que la incertidumbre seguía siendo compañera
de viaje., el espacio que me rodeaba se reveló ante mis
ojos como una estampa desértica en la que el restaurante
era la única construcción en medio de la desolación.
Incluso los demás camiones aparcados parecían abandonados,
sin rastro de vida humana bajo un sol de justicia.
A medida que me acercaba a la entrada del bar, percibía
un olor característico a goma de neumático, gasóleo
y fritanga, elementos que consiguieron devolverme a la realidad
de mi misión.
Hice un gesto a Sam, quien me observaba con gesto neutro a través
de su ventanilla.
–I need some information. Wait a minute– aclaré.
Nada más entrar en el garito elegí a la persona
que me debería orientar: un tipo enjuto, con gafas oscuras
que absorbía una gran bocanada de humo de su purito de
hoja tostada. Cuando llegué a su altura había empezado
a sorber una taza de café.
–Disculpe, ¿me podría decir hacia dónde
queda el kilómetro cuatro?
Me miró tras el humeante recipiente como si el resultado
del examen de mi rostro fuese decisivo para que elaborara su respuesta.
Un ligero carraspeo y las palabras salieron de su boca casi susurrando:
–Tendrás que comprobarlo, amigo. No sé en
qué kilómetro estamos. ¿Adónde vas?
–A un almacén de fibras. Es de la empresa Yamas..
–No me suena –repuso el hombre delgado. A continuación
se dirigió al camarero, que parecía clavado tras
la barra.
–Paco, ¿sabes algo de Yamas?
El aludido respondió arrugando la frente:
–Ni idea. Por aquí no hay nada con ese nombre. ¿En
qué dirección?
–Eso quisiera saber –respondí–. Está
en el kilómetro 4,4 de esta carretera.
–Umm, el polígono más cercano está
hacia Humanes, a unos tres kilómetros de aquí.
–Y eso es...
–Saliendo a mano izquierda –remató el que habitaba
tras la barra.
Desdoblé la arrugada copia del albarán de entrega
y la escudriñé centímetro a centímetro.
En letra casi ilegible por lo desvaído de la tinta pude
descifrar algo que hasta entonces me había pasado desapercibido:
–Polígono Industrial El Lomo –vocalicé
lentamente.
–El Lomo... Es la primera vez que lo oigo –indicó
el barman–. Prueba en el polígono que te digo –añadió–.
No hay otro hasta el mismo Humanes.
Di media vuelta, consciente del todo de que andaba de nuevo por
la cuerda floja. Salí lo más rápido que pude
de aquel antro y pasé ante el camión de Sam sin
mirarle, indicando con el brazo que me siguiera.
El efecto del aire recalentado por el sofocante sol sobre la superficie
del pavimento llenaba el horizonte con una reverberación
plateada. No me llevó mucho tiempo pasar el velocímetro
de cero a cien, ofuscado por el cariz de la situación.
Quería vislumbrar cuanto antes cualquier rastro de nave
industrial. No me importaba si Sam quedaba a la zaga o si era
engullido por el asfalto derretido. Necesitaba ver de una maldita
vez el lugar del infierno adonde tenía que llegar. Nada
interrumpía el despoblado paisaje más que unos cuantos
pedruscos y una ligera elevación del terreno, responsable
del único cambio de rasante de toda la carretera. Al coronarlo,
descubrí una pequeña gasolinera en la margen izquierda
y ni la menor señal de un polígono. Esperé
a Sam, que aproximó el camión en medio de un chirrido
de de compresor de frenos y de motor roncando ruidosamente por
la reducción de velocidad.
Prwegunté al empleado de la estación de servicio
sin bajar si quiera del coche y acodado en el borde de la ventanilla.
Supongo que estaba ofreciendo una imagen chulesca pero me daba
lo mismo.
–Polígono... ¿qué? –inquirió
un hombre de edad indefinida, con un bigote desvaído, facciones
difusas y aspecto indefinible en general ante mi mala leche desbocada.
–¡El Lomo! –grité una sola vez. Debió
de ser suficiente, porque el individuo asintió y quitándose
su gorrito blanco sin visera añadió:
–Si, de la vuelta y por detrás del cambio de rasante
a pocos metros se desvía a la derecha. Es la entrada al
polígono.
–Gracias –me limité a decir secamente y aceleré
poseído aún por un anhelo desmedido de acabar con
todo.
Volvimos sobre nuestros pasos y fijándome muy bien recorrí
el carril derecho a menos de veinte kilómetros por hora.
No había ningún desvío.
Ninguna entrada.
Ni un cartel indicador.
Decidido a no dejarme derrotar esa vez por mi diabólica
mala suerte, di un volantazo a mi derecha y entré de lleno
en una explanada vacía. Seguí adelante al tiempo
que observaba las cuarenta toneladas del camión de Sam
paradas sobre el arcén.
–Mejor así. Ahora sí que no me la das, destino
de mierda.
Grité la frase casi como una consigna de guerra. Pisé
el acelerador consciente de la enorme columna de polvo que iba
arrancando de aquel terreno estéril. A menos de veinte
metros vislumbré un bulto que cuando empezó a cobrar
forma se reveló como un cartel anunciador de tipo publicitario.
Estaba orientado oblicuamente, se ve que pensando en los viajeros
que iban en la dirección: gasolinera-restaurante.
Al alcanzarlo pude comprobar sus proporciones: un gigantesco cartelón
que mostraba una leyenda en letras desvaídas por el sol:
<<Polígono Industrial El Lomo. Venta de Naves. Razón,
nave A.
Animado por un presentimiento me metí en el coche y continué
mi marcha por el inexistente camino. Una pequeña cuesta
me esperaba a menos de cincuenta metros de allí. La coroné
despacio hasta que apareció ante mí la imagen que
estaba esperando: un par de hileras de naves nuevecitas parecían
esperar un visitante, inmutables en medio de la nada. Me había
bajado del coche para contemplar el espectáculo. Me apoyé
en el techo del vehículo y esbocé una sonrisa. Una
carcajada empezó a abrirse paso hasta convertirse en algo
parecido a un ataque de risa. Permanecí un buen rato doblado
por la cintura hasta que mi respiración se normalizó
lo suficiente como para introducirme en el coche y regresar a
por Sam.
Este esperaba fumando un cigarrillo sin bajarse del camión,
con la música de Bruce Springsteen atronando desde la cabina.
Un buen modo de evadirse de nuestro común despropósito.
Buscamos la nave B1 y esta vez la encontramos a la primera. Me
pareció una extraña recompensa, como un guiño
burlesco del destino.
Parecía como si los operarios del interior de la nave no
nos hubieran echado de menos ni un minuto. Debía ser que
nadie se había enterado de nuestra odisea. Vamos, como
si fuera una simpleza encontrar al primer intento aquella frontera
con el fin del mundo.
Sam descendió del camión con gesto concentrado.
Se hallaba en terreno seguro. Ya podía descargar la mercancía.
Daba la impresión de que no le hubiera importado en absoluto
lo accidentado del recorrido. Lo que contaba era estar allí,
con la carga a buen recaudo.
Me ofrecí a esperarle para acompañarle en su regreso
pero se ocupó rápidamente de denegar mi sugerencia.
–No, young man. I’m quite sure about the right way.
Don’t you worry.
No insistí pues no había nada más lejos de
mi intención que tentar a mi suerte. Además, era
casi seguro que el Irlandés tampoco estaría por
la labor.
–Okay, Sam, good luck.
Me alejé de allí a grandes pasos, indicio de las
ganas que tenía de volver a casa, ver a Diana, besarla
y fundirme con ella en un mar de abrazos y jadeos, sin un resquicio
para el recuerdo de ese infausto día.
Al subir a mi coche pude ver la mole del gran camión reposando
tranquila, como si recuperara fuerzas preparándose para
otra contienda.
Pasé de nuevo ante el cartelón anunciador. Por más
vueltas que le daba no conseguía adivinar la razón
por la que un ser humano puede colocar un indicador por grande
que sea, a casi un kilómetro de la carretera más
cercana. ¿Proyección de futuro? Quizá al
cabo del tiempo aquello se transformaba en un doble trébol
de autopistas y el del Lomo en el más célebre de
los polígonos.
Desde luego, en aquel momento no pasaba de la clasificación
de oscuro y clandestino.
Respiré hondo y continué mi marcha hacia la luz.
Puse tierra de por medio. Mucha tierra. Era lo único que
abundaba por aquel páramo.
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