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Algo sucedió en la travesía
que emprendieron juntos Tania y Orlando. Un cambio pugnaba por
producirse para perturbar su cómoda existencia anclada
en el barrio alto de la ciudad, un lugar para ricos donde sus
almas aspiraban a conquistar el paraíso.
Tuve ocasión de ser testigo de muchos episodios de su convivencia,
lo que me convirtió, supongo, en algo así como una
cámara que contempla imágenes e imprime en su memoria
los trazos de un dibujo, un rompecabezas que al final de la historia
se completa con una pieza que siempre te pareció que no
encajaba y la dejabas apartada en un rincón. Antes de que
mi enfermedad me postrase en el hospital, mi relación con
aquella pareja me había dejado un poso en la memoria. Una
inquietud empezó a crecer en mí y me ha animado
a contarles aquello de lo que fueron capaces esos dos supervivientes
de la modernidad.
El cambio de rumbo en su viaje compartido pudo haber empezado
en una estancia cualquiera del chalet de tres plantas, agarrado
cada uno a una copa de bourbon:
–Orlando y Tania, Tania y Orlando. Es gracioso que estos
cinco años de convivencia me parezcan tan… prescindibles.
–¿Prescindibles? ¿Cómo puedes tú
decir eso? En todo este tiempo no me has dedicado un momento de
amor. Más allá de lo carnal no represento para ti
más valor que un libro desacreditado.
–Eres injusta, Tania. Me esfuerzo por equilibrar nuestra
vida y tú te sales por la tangente. No me incrimines, porque
he hecho mucho por ti. ¿O has olvidado de dónde
ha venido todo el dinero que ha estado entrando en la casa?
–Eso es lo que llamas entrega. Mover el talonario de un
lado a otro haciéndote el gallito y luego llevarme a la
cama para terminar de llenar el pozo sin fondo de tu narcisismo.
Pero ahora es distinto. Hace dos años que me gano muy bien
la vida. Si crees que te necesito es que estás más
ciego de lo que suponía.
–Claro, desde que te convertiste en la superejecutiva del
banco me miras desde otra altura ¿no es cierto?
–Di mejor que he aprendido a conocerte. Cuando era una simple
empleada carecía de experiencia tratando a los machitos
como tu; hasta me subyugaban con sus contoneos y presunciones,
tan acicalados y perfumados. Por eso me engatusaste. Supiste utilizar
tus armas.
–Algo más habría detrás de la fachada
¿no? O a lo mejor quieres dar a entender que yo estaba
a la altura de una cabecita vacía.
–Mira, Orlando, creo que lo nuestro no está funcionando
porque he madurado, mientras que tú sigues ahí mirándote
el ombligo. Por cierto, que has engordado sobremanera últimamente.
–Vaya, yo no puedo decir lo mismo de ti porque siempre te
he visto más inflada que una rueda de camión.
–¿Y qué? Soy feliz con este cuerpo y no me
vencen los complejos. Deberías tomar ejemplo.
–No creo. No resistes una mirada al espejo, cariño.
Me he fijado en eso. Siempre vas con esa ropa tan holgada…
parece un sayón de fraile.
–Uff, y tú luces la papada de un…
No sé cuánto tiempo permanecí escuchando
aquel intercambio de veneno, probablemente más del que
hubiese deseado. Cuando decidí intervenir, encontré
a Orlando sólo en la sala, apurando la copa.
–No he podido evitar oír…
–No te preocupes –atajó–. Es una muestra
más de que lo nuestro se deshace. Si es que alguna vez
hubo algo que mereciera la pena.
Mientras observaba a Orlando, plantado a un metro de mí,
con su abdomen prominente y su mano carnosa rodeando el vaso como
una prolongación de sí mismo, tuve la revelación
de algo que hasta ese momento no había apreciado, al menos
de manera consciente: a Orlando le sobraban muchos kilos y por
su papada poblada de pliegues y su escaso pelo que caía
sudoroso sobre la frente aparentaba rebasar la barrera de los
cincuenta, cuando su edad rozaba los treinta y cinco.
–¿Qué hay en Tania que no te guste, aparte
del físico? –espeté a bocajarro.
–¿Te refieres a si descuida su higiene personal o
algo así?
–No seas cínico, hombre. Te conozco y sé que
ves más allá de lo simplemente material. Eres tozudo
pero no un borrico. Y ahora dime, ¿qué os está
pasando?
Me miró de soslayo mientras se servía más
bourbon. Carraspeó antes de hablar:
–Que te lo diga ella. Desconozco lo que pasa por su privilegiada
cabecita.
Dio un trago largo que pareció rasparle la garganta como
una lija y señaló hacia las escaleras que unían
el enorme salón con las plantas superiores de la casona.
–La encontrarás llorando en su habitación.
Dudé entre subir o terminar de una manera más eficaz
el diálogo. Intenté lo segundo:
–Orlando, quisiera que de una vez reflexionaras sobre esto
sin salidas de tono ni sarcasmos ¿podrá ser?
Se encogió de hombros sin abandonar el contacto entre sus
labios y el borde del vaso. En ese instante predije que volvería
a llenarlo en cuestión de segundos.
–No puedo reflexionar sobre algo que no entiendo –murmuró–.Lo
más que cabe pensar de su actitud es que ha encontrado
a otro.
Las bolsas amoratadas de piel que colgaban bajo sus ojos reflejaban
que Orlando llevaba bastante tiempo durmiendo mal, probablemente
dándole vueltas a aquello que pensaba en realidad.
–Orlando, ¿podrías decirme por una vez qué
es lo que de verdad te preocupa? Déjate de fingir que no
ves más allá de tus narices…
Aparté la mirada de su figura voluminosa y la dejé
vagar por la estancia. Trofeos de caza por las paredes, diez o
doce ciervos, uno de ellos de catorce puntas; unos quince jabalíes
con colmillos más retorcidos que los pensamientos de Orlando…
En contraste con el tono roble de la puerta de entrada, un marco
de ébano rodeaba el retrato de Tania como un muro protector
y ensombrecía innecesariamente el semblante marfileño
de la mujer. En ocasiones he pensado que si consiguiera estar
más delgada parecería otra persona. Los ojos en
el óleo reflejaban con el mismo fulgor el tono aguamarina
de los auténticos. Su mirada se había adueñado
de mi voluntad hacía mucho. Esa permanente chispa…
transmitía sensaciones contradictorias; una pura lucha
de opuestos. Esos ojos parecían entregar sus pensamientos
a los que la rodeaban con la misma facilidad con que dibujaban
el enigma permanente de un secreto, como si aquella luz la produjera
una piedra oscura como la noche. Podía imaginarla sollozando
en su cuarto del piso superior, sentada sobre la bicicleta estática
que nunca había llegado a utilizar. Estaría debatiéndose
en un mar de dudas; si yo fuera ella, me marcharía de aquella
casa de la discordia buscando aires más frescos, un espacio
por donde dejaría discurrir mi vida sin permitir que nadie
la perturbara.
Para Tania y Orlando había llegado el momento de la despedida,
el adiós a cinco años en los que la ilusión
había empezado a ceder terreno al abandono y al olvido.
La voz entrecortada de Orlando parecía provenir de muy
lejos:
–Querías saber qué es lo que me preocupa…
pues bien, se trata de una sola cosa: la rutina. Nos vamos aburguesando
y cada vez pasamos más desapercibidos el uno para el otro.
Créeme, eso de formar parte del decorado no va conmigo.
Ya no recuerdo cuándo nos dijimos por última vez
algo cariñoso, con sinceridad, que no sonase a convencional…
–Supongo que el trabajo os agobia a los dos, es algo inevitable.
Nos roba la mayor parte del tiempo y minimiza la calidad de vida.
Si me lo permites te diré que os ha faltado comunicación;
el diálogo es una sana actividad ¿sabes?
–Sí, sí. Hay que dar cera al matrimonio y
todo eso. Algo así como lubricar la maquinaria para que
se siga moviendo. Maquinaria pesada… ja, ja, ya sabes, el
exceso de peso y tal.
–Oye Orlando, no sé el por qué de esa obsesión
vuestra con la obesidad; siempre os estáis echando en cara
que os sobran carnes y lo usáis como arma arrojadiza. ¿Por
qué no empezáis por poneros en forma? Igual es el
comienzo del fin de vuestra desdicha.
–Lo nuestro requiere una cirugía agresiva y por separado,
así que no será ese el camino.
Orlando se tumbó sobre la rinconera aterciopelada de espaldas
a mí. Con un suspiro profundo se acurrucó e hizo
un gesto con una de sus manos gordezuelas a modo de despedida.
Entendí zanjada la cuestión. Ya no volvería
a intentarlo con él. Era como rebotar contra un muro de
piedra.
Subí el primer tramo de escalera con intención de
decir adiós a Tania, pero detuve mi paso al escucharla
hablar por teléfono. Sí, se trataría de su
amiga Irene, sobre quien solía verter el mar de sus insatisfacciones.
–…pasado mañana cogeré ese avión.
Nos veremos en Palma a las cinco. ¿Qué? ¿Él?
Él no hace nada por remediarlo. Lo nuestro pasó
a la historia hace tiempo.
Decidí que debía dar media vuelta y alejarme de
allí. Mientras descendía por la amplia escalera
en forma de espiral escuchaba la voz de Tania, susurrando entre
los rincones, rebotando en el mármol rosáceo de
las paredes. Estas resultaban frías como el cristal de
los ventanales que me separaban de los jardines sin flor, agrisados
por el rigor del invierno.
La parte alta de la ciudad proyectaba su majestuosidad desde una
colina de dientes de sierra que abrazaba como una media luna el
contorno de los suburbios. En ellos, los parroquianos deambulaban
de un lado a otro hasta bien entrada la noche, sumergidos en un
bullicio de trastos a motor transportando cachivaches, motos pestilentes
o gritos desaforados por cualquier motivo peregrino. Tania y Orlando,
como otros de su misma extracción, descendían a
esos infiernos cuando requerían algún mueble antiguo
para decorar la casa, frutas y hortalizas frescas de mercadillo
o un baño de humanidad al igual que cuando recurrían
al gimnasio o a la talasoterapia para recibir su dosis de engrosamiento
del bienestar.
Mi entrañable Volkswagen del ochenta y dos puso distancia
entre la colina de la opulencia y yo, transportándome hasta
el casco antiguo donde disponía de un ático frente
a la iglesia.
Sería la última vez que pisaría la mansión
de mi hermano Orlando en mucho tiempo. Sí, esa noche empecé
a notar un dolor casi insoportable en el pecho, agudo como mil
agujas que punzaran mis entrañas extendiéndose como
una brasa por mi brazo izquierdo. El lateral renacentista de la
iglesia recientemente restaurado asaltó mi mente al mirar
por la ventana, quizá con el mensaje de que aquel monumento
había sufrido la enfermedad del tiempo y ahora lucía
agradecido un cuerpo nuevo. También yo necesitaba una reparación,
y de forma urgente.
La ambulancia me dejó en el modernísimo hospital
provincial pasadas las dos de la madrugada. Eso constaba en la
ficha de admisión de la UCI. No había transcurrido
más de media hora desde el ataque, pero me encontraba perdido
en el tiempo, como si mis sentidos se desprendieran de mi cuerpo
para flotar en una dimensión distinta. Me administraron
una pastilla de cafeinitrina que me colocaron bajo la lengua y
practicaron algunos otros manejos en mí de los que solo
recuerdo la presión de una goma elástica y algún
pinchazo.
Al día siguiente el cardiólogo del turno de noche
me confirmó que había sufrido una angina de pecho
y que estaría en observación hasta que mis constantes
fuesen perfectas. No sabía el buen hombre que eso era poco
menos que imposible pues habitualmente mi tensión subía
y bajaba como los Picos de Europa o como los vaivenes de la relación
entre Tania y mi hermano. Yo estaba acostumbrado tanto a lo uno
como a lo otro, aunque acababa de recibir en mis carnes una advertencia
de que por ahí no iba bien encaminado. Mis hábitos
de dormir muy poco, comer como un colibrí y trabajar a
destajo con el estrés presidiendo mi vida podrían
estar siendo la causa de un lento suicidio.
El matrimonio de mi hermano se había hundido definitivamente
y sólo yo sabía la causa. Los vecinos o amigos abrirían
desmesuradamente los ojos cuando recibieran la noticia de su separación
pues la imagen pública la cuidaban con mimo y jamás
habían dado motivos de sospecha. Lo mismo que mi recién
manifestado mal: nadie lo habría predicho por mi apariencia
física. Y es que en esta sociedad que vigila tanto la fachada
sólo son susceptibles de tener infartos los fofos, obesos
o feos. Puedo oír a mis amigos:
–¿Cómo? ¿Francisco ha sufrido un infarto?
Pero si jugaba al squash conmigo y le encantaban las ensaladas…
Una vez devuelto al calor de las paredes de mi casa, solía
recibir la visita de mi hermano. De vez en cuando me traía
un libro o el periódico y hablábamos del nuevo rumbo
que estaba dando a su vida. Casi no podía creer el aspecto
tan distinto que había adquirido tras innumerables sesiones
de gimnasio, terapias hídricas y clases de jiu-jitsu. ¡El
blando de Orlando practicando artes marciales! Lo nunca visto.
Yo me había restablecido casi por completo y procuraba
pasear a diario por la Dehesa, como indicó el doctor. Reconozco
que me animaba bastante eso de tener repentinamente un hermano
convertido en atleta, así que me aplicaba a ello con ahínco.
Durante una buena temporada dejamos de vernos y hablábamos
por teléfono de cuando en cuando. Al cabo de un año
o así vino a verme a casa. El susto cardíaco había
quedado atrás aunque debía observar unos hábitos
de vida más serenos y reducir tensiones, cosa que se me
hacía bastante cuesta arriba. Para un tipo como yo no es
fácil acostumbrarse a vivir sin una buena dosis de adrenalina.
Orlando me trajo un recuerdo de familia.
–Es el álbum de nuestra Primera Comunión…
–le miré con sorpresa–. Éramos unos
enanos.
–Hay un poco de todo. Fíjate en esos dos soldaditos
con cara de pánfilo.
–Vaya, tú y yo durante el servicio militar.
Le observé por encima del cuaderno de las fotos. No pude
evitar fijarme en su cara exenta de papada y carnes temblorosas.
Se mostraba tersa y del color adquirido por los que disfrutan
de la vida al aire libre, con ese tostado común entre los
que practican a menudo el esquí.
Volví a la colección de fotos. Allí estaban
los rostros y cuerpos con treinta años menos de familiares
más o menos directos. El reportaje terminaba con una imagen
reciente de mi único hermano en el balcón principal
de su casa del barrio alto. Alterné la mirada entre el
álbum y la figura de Orlando.
–Pareces más joven ahora –afirmé con
un tono de incredulidad.
–Será porque me he operado la nariz. La foto es de
hace unos cinco años. Tenía más pelo en la
coronilla.
–No se trata del pelo o la nariz, es… todo. ¿Cuánto
has adelgazado, treinta kilos?
–Más o menos. Esto de hacer vida sana y cambiar de
aires me ha ido bien. Desde que vivo solo aprovecho mucho mejor
el tiempo.
Ahí estaba él, con su recién estrenada cinturita
torera y algo que me sorprendió: a través de su
ropa se adivinaban unas formas musculosas igualmente desconocidas.
Casi me da un acceso de risa.
–Caramba, Orlando, estás... irreconocible. Si hubiera
dejado de verte más tiempo, no te identificaría
ni con mis mejores gafas de aumento.
Le devolví la colección de fotos y me dirigí
al mueble-bar. Cuando abrí la portezuela de las bebidas
me hizo un gesto con la mano:
–Lo he dejado, de veras, tomaré un zumo de pomelo.
Alcé las cejas y sonreí:
–Te acompañaré. Precisamente es algo que me
ha recomendado el cardiólogo: los jugos de fruta desatascan
las arterias.
Me dirigí a la cocina y por el camino le pregunté
qué sabía de Tania.
–Absolutamente nada, Francisco. Se puede decir que desapareció
sin dejar rastro.
Orlando fijó la mirada a través del ventanal. La
tarde ofrecía un juego de luminosos ocres que daban sensación
de calidez a pesar de aquel desapacible mes de Febrero. Él
parecía buscar en un punto del horizonte, desconozco si
lo hacía pensando en ella, pero no volvió a mencionarla
en el resto de la conversación.
–Y dime, hermano, ¿haces mucha vida social en Suiza?
–. Le observé por encima de mis lentes con cierta
sorna.
–Nada nuevo –se interrumpió un momento para
beber un sorbo del cítrico–. Bueno, la verdad es
que eso fue hasta hace un par de días. He conocido a una
chica en la estación de esquí. Una monada.
–Ah, y la cosa promete…
–La conocí en la discoteca, al pie del monte Cervino.
De lo más romántico. Lástima que no pudiera
acompañarla a su hotel –apuró el contenido
del vaso sin respirar–. En fin, pero hemos quedado para
el próximo sábado. Ella también regresaba
a España esta semana.
–Ajá… pues creo que te vendrá bien eso
de volver a disfrutar de una relación…
– ¿Disfrutar? –me interrumpió con expresión
escéptica– Desde luego que pienso disfrutar. Y esta
vez será muy distinto. Lo sé. He aprendido y no
cometeré los mismos errores. Bueno Francisco, he de irme.
La empresa me va a pagar un máster en el extranjero y estaré
fuera una buena temporada así que, no nos veremos hasta
el verano. Espero que sabrás cuidarte tu solito. Has tenido
un buen arrechucho…
Permanecí callado unos instantes. Resultaba chocante que
mi hermano no sacara a relucir a Tania en ninguna ocasión.
En toda mi convalecencia había evitado hablar sobre ella.
No sé si eso obedecía a querer desterrarla de su
memoria o a la sombra de un arrepentimiento. Orlando es demasiado
sentimental como para haberla apartado de su vida sin más.
Y me parece que a Tania tampoco le ha resultado fácil.
Nuestra común amiga Irene me habla de ella de vez en cuando.
Me dice que ha cambiado, pero que en el fondo se siente sola.
La voz de mi hermano me sacó de estos pensamientos:
–Oye, te noto como ausente ¿en qué piensas?
–¿Eh?, no, en nada en particular. Le daba vueltas
a algo.
–¿Alguno de tus clientes del alma que olvidaste llamar
hace cinco minutos? –exhibió una franca sonrisa–
Deberías arrinconar ese stress, ya conoces la opinión
del cardiólogo.
–Si, sí, ya lo sé –contesté un
poco aturdido–. Reflexionaba sobre lo falsas que son las
apariencias. Mira, tú mismo has ofrecido siempre un aspecto
que, digamos, no guardaba armonía con…
–… con ningún canon de belleza.
–Gracias por completar la frase. Quiero decir que, yo he
sido siempre un delgaducho y prefiero la comida ligera. Sin embargo,
mi corazón me ha pasado factura y tú…
–Tienes razón, yo he atesorado todos los factores
de riesgo: obesidad, copas, tabaco, stress y a ti el que te ha
vencido ha sido este último. He sido más afortunado,
sí.
Orlando cogió su abrigo de lana gris y se colocó
esa especie de boina bohemia…el toque que le faltaba para
pasar desapercibido como Orlando y convertirse en una persona
totalmente distinta al original. Hasta la voz se había
transformado llenándose de matices que la hacían
más profunda, puede que por efecto de haber dejado el tabaco.
–Te veré en tu chalet de Sitges para primeros de
Julio –dijo como si entonara un canto–¿O vas
a cambiar tu rutina de soltero empedernido?
–No preveo cambios. Ya te avisaré.
–Hasta la vista Francisco.
–Hasta el verano, Orlando.
Poco más tarde recibí la llamada de Irene. Estaba
seguro que me traería noticias sobre Tania. Y así
fue. Me indicó que había conocido a un chico y que
habían conectado enseguida.
–Ha sido cosa de pocos días pero dice Tania que es
un gusto de hombre. A ver si la vida me sonríe a mí
también, que me estoy convirtiendo en una solterona…
–Pues tu y yo nos arrejuntamos y escribimos una nueva historia
¿qué te parece? –pregunté a bocajarro.
Irene se carcajeó con la ocurrencia–. Por cierto,
¿tienes algo importante entre manos esta noche?
–Si, la aspiradora. La casa está que da pena. Hay
que repasarla.
–Bueno, puedo echarte un cable si quieres. Te ayudaré
a hacer cena para dos ¿de acuerdo?
Ella esperó un momento antes de contestar.
–Umm, vale, pero tú traes el vino.
Así, mientras mi vida había ido rebotando entre
contactos ocasionales con conocidas de diversa índole,
mi relación con Irene iba afianzándose poco a poco,
conduciéndome hacia un lugar todavía indeterminado,
pero que permitía vislumbrar alguna esperanza en el horizonte.
No podía continuar engañándome a mí
mismo con la cantinela que solía soltar a los amigos:
–¡Bah! Seguré soltero mientras vosotros os
emparejáis, casáis, separáis, os peleáis
por los hijos o les hacéis unos desgraciados. Yo es que
ni me lo planteo.
Ellos solían decirme que si de mí dependiera, la
humanidad se extinguiría sin descendencia alguna en unos
pocos años.
El caso es que las cosas parecían enderezarse para mi hermano
y para mí. A los pocos días de nuestro último
encuentro, Orlando había concertado una cita con su nueva
amiga, Esmeralda, según me dijo. Habían quedado
en un bar de esos que sirven una docena de tipos diferentes de
café con un aroma exquisito. Separados por una mesita de
madera, hablaron de todo aquello que les pasaba por la cabeza.
Intercambiaron impresiones sobre su reciente experiencia en la
estación de esquí, destacando el buen ambiente de
la sala de fiestas donde habían coincidido, con los Alpes
al fondo. Orlando pensaba que nunca había conocido a una
chica tan encantadora. Me confesó que no le había
revelado su nombre verdadero, que era como empezar desde cero
en todos los aspectos y para eso quiso rebautizarse como Pablo.
Una estupidez como muchas otras típicas de mi hermano.
El ambiente olía a café de Colombia con una intensidad
embriagadora. Era curioso que fuese la tercera vez que salían
y sin embargo se trataran con una familiaridad poco corriente.
A Esmeralda le dio la misma impresión. “Estoy hablando
con un tipo que es casi una incógnita y me parece que fuésemos
amigos de toda la vida”. Si, francamente se trataba de una
sensación que a veces uno tiene cuando está con
alguien que abre una conexión dentro de ti de forma que
hasta sobran las palabras. Esmeralda observaba los rasgos de Orlando:
“Esa barbilla marcada, qué fuerza transmite su rostro”.
Qué distinto resultaba Pablo de la persona con la que había
estado durante los últimos años. La voz del hombre
que tenía enfrente transmitía seguridad, afecto
y confianza, no como el otro. Estaba harta de todos aquellos gritos,
de los desplantes, los malentendidos. Había decidido que
ese hombre que tenía ante sí sería capaz
de hacerla feliz. Sí, lo intuía. Ella siempre se
jactaba de tener un fino olfato para esas cosas. Eso sí,
le pediría que le dedicase tiempo, que la atendiera como
se merecía, que la hiciera sentirse importante para él.
Mi hermano observó el bello rostro que tenía ante
sí. Las manos cuidadas, el óvalo de porcelana de
la cara, la silueta cincelada por lo que a buen seguro serían
muchas sesiones de gimnasio... Siempre había rechazado
la dejadez de Tania por su aspecto, la manera deliberada de maquillarse
con todo ese colorete para fastidiarle, la falta de interés
por agradarle a él, que tanto necesitaba de mimos.
Cuando Esmeralda tomó las manos de él entre las
suyas fue para hacerle una revelación:
–He de confesarte algo, Pablo –dijo sin levantar la
mirada más allá de los labios de Orlando. El tacto
de su piel tuvo la virtud de reconfortar a Esmeralda.
–Es que… te he mentido respecto a mi… nombre.
–Ah, vaya… –Orlando se sentía confundido.
Él pensaba haberle dicho exactamente lo mismo.
–Es gracioso. Yo también iba a… no me llamo
Pablo.
Ella sonrió enseñando una blanca fila de dientes.
Nada más conocerse allá en los Alpes, celosos de
una independencia recién recuperada, habían ocultado
sus verdaderos nombres.
–Esto sí que es coincidencia ¿y cómo
te llamas?
–Orlando.
La mujer quedó inmóvil en su asiento y miró
a mi hermano fijamente a los ojos.
–No… no puede ser.
–¿Cómo que no puede ser? No creo que sea un
nombre tan feo. ¿Cuál es el tuyo?
–Tania. Me llamo Tania.
Los dos quedaron perplejos observándose el uno al otro
sin separar sus manos entrelazadas en lo que pareció a
ambos un lapso indefinible de tiempo. Sus ojos se recorrían
mutuamente, ávidos de identificar algún rastro,
una señal de aquellas personas de las que habían
decidido huir y que ahora parecían volver transformadas
en arquetipos quizá soñados, quizá idealizados
por una ceguera que les había impedido verse a ellos mismos.
Y esa realidad que acababan de descubrir les ponía ante
sí un reto, una oportunidad. Se cuestionaban si ese había
sido siempre su destino, permanecer, entregarse el uno al otro,
sin velos ni disfraces, amarse sin más.
Quién sabe si Tania y Orlando recuperarían lo perdido.
Quién sabe si algún día Irene y yo viviríamos
juntos para siempre. Para mí, lo mejor de esta vida cambiante
y traicionera es la libertad de elegir. Qué bonito es equivocarse
y tomar otro camino… mientras del error hayas aprendido.
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