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Autor:

Marzio Girola

Titulo:

Anitas

 

Tomó su título de Doctorado en Historia, lo dejó sobre su cama, y del otro lado de la puerta de su dormitorio, se escuchaban las voces de sus familiares y amigos que la acompañaban en su fiesta de graduación. Todos la elogiaban por la dedicación y el empeño con que había cursado sus estudios. Las mejores notas del curso le correspondían, así como también, varias investigaciones que ya circulaban en los medios académicos, como fuentes de consulta. Su amiga Anita, era la única que no había asistido a la reunión que organizaron sus padres. Hacía ya ocho años de su desaparición. Nunca se supo más nada de ella. Simplemente desapareció.

Entre nebulosas de recuerdos, el título sobre la cama le insinuaba que la historia dormía, así cómo lo hacía en ella, la presencia de Anita envuelta en la esperanza de algún despertar. Fue unos meses antes de que resolviera titularse en historia, una noche de primavera, de aquellas primaveras que la intolerancia y la avaricia, lograron tornar en gélidos y oscuros inviernos eternos.

Se recostó junto a la flamante cartulina en un intento de acompañarla en su letargo, a la espera de encontrar a su amiga durante el vuelo. Quería compartir con ella lo que tantas veces planificaron juntas, tantos sueños y vivencias, que hoy le robaba la injusticia. Recordó aquella noche y aquella llamada que marcó por siempre su desvelo. Era la madre de Anita... “Anita, había desaparecido”.

Regresaba de Porto Alegre, de un viaje de compras, de aquellos que se realizaban frecuentemente cuando la diferencias del cambio de monedas, hacía que el dinero en aquel país valiera tres veces más en relación aquí. Debió embarcarse a las veinte horas, pero nunca llegó a la terminal. A las diecinueve y treinta, dejó la habitación acompañada de sus valijas. Eso lo testificaba el conserje del hotel, que estaba ubicado a tres cuadras de la terminal de autobuses. Carmen y Helena se quedaban dos días más en la ciudad, así que la acompañaron hasta el hall del hotel para despedirla. Fue la última vez que vieron a Anita.

En la Sudamérica de aquellos tiempos, desaparecer era una posibilidad que tenía asignada todo aquel que expusiera sus pensamientos públicamente. Pensar, estaba prohibido y considerado subversivo. Hoy, con el doctorado a cuestas, sabía que la consigna era apoderarse de las riquezas de estas tierras, aniquilando las mentes pensantes que podían diferenciar entre el hecho de apoyar un crecimiento económico, a la venta indiscriminada de bienes nacionales por medio de coimas, fraudes fiscales e inversiones falsas. Igualmente inmersos en fraudes ideológicos, los ingenuos que creyeron en el comunismo, fueron tomados como criminales y enemigos públicos por el hecho de apoyar un pensamiento diferente al pautado por los poderes económicos de la región. Así que por comunista o subversivo, pensar y exponerlo públicamente, era sinónimo de desaparecer.

Si bien Anita compartía los pensamientos subversivos de aquella época, no cumplió con el requisito de hacerlo públicamente. Ni siquiera se acompañaba con gente que lo ejercía. El hecho de encontrarse en otro país pudiera desechar esta posibilidad, sin embargo, un factor que demuestra las mentiras políticas que tienden a hacer creer la imposibilidad de unión entre los países latinoamericanos, es que bajo la consigna de “todo por el capitalismo”, los países que hoy intentan consolidarse dentro del MERCOSUR, funcionaban perfectamente en conjunto, en sus actividades “anti-terroristas”. Sin embargo, no había razón para pensar que Anita hubiese desaparecido en manos de los militares.

Había comprendido también, que la ambición de poder iba más allá del dinero. ¿Podría haber sido víctima de los traficantes de órganos? Sabido es que aquellos que acumulan riquezas tienden a creerse tan longevos como el sistema que idolatran y que las bases éticas y morales del mismo, se convalidan únicamente en el crecimiento de su poder. Así que literalmente se manda a buscar en los países pobres, órganos sanos y frescos, para ser utilizados en implantes que les permitan prolongar su existencia. Pero siempre en esos casos los cuerpos aparecen.., mutilados, pero aparecen. Y Anita, no había aparecido.

Las opciones de robo o ataque sexual, fueron descartadas con el tiempo. Los países considerados pobres, por los índices de ingreso de dinero por persona, en realidad son pobres de información y formación intelectual, eso que llaman hoy cultura y que yace debajo de una cáscara de banana en algún lugar de la selva olvidada. Esta verdadera pobreza, hace que se asuma al dinero, como única vía de realización y por ende, se justifique cualquier método para obtenerlo. Es decir, que la diferencia entre los más pobres y los más ricos, aparte de la cantidad de dinero que poseen, es en realidad la capacidad de compra de “justicia” que tienen. Ella lo había comprendido durante el doctorado. El robo, el asesinato, la violación de los derechos humanos, el fraude, la estafa y hasta el arrebato; son vehículos utilizados por ambas clases sociales para un mismo fin. Lo que hace la diferencia es la capacidad de compra de justicia. (No justicia en lo que a semántica se refiere, justicia volcada a lo que se denomina Poder Judicial) Había logrado comprender, porqué se llamaba Poder al manejo de la Justicia. En esos casos, el valor humano es tan desestimado, que siempre los cuerpos aparecen, como meros deshechos de un vehículo para apropiarse de algún bien que porten.

Cabía también la posibilidad de las drogas. Consumir o vender este producto, es una puerta de acceso a la desaparición instantánea. Había comprendido que dentro de esta terminología, se concentraban los mayores negocios de la Tierra. Por que como siempre sucede, las palabras se limitan a la moda o a los intereses de los sistemas imperantes. Habiendo desarrollado un pensamiento crítico, comprendió que droga, no era tan solo aquello que se vendía a los jóvenes o niños para que comiencen una existencia de ciudadanos útiles y no pensantes. Sabía que debía incluir también los fármacos, el alcohol, el cigarrillo y la información condicionada. Es decir todo aquello que generando adicción, desprendía al individuo de la realidad para sumergirlo en un delirio que lo transformaría, ya sea por la adicción o por condición de su pensamiento, en fácilmente manejable. Sin embargo Anita no había demostrado nunca ser consumidora de drogas y con respecto al resto, no era de pensar que la televisión hubiese ocasionado su desaparición.

En los años que demandó su carrera, buscó siempre la veta investigadora que pudiera llevarla a comprender lo ocurrido a su amiga. Fue de ese modo que conformó una mente crítica y objetiva. Detectó rápidamente, que el sistema Capitalista, debe su expansión más a Holywood que a sus políticas o sus políticos. Una industria montada en sus comienzos para recrear ilusiones, finalizó inculcando irrealidades que son asumidas como verdades únicas por los espectadores. Durante décadas se dedicaron a la ridiculización de los grandes jefes y pensadores de las tribus autóctonas de América del Norte, escondiendo bajo un velo de hipocresía lo que fue el genocidio de una población, cuyos valores espirituales y humanos, hoy buscan rescatar los Hombres. Han logrado hacer de la “policía del Mundo”, y todas sus derrotas bélicas desde la Segunda Guerra Mundial hasta la fecha, un estandarte a los jóvenes soldados muertos en acción por manos ruines y despiadadas; dejando en el olvido que son soldados enviados por ellos, muertos en igual batalla y en países extranjeros. Han generado una pantalla por medio de la cual, inventan el mundo que les place y simplemente lo “inyectan” en los cerebros expectantes. Podría caber la posibilidad que Anita acompañara la orda de jóvenes que viajaron hacia el país de la felicidad, para terminar sirviendo como lacayos del feudalismo del siglo XX. Pero si así hubiera sido, se habría comunicado en algún momento.

Lo cierto era que su doctorado yacía sobre la cama inerte, estático, muerto. Una sensación de momificación que trasgredió las normas de la información o del saber. Un golpe de abanico sutil que esparció la duda por todo el dormitorio. El poder era único, la avaricia por el dinero se hacía el estribillo que aquella infernal sinfonía de posibilidades. Toda la historia se resumía en la ambición de poseer la mayor cantidad de dinero. Un cuentito de montones de encubiertos que esconden el móvil único de la historia de las civilizaciones occidentales. Poder, avaricia y dinero. La forma, hacía la diferencia y descubría el engaño. Cientos, miles.., diría millones de hojas escritas dedicadas a describir formas que se creen hacen la historia. El conocimiento se transforma en un simple anecdotario, a través del cual se transmiten las anécdotas de las existencia humana. El fondo, único e inalterable, permanece estático e inamovible en el centro mismo de todas las atrocidades. Que diferencia había si hubiese desaparecido por drogas, militares, secuestro o cualquier otro móvil, si el fondo era siempre el mismo. Recordó a las madres de los desaparecidos en las dictaduras, los padres de hijos adictos, de los menores desaparecidos de la pedofilia y a cada organización de lucha en contra de las formas. Es como si la lucha contra el SIDA se remitiera a culpar a aquellos que mantienen relaciones sexuales sin preservativo, y no se atacara al virus en los laboratorios.

Por un instante, su título desapareció de la cama, y un sin fin de regalos comenzaron a bailar delante de su cuerpo ingrávido. Lapiceras de todas las formas y colores, archivadores, agendas, carpetas de cuero... Un montón de obsequios para la flamante doctora que comenzaba su desempeño profesional. Reconoció entre tanto papel de color, un sobre blanco, que sabía contenía el dinero suficiente para pagar el primer mes de alquiler de una oficina. La imagen de Anita se irradió en todo el dormitorio y un impulso incontenible llenó de líquido sus pupilas. Comprendió, que seguiría contribuyendo con las Anitas que seguirían desapareciendo.

Tomó su título de Doctorado en Historia, lo dejó sobre su cama, y del otro lado de la puerta de su dormitorio, se escuchaban las voces de su esposo, sus dos hijos y de algunos amigos que la acompañaban. Sus hijos siempre le preguntaban, porque no ejercía su profesión. No comprendían, como podía trabajar en la huerta de la chacra, habiendo obtenido un doctorado. Le decían: “mamá, podríamos canjear en la Municipalidad, un poco de carne a cambio de dar unas clases en la escuela rural”. Ella sonreía, les daba un beso en la frente y miraba de reojo la foto de Anita, que reposaba sobre la chimenea.

 

   
 
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