| |
Tomó su título
de Doctorado en Historia, lo dejó sobre su cama, y del
otro lado de la puerta de su dormitorio, se escuchaban las voces
de sus familiares y amigos que la acompañaban en su fiesta
de graduación. Todos la elogiaban por la dedicación
y el empeño con que había cursado sus estudios.
Las mejores notas del curso le correspondían, así como
también, varias investigaciones que ya circulaban en los
medios académicos, como fuentes de consulta. Su amiga
Anita, era la única que no había asistido a la
reunión que organizaron sus padres. Hacía ya ocho
años de su desaparición. Nunca se supo más
nada de ella. Simplemente desapareció.
Entre nebulosas de recuerdos, el título sobre la cama
le insinuaba que la historia dormía, así cómo
lo hacía en ella, la presencia de Anita envuelta en la
esperanza de algún despertar. Fue unos meses antes de
que resolviera titularse en historia, una noche de primavera,
de aquellas primaveras que la intolerancia y la avaricia, lograron
tornar en gélidos y oscuros inviernos eternos.
Se recostó junto a la flamante cartulina en un intento
de acompañarla en su letargo, a la espera de encontrar
a su amiga durante el vuelo. Quería compartir con ella
lo que tantas veces planificaron juntas, tantos sueños
y vivencias, que hoy le robaba la injusticia. Recordó aquella
noche y aquella llamada que marcó por siempre su desvelo.
Era la madre de Anita... “Anita, había desaparecido”.
Regresaba de Porto Alegre, de un viaje de compras, de aquellos
que se realizaban frecuentemente cuando la diferencias del cambio
de monedas, hacía que el dinero en aquel país valiera
tres veces más en relación aquí. Debió embarcarse
a las veinte horas, pero nunca llegó a la terminal. A
las diecinueve y treinta, dejó la habitación acompañada
de sus valijas. Eso lo testificaba el conserje del hotel, que
estaba ubicado a tres cuadras de la terminal de autobuses. Carmen
y Helena se quedaban dos días más en la ciudad,
así que la acompañaron hasta el hall del hotel
para despedirla. Fue la última vez que vieron a Anita.
En la Sudamérica de aquellos tiempos, desaparecer era
una posibilidad que tenía asignada todo aquel que expusiera
sus pensamientos públicamente. Pensar, estaba prohibido
y considerado subversivo. Hoy, con el doctorado a cuestas, sabía
que la consigna era apoderarse de las riquezas de estas tierras,
aniquilando las mentes pensantes que podían diferenciar
entre el hecho de apoyar un crecimiento económico, a la
venta indiscriminada de bienes nacionales por medio de coimas,
fraudes fiscales e inversiones falsas. Igualmente inmersos en
fraudes ideológicos, los ingenuos que creyeron en el comunismo,
fueron tomados como criminales y enemigos públicos por
el hecho de apoyar un pensamiento diferente al pautado por los
poderes económicos de la región. Así que
por comunista o subversivo, pensar y exponerlo públicamente,
era sinónimo de desaparecer.
Si bien Anita compartía los pensamientos subversivos
de aquella época, no cumplió con el requisito de
hacerlo públicamente. Ni siquiera se acompañaba
con gente que lo ejercía. El hecho de encontrarse en otro
país pudiera desechar esta posibilidad, sin embargo, un
factor que demuestra las mentiras políticas que tienden
a hacer creer la imposibilidad de unión entre los países
latinoamericanos, es que bajo la consigna de “todo por
el capitalismo”, los países que hoy intentan consolidarse
dentro del MERCOSUR, funcionaban perfectamente en conjunto, en
sus actividades “anti-terroristas”. Sin embargo,
no había razón para pensar que Anita hubiese desaparecido
en manos de los militares.
Había comprendido también, que la ambición
de poder iba más allá del dinero. ¿Podría
haber sido víctima de los traficantes de órganos?
Sabido es que aquellos que acumulan riquezas tienden a creerse
tan longevos como el sistema que idolatran y que las bases éticas
y morales del mismo, se convalidan únicamente en el crecimiento
de su poder. Así que literalmente se manda a buscar en
los países pobres, órganos sanos y frescos, para
ser utilizados en implantes que les permitan prolongar su existencia.
Pero siempre en esos casos los cuerpos aparecen.., mutilados,
pero aparecen. Y Anita, no había aparecido.
Las opciones de robo o ataque sexual, fueron descartadas con
el tiempo. Los países considerados pobres, por los índices
de ingreso de dinero por persona, en realidad son pobres de información
y formación intelectual, eso que llaman hoy cultura y
que yace debajo de una cáscara de banana en algún
lugar de la selva olvidada. Esta verdadera pobreza, hace que
se asuma al dinero, como única vía de realización
y por ende, se justifique cualquier método para obtenerlo.
Es decir, que la diferencia entre los más pobres y los
más ricos, aparte de la cantidad de dinero que poseen,
es en realidad la capacidad de compra de “justicia” que
tienen. Ella lo había comprendido durante el doctorado.
El robo, el asesinato, la violación de los derechos humanos,
el fraude, la estafa y hasta el arrebato; son vehículos
utilizados por ambas clases sociales para un mismo fin. Lo que
hace la diferencia es la capacidad de compra de justicia. (No
justicia en lo que a semántica se refiere, justicia volcada
a lo que se denomina Poder Judicial) Había logrado comprender,
porqué se llamaba Poder al manejo de la Justicia. En esos
casos, el valor humano es tan desestimado, que siempre los cuerpos
aparecen, como meros deshechos de un vehículo para apropiarse
de algún bien que porten.
Cabía también la posibilidad de las drogas. Consumir
o vender este producto, es una puerta de acceso a la desaparición
instantánea. Había comprendido que dentro de esta
terminología, se concentraban los mayores negocios de
la Tierra. Por que como siempre sucede, las palabras se limitan
a la moda o a los intereses de los sistemas imperantes. Habiendo
desarrollado un pensamiento crítico, comprendió que
droga, no era tan solo aquello que se vendía a los jóvenes
o niños para que comiencen una existencia de ciudadanos útiles
y no pensantes. Sabía que debía incluir también
los fármacos, el alcohol, el cigarrillo y la información
condicionada. Es decir todo aquello que generando adicción,
desprendía al individuo de la realidad para sumergirlo
en un delirio que lo transformaría, ya sea por la adicción
o por condición de su pensamiento, en fácilmente
manejable. Sin embargo Anita no había demostrado nunca
ser consumidora de drogas y con respecto al resto, no era de
pensar que la televisión hubiese ocasionado su desaparición.
En los años que demandó su carrera, buscó siempre
la veta investigadora que pudiera llevarla a comprender lo ocurrido
a su amiga. Fue de ese modo que conformó una mente crítica
y objetiva. Detectó rápidamente, que el sistema
Capitalista, debe su expansión más a Holywood que
a sus políticas o sus políticos. Una industria
montada en sus comienzos para recrear ilusiones, finalizó inculcando
irrealidades que son asumidas como verdades únicas por
los espectadores. Durante décadas se dedicaron a la ridiculización
de los grandes jefes y pensadores de las tribus autóctonas
de América del Norte, escondiendo bajo un velo de hipocresía
lo que fue el genocidio de una población, cuyos valores
espirituales y humanos, hoy buscan rescatar los Hombres. Han
logrado hacer de la “policía del Mundo”, y
todas sus derrotas bélicas desde la Segunda Guerra Mundial
hasta la fecha, un estandarte a los jóvenes soldados muertos
en acción por manos ruines y despiadadas; dejando en el
olvido que son soldados enviados por ellos, muertos en igual
batalla y en países extranjeros. Han generado una pantalla
por medio de la cual, inventan el mundo que les place y simplemente
lo “inyectan” en los cerebros expectantes. Podría
caber la posibilidad que Anita acompañara la orda de jóvenes
que viajaron hacia el país de la felicidad, para terminar
sirviendo como lacayos del feudalismo del siglo XX. Pero si así hubiera
sido, se habría comunicado en algún momento.
Lo cierto era que su doctorado yacía sobre la cama inerte,
estático, muerto. Una sensación de momificación
que trasgredió las normas de la información o del
saber. Un golpe de abanico sutil que esparció la duda
por todo el dormitorio. El poder era único, la avaricia
por el dinero se hacía el estribillo que aquella infernal
sinfonía de posibilidades. Toda la historia se resumía
en la ambición de poseer la mayor cantidad de dinero.
Un cuentito de montones de encubiertos que esconden el móvil único
de la historia de las civilizaciones occidentales. Poder, avaricia
y dinero. La forma, hacía la diferencia y descubría
el engaño. Cientos, miles.., diría millones de
hojas escritas dedicadas a describir formas que se creen hacen
la historia. El conocimiento se transforma en un simple anecdotario,
a través del cual se transmiten las anécdotas de
las existencia humana. El fondo, único e inalterable,
permanece estático e inamovible en el centro mismo de
todas las atrocidades. Que diferencia había si hubiese
desaparecido por drogas, militares, secuestro o cualquier otro
móvil, si el fondo era siempre el mismo. Recordó a
las madres de los desaparecidos en las dictaduras, los padres
de hijos adictos, de los menores desaparecidos de la pedofilia
y a cada organización de lucha en contra de las formas.
Es como si la lucha contra el SIDA se remitiera a culpar a aquellos
que mantienen relaciones sexuales sin preservativo, y no se atacara
al virus en los laboratorios.
Por un instante, su título desapareció de la
cama, y un sin fin de regalos comenzaron a bailar delante de
su cuerpo ingrávido. Lapiceras de todas las formas y colores,
archivadores, agendas, carpetas de cuero... Un montón
de obsequios para la flamante doctora que comenzaba su desempeño
profesional. Reconoció entre tanto papel de color, un
sobre blanco, que sabía contenía el dinero suficiente
para pagar el primer mes de alquiler de una oficina. La imagen
de Anita se irradió en todo el dormitorio y un impulso
incontenible llenó de líquido sus pupilas. Comprendió,
que seguiría contribuyendo con las Anitas que seguirían
desapareciendo.
Tomó su título de Doctorado en Historia, lo dejó sobre
su cama, y del otro lado de la puerta de su dormitorio, se escuchaban
las voces de su esposo, sus dos hijos y de algunos amigos que
la acompañaban. Sus hijos siempre le preguntaban, porque
no ejercía su profesión. No comprendían,
como podía trabajar en la huerta de la chacra, habiendo
obtenido un doctorado. Le decían: “mamá,
podríamos canjear en la Municipalidad, un poco de carne
a cambio de dar unas clases en la escuela rural”. Ella
sonreía, les daba un beso en la frente y miraba de reojo
la foto de Anita, que reposaba sobre la chimenea.
|