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Contar
una vivencia es un tema complejo. Lo primero que llega a la mente
es ¿Cómo trasmitir aquello que se quiere contar? En mi experiencia
personal he descubierto que la mejor manera es olvidar las formas y simplemente
dedicarse a contar.
En mi país la política no es poca cosa. No existe
trabajador que no esté politizado, y muchos accionan a
través de los sindicatos, que no responden a ningún
eje político. Es decir, que los sindicalistas que terminan
ocupando cargos políticos dentro del aparato estatal,
son hechos aislados y que responden a la mera casualidad. Esas
cosas del destino, que hacen del sindicalismo, casi una asociación
ilícita. Años de este sistema sindicalista infructífero
lo comprueban. La confusión que ha tejido toda esta mentira,
que no hace otra cosa que nutrir un sistema putrefacto, logra
sin embargo arrastrar a miles de personas a convivir con una
mentira, que por más que se convalide como tal ante sus
ojos, hacen lo imposible por sostenerla como válida. O
simplemente, a la espera de recibir, de alguna manera, un pedazo
de la torta.
Hugo no es una excepción.., o tal vez lo sea. Panadero
desde sus comienzos, y sindicalista desde que satisfizo su necesidad
de pertenecer a algo. La panadería su trabajo, el sindicato
su vida y su vida.., el poco tiempo que lo separa desde la recuperación
de la última curda hasta la entrada al amasijo.
Maestro panadero y de los de antes. Defensor del horno a leña,
conocedor de todos los estados de la levadura fresca y amante
de una historia que no pudo ser, por el alcohol que en un momento
de su vida se adueñó de su existencia convirtiéndolo
casi en un fantasma.
Todas sus habilidades y conocimientos quedaron sepultados bajo
las ruinas de sus acciones, embebidas en una de las drogas lícitas
más letales. Hoy, a los cincuenta años y lejos
del alcohol, añora las oportunidades perdidas, las posibilidades
que le brindaron sus conocimientos y buena disposición
al trabajo, que se transformaron en simples anécdotas
para vivir de cuentos, cada vez que habla de su historia. Le
queda sí el sindicato, del que participa desde su iniciación
en el ramo, desde que recuerda y desde que supo que existía.
Reducido a un pequeño grupo de panaderos que se reúnen
diariamente bajo la consigna de la defensa del obrero, pujan
por “La bolsa”. ¿Y qué es esta Bolsa?
Una tarde me lo explicó.
Los panaderos no se registran en las planillas de trabajo de
las panaderías que los contratan. Cuando una panadería
necesita un panadero, llama al sindicato y estos se lo proveen.
De esta forma se comparte el poco trabajo que queda y el sindicato
factura a la panadería incluyendo el aporte a las Leyes
Sociales. Una lista ordenada numéricamente, se utiliza
para tal fin, en donde aquel que hoy accede a una jornada de
trabajo, mañana pasa a ocupar el último lugar.
Como en todos los rubros, las automatizaciones, los químicos
y las hiper-empresas - cuyas rentabilidades no responden a una
necesidad de subsistencia, sino que especulan con el incremento
de sus capitales comparativamente con los intereses bancarios-
han logrado desplazar los Derechos básicos del trabajador,
a problemas de los Estados. Este sistema de la bolsa, que aparece
como una solución equitativa, no es otra cosa que una
fórmula maquiavélica de aceptación de una
derrota ante un poder que ganó de antemano la batalla,
por medio de líquido etílico, casinos y quinielas.
Escuchar a Hugo hablar de la labor del maestro panadero, transforma
al pan en algo más que en el simple amasijo de harina,
agua, levadura y sal, que uno se lleva a la boca como el alimento
elemental. Manejar de diez a veinte bolsas, de cincuenta quilos
de harina cada una, realizar las distintas mezclas para los diferente
tipos de productos a elaborar. Los diferentes tiempos de leudado,
formas y sistemas de amasado. Y el trabajo de hornear todo aquello,
en un mismo horno donde las temperaturas y porcentajes de humedad,
son específicas para cada producto, hacen del maestro
panadero un verdadero maestro. No hay tiempo que perder ni espacio
para el error. Cuando un pan llegó a su punto de leudado,
hay que hornear para no perderlo. Y cuando son cinco tipos de
panes diferentes, más bizcochos, mantequillas, pan de
molde y tantos otros, un error de cálculo, puede significar
la pérdida de toda la mercadería y lo que es peor,
la imposibilidad de vender ese día, ya que no hay tiempo
para volver a elaborar. Se podría decir que el estrés,
recientemente descubierto dentro de las oficinas, ha sido cosa
común sobre los tornos de las panaderías desde
siempre.
Como son el pan y el bizcocho, los infaltables en cada desayuno,
el panadero entra a trabajar a las tres de la mañana.
Regresa a su casa cuando todos están trabajando. Duerme
cuando todos están comiendo su pan. Y desea distraerse
cuando todos buscan descansar del trabajo del día. Cuando
todo está diseñado para excederse e irse a dormir, él
debe entrar a trabajar y no deja de excederse.
Son historias como tantas, situaciones como muchas las hay
y peores aún. En las centrales de los sindicatos, estas
cosas se discuten. Y entre reuniones y reuniones, entre almuerzos
y convenciones internacionales, se buscan soluciones y se sigue
en la búsqueda convenientemente interminable de nuevas
opciones. Las grandes empresas multinacionales crecen al compás
de las papadas de los dirigentes sindicales y Hugo sigue diariamente
en el sindicato esperando por su Bolsa.
La espera de la campana del teléfono se hace larga y
hasta imposible de soportar. Todos los fantasmas invaden el recinto
e inevitablemente algunos vasos se despliegan sobre la mesa y
dados o barajas comienzan a hacer lo suyo.
_¡Vo! El cacho marchó hoy con todo, vo. Quedó debiendo
una buena guita.
El teléfono suena, necesitan a uno para la panadería
de Pocitos.
Todos se miran. El tiempo ha hecho lo suyo, y lo que queda
de ellos no es más que una agónica espera.
_ ¡Dále vo! Mandálo al cacho así paga
lo que debe.
Cacho se retira rumbo a la panadería, los vasos completan
su contenido y un manojo de cadáveres, una vez más,
confirman la efectividad del sistema. La “Bolsa” también
le pertenece.
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