| |
Madre,
luz de Luna,
nueve Lunas.
Que diste espacio en ti, cultivo incierto,
sin esperar mas cosecha, que un tibio beso.
Cuán pobre hoy, mi verba siento,
para poder hablarte, decir quién y como has sido,
y eres; y serás por siempre.
Agua de lluvia, látigo y trueno,
pluma. Cobija tibia, cuando no, de acero.
Implacable muralla, frente al Pampero.
Madre, que bello...
El gozo de haberte visto, conocido y amado.
La impunidad de pelear contigo, de haberte oído;
de oírte y no dejarlo, jamás.
La esquina del niño. La cueva del eco.
La maravilla que estés hasta en el barro,
y conmigo, siempre antes, y conmigo.
Primera mano, en el andar del niño.
Segunda sombra, del andar del adolescente.
Tercera mujer, del viejo.
Pero siempre madre,
en lo primero y en lo profundo,
la teta, de la vida misma.
Traicionero coloso, que se muestra heno,
azul eléctrico y celeste cielo,
techo y cimientos, mas nunca, paredes.
Que de mujer no te registro,
que solo madre te he visto,
y hoy, de abuela te dibujo.
Del fino perfil del arcoíris,
guindarán tus cabellos, para con la brisa,
armonizar por siempre, mis desvelos.
Te veré, tal vez, partir en tu carruaje blanco,
de Papáveri y Violétas, de Comíno y Salvia,
con Viváldi al frente y el Sol a tus espaldas.
Y sonreiré...
Juro, que por siempre sonreiré.
A tu eternidad, sonreiré,
por siempre,
Madre...
|