| La noche exhausta,
se entrega al imperio de la luz que la somete.
Lo hace lentamente... casi condescendiente,
mostrándose dispuesta y disimulando su resignación.
La luz carcelera la circunscribe
en la cara opuesta al Sol, el que amándola por siempre,
reconoce en ella, en la paradoja de no poder alcanzarla,
la convalidación de su propia existencia.
Se conforma de esta manera, de los ciclos, el eterno.
La majestuosidad del alba y la solemnidad del ocaso,
que protagonizan durante el día;
el instante de éxtasis, de gozo, de placer...
La sensación de inmensidad, la plenitud del alma,
que a la deriva de los sentimientos se eleva plena.
La motivación del andar, de la rotación y
la traslación,
el impulso del despertar y la inmersión en el onírico
universo.
Un renacimiento del alma en cada instancia
en donde el amor pareciera consumarse.
Es el punto exacto, en donde la verdad asoma,
cuando luz y sombra parecieran juntarse,
cuando el dolor de no poder alcanzarse,
se transforma en lo sublime del día a día...
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