| Déjame, envolver
tus ansias
con la luz de mi recelo.
Aparcar en tus costas mis anhelos
de agua clara y manantial sereno.
Huye... habla con los jardines del edén
y cuéntales de mí, de nosotros,
que intentamos sus puertas
en este cloacal del infierno.
Destroza el azul eterno
que se hace cielo infinito
separándonos a gritos de claras madreselvas.
No hay higuera ni mortaja que cuidar en la niebla,
la que circunda mi aliento cada vez que respiro tu pena.
Se lanza al viento una caricia
y golpea contra la miseria
de los pocos suspiros que transitan
el maizal de tus venas.
No vuelques el agua de tu sonrisa
sobre la piedra de la amargura
para satisfacer los deseos
de historias que no son tuyas.
Hagamos el nuevo reino
que llama a la dulce quena
donde no haya más recuerdos
que los del segundo que se aleja.
Y es que no fuimos; somos,
no hay un comienzo sino tantos
como amaneceres y ocasos
habrán frente a estas esferas.
Y ahora, que cae de bruces la nostalgia
y se alza en lo alto el tiempo
que intenta imperar mis fuerzas
sabre que no es un beso
lo que busca mi ceguera.
Habré de enfrentar la idea que se asoma desde el intento
no hay luz más opaca que un corazón sediento
y no hay agua más agria que aquella
que derrama una pena.
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