| |
Minutos antes de embarcar, procuró
calmar su ansiedad, en un intento por ordenar sus pensamientos.
La infalible duda, que se asemeja a una epidemia en todos los
viajantes, invadió su mente... ¿No me estaré
olvidando de algo, no? El pasaje lo tenía en la mano junto
a la tarjeta de embarque. La maquina de fotos estaba en el bolso
de mano. La campera, no la llevaría puesta ya que no hacía
frío, así que la llevaba atada al bolso. El dinero
lo había distribuido dentro del cinturón, que tenía
un bolsillo interno con cierre y que había comprado especialmente
para la ocasión. La dirección de la tía Alberta
en Huelva y la dirección del hotel en Madrid, las había
anotado su diario íntimo, el cual llevaba siempre en su
cartera.
El hotel, lo había reservado con anticipación, puesto
que debía esperar hasta la mañana siguiente de su
llegada a Madrid, para abordar el tren que la llevaría
hasta Huelva. Habían pasado cuatro meses, desde la visita
de Alberta, que viajó para asistir a la fiesta que organizaron
sus padres, cuando ella se recibió de Medico Pediatra.
En esa oportunidad, Alberta se ocupó de anotarle con lujo
de detalles, el itinerario que debía seguir para llegar
de Madrid hasta Huelva.
_¡Hija, mira quienes vinieron a saludarte!
El aviso de la madre, la trajo de nuevo al bullicio del aeropuerto.
Miró hacia la puerta de acceso a la terminal , y en ese
segundo, todo el sacrificio de diez años de dedicación,
quedó enterrado bajo el velo del olvido. Once, de los treinta
y cuatro niños , a los que ella ayudaba a asistir en su
trabajo , llegaron para despedirla. Eran los once, que podían
ser trasladados y que venían junto a Pablo y Ana, sus compañeros
de trabajo, que se ocuparon de alquilar una camioneta para llegar
hasta el aeropuerto. Algunos con sus sillas de ruedas y otros
con sus muletas, se fueron acercando a ella, para saludarla con
un beso.
Cada uno a su manera y en su propio idioma, le deseaba la mejor
de las suertes. Arturo, un chico con síndrome de Dawn,
luego de darle un fuerte abrazo le entregó una hoja de
papel, diciéndole:
_Los que no pudieron venir, te mandan esto. Te quieren mucho.
Para el resto de los acompañantes que contemplaban la escena,
era una hoja de cuaderno llena de rayas de todos colores, con
formas y garabatos ilegibles. Para ella, era la declaración
de amor más profunda que pudo recibir. Reconocía
cada línea o color, y leía, percibiendo el carácter
del trazo, el mensaje de cada uno de ellos. Identificaba a todos
los chicos que había participado en la carta y sabía,
que cada uno, le había mandado una mensaje de amor y felicidad.
Algunos con la mano, otros con la boca, y hasta Tatita, que nació
sin manos, le estampó algo, detrás de la hoja de
papel.
Durante el tiempo en que estuvo rodeada por todos los chicos y
a pesar de faltarle minutos para embarcar, pudo dedicarle a cada
uno, el tiempo suficiente para saludarlos y explicarles con detenimiento,
cada pregunta que le hacían.
La madre, se dirigió a Ana diciéndole:
_¡Que barbaridad! Traer a todos estos chicos hasta aquí.
¡Que responsabilidad! ¿No les bastó con la
fiestita de despedida del otro día?
_Lo que sucede -Le contestó Ana- es que los chicos, por
alguna mágica razón, viajan junto con ella. Aquellos
que la conocemos, sabemos que desde niña, siempre tuvo
dos sueños que quería realizar. Recibirse de médico,
y viajar a conocer la tierra de sus abuelos en Huelva. Y bien
sabes, que la fuerza de su deseo era tal, que todos los integrantes
de la familia, se comprometieron a regalarle el viaje cuando se
recibiera de medico, a sabiendas, que era su mayor anhelo . Este
último sueño, lo trasmitió también
a los chicos, que están tan felices, como si fuesen ellos,
los que se van de viaje. En un primer momento, con Pablo, pensamos
lo mismo que tu. Pero fue tal la insistencia de ellos, que nos
fue imposible negarnos. Sabes..., una de las cosas más
difícil de lograr, es estimular a estos niños y
tu hija lo logró, compartiendo con ellos su sueño.
No podíamos dejar de traerlos
.
_Ahora te entiendo. –Dijo la madre, mirando orgullosa a
su hija-.
Recordó cuando comenzó a trabajar en esa ONG para
niños discapacitados. Fue un aviso que recogió de
la cartelera de la facultad, cursando el primer año de
la carrera. El horario le permitía asistir a las clases
sin problemas y la paga, era suficiente para solventarse los estudios.
Nadie sospechaba en ese momento, que el contacto con la realidad
de esos chicos, la llevaría a tomar la decisión
de especializarce en pediatría. Con su gran sensibilidad
y dulzura, lograba dialogar con los chicos y motivarlos. Y la
suavidad de sus manos, les hacía olvidar la aspereza de
su diario vivir. Una comunión, que ella había comprendido,
duraría toda su vida.
La hora de la partida llegó, y luego de varias rondas de
abrazos y recomendaciones, desapareció detrás de
la puerta de embarque.
Pasó inmediatamente al avión, puesto que luego de
saludar de a uno a los chicos, llegó con el último
aviso para embarcar. Una vez acomodada en su asiento, se dedicó
únicamente a disfrutar de cada momento y de cada situación,
como tantas veces lo había soñado. A medida que
la ansiedad disminuía, y se apoderaba de ella el cansancio,
recordaba las veces que pensó en la posibilidad de no llegar
a realizar ese viaje. Hubo días, que había sentido
todo el peso del Universo sobre sus hombros y el agotamiento,
había podido más que sus sueños. Entonces,
llegaba a su casa y comenzaba a ver las fotos que le había
dejado la tía Alberta. Algunas un poco más viejas,
la de sus abuelos, y no le hacía falta estar mucho tiempo
contemplandolas, que inmediatamente comenzaba a volar de nuevo.
Pensaba en la ropa que debía llevar, el tiempo que podía
quedarse y así, sin darse cuenta, retomaba los libros para
seguir estudiando.
Cuando la azafata anunció el aterrizaje en Barajas, un
cosquilleo le subió por los tobillos y las manos comenzaron
a sudarle sin parar. Tomó su bolso, siguió la fila
de pasajeros. Realizó los trámites en migración.
Esperó la llegada de su equipaje y salió del aeropuerto
en busca de un taxi que la llevara hasta el hotel.
Recién dentro del Taxi, respiró Madrid. Aquella
que tantas veces había soñado y visto en fotografías,
hoy la podía sentir, oler y tocar. Aún así,
no podía creer que estaba allí. No podía
dejar de mirar a su alrededor y deleitarse con aquello que sentía.
Por momentos, le cruzaba por la mente la imagen que diseño
durante años, de ella, subiendo las escaleras del avión
con una blusa negra. ¿Pero al mirarse, se daba cuenta que
traía una camisa azul?. Y cuando intentaba comprender,
una Avenida, una plaza, un monumento.... Algo se le cruzaba en
el camino y la distraía.
Llegó al hotel, subió a su habitación y lo
primero que hizo, fue abrir la ventana. Ahora sí, sola
y tranquila, dejó que el llanto le ayudara a descomprimir
tanta alegría. ¡Era cierto! ¡Estaba en Madrid!.
¡Sí, era cierto también, que era médico
pediatra! Su corazón llenó la habitación
del hotel y comenzó, a través de la ventana, a respirar
su Madrid. Lo absorbía todo, devoraba cada rincón
que podía ver desde el noveno piso y se apoderaba de él,
como se apodera de la cinta de llegada, un maratonista. Ya no
más incertidumbres en su vida, ahora, el mundo le pertenecía.
Llamó a la tía Alberta por teléfono para
avisarle que había llegado bien. Que el hotel era tal cual
como ella se lo había descrito. Que bajaría a cenar
y se acostaría temprano, ya que mañana, debía
estar a las siete de la mañana en la estación, para
abordar el tren que Alberta le había indicado. Que había
entendido, no iba directo a Huelva y debía realizar transbordos,
por lo cual, quería descansar y estar despejada, para no
perderse detalle. Sabía, que cualquier error en las estaciones,
podía llevarla a abordar el tren equivocado y terminar
en cualquier lugar de España. Y algo importante, era llegar
a Huelva según lo acordado. Sabía que sus padres
no estarían tranquilos hasta que no los llamara desde la
casa de la tía Alberta..
A la mañana siguiente, ya en la estación, verifico
el itinerario marcado por la tía, con un funcionario de
la cabina de información turística y tomó
el tren a la hora indicada.
Se apresuró para encontrar un lugar cerca de la ventanilla,
por el miedo de no llegar a ver el cartel que le indicara, el
nombre de la estación en la cual debía bajarse,
para realizar el transbordo.
Se dio cuenta, que todo lo que había podido imaginar, no
se aproximaba en absoluto, a toda la belleza que estaba viendo.
Se sentía eufórica, emocionada, maravillada. Por
momentos sonreía, se le empañaban los ojos de lágrimas.
Luego tomaba el papel del itinerario la tía Alberta y repasaba
el nombre de la estación del transbordo y el número
del tren. Prestaba atención a las conversaciones de la
gente que estaba sentada a su lado, y el acento madrileño,
le causaba gracia. Volvía a sonreír y a empañar
sus ojos...Aún no lograba recomponer su estado anímico.
Sintió un silbato y percibió que el tren disminuía
la velocidad. Se concentró en mirar por la ventanilla ,
para ver el nombre de la estación a la que arribaba.
Divisó un cartel que se aproximaba y en el mismo momento
en que se aprestaba a leerlo, un fuerte resplandor hizo que el
cartel desapareciera ante sus ojos. Aún hoy, no se sabe
si se cayó, se desvaneció o bien, perdió
por completo el rastro de su cuerpo.
Los chicos del aeropuerto, desprendidos del tiempo, hablan de
ella, como la eterna viajera... y tal vez, así sea.
Los padres, sin embargo, esperan el momento de reencontrarse con
ella, tocar nuevamente su piel suave y acariciar sus blancas manos.
Y tal vez, hasta decirle, que no se había equivocado. Que
no fue culpa de ella, no llegar jamás a Huelva. Que el
cartel que se aproximaba, era el correcto, el que ella esperaba
encontrar para realizar el transbordo. En el que lamentablemente,
debió leer, “Estación Antocha. Marzo, 11 de
2004”. Por más que ella, jamás lo entendiera....
Seudónimo: Marco.
|