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09:24 pm de un domingo cualquiera.
Lo que pasó hace dos días resultará difícil
de creer pero desde alguna parte me entró una basurita
en el ojo y me estuve dando y dando y restregando con la punta
del dedo bastante rato cuando de pronto vi todo borroso porque
el lente de contacto se movió de su posición original
y al abrir el párpado e intentar desprenderlo y volver
a acomodarlo el ojo se me vino completamente hacia fuera quedando
suspendido de mi mano y ocurrió que ante tal impacto al
ver a su compañero de años herido y completamente
salido de su órbita, casi desangrado, al otro ojo le ha
dado un infarto fulminante de la sola impresión. Lo noté.
Lo supe enseguida. Por eso solté el ojo que sostenía
con mucho cuidado entre mis dedos, el cual quedó literalmente
como un resorte guindando de una maraña de nervios sanguinolentos
lo cual le daría un aspecto horrible y totalmente desagradable
a mi cara. Procedí de inmediato a darle masajes de resucitación
al infartado pero fue inútil, el paro debió ser
gigantesco pues ni siquiera pestañó, ni se movió,
ni nada. Lo declaré muerto a las 11:08 de esa misma noche.
Por mi parte ya llevo dos días aquí prisionera y
tal vez pase algún tiempo más hasta que el guardia
venga y se de cuenta que no he podido salir de este maldito ascensor
al cual logré llegar a tientas, casi en tinieblas, sujetándome
de las paredes y que al parecer se quedó atascado entre
los pisos 12 y 13 de este enorme hospital. Mientras tanto, aquí
en el suelo, con escasa luz, me entretengo con las figuritas que
a manera de caleidoscopio me proyecta al trasluz mi fiel y triste
ojo descuencado. El no me ha dicho nada, no me ha querido decir
nada, pero sé muy bien que se está muriendo de la
pena...
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