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Y es que todavía se siente
roja la herida sangrante que me dejara el frondoso raulí
reflejado en tus ojos, y los pájaros que vimos asomarse
–celestes- pasaron de rama en rama sobre tu cabellera de
alondra, y tú, como siempre, rebelde, insurrecta, te elevaste
hasta la copa más alta rozándote los pezones en
los suaves bordes de las hojas de uno de los árboles más
serenos, solitarios y nobles de los campos chilenos: el álamo.
Yo llegué de mi sur hacia tu centro. Abrí mis brazos
y cual Neruda enamorado comencé a aletear como un glorioso
colibrí autista para ir a buscarte por cuanta pradera me
lució conocida pero me olvidé por un instante que
es el colibrí original el único que tiene aquel
pacto secreto con Dios, de posarse las veces que quiera suspendido
de su dedo Divino y causar ese aleteo mágico que le da
rienda suelta, vida y emoción a la presencia inanimada
de las cosas que se cubren por momentos del silencio inquietante
de los bosques chilenos provocando suaves picoteos en los troncos
de árboles, cercas y portones de todas las casas, que,
sobrecogidas e iluminadas de hermosas mañanas, abrían
presurosas sus puertas y nos poblaban el alma de alegres pre-sentimientos.
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