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Autor:

María Cristina Grassi

Titulo:

Poesía

 

Yo abordé un vagón en donde cada ventana me mostraba un paisaje distinto. Algo insólito. En la primera nevaba; en la otra no, y en la siguiente, dos bocas se besaban apasionadamente, y yo salía corriendo por esa cosa rara calurosa que se adhería completamente a las mejillas justo en el momento cuando la mano del señor se deslizaba entre las piernas de la señora que comenzaba a suspirar fuertemente debajo de su abrigo. Más adelante había paisajes calmos y unos que daban hasta miedo por las quebradas tan pronunciadas. Abajo, el abismo. El conductor siempre venía pidiendo los boletos por los pasillos. Ninguno de nosotros tenía. Y él, cara de bueno, tampoco. Corríamos de vagón en vagón. Eran tiempos de ferrocarriles y yo estaba ahí sola con otros que también huyeron. Yo no tenía idea del mundo, sólo deberes, libros, soñar y leer, y los fines de semana tan grises nublados y lluviosos. Y el lunes otra vez lo mismo: deberes, libros, soñar y leer, y los fines de semana... Por eso cuando alguien dijo ¡vamos! yo salté de primera y cuando abordé ese vagón, a mitad de mañana, en el colegio ya me buscaban. Todo estaba dispuesto, todo preparado de antemano. El gran día había llegado. Los truenos y el rayo estaban a punto de caer sobre mi cabeza como protocolo a la gran celebración de un nuevo bautizo. En un mal salto caí en los rieles y mi cuerpo fue triturado. Yo morí entonces, y allí, en ese lugar, nació otro y otra con mi nombre y con otros cientos de nombres disímiles. La poesía estaba allí, muda, con cara de naufragio reciente, recogiendo todos los pedazos en su ritual acostumbrado. Ahora soy dueña de ese silencio. Es mío. Y me pertenece.

   
 
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