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Yo abordé un vagón
en donde cada ventana me mostraba un paisaje distinto. Algo insólito.
En la primera nevaba; en la otra no, y en la siguiente, dos bocas
se besaban apasionadamente, y yo salía corriendo por esa
cosa rara calurosa que se adhería completamente a las mejillas
justo en el momento cuando la mano del señor se deslizaba
entre las piernas de la señora que comenzaba a suspirar
fuertemente debajo de su abrigo. Más adelante había
paisajes calmos y unos que daban hasta miedo por las quebradas
tan pronunciadas. Abajo, el abismo. El conductor siempre venía
pidiendo los boletos por los pasillos. Ninguno de nosotros tenía.
Y él, cara de bueno, tampoco. Corríamos de vagón
en vagón. Eran tiempos de ferrocarriles y yo estaba ahí
sola con otros que también huyeron. Yo no tenía
idea del mundo, sólo deberes, libros, soñar y leer,
y los fines de semana tan grises nublados y lluviosos. Y el lunes
otra vez lo mismo: deberes, libros, soñar y leer, y los
fines de semana... Por eso cuando alguien dijo ¡vamos! yo
salté de primera y cuando abordé ese vagón,
a mitad de mañana, en el colegio ya me buscaban. Todo estaba
dispuesto, todo preparado de antemano. El gran día había
llegado. Los truenos y el rayo estaban a punto de caer sobre mi
cabeza como protocolo a la gran celebración de un nuevo
bautizo. En un mal salto caí en los rieles y mi cuerpo
fue triturado. Yo morí entonces, y allí, en ese
lugar, nació otro y otra con mi nombre y con otros cientos
de nombres disímiles. La poesía estaba allí,
muda, con cara de naufragio reciente, recogiendo todos los pedazos
en su ritual acostumbrado. Ahora soy dueña de ese silencio.
Es mío. Y me pertenece.
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